Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

enero 26, 2008

Mercurio, el planeta infernal

Observado ya por los antiguos sumerios, que le dieron entre otros nombres del de Ubu-idim-gud-ud, el planeta Mercurio fue bautizado como lo conocemos por los romanos, que le dieron el nombre del veloz mensajero de los dioses con pies alados debido a la velocidad de su movimiento, cosa que ya había sido observada por los babilonios, que lo llamaron Nebu, como su dios mensajero respectivo. Y, efectivamente, Mercurio da una vuelta alrededor del Sol cada 88 días, lo que lo convierte en el más rápido de los planetas. Su cercanía a nuestra estrella le da además temperaturas medias de 340 grados centígrados en el ecuador y de 200 grados centígrados en el polo norte, con máximas de 700 y 380. Para comparar, el pan se hornea a 280 grados centígrados, y la máxima temperatura ambiente registrada en nuestro planeta ha sido de 58 grados centígrados, en El Aziz, Libia, en 1922. El radio medio del planeta es de 2.439,7 kilómetros, el 37% del nuestro; su superficie de 74,8 millones de kilómetros es la décima parte de la terrestre, y su gravedad es de sólo 0,37% de la terrestre, de modo que una persona de 50 kilogramos pesaría en Mercurio sólo 19. El “día” mercuriano es de 58 días y 15,5 horas, de modo que dura dos tercios de su año.

Los antiguos griegos lo consideraban dos planetas, Apolo cuando se le podía observar en el cielo matutino y Hermes (el equivalente de Nebu y Mercurio) cuando era visible en el cielo vespertino. Fue Pitágoras el primero que propuso que se trataba en realidad de un solo planeta. El planeta sería luego sujeto de las observaciones de Galileo y de numerosos astrónomos, pero su cercanía aparente al Sol desde nuestro planeta implica graves dificultades para su observación, que permanecen hasta hoy, cuando el más famoso telescopio, el Hubble, que nos ofrece incesantes maravillas desde su punto de vigía en órbita, no puede observar a Mercurio debido a las medidas de seguridad en vigor para impedir que se oriente hacia el Sol, cuyo brillo podría dañar los delicados sensores del instrumento.

Las observaciones desde la Tierra, sin embargo, son limitadas. Desde los años 60 Mercurio es observado no sólo mediante su luz visible, sino mediante radar y rayos X, lo que permite hacer mediciones de su temperatura, densidad, rotación y otras características, pero, como hoy lo sabemos sobre Marte, sólo la visita de sondas con sensores de vanguardia tecnológica puede disipar muchas de las dudas que tenemos sobre un planeta. Y Mercurio sólo había sido visitado por un dispositivo así en 1974 y 1975, cuando la nave espacial Mariner 10, de la NASA, pasó en tres ocasiones cerca de Mercurio, revelando, entre otras cosas, que era un planeta notablemente marcado por cráteres y que disponía de un campo magnético, algo que dudaban los astrónomos y cuyo origen aún es motivo de debate. Las imágenes adquiridas por esta sonda espacial, sin embargo, mostraron menos de la mitad de la superficie del planeta, debido a que los períodos orbitales de Mariner 10 coincidían prácticamente con el día mercuriano.

Las dificultades que implica el envío de una sonda a otros planetas del sistema solar tiene características especiales en el caso de Mercurio debido a la cercanía de su órbita al Sol. Las naves terrestres viajan más de 91 millones de kilómetros y utilizan la energía gravitacional del Sol para realizar sus órbitas, lo que exige una especial precisión. Si quisiéramos aterrizar en Mercurio, además, deberíamos hacerlo totalmente con los motores, pues la atmósfera del planeta es tan tenue que no permite el frenado utilizando el aire como lo hace, por ejemplo, el trasbordador espacial cada vez que vuelve de una misión.

La misión más reciente a Mercurio es conocida como Messenger, siglas un tanto artificiales del nombre en inglés “superficie, entorno espacial, geoquímica y medición de Mercurio”, y sus principales objetivo, además de obtener imágenes del 55% de la superficie mercuriana que no fotografió el Mariner 10, incluyen investigaciones sobre la gran densidad del planeta, su historia geológica, su campo magnético, su núcleo, los polos y el origen de su atmósfera.

Lanzada desde Cabo Cañaveral el 3 de agosto de 2004, la sonda Messenger pasó cerca de Venus en 2006 y 2007 hasta su llegada a Mercurio, el 19 de enero de 2008, pasando a sólo 200 kilómetros de su superficie. En este primer recorrido, la Messenger tomó más de mil fotografías de resolución mucho más alta que las anteriores, que poco a poco van siendo mostradas por la NASA, y que nos traen, como era de esperarse, sorpresas sobre el planeta más cálido de nuestro entorno, que se considera, a la luz de estas primeras nuevas visiones, un planeta totalmente nuevo. Ya el 21 de enero, algunas de las primeras imágenes mostradas sugieren la posibilidad de que haya flujos de lava solidificados en la superficie del planeta, que, de confirmarse y estudiarse con más detalle en los próximos encuentros, podrían dar claves sobre los procesos de formación de Mercurio. El Messenger tiene programadas otras dos citas con Mercurio, en octubre de 2008 y en septiembre de 2009, para finalmente situarse en órbita alrededor del planeta en marzo de 2011, cuando emprenderá estudios del planeta durante un año, bien protegida de las altas temperaturas del sol por un revolucionario escudo cerámico.

Sin embargo, en esta ocasión no pasarán más de tres décadas antes de que los aparatos humanos vuelvan. Apenas acaben las misiones previstas del Messenger, en 2013 se lanzará la sonda espacial BepiColombo, un esfuerzo conjunto de la Agencia Espacial Europea y Japón, que aportará el Orbitador Magnetosférico de Mercurio, y que estudiarán al planeta y su campo magnético más detalladamente que el Messenger. Destinada a asumir una órbita polar (es decir, de polo a polo en lugar de hacerlo sobre el ecuador), la misión BepiColombo llevará once instrumentos científicos además del orbitador japonés con objeto de estudiar a Mercurio durante un año completo a partir de su llegada, prevista para el 2019.

El Messenger en España

Cuando el Messenger empezaba a enviar sus imágenes, El Comercio de Gijón, diario del Grupo Correo, descubría que parte de la labor de controlar la sonda que visita Mercurio se lleva a cabo desde un piso en el barrio tradicional de Cimadevilla, en Gijón, donde la ingeniera Annette Mirantes vive con su familia y teletrabaja para APL, empresa contratada por la NASA, por medio de un ordenador portátil. Annette sigue además los pasos de la sonda a Plutón del proyecto “Nuevos Horizontes”. Y probablemente sus vecinos ni siquiera sabían hasta ahora qué hacía la estadounidense avecindada en el viejo barrio de pescadores.

enero 19, 2008

Leonardo el científico

El “ejemplo de hombre del Renacimiento” que suele mencionarse es Leonardo Da Vinci, pintor, escultor, arquitecto, ingeniero, anatomista, naturalista, filósofo, creador del paracaídas, el helicóptero, el traje de buzo, el ala delta y muchos otros inventos, intuiciones e ideas. El primer problema, claro, es que Leonardo es el único hombre que dominó tal diversidad en el renacimiento. Sus coetáneos tenían dos, acaso tres oficios como Miguel Ángel (pintor, escultor y arquitecto) pero ninguno se acercaba a la pasión por el conocimiento de todo que dominó la vida de Leonardo. El segundo problema es que sus famosos inventos, así como sus dibujos de anatomía, de animales y vegetales, no proceden solamente de un genio natural que deriva sus ideas de la nada, sino que nacen de los elementos fundamentales de la ciencia, la observación, el postulado de hipótesis y la experimentación para confirmar o rechazar la hipótesis. Esto, la base del método científico, no existía ni siquiera como concepto entre 1452 y 1519, los años de vida de Leonardo di ser Piero da Vinci, antes de Galileo, antes de Copérnico y antes de que Sir Francis Bacon formulara las bases del nuevo método explícitamente y cerrara el ataúd de la escolástica.

Lo que hacía Leonardo Da Vinci formaría las bases de la ciencia moderna, aunque aún no recibía ese nombre, se conocía como filosofía natural. Algunas de sus áreas de interés se relacionaban con su oficio de pintor, aprendido en el taller de Verrochio, tal es el caso de la perspectiva, la anatomía y buena parte de su interés por plantas y animales, pues en la pintura de su época tales elementos cumplían una labor simbólica. Así, por ejemplo, un cuadro como la Madona Benois muestra a Jesús niño sosteniendo una flor, una crucífera, que es el símbolo de la pasión, lo cual da al cuadro una dimensión distinta, no es sólo una escena de infancia, está oscurecida por la conciencia que el bebé tiene del que supuestamente sería su destino. Pero más allá de los espacios de sus pinturas, por lo demás escasas, a Leonardo le preocupaba todo: los remolinos del agua, por qué el cielo es azul (asunto nada sencillo y que tardaría mucho en resolverse), las propiedades del aire, el vuelo de las aves, la distancia a las estrellas (que él supuso enorme, admitiendo que había estrellas muchísimo mayores que nuestro planeta), la taxonomía y la filogenia humana (llegando a proponer que en la descripción del hombre deben incluirse los animales de la especie, tales como el mono, el babuino y muchos otros similares, lo que ciertamente rondaba la herejía tanto como sus disecciones; la erosión provocada por los ríos, la teoría del color y muchos aspectos más de la realidad.

Esta pasión llevó a un problema que perseguiría a Leonardo: la gran cantidad de proyectos inacabados que soñó y proyectó en las más de tres mil páginas sobrevivientes de sus cuadernos. Esto le permitió, sin embargo, la singular posibilidad de tener una cosmovisión coherente del mundo, una idea general que evadía las contradicciones en tanto lo permitía el conocimiento de su tiempo, no pasemos por alto que Colón llegó a América cuando Leonardo contaba ya con 40 años de edad. Para tener esta cosmovisión, el factótum toscano partía de la observación continua, insistente y desprejuiciada de cuanto había a su alrededor. Llevaba siempre al cinto uno de sus cuadernos, donde escribía y dibujaba en todo lugar, igual abocetando su idea para un paracaídas de tela que anotando la lista de la compra. Su proyecto de aparato volador (del que aún no se ha podido comprobar si lo probó o no) era producto de su observación continua de las aves y de la forma en que se deslizaban por el aire, añadida a su convicción de que se podían entender las leyes que regían el aire si estudiábamos el agua, en lo que hoy llamaríamos “mecánica de fluidos”. De esa misma concepción nace su helicóptero, esa espiral que si giraba lo bastante rápido Leonardo esperaba que desplazara el aire como el tornillo de Arquímedes desplazaba al agua (las hélices son, finalmente, secciones de una espiral).

Y detrás de la observación, Leonardo colocaba la necesidad de la experiencia directa, de la experimentación, que debía realizarse cuidadosamente. Incluso Leonardo previó algunos de los problemas del método experimental, cuyos resultados pueden verse afectados por los prejuicios del experimentador, y estableció: Un experimento debe repetirse muchas veces para que no pueda ocurrir accidente alguno que obstruya o falsifique la prueba, ya que el experimento puede estar falseado tanto si el investigador trató de engañar como si no.

Las visiones de Leonardo no eran sino resultado del conocimiento que derivaba de sus observaciones y experiencias. Junto al diseño de su paracaídas, un joven Leonardo escribió en 1483: Si se provee a un hombre con una tela pegada de lino de 12 brazos de lado por 12 pies de alto, éste podrá saltar de grandes alturas sin sufrir heridas al caer. Hubo de llegar el 2000 para que se pusiera a prueba la idea, cuando el británico Adrian Nichols se lanzó desde un globo con un paracaídas de 85 kilogramos de peso construido según las especificaciones de Leonardo. Aunque por seguridad lo abandonó poco antes del aterrizaje y bajó en un ala moderna, el paracaídas de Leonardo aterrizó suavemente con todos sus aparatos de medición intactos. Tres años después, el campeón de ala delta Angelo D’Arrigo construyó un planeador según el diseño de Leonardo de 1510, y logró hacerlo volar y controlarlo exitosamente con los procedimientos indicados por su creador.

La experiencia le daba la razón dos veces más al hombre del Renacimiento.


Leonardo y las supersticiones, en sus propias palabras


Circulan libros llenos de afirmaciones referentes a la acción de los encantamientos y de los espíritus que hablan sin lengua y sin aquellos instrumentos orgánicos indispensables para la palabra; y no sólo afirman que los tales espíritus hablan, sino que les atribuyen la capacidad de transportar grandísimos pesos, de provocar lluvias y tempestades, y de convertir a los hombres en gatos, lobos y otras bestias, ¡por más que en calidad de bestias deberían, en primer lugar, contarse los que semejantes cosas afirman!
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No me ocuparé de la fisiognomía ni de la quiromancia porque no hay verdad en ellas, simples quimeras sin fundamentos científicos.
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¡Oh, investigadores del movimiento perpetuo, cuántos vanos proyectos fraguásteis en su búsqueda! Idos en compañía de los inventores de la fabricación del oro.
(De los Cuadernos de notas, recopilación de la obra escrita de Leonardo.)

enero 12, 2008

Vencer el envejecimiento

Los seres unicelulares son, para todo efecto práctico, inmortales. Una ameba o un alga unicelular se reproducen subdividiéndose, y ambas células resultantes son igualmente jóvenes y capaces de realizar todas sus funciones vitales, incluida la de volver a reproducirse. Para estos seres, la muerte puede sobrevenir por un desastre de su entorno (como la falta de humedad), partículas venenosas, ataque de depredadores y otras formas, pero no por el envejecimiento.

Sin embargo, en un momento dado de la evolución, apareció el envejecimiento, la degradación por la edad. ¿Por qué envejecemos? Esta pregunta es todo un enigma al que se dedican los esfuerzos de numerosos científicos, porque en su respuesta puede estar el comienzo de otra mucho más importante, la respuesta a cómo podemos evitar, impedir, revertir o, al menos, ralentizar el envejecimiento. Y es que la aparición de la medicina con bases científicas ha provocado un bienvenido aumento en la expectativa de vida. En todo el mundo, la duración media de la vida humana a principios del siglo XX era de unos 35 años, y hoy la media mundial es de 67 años, con expectativas cercanas a los 80 en las naciones con mejor acceso a la sanidad, mejor nutrición, drenaje y agua limpia. Esto plantea serios problemas de atención médica a problemas propios de la edad y la necesidad de que esa vejez prolongada tenga una adecuada calidad de vida, de modo que sea un disfrute para el individuo y no una carga para su familia y la sociedad, máxime cuando las previsiones de la división de población de la ONU indican que para el año 2050 la población humana será de más de 9 mil millones de personas, de las cuales una cuarta parte tendrá más de 60 años, es decir, un incremento de los 673 millones de personas mayores de la actualidad a más de dos mil millones.

Existen dos hipótesis sobre el envejecimiento que están siendo exploradas por la ciencia. Según una de ellas, el envejecimiento es la acumulación de daños a nivel de células y a nivel de tejidos. Según la otra, el envejecimiento está genéticamente programado como un "suicidio" natural para despejar el camino a las nuevas generaciones una vez que el individuo se ha reproducido exitosamente. Existen evidencias que parecen apoyar ambas hipótesis, y sólo más estudios lograrán determinar cuál es la verdad. Entretanto, la lucha de la ciencia en el terreno práctico se orienta más hacia los síntomas y efectos del envejecimiento, tanto desde el punto de vista cosmético como del médico. Los expertos en el estudio del envejecimiento advierten sin embargo que ningún producto "antiedad" tiene bases científicas para sus afirmaciones y que sus efectos reales son nulos, y en ocasiones incluso perjudiciales. En resumen, que la industria cosmética no sabe lo que aún no sabe la ciencia. Y la ciencia hoy sólo sabe manejar los procesos y manifestaciones del envejecimiento, pero no el envejecimiento mismo. Las afirmaciones de que es posible ralentizar, detener o revertir el envejecimiento (muchas veces parte de diversas seudomedicinas o supuestos "tratamientos alternativos") se han hecho durante miles de años, y hoy son tan falsas como lo eran en el pasado. Los grandes promotores de propuestas "alternativas" envejecen al mismo ritmo que el resto de la población, y algunas recomendaciones sin bases científicas, como el consumo excesivo de beta caroteno, melatonina y otras sustancias o pócimas, pueden tener efectos adversos importantes.

Muchas de las promesas antienvejecimiento promueven algunos mitos y preconcepciones sobre la edad. Por ejemplo, la idea de que con la edad se pierde inevitablemente la capacidad de aprendizaje. Los estudios demuestran que, salvo en los casos en los que existe un problema fisiológico, la llamada tercera edad no tiene por qué excluir el aprendizaje de habilidades nuevas, tanto físicas como mentales. De hecho, con la excepción de quienes padecen mal de Alzheimer, las probabilidades de sufrir una enfermedad mental grave disminuyen con la edad en vez de aumentar. Si bien la edad aumenta ciertas formas de demencia o falta de memoria, esto ocurre únicamente en menos del 50% de las personas mayores. Y es que existe otra tendencia, también sin bases, a considerar que todas las personas mayores o ancianos son iguales, cuando en realidad son tan distintos como cualquier otro grupo de edad. Igualmente es falso que nuestro oído decaiga junto con la visión al envejecer. En la mayoría de los casos, los problemas de audición que se hacen evidentes en algunas personas mayores comenzaron mucho antes, frecuentemente debido al entorno de su trabajo. Así, culpar a la edad de la pérdida de audición puede ser injusto, cuando esto tiene sus orígenes, por ejemplo, en la no utilización de la protección auditiva adecuada y necesaria en muchos trabajos. Conforme ha habido mejores protecciones para los trabajadores, menores son los problemas de audición entre la población de mayor edad. Finalmente, el mito de que el envejecimiento equivale al fin de nuestra vida sexual ha sido derribado por numerosos estudios en los últimos años. Muchas veces, por el mismo desconocimiento de estos procesos, son las propias personas mayores las que perpetúan muchos mitos refiriéndose a sus problemas como si fueran producto únicamente de cumplir años y no de lo que han hecho, o dejado de hacer, durante la vida.

Ello no quiere decir que no se luche con éxito para paliar muchos efectos de la edad. La prevención de algunos efectos como la osteoporosis en las mujeres comienza en la juventud y sus beneficios son notables, por poner sólo un ejemplo. Una vida sana, sin excesos, con una alimentación adecuada, algo de ejercicio, un vaso de vino diario si gusta, y atención a las indicaciones del médico son un camino seguro para poder disfrutar de una vejez más sana, más prolongada y más activa junto con los nuevos medicamentos, prótesis y cambios en nuestro estilo de vida que ofrece la medicina especializada en la edad, la geriatría, son clave para cumplir con gusto muchos más años.


¿Los telómeros son la clave?


La investigadora de origen australiano Elizabeth Blackburn es la principal investigadora de los telómeros, a los que define como "cubiertas protectoras en los extremos de los cromosomas" y los asemeja a las puntas de las cintas de los zapatos: si se pierden, se deshilacha el tejido, y la telomerasa es la enzima que reconstruye los telómeros cuando se desgastan. Si no hay telomerasa suficiente, los telómeros se pierden y la célula envejece. Entre sus descubrimientos, la pérdida de telómeros se agrava con el estrés psicológico, lo que nos podría llevar a entender la relación mente-cuerpo en términos sólidamente científicos, sobre todo si realmente la telomerasa es la piedra de toque de nuestro envejecimiento.

enero 05, 2008

Dengue, la amenaza incesante

2007 fue el año en el que se descubrió que los lineamientos de la OMS para identificar casos de dengue entre personas que hayan visitado ciertos países tropicales son insuficientes para detectar casos en principio benignos de la enfermedad.

Mosquito Aedes aegypti, principal vector del
dengue hemorrágico
(Foto GFDL de Muhammad Mahdi Karim,
vía Wikimedia Commons)
Centrándose en la forma más terrible del dengue, la de fiebre hemorrágica, y su principal síntoma, el sangrado, como su nombre lo indica, los lineamientos omiten a muchísimas personas que padecen la enfermedad, que pueden llegar a requerir hospitalización y que se ponen en riesgo al no ser tratadas, ya que una segunda infección de dengue aumenta el riesgo de padecer su forma más peligrosa. Diagnosticados incorrectamente como víctimas de una gripe o resfriado, estos pacientes corren el peligro de infectar a otras personas mediante mosquitos o productos de la sangre, al menos mientras presentan fiebre. Así, por ejemplo, uno de cada 1.300 donantes de sangre en Puerto Rico tenía una infección activa de dengue durante la epidemia de 2005. Sin embargo, entre los más de dos mil millones de habitantes de zonas donde el dengue es común, se informa de alrededor de un millón de casos al año, muchos menos, dicen los expertos, que los que realmente se presentan.

El dengue, en general poco conocido fuera de los trópicos, llamó la atención noticiosa en 2002, cuando Cuba enfrentó su peor epidemia de dengue en décadas y para combatirlo reclutó los esfuerzos de la población, incluyendo a 11.000 trabajadores que tenían la misión de fumigar todas las viviendas de La Habana y multar a quienes no se lo permitieran. La atención se debió no a las víctimas de la enfermedad, sino a que se convirtió en otra pieza del ajedrez político: las autoridades cubanas afirmaron que la epidemia había sido causada por los Estados Unidos y los disidentes cubanos aseguraron que se utilizaba la fumigación para envenenarlos. Ninguna afirmación fue probada a la larga.

El dengue es una enfermedad febril aguda causada por cuatro distintos tipos de arbovirus del genus Flavivirus y cuyo vector principal son los mosquitos Aedes aegypti y, en menor medida, Aedes albopictus, que también transmiten los virus de la fiebre amarilla y la hasta hace poco desconocida enfermedad de chikungunya. Como en otros casos, la hembra de este mosquito necesita sangre para madurar sus huevecillos, y al chupar sangre a sus víctimas les transfiere diversas enfermedades. La infección se presenta de pronto con un rápido aumento de la temperatura, escalofríos e intensos dolores en la zona lumbar, la nuca y los hombros, además de dolor muscular difuso y dolores en las articulaciones, que le han dado su nombre en inglés: "fiebre rompehuesos". En la mayoría de los casos hay conjuntivitis y una erupción parecida al sarampión. En los casos más graves, hay gastritis, dolores estomacales, vómito y diarrea. En los casos de fiebre hemorrágica, aparecen espontáneamente moratones en distintos lugares del cuerpo como los sitios de inyecciones, sangrado de las mucosas, vómitos de sangre o diarrea sanguinolenta. En los casos más riesgosos, los pacientes muestran alteraciones del pulso, baja tensión arterial, inquietud y piel fría y húmeda. El dengue suele presentarse en brotes epidémicos y puede ocasionar la muerte, como ocurrió en la epidemia del sureste asiático de 2005, donde hubo casi 17 mil muertes en un cuarto de millón de casos.

Considerada una amenaza creciente para los habitantes de los trópicos y para los visitantes de países como Tailandia, Brasil, Cuba y Puerto Rico, esta afección fue sujeto, en 2007, del primer análisis integral y multinacional de todos los interesados, revelando que el dengue comporta una carga epidemiológica, social y económica mucho mayor de lo que se calculaba en el pasado. Así, en octubre de 2007 se informaba que el profesor Donald Shepard, uno de los investigadores del estudio, señalaba: "Un episodio de dengue tiene un enorme impacto sobre el gobierno, los hogares y los empleadores".

En 2007, solamente, se presentaron brotes en Paraguay (con más de 16.000 casos y una decena de fallecimientos), en la frontera entre Brasil y Paraguay (45.000 casos estimados) y en los estados de Ceará, Pará, San Paulo y Rio de Janeiro con más de 70.000 casos y más de dos decenas de muertes, en Puerto Rico (más de 2.000 casos hasta agosto) y en la ciudad de Monterrey, la tercera en importancia de México.

Al tratarse de una infección viral, los antibióticos no tienen efecto sobre el dengue, y por tanto el único tratamiento actual es la terapia de apoyo, aumento en el consumo de líquidos y en ocasiones líquidos por vía intravenosa, transfusiones de plaquetas si el recuento disminuye sensiblemente o de glóbulos rojos en caso de hemorragias intensas. Los pacientes deben hospitalizarse, algo que no es sencillo en países ecoómicamente limitados, y aún no se ha desarrollado una vacuna.

Una inesperada posibilidad de combate del dengue y de otras enfermedades transmitidas por mosquitos proviene del campo lleno de promesas de la genética. Desde la década de 1990 los científicos demostraron que se podían introducir genes exógenos en el genoma de los mosquitos, y este descubrimiento permitió que en 2007 investigadores del Tecnológico de Virginia y la Universidad de California Irvine consiguieran que se expresara un gen de origen externo únicamente en las células germinales de mosquitos hembras. Esto permitiría que mosquitos con genes que impidieran que el virus se desarrollara en su interior se cruzaran con mosquitos salvajes, cortando la línea de transmisión hacia el ser humano.

Mientras eso se consigue, los países que sufren de enfermedades tropicales y carecen de medios económicos y tecnológicos para proteger a su población dependen de la ayuda y la solidaridad de los países desarrollados para disminuir las muertes y sufrimiento de millones de personas en todo el mundo y contener el regreso que experimenta esta enfermedad desde que se dieron por terminados los esfuerzos de erradicación del mosquito hace más de 30 años.

Recomendaciones para los viajeros

Si usted viaja a zonas tropicales, especialmente Florida, América desde México hasta Paraguay, el África subsahariana y el sudeste asiático y Oceanía, debe ocuparse de su protección personal contra el dengue y otras enfermedades propias de estos climas. No duerma sin mosquitero, aplíquese repelentes que contengan las sustancias conocidas como NNDB y DEET en todas las zonas de la piel expuestas (los mosquiteros nocturnos impregnados de DEET son una buena recomendación) y evite visitar áreas donde la enfermedad sea endémica. Si tiene cualquier síntoma poco después de su viaje, vaya al médico, aunque parezca una simple gripe, e informe al médico dónde ha estado.