Una gran cantidad de la gente viva hoy en día no recuerda
un tiempo en el que no había Internet, o televisión en color, o telefonía móvil.
El tiempo tiende a diluir la memoria no sólo entre los individuos, sino también
en las sociedades.
Imaginemos un tiempo en que la escarlatina, la difteria,
la sífilis o la tuberculosis fueran mortales en la gran mayoría de los casos.
Un tiempo en que cualquier infección, desde la causante de la pulmonía hasta la
provocada por un pequeño corte en la piel, podía llevar a la muerte a sus
víctimas. Y un tiempo en el que ni siquiera se sabía que esas terribles
enfermedades mortales estaban causadas por pequeños seres unicelulares llamados
bacterias.
Tuvo que llegar Louis Pasteur para reunir el trabajo de
muchos y consolidar en la década de 1860 la revolucionaria teoría de que muchas
enfermedades eran producidas por esos pequeños seres, los gérmenes patógenos,
que fue probada por Robert Koch en 1875. Una vez conociendo al enemigo, comenzaba
su cacería, la búsqueda de algo que acabara con ellos y curara así las
enfermedades que provocan.
Sólo seis años después de que Koch estableciera sus
postulados, en 1881, nacía Alexander Fleming en una granja cercana a Ayrshire,
Escocia. Después de conseguir superar problemas económicos y estudiar medicina,
se dedicó accidentalmente a la naciente disciplina de la bacteriología dejando
de lado la posibilidad de convertirse en cirujano. Durante la Primera Guerra
Mundial, prestó sus servicios en el cuerpo médico británico.
En la guerra, Fleming fue testigo de la muerte de muchos
soldados por septicemia en el campo de batalla a causa de heridas infectadas.
También pudo ver que algunas sustancias antisépticas utilizadas para evitar
infecciones resultaban a la larga más dañinas. Los antisépticos funcionaban
bien en las bacterias aerobias de las heridas superficiales, pero en las
heridas más profundas parecían eliminar a agentes naturales del cuerpo que
protegían a los pacientes de las bacterias aneróbicas, las que florecían en la
parte profunda de las heridas.
Después de la guerra, Fleming comenzó activamente la
búsqueda de agentes antibacterianos que no fueran dañinos para los tejidos
animales. En 1922 descubrió en “tejidos y secreciones” una importante sustancia
bacteriolítica, es decir, que mataba a las bacterias disolviéndolas. Se trataba
de la lisozima, también llamada muramidasa, una enzima natural presente en las
lágrimas, la saliva o el moco y que forma una primera línea de defensa contra
diversos microorganismos.
En 1928, mientras trabajaba en el virus de la gripe,
Alexander Fleming observó que, debido a una contaminación accidental, se había
desarrollado un moho en una caja de Petri en la que había un cultivo de estafilococos,
un tipo de bacteria responsable de una amplia variedad de enfermedades en los
animales, incluido el ser humano. El curioso fenómeno que llamó su atención fue
que, alrededor del moho, se había creado un círculo completamente libre de
bacterias, y empezó a investigar en esa dirección, identificando la sustancia
activa del cultivo de moho que evitaba el crecimiento de los estafilococos.
Llamó a la sustancia “penicilina” debido a que el moho en cuestión era del
genus Penicillium, que con frecuencia
podemos encontrar en forma de moho del pan.
Ciertamente, durante literalmente miles de años se habían
usado alimentos enmohecidos como cataplasmas para curar algunas infecciones de
la piel, pero sin que quienes los utilizaban conocieran ni el mecanismo de
acción ni el principio activo que identificó el científico escocés. Las
investigaciones posteriores de Fleming demostraron que este efecto
antibacteriano era eficaz para combatir muy diversas bacterias, entre ellas las
patógenas responsables de la escarlatina, la neumonía, la meningitis, la
gonorrea y la difteria, pero no las combatía todas. El descubrimiento fue
anunciado en la Revista Británica de Patología Experimental en 1929 pero
asombrosamente no atrajo gran atención y Fleming continuó sus investigaciones
en el anonimato.
Problemas prácticos, como la refinación de la penicilina a
partir de cultivos en cantidades adecuadas para utilizarla en infecciones
humanas, mantuvieron a Fleming trabajando hasta 1940. Cuando decidió abandonar
el tema de la penicilina, sin embargo, surgió el interés por parte de otros
investigadores, Ernst Chain, Howard Florey y Norman Heatley, que consiguieron
purificar y estabilizar la penicilina, y producirla en cantidad suficiente para
realizar pruebas clínicas, con el entusiasta apoyo de Fleming.
Ante el éxito de las pruebas, se desarrolló la producción
en masa y, para 1945, cuando los Aliados realizaron la colosal operación de
invasión a las playas de Normandía, contaban con reservas suficientes para
tratar a todos sus heridos, salvando miles, o cientos de miles, de vidas. La
penicilina llegó pronto a la población civil y, literalmente, cambió la
historia convirtiendo en curables muchísimas enfermedades y abriendo la puerta
de toda una nueva generación de medicamentos eficaces, de clara utilidad y
mecanismos conocidos: los antibióticos.
Por sus logros, Fleming recibió numerosas distinciones,
que incluyeron su nombramiento como “sir” del reino, la Gran Cruz de Alfonso X
El Sabio en 1848 en España y el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1945.
Desde el descubrimiento de la penicilina se ha
desarrollado una gran variedad de antibióticos, orientados a luchar contra
gérmenes resistentes a otros antibióticos o que no generan sensibilidad en
personas alérgicas a algunas de estas sustancias.
La resistencia a los antibióticos desarrollada por muchos
microorganismos ya preocupaba a Fleming. Esta adaptación evolutiva, aunada al
mal uso de los antibióticos, ha provocado que surjan continuamente cepas más
resistentes de diversos organismos patógenos, que deben ser atacados con nuevos
antibióticos. De allí surgen las campañas recientes para que no se receten
antibióticos cuando no son útiles (como en el caso de infecciones virales, que
no son afectadas en lo más mínimo por los antibióticos) y que cuando se nos
receten sigamos el tratamiento hasta el final para garantizar la eliminación de
todas las bacterias patógenas y reducir la supervivencia de las que podrían
desarrollar resistencia.
Los nuevos antibióticos
Nuevas generaciones de antibióticos, efectivos tomados
oralmente en lugar de ser inyectados, que actúan mediante tratamientos más
cortos (de siete días en general, pero hasta de una sola dosis en el caso de
algunos de los más modernos), y con sustancias novedosas como los aminoglucósidos
o las estreptograminas, van ocupando su lugar mientras otros van perdiendo
eficiencia, en una lucha que, irónicamente, es una prueba más de la teoría de
la evolución de Darwin.
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