Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

mayo 30, 2009

El pequeño brasileño que volaba


Alberto Santos Dumont en uno de sus aviones
Revista "Niva" vía Wikimedia Commons
Un improbable pionero de la aviación fue un rico heredero cafetalero brasileño que combinó de modo singular el ingenio mecánico, la generosidad y el idealismo.

Eran las 4 de la tarde en el campo aéreo de Bagatelle, París, el 23 de octubre de 1906. Un nutrido grupo de testigos vio algo que nadie nunca había visto: el despegue, vuelo y aterrizaje de una máquina más pesada que el aire, un avión, llamado simplemente el 14-bis por su diseñador, constructor y piloto, el joven brasileño Alberto Santos Dumont. Con su vuelo de 60 metros, ganaba el premio Archdeacon, instituido en julio de ese mismo año para el primer aviador que volara más de 25 metros.

Alberto Santos-Dumont era un extraño candidato al papel de “padre de la aviación”, como se le llama en Brasil. Nacido en 1873 en la plantación de café de su familia, era el sexto de ocho hijos de Francisca dos Santos y Henri Dumont, exitoso emigrante francés que llegó a ser el “rey del café” en Brasil, en parte gracias a su utilización extensiva de la tecnología de su época, máquinas que fascinaron a Alberto en su niñez.

En 1891 toda la familia emigró a Francia, y el joven pudo estudiar química, física, astronomía y mecánica. Pronto se encontró inventando motores y corriendo triciclos motorizados para luego ocuparse del gran desafío de la aeronáutica, que en aquél entonces constaba de ascensos en globos de aire caliente que, como los actuales, eran llevados a capricho por los vientos, sin que el ocupante pudiera dirigirlos en modo alguno. Alberto aprendió a construirlos y tripularlos.

Su primer ascenso en un globo creado por él fue el 4 de julio de 1898. Poco después, con su segundo globo, el “América”, ganó un premio para estudiar las corrientes atmosféricas. Muy pronto, sin embargo, se ocupó entonces del problema de dirigir al globo, y su tercer dirigible, el “Santos Dumont nº. 3”, consiguió el 13 de noviembre de 1890 sobrevolar París, dar algunas vueltas alrededor de la Torre Eiffel y dirigirse al campo aéreo de Bagatelle, donde logró aterrizar sin problemas.

El 19 de octubre de 1901, en su dirigible nº. 6, Santos Dumont ganó el premio Deutsch del Aero Club de París, que incluía 100.000 francos en efectivo. El hijo de una acaudalada familia francobrasileña, un heredero de alcurnia, procedió a repartir todo el premio entre los trabajadores de su fábrica-taller y entre los pordioseros de París. Esta munificencia sería una característica constante de su esfuerzo.

Santos Dumont abordó entonces el problema más desafiante del momento, el vuelo con una máquina autopropulsada más pesada que el aire. Era evidente que objetos más pesados que el aire podían volar, como lo demostraban todas las aves, el asunto era cómo resolver las muchas dificultades simultáneas del vuelo: crear un aparato lo bastante ligero y resistente que se pudiera propulsar, que lograra el empuje suficiente para sustentarlo en el aire, que se pudiera mantener en equilibrio dinámico durante el vuelo y que pudiera ser dirigido por su piloto. Y eran muchos los mecánicos, ingenieros, inventores y simples soñadores que trabajaban en el problema en todo el mundo.

Para el público parisino que vio al 14-bis volar el 23 de octubre de 1906, se trataba con certeza del primer avión exitoso del mundo, una máquina de unos 170 kilogramos capaz de volar. La controversia vendría después, cuando los hermanos Wilbur y Orville Wright informaron en 1908 que habían realizado un primer vuelo secreto en 1903, seguido de exhibiciones ante un reducido público en Kittyhawk, pruebas como las realizadas por Santos Dumont en septiembre de 1906. El debate continúa hasta hoy, aunque realmente no es importante saber quién fue el primero, ya que tanto los Wright como Santos Dumont resolvieron de modo independiente el problema del vuelo con aparatos más pesados que el aire, y resultan igualmente pioneros.

El 14-bis haría algunos vuelos más, pero su diseño de biplano con la cola al frente y las alas detrás, llamado “canard” o pato, carecía de futuro, y Santos Dumont se replanteó la forma y aerodinámica de su invento, creando el 15-bis experimental que nunca voló. Procedió entonces a diseñar un avión monoplano, y el resultado final fue el Demoiselle, palabra francesa que significa tanto libélula como damisela. Se trataba de un aeroplano veloz y pequeño que se considera el primer avión ligero práctico. Su éxito se multiplicó cuando Santos Dumont, en actitud característica, obsequió los planos al dominio público para que se reprodujeran sin restricciones, estimulando a los jóvenes aviadores en todo el mundo. El avión podía construirse totalmente en sólo 125 días.

En total, entre 1908 y 1910, Alberto Santos Dumont diseñó 4 modelos del Demoiselle, numerados 19, 20, 21 y 22. Sin embargo, el aviador de cuerpo poco atlético, con su estatura de un metro cincuenta y un peso de apenas 45 kilogramos, fue diagnosticado con esclerosis múltiple poco después de su último vuelo, el 4 de enero de 1910, y se retiró de la aviación, dejando París en 1911 y volviendo a Brasil en 1916, a la ciudad de Petrópolis. Allí construyó una casa “La encantada”, con numerosos dispositivos y adminículos diseñados por él mismo, además de que seguiría produciendo pequeños inventos, como un motor para ayudar a los esquiadores a ascender.

Sin embargo, el hombre que repartía sus premios y regalaba planos que tenían un gran valor como propiedad intelectual se vio sumido en la depresión por su enfermedad y por el hecho de que “su invento”, el avión que esperaba que anunciara una nueva era de tecnología y prosperidad para la humanidad, se había convertido en un arma y se había utilizado para ocasionar muerte y destrucción en la guerra. En 1926 apeló a la Sociedad de las Naciones para que se impidiera el uso de los aviones como armas de guerra, con poco éxito. Se convirtió en un hombre sin residencia fija, viajando por Europa y volviendo con frecuencia a Brasil.

En su último viaje a su país natal, en Guarujá, el 23 de junio de 1932 Alberto Santos Dumont vio a los aviones de guerra que volaban para atacar Sao Paulo durante la revolución constitucionalista contra el gobierno de Getulio Vargas. Sin decir nada, esa misma tarde puso fin a su vida ahorcándose.


La huella de Santos Dumont


La ciudad y municipio de Palmira, en el estado brasileño de Minas Gerais donde nació el aviador fue rebautizado como Santos Dumont el 1º de julio de 1932, y hoy alberga un museo en honor del pionero. “Santos Dumont” es también el nombre de un cráter lunar, del aeropuerto de vuelos nacionales de Rio de Janeiro, de una universidad y un grupo de escuelas, de un premio de periodismo aeronáutico y el avión presidencial oficial brasileño, además de numerosas calles, plazas, escuelas y monumentos que perpetúan el recuerdo del pequeño brasileño que voló.


mayo 23, 2009

El lugar de todos los libros

Bibliotheca Alexandrina, la heredera
de la gran biblioteca perdida.
(D.P. vía Wikimedia Commons)
Los monarcas griegos de Egipto intentaron reunir la sabiduría del mundo conocido en un solo lugar, la biblioteca de Alejandría, un sueño que antecedió a Internet.

Una de las conquistas más duraderas de Alejandro Magno fue la de Egipto, realizada al inicio de su carrera entre el 332 y el 331 antes de la Era Común. Alejandro fue visto por los egipcios como su liberador, pues estaban entonces, por segunda vez, bajo el dominio persa, y los sacerdotes lo exaltaron como Amo del Universo e Hijo de Zeus. Alejandro fundó entonces la primera, y más famosa, de las ciudades que llamaría Alejandría, en la costa mediterránea de Egipto.

Al morir Alejandro en Babilonia, su amigo y general Tolomeo, uno de sus siete guardaespaldas, llevó su cuerpo hasta Alejandría para enterrarlo en un sitio hoy desconocido y asumir el poder, que reclamó como resultado de la partición del imperio de su amigo, emprendiendo la consolidación de su poder en el reino y situando su capital en Alejandría, que vio como epicentro de la cultura helénica. Lograda la estabilidad politica como, el ahora faraón Tolomeo I Soter se ocupó de patrocinar las artes, las letras y las ciencias, y fundó una de las instituciones más ambiciosas de la historia, la Gran Biblioteca de Alejandría.

Aún si Tolomeo no fue, como creen algunos estudiosos, alumno de Aristóteles en su infancia con Alejandro,  la influencia del filósofo estuvo presente cuando la organización de la biblioteca se le encargó a Demetrio de Falerón, que la comenzó, según la leyenda, con sus propios libros traídos de Atenas, pero que contaba además con un enorme presupuesto y una misión: reunir todos en esta institución todos los libros de la tierra mediante compras y transcripciones. "Los Tolomeos deseaban que su Biblioteca fuera universal. No sólo debía contener lo fundamental del saber griego, sino escritos de todos los países, que luego habían de ser traducidos al griego” afirma Mostafá El-Abbadi, de la Universidad de Alejandría.

Construida, dicen las crónicas, al estilo del Liceo de Aristóteles, y situada junto al Musaeum o museo, la casa de las musas, dentro del palacio real, la Gran Biblioteca tenía jardínes para pasear, un comedor común, un salón de lectura, salas de conferencias y salas de reuniones, además de espacios para las adquisiciones, transcripciones y traducciones. No se trataba únicamente de un sitio de acumulación de conocimiento, sino que fue además un centro de investigaciones sostenido generosamente por la dinastía tolemaica, que sería la última del imperio egipcio terminando con Cleopatra. La Biblioteca de Alejandría producía continuamente nuevos trabajos. Entre los primeros se encuentra la Geometría de Euclides, matemático que estuvo directamente bajo la protección de Tolomeo I.

Desde su concepción, y durante los tres siglos de su crecimiento incesante, la Biblioteca de Alejandría capturó la imaginación y el entusiasmo de sus coetáneos, además de ser un elemento relevante en la economía alejandrina. Dice Wallace Matson, profesor emérito de filosofía de la Universidad de Berkeley: “La biblioteca atraía a tantos académicos visitantes que alimentarlos y alojarlos se convirtió en una importante industria alejandrina. Se proporcionaban servicios de copiado de modo que la biblioteca era de hecho, también, una editorial. De esta forma, la difusión del aprendizaje recibió una gran ayuda”.

Uno de los personajes más relevantes relacionados con la biblioteca, que ha aparecido frecuentemente en obras de ficción y que llevó a la atención pública la serie Cosmos de Carl Sagan, es ahora protagonista de la película Ágora de Alejandro Amenábar. Se trata de Hipatia de Alejandría, la sabia griega que vivió en el Egipto bajo la dominación romana entre el siglo IV y V de nuestra era. Hipatia destacó en matemáticas, astronomía y filosofía, encabezando la escuela de Platón y de Plotino en la ciudad.

Aunque Hipatia trabajó en la biblioteca, hay dudas fundadas de que fuera, como algunos afirman, su última bibliotecaria. Pero fue sin duda la encarnación del espíritu de la biblioteca, de la libre investigación, de la participación amplia en la cultura y de la capacidad multidisciplinaria, como comentarista de obras científicas, cartógrafa estelar e del hidrómetro, que se usa para determinar la densidad y gravedad relativa de los líquidos. El asesinato de la pagana Hipatia a manos de una turba cristiana que la acusaba de un problema político entre el prefecto y el obispo de Alejandría, es considerada además por algunos historiadores el fin del helenismo.

El gran misterio que dejó la biblioteca fue la historia real de su final. A lo largo de la historia, varios personajes han sido señalados como sucesivos destructores de la biblioteca, empezando por Julio César, que según Plutarco incendió la gran biblioteca accidentalmente al quemar dos de sus embarcaciones en su conquista de Egipto en el 48 a.E.C. Ciertamente esto no destruyó la biblioteca, que siguió existiendo varios siglos. Aureliano, que atacó la ciudad en el siglo III de nuestra era ha sido señalado como saqueador que llevó parte de la biblioteca a Constantinopla. En el 391, el emperador cristiano Teodosio ordenó destruir todos los templos paganos, y al parecer la biblioteca sufrió por ella.

El ya citado El-Abbadi afirma que la última referencia conocida de la biblioteca de Alejandría fue de Sinesio de Cirene, uno de los alumnos de Hipatia. Aún así, la leyenda atribuye también el fin de la biblioteca a la conquista de la ciudad por Amr ibn al ‘Aas en el año 642.

Pero ése no fue el fin.

Además de los esfuerzos por crear bibliotecas digitales en Internet como la Europeana o la Biblioteca Digital Mundial, en 2002 se inauguró en Alejandría la Bibliotheca Alexandrina, un proyecto cultural de la Universidad de Alejandría con apoyo de la UNESCO. La nueva biblioteca que pretende seguir la tradición de la fundada por Tolomeo tiene 11 niveles con espacio para ocho millones de libros, un centro de conferencias, bibliotecas especializadas para ciegos, jóvenes y niños, tres museos, cuatro galerías de arte, un planetario y, de modo muy pertinente, un laboratorio de restauración de manuscritos. Los libros que tiene han sido donados por países de todo el mundo, convirtiéndose en expresión del legado de Alejandro Magno y Tolomeo en el siglo XXI.


Las primeras bibliotecas

Originadas en Egipto alrededor del 2000 a.E.C., las bibliotecas fueron la institución científica por excelencia del mundo antiguo. Antes del 1000 a.E.C. la biblioteca de la capital de los hititas contaba con tabletas en ocho idiomas, y la biblioteca de Nínive, 400 años después, contenía desde poesía hasta libros para estudiar gramática. Se presume que tanto la Academia de Platón como el Liceo de Aristóteles tenían bibliotecas.

mayo 16, 2009

Las vacunas, su realidad y sus expectativas

Una de las acciones más sencillas para mejorar la salud individual y social tiene su origen en antiguas prácticas empíricas reelaboradas por la ciencia.

Vacunación contra la poliomielitis en
la India. Los bajos niveles de
vacunación son responsables de que
la polio siga siendo endémica
en ese país.
(Foto D.P. vía Wikimedia Commons)
En cuanto se supo de la aparición de una nueva cepa del virus de la gripe N1H1, las primeras preguntas que se plantearon en los medios de comunicación fueron sobre las vacunas: ¿la vacuna de gripe de este año protegía contra este virus?, ¿había vacuna? y, si no,¿la habría pronto y en cantidad suficiente?

Pocos avances de la medicina han tenido un efecto tan contundente en la sociedad y la historia como las vacunas, y por ello son fuente de esperanzas a veces excesivas por un lado y, por otro, objeto de ataques de quienes combaten a la medicina basada en evidencias y en cambio promueven distintas formas de curanderismo mágico.

El principio de la vacunación era ya conocido desde al menos el año 200 antes de la era común, en China e India, para evitar la viruela, aunque su mecanismo seguía siendo un misterio. La sistematización del conocimiento sobre las vacunas tuvo que esperar, sin embargo a que el médico rural inglés Edward Jenner abordara el problema a fines del siglo XVIII.

Entonces, la viruela era un grave problema de salud, era endémica en casi todo el mundo, y sólo en Europa se cobraba alrededor de 400.000 vidas al año. Para prevenirla, con un sistema venido de oriente, el holandés Jan Ingehaus inoculaba a personas sanas con sustancias de las pústulas de pacientes que sufrían casos poco intensos de viruela, lo cual los hacía inmunes a la viruela, pero muchos de los inoculados fallecían al ser infectados por la enfermedad con toda su fuerza.

Edward Jenner observó durante una epidemia en 1788 que pacientes suyos que habían sufrido una enfermedad mucho más ligera llamada vaccinia, que se contagiaba por el contacto con el ganado, no eran atacados por la viruela, y decidió hacer un experimento para comprobar si había una relación causa-efecto. En 1796, tomó líquido de las pústulas de una granjera aquejada de vaccinia y consiguió permiso de un granjero para inocular a su hijo contra la viruela. El joven recibió la inoculación de vaccinia y sufrió levemente la afección. Después, para probar la teoría de Jenner y en un experimento enormemente arriesgado, Jenner le inoculó viruela.

El joven no sufrió la enfermedad, demostrando que la vaccinia inmunizaba contra la viruela. En 1789, el año de la Revolución Francesa, Jenner hizo su propia revolución publicando su investigación sobre lo que llamó “vacuna”. No se sabía en ese momento que un microorganismo era el responsable de la enfermedad, pero ya se tenía una forma adecuada, eficaz y segura de evitarla.

La vacunación, en pocas palabras, implica administrar material capaz de generar una respuesta inmune (antígeno) para estimular el sistema inmune de un organismo. Pueden ser bacterias o virus patógenos debilitados, muertos o desactivados de alguna forma, o incluso sólo proteínas procedentes de ellos. El cuerpo vacunado produce anticuerpos para combatir tales antígenos y queda por tanto en condiciones de combatir exitosamente a los organismos patógenos si llega a verse atacado por ellos. Se puede decir que la vacuna “enseña” a nuestro cuerpo cómo es un microorganismo enemigo, sus características esenciales, antes de que lo ataque.

Las técnicas de vacunación se ampliaron enormemente con el trabajo de Louis Pasteur, que fue además el primero que comprendió cómo funcionaban, al enunciar la teoría de los gérmenes patógenos como responsables de muchas enfermedades antes atribuidas a entes inexistentes como los “humores” o la “fuerza vital”. Por primera vez, una teoría de la enfermedad era científicamente demostrable, replicable y permitía una serie de acciones terapéuticas eficaces basadas en conocimientos precisos.

La vacunación es la forma más barata, eficaz y sencilla de proteger a grandes poblaciones contra ciertas enfermedades, motivo por el cual prácticamente todos los gobiernos mantienen políticas de vacunación obligatoria para mejorar la sanidad pública y evitar las epidemias del pasado. La viruela fue la primera enfermedad erradicada por medio de la vacunación, a través de un amplísimo esfuerzo coordinado por la Organización Mundial de Salud en todo el planeta. El último caso de viruela en condiciones naturales ocurrió en Somalia en 1977. El segundo objetivo de la OMS fue la poliomielitis, que está próxima a ser totalmente erradicada, y se espera que el tercer objetivo sea el sarampión.

La obligatoriedad de las vacunas para ser eficaces ha provocado, sin embargo, reacciones políticas y sociales que, con frecuencia, acuden a la desinformación. La idea de que toda acción gubernamental es rechazable hace que pase a segundo plano el valor médico de ciertas acciones. Se ha afirmado que las vacunas “no sirven”, pese a la realidad de la erradicación de la viruela, y se ha llegado a sugerir, sin bases científicas, que pueden causar enfermedades en los niños. El que muchos de estos ataques provengan de grupos con claros intereses políticos no hace, sin embargo, que los medios sean más cuidadosos en su valoración del mensaje.

El Dr. Ben Goldacre, autor de la columna “Bad Science” del diario británico The Guardian recuerda cómo, con base en un solo estudio con graves fallos metodológicos y a contracorriente de docenas de estudios que concluían lo contrario, en Inglaterra se desarrolló una campaña de pánico contra la triple vacuna, dando como consecuencia la caída en el porcentaje de niños británicos vacunados y el resurgimiento de las afecciones. Hoy Gran Bretaña sufre un aumento alarmante de casos de sarampión entre niños no vacunados, y en 2005 el país sufrió su primera epidemia de paperas en muchos años. Quienes han disfrutado las ventajas de las vacunas quizá ya no recuerdan que tanto el sarampión como las paperas son, en un porcentaje de casos, afecciones muy graves e incluso mortales.

Evidentemente, lo ideal sería que las discusiones sobre acciones de salud se centraran en la evidencia médica a favor y en contra de ellas, evidencia que sólo puede surgir de los trabajos de investigación y nunca de la presión política o la promoción de la desconfianza y el temor entre la población.

Grandes expectativas


Buena parte del futuro de la salud humana depende de vacunas potenciales sobre las que se está trabajando, especialmente contra la malaria, afección que mata a casi 3 millones de personas al año, principalmente niños del Tercer mundo, y contra el VIH, causante del SIDA y una de las principales causas de muerte en África. Ambas vacunas presentan dificultades técnicas que no tuvieron otras vacunas. La del VIH, por ejemplo, enfrenta una gran variabilidad en las sustancias determinantes de la actividad antigénica de este virus, y de la gran variabilidad genética del propio virus.


mayo 09, 2009

Sesgos cognitivos: cuando pensamos rápido y mal

El primer paso para dejar de ser irracional es darnos cuenta de que somos, muchas veces, profundamente irracionales, como lo demuestran nuestros sesgos cognitivos.

Nuestro cerebro da credibilidad a un
entrenador de fútbol como experto
en colesterol debido al "efecto halo".
“La primera impresión es la que cuenta.” Esta frase, habitual en libros de autoayuda, cursillos de formación para comerciales y cátedras de relaciones públicas, resultó ser, intuitivamente, lo que hoy sabemos que es verdad científica: nuestra primera percepción de una persona afecta nuestro juicio general sobre ella, con frecuencia llevándonos a cometer errores de juicio que pueden ser graves. A esto se le conoce como el “efecto halo”, porque trasladamos las características positivas o negativas de parte de la personalidad de alguien a otras partes.

Un ejemplo claro de este “efecto halo” es el de las personas a las que, por ser famosos, bien parecidos o buenos actores, les damos credibilidad en áreas que nada tienen que ver con ello. ¿Acaso los deportistas son expertos en maquinillas de afeitar, los actores saben mucho sobre cafeteras o las presentadoras atractivas tienen un conocimiento singular sobre muebles? Sabemos que no, y sin embargo gran parte de la publicidad está basada en que nosotros, por la forma en que están predeterminados nuestros procesos de pensamiento, vamos a ver positivamente las opiniones de tales personalidades de un modo totalmente irracional.

El reciente caso de la cantante escocesa Susan Boyle es un buen ejemplo del efecto halo en lo negativo. El aspecto de la mujer hizo que el público inmediata e irracionalmente concluyera que debía tener una voz horrible, o que no sabría cantar, aunque si lo pensamos un momento es evidente que la capacidad de cantar y la posesión de una voz hermosa no tienen nada que ver con el aspecto o la educación de una persona. De ahí que la reacción del público ante la buena interpretación de Susan Boyle se convirtiera en un acontecimiento mundial.

Es fácil decir que no se debe juzgar un libro por su portada, pero en realidad no podemos evitar hacerlo. El efecto halo es uno de los muchos sesgos cognitivos identificados por la psicología científica. Tales sesgos cognitivos son como atajos para la emisión de juicios que utiliza nuestro cerebro para asumir una posición rápida ante ciertos estímulos, problemas o situaciones, pero que nos pueden conducir a errores que pueden ser graves. La psicología cognitiva estudia las estrategias y estructuras que utilizamos para pensar, para manejar la información, y ha identificado una gran cantidad de ellos, con frecuencia relacionados entre sí.

Así, por ejemplo, el sesgo de confirmación, o de prejuicio, es la tendencia que tenemos de buscar hechos que confirmen nuestros prejuicios, o interpretar los hechos que tenemos a mano con el mismo fin. Así, por ejemplo, el racista verá todo comportamiento reprobable de un miembro del grupo que odia como una confirmación de sus prejuicios, cerrando los ojos al mismo tiempo a evidencias que vayan contra ellos, por ejemplo, los comportamientos admirables del grupo objeto de su rechazo o los comportamientos reprobables de su propio grupo.

Por su parte, el sesgo de la ilusión de control se encuentra detrás de muchas supersticiones y comportamientos irracionales. Se trata de la tendencia que tenemos a creer que podemos controlar ciertos acontecimientos, o influir en ellos, cuando racionalmente es evidente que tal control es imposible. Así, creamos rituales y supersticiones que nos dan cierta seguridad, como los deportistas que repiten ciertas conductas esperando que condicionen cosas como su capacidad de marcar goles, que evidentemente depende de muchos otros factores objetivos.

Es imposible resumir las docenas de sesgos cognitivos que la psicología ha identificado por medio de experimentos que, por otra parte, son frecuentemente notables por el ingenio que han empeñado los experimentadores para que los sujetos no sean conscientes del tipo de estudio al que se les somete, pero hay uno que sin duda tiene una gran influencia en nuestra vida cotidiana en lo individual, lo familiar y lo social, el sesgo llamado heurística de disponibilidad. La heurística es la forma que tenemos de buscar soluciones mediante métodos no rigurosos, como el tanteo o las reglas empíricas, nos dice el diccionario de la RAE.

La heurística de disponibilidad es el sesgo que implica utilizar como elemento de juicio el dato más disponible en nuestra memoria debido a su impacto, a ser reciente o a alguna otra causa. Por ejemplo, si un amigo nos cuenta que ha tenido un problema grave con un automóvil de una marca, es frecuente que concluyamos que todos los automóviles de esa marca son poco fiables, cuando el problema podría ser simplemente de ese vehículo en particular, o de los malos hábitos de conducción de nuestro amigo.

Otro caso claro de heurística de disponibilidad se presenta cuando notamos y damos especial importancia a un suceso poco frecuente. Así, si pensamos en alguien y en ese momento nos llama por teléfono, podemos concluir que ha habido un fenómeno telepático, porque el hecho es impactante, sin pensar en los miles y miles de veces que suena el teléfono sin que tengamos idea de quién llama, y menos aún sin calcular las probabilidades de que un número determinado de ocasiones en la vida ocurrirá inevitablemente que pensemos en una persona en el momento en que nos llama.

Conocer los sesgos cognitivos, saber que nuestro cerebro, por la forma en que ha evolucionado, acudirá a ellos para hacer juicios que pueden ser profundamente irracionales, no es sólo un área de estudio de la psicología. Estar conscientes de estas limitaciones nos sirve también para realizar un esfuerzo consciente por ser racionales en ciertos casos y compensar los sesgos cognitivos que tenemos.

Ciertamente, en la sabana, cuando nuestra especie tenía fundamentalmente el destino de ser alimento de sus depredadores, una decisión rápida tomada con base en muy pocos datos tenía un gran valor de supervivencia. No había ni tiempo ni forma de analizar a fondo la situación cuando un tigre dientes de sable nos pisaba los talones. Pero hoy, cuando el hombre puede alterar profundamente su realidad, a su planeta, su vida y su futuro, no nos podemos dar el lujo, al menos en ciertas decisiones importantes, de actuar sin valorar todos los elementos y sin utilizar cuidadosamente la razón.

La memoria sesgada

El hombre siempre ha confiado en su memoria, pero hoy sabemos que, también, nuestra memoria está sujeta a sesgos y fallos que hacen que no debamos siempre fiarnos de ella. Las falsas memorias, que durante un tiempo se consideraron un mito, y otros errores de memoria, son hoy tenidas en cuenta sobre todo por los tribunales, en juicios donde el recuerdo de las personas y su testimonio puede afectar profundamente la vida de otros.


mayo 02, 2009

Un recuerdo de Carl Sagan

Carl Sagan, la vida de un visionario entusiasta que inició todo un movimiento de divulgación científica y varios proyectos científicos relevantes.

Sin precedente, la televisión mundial de la década de 1980 erigió como famoso a un doctor en astronomía y astrofísica, de algo más de 45 años de edad, que no solía usar corbata: el doctor Carl Sagan.

Llegó a 600 millones de espectadores en todo el mundo gracias a una serie de sólo 13 capítulos de una hora cada uno, producida con un presupuesto relativamente limitado para la cadena de televisión pública PBS. Cosmos, serie producida entre 1978 y 1979, destacó por sus efectos especiales, por la música original del griego Vangelis y, sobre todo, por la personalidad agradable y entusiasta de su presentador. Cosmos se emitió por primera vez en 1980 y se retransmitió sin cesar durante las dos décadas siguientes, convirtiendo en una figura familiar a Carl Sagan con su sentido del asombro ante el universo y la posibilidad del hombre de conocerlo mediante la ciencia.

Lo que siguió fue un éxito poco común para un astrofísico, profesión más dada al aislamiento de los laboratorios, los encerados y las cavilaciones que al glamour de los medios. Al obtener prestigiosos premios como el Emmy y el Peabody, dedicados a las mejores producciones de la radio la televisión, Cosmos marcó una época en los medios, un camino para la divulgación científica moderna y enfocó la atención sobre una serie de temas que siguen siendo considerados esenciales pese al paso de casi 30 años.

Un astrónomo vocacional

Desde que a los cinco años se preguntó qué eran las luces en el cielo, si eran pequeñas bombillas eléctricas con largos cables negros o algo distinto, Carl Sagan se empeñó en conocer el universo. Hijo de un obrero y un ama de casa, judíos de origen ruso, nació en Brooklyn, Nueva York en 1934 y desde muy pequeño, con su amigo Robert Gritz, se interesó por las estrellas. Aprendió a poner dos lentes, una frente a la otra, para ver los cráteres de la Luna (como lo había hecho Galileo) y la mancha roja de Marte, y conoció el mundo de la Biblioteca Pública de Nueva York y del Museo de Historia Natural de esa ciudad.

Era natural que al pasar del bachillerato a la universidad siguiera con su interés. En la Universidad de Chicago, donde participó en la Sociedada Astronómica Ryerson, obtuvo tres grados sucesivos de licenciatura y maestría en física entre 1954 y 1956 hasta obtener, en 1960, su doctorado en astronomía y astrofísica. Pasó como profesor a la universidad de Cornell, en el estado de Nueva York, donde obtuvo la cátedra en 1971 y realizó numerosas investigaciones.

Mucho antes de ser una personalidad mediática, Carl Sagan realizó una serie de aportaciones científicas que le dieron un lugar en el mundo de la astrofísica. Desde la década de 1950 trabajó como asesor y consultor de la NASA, y jugó un papel relevante en el programa espacial estadounidense. Fue uno de los formadores de los astronautas de las misiones Apolo antes de sus viajes a la Luna y participó como diseñador de experimentos en las expediciones robóticas Mariner, Viking, Voyager y Galileo. A principios de la década de 1960, ayudó a resolver el acertijo que presentaban las altas temperaturas de Venus al proponer al efecto invernadero como responsable de ellas, y a explicar los cambios estacionales en Marte (que algunos habían interpretado como crecimiento y disminución de zonas con vegetación) demostrando que se debían al polvo movido por el viento.

Una de sus grandes pasiones fue la búsqueda de vida e inteligencia extraterrestre, pero empleando los métodos de la ciencia y no las creencias y relatos poco confiables de personas interesadas en aparecer en los medios. Además de demostrar experimentalmente la producción de aminoácidos a partir de sustancias simples bombardeadas por radiaciones, estableció la organización conocida como SETI, siglas en inglés de Búsqueda de Inteligencia Extra Terrestre.

Sagan calculó que mucho antes de que nos pudieran visitar los extraterrestres podríamos percibir sus emisiones de radio, considerando que la radio es un desarrollo fundamental en la ciencia. De hecho, las emisiones de la Tierra sólo han salido de nuestra atmósfera desde 1936, de modo que sólo nos podrían detectar seres que vivieran a un máximo de 73 años luz. Así, SETI utiliza radiotelescopios para buscar en el ruido electromagnético del espacio una señal coherente, con la curiosa discontinuidad que la inteligencia imparte a la materia que controla.

Ciencia para todos

Sagan escribió ampliamente sobre los aspectos científicos del debate ovni, la vida extraterrestre y la comunicación con inteligencias extraterrestres, pero su primer momento de fama se dio cuando diseñó el disco fonográfico que lleva consigo –todavía— la sonda Voyager, que hoy es el objeto creado por el hombre que ha viajado más lejos desde su planeta de origen. La atención mediática sobre el proyecto llevó a que escribiera en 1978 el libro Murmullos de la tierra, relatando el proyecto de intento de comunicarnos con alguna inteligencia extraterrestre que encontrara la sonda.

En 1978, su libro Los dragones del Edén, especulaciones sobre la evolución de la inteligencia humana obtuvo el Premio Pulitzer y se convirtió en el modelo de sus posteriores obras de divulgación científica mezclando su sentido del asombro, una gran claridad en la exposición y un inagotable entusiasmo por el conocimiento. A este libro seguirían El cerebro de Broca y, en 1980, Cosmos, basado en la serie de televisión, que lo consagrarían como el hombre que puso la cosmología al alcance de todos. Seguirían ocho libros, incluida su novela Contacto, llevada al cine con Jodie Foster como protagonista, y su último libro, El mundo y sus demonios, una defensa final de la razón, el pensamiento crítico y el escepticismo frente a los vendedores de misterios, promotores de lo paranormal y negociantes de las pseudociencias.

La sola lista de los honores científicos y sociales que se le confirieron a Carl Sagan llenaría toda esta página, desde medallas de la Nasa hasta premios de ciencia ficción y reconocimientos rusos y estadounidenses. Pero quizás el principal legado que dejó atrás a su muerte en 1996, fue la invitación a que más y más científicos se comprometieran con la importante labor de hacer a la ciencia un tema accesible y emocionante para la gente común que no hace ciencia... o al menos no sabe que la hace muchas veces en su vida cotidiana.

La sociedad tecnológica

“También hemos dispuesto las cosas de modo que casi nadie entienda la ciencia y la tecnología. Esto es una receta para el desastre. Probablemente nos salgamos con la nuestra durante un tiempo, pero tarde o temprano esta mezcla combustible de ignorancia y poder va a estallarnos en la cara.” Carl Sagan.