Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

enero 29, 2011

Tecnología y ciencia de los metales

La llegada del metal a la tecnología humana representó una revolución tan radical que, de hecho, continúa en nuestros días.

Casco de bronce procedente de Tracia, de
alrededor del siglo IV antes de la Era Común.
 (Foto CC de Ann Wuyts
vía Wikimedia Commons)
“La edad de piedra” es un concepto que se utiliza frecuentemente como sinónimo de falta de avance y primitivismo. Esto olvida que la tecnología de piedra desarrollada por varias especies de humanos, como los neandertales y nosotros, llegó a ser de una enorme complejidad y detalle. Y de hecho fue requisito esencial para dar el gran salto tecnológico hacia los metales.

Curiosamente, sin embargo, el primer metal que encontramos asociado a la historia humana es el oro, es decir, como riqueza y adorno antes que por su valor práctico. Según los estudiosos de la historia de los metales, la relación del hombre con el oro comenzó encontrando pepitas de este metal en los ríos. Las pepitas son producto de la erosión de vetas de oro por causa del agua. Y la primera forma de trabajar el metal fue unir pepitas de oro empleando martillos.

El oro, como la plata, el cobre, el estaño y el hierro procedente de meteoritos (cuyo contenido en cinc lo hace resistente a la corrosión), se pueden encontrar en forma metálica en la naturaleza. Estos metales, sucesivamente descubiertos y procesados mediante una tecnología en constante desarrollo, muchas veces mediante la producción de armas más eficaces y letales, como la primera hacha de cobre descubierta hasta la fecha, con una edad de 7.500 años procedentes de la cultura Vincha, en los Balcanes.

El acceso a los metales, su procesamiento y utilización, fueron esenciales para el paso del ser humano de la vida nómada del cazador recolector al establecimiento de asentamientos, pueblos, ciudades y estados cuyo poder iba en relación directa a su fuerza militar y su riqueza, ambos aspectos dependientes de los metales en una situación que no ha cambiado mucho hasta hoy.

Pero para encontrar y trabajar con los metales que no se encuentran aislados en la naturaleza, se tuvieron que desarrollar técnicas diversas. Primero, es necesario identificar el metal, es decir, reconocer las características de un mineral que indican la presencia de una cantidad de metal suficiente como que su recuperación sea económicamente viable. Una vez reconocido el mineral y su potencial de rendimiento, es necesario extraer del mineral los metales y concentrarlos (lo que se conoce también como su “beneficio”) mediante diversos procesos.

La extracción de los metales se puede realizar con agua a la que se añaden otras sustancias para disolver en ella los minerales y recuperar los metales mediante procesos como la precipitación, la destilación o la electrólisis entre otros. O bien se puede realizar utilizando el calor de varias formas. La fundición como proceso de extracción, por cierto, no implica simplemente fundir el metal para separarlo del mineral, ya que en la mayoría de los minerales el metal no está presente como elemento, sino como parte de compuestos químicos, como por ejemplo óxidos, sulfuros, cloruros o carbonatos. La fundición emplea el calor y otras sustancias para que reaccionan con los otros elementos del compuesto para obtener el metal libre, a veces realizando procesos previos que alteran los compuestos químicos convirtiéndolos en otros más adecuados para la extracción.

El metal refinado puede procesarse para darle distintas formas y modificar algunas de sus características originarias para que sirvieran mejor a diversas necesidades. Uno de los mejores ejemplos de estos procesos es el forjado, durante el cual un metal calentado al rojo vivo es golpeado para darle forma y hacer que sus características sean uniformes en toda su extensión, como se hace con las espadas, y después se tiempla, aumentando y disminuyendo su temperatura de forma controlada para alterar su estructura cristalina y hacerlo más resistente, más dúctil y maleable, menos propenso a desarrollar grietas y menos duro.

Los metales que conocemos y usamos generalmente no están formados por un solo elemento, sino que son aleaciones como el bronce (aleación de cobre y estaño) o el acero (de hierro y carbono). Los componentes minoritarios de las aleaciones sirven también para alterar y controlar las características físicas del metal principal, aumentando de modo asombroso la diversidad de sus aplicaciones. Lo que llamamos aluminio es en realidad una variedad de aleaciones cuyo principal componente es, efectivamente, aluminio en más del 90%, pero aleado con diversos metales y en variadas cantidades.

Así, por ejemplo, el aluminio de una lata de una bebida comercial es una aleación llamada 3104-H19 o una similar, con aproximadamente 1% de magnesio y 1% de manganeso, pero la tapa se fabrica con la aleación 5182-H48, más rígida y dura (la “H” de la denominación del a aleación significa ‘hardness’, dureza en inglés), y la lengüeta para abrir la lata es de otra aleación más.

Hoy sería difícil imaginar un mundo con sólo siete metales, que eran los que la humanidad conoció desde la antigüedad y hasta el siglo XIII. Además de oro, plata, hierro y cobre, se conocían el plomo, el estaño y el misterioso mercurio, el metal líquido que ha fascinado a la humanidad desde el primer emperador chino, Chin Shi Huandig, quien murió envenenado por consumirlo creyendo que prolongaba la vida. En la Edad Media se descubrieron apenas cuatro metales más (arsénico, antimonio, cinc y bismuto), el platino en el siglo XVI, doce metales más en el siglo XVIII, mas de cuarenta en el siglo XIX y los restantes metales naturales, además de los transuránidos sintetizados por el hombre, en el siglo XX.

Pese a que hoy conocemos todos los metales y sus características, en gran medida se puede decir que seguimos viviendo la edad del hierro. Nuestro mundo tecnológico es fundamentamente de acero, una aleación de hierro con carbono y otros diversos metales que permiten que lo utilicemos para una variedad de aplicaciones más amplia que la de ningún otro metal, desde la humilde hoja de afeitar hasta los cohetes espaciales.

Sin embargo, el maravilloso logro que es la Estación Espacial Internacional no es de acero, es fundamentalmente del mismo metal que una lata de refresco: aluminio.

La abundancia de los metales

Los metales son la mayoría de los elementos que existen en el universo. De los 92 elementos naturales, 86 son metales, aunque el elemento más abundante sea el hidrógeno. Una cuarta parte de la corteza terrestre está formada por metales diversos, de los cuales los más abundantes son el aluminio, el magnesio, el estaño, el hierro y el manganeso. El núcleo del planeta es principalmente de hierro. En cambio nosotros tenemos pocos metales y en pequeñas cantidades, pero esenciales para la vida: calcio, sodio, magnesio, hierro, cobalto, cobre, cinc, yodo, selenio forman menos del 4% de nuestro cuerpo.

enero 22, 2011

De qué está hecho el universo

Puede parecernos evidente que lo que hay a nuestro alrededor no es uniforme, que no todo tiene el mismo color, textura, dureza, densidad y otras propiedades. Un trozo de metal y una rama de árbol, un vaso de agua y un venado son claramente distintos.

Monumento a Mendeleev y su tabla periódica en la
Universidad Tecnológica de Bratislava
(Foto CC de mmmdirt, usuario de Flickr,
vía Wikimedia Commons)
Ya en los albores de la historia humana, esto llamaba al asombro. ¿Cuáles eran los componentes de las cosas, las sustancias esenciales que las hacían tan distintas? Entre los griegos, las distintas escuelas filosóficas se inclinaron por distintos componentes básicos que no se pudieran subdividir en más componentes o sustancias distintas.

Según las reflexiones de Tales de Mileto, el elemento primordial de toda la materia era el agua. Pocos años después, Anaxímenes, también en Mileto, basó toda su filosofía en la idea de que el material esencial del universo era el aire. Y apenas unos años después, el brillante Heráclito de Efeso que enunció el concepto de que “todo fluye, nada permanece”, argumentó que el elemento más fundamental era el fuego.

No mucho tiempo pasó antes de que Empédocles intentara la síntesis de los maestros anteriores diciendo que los tres elementos enunciados eran todos componentes básicos del cosmos, añadiéndoles la tierra para tener los cuatro elementos o raíces que se convirtieron en la creencia fundamental del mundo occidental gracias a su adopción por parte de Aristóteles. En China se creyó en cinco elementos: fuego, tierra, agua, metal y madera, mientras que los indostanos y budistas argumentaron sobre los tres elementos del zoroastrianismo: fuego, agua y tierra (luego añadirían el aire y el éter). En las tres culturas se intentó clasificar todo según el número de los elementos de su filosofía, especialmente el misterio de la vida. Los griegos creían que el cuerpo humano estaba formado por cuatro humores, base de toda la medicina occidental precientífica. Los chinos en cambio postularon cinco funciones de la energía vital mística llamada “chi”, y con ello diseñaron su medicina precientífica. Y los indostanos argumentaron que el cuerpo estaba controlado por tres doshas o fuerzas, sobre las que crearon su propia práctica médico-mística.

Estas ideas consideraban a los “elementos” como una fuerza más bien mística, sin relación con los elementos químicos que ya se conocían y utilizaban, algunos desde la prehistoria, como el cobre, el oro, el plomo, la plata, el hierro, el carbono y otros más. Los metales, en particular, eran objeto del interés de la alquimia que intentó transmutar de unos en otros utilizando los cuatro elementos clásicos y procedimientos más bien mágicos.

El paso al estudio científico de la química llegó de la mano de Robert Boyle en 1661, cuando publicó en Londres su libro ‘El químico escéptico, o dudas y paradojas quimico-físicas’, donde relataba sus experiencias, lanzaba un llamamiento a que los químicos experimentaran, estableciendo que precisamente los experimentos indicaban que los elementos químicos no eran los cuatro clásicos.

Con este libro, Boyle sentó las bases de una disciplina distinta de la alquimia; una disciplina científica, rigurosa, donde sólo se podía considerar verdadero lo que hubiera sido probado experimentalmente. La nueva química, aunque usaba herramientas y procesos de la alquimia, era algo radicalmente nuevo y diferente, que en breve marcó el fin de la alquimia y sus apasionantes especulaciones.

El libro de Boyle fue el banderazo de salida para la reevaluación de todo lo que se había creído sobre la composición del universo. Desde el descubrimiento del fósforo en 1669 a cargo del alemán Hennig Brand, todavía alquimista, comenzó una sucesión de descubrimientos de otros elementos químicos, casi una veintena sólo en el siglo XVIII y más de 50 en el siglo XIX.

En 1787, el francés Antoine de Lavoisier, descubridor del oxígeno y el hidrógeno (demostrando así que el aire no era un elemento esencial sino una mezcla), hizo la primera lista de 33 elementos, tratando de normalizar tanto la nomenclatura de los mismos como la de los compuestos que forman, en el primer esfuerzo por sistematizar la química como disciplina.

En los años siguientes, el descubrimiento de nuevos elementos y la observación de sus propiedades y la forma en que creaban compuestos, con qué otros elementos se combinaban más frecuentemente, y las características de los mismos compuestos, se empezó a vislumbrar que los elementos tenían una peculiar característica llamada “periodicidad”, es decir, que organizados de acuerdo a sus números atómicos, algunos elementos compartían propiedades químicas que se repetían periódicamente.

En 1869, un profesor de química, el ruso Dmitri Ivanovich Mendeleev, publicó una tabla de los elementos que los ordenaba por su peso atómico pero en columnas que indicaban la repetición de las características químicas de los elementos. Así, por ejemplo, los llamados “gases nobles”, helio, neón, argón, xenón, kriptón y radón son todos gases cuyas moléculas tienen un solo átomo, no son inflamables en condiciones normales y tienen muy poca reactividad química, de modo que están en la misma columna pese a sus diversos pesos químicos.

Mendeleev incluyó en su tabla todos los elementos conocidos hasta entonces, pero además predijo las propiedades químicas que deberían tener los elementos no conocidos, según su peso atómico: el germanio, el galio y el escandio. Estas predicciones se confirmaron conforme se descubrieron dichos elementos, y otros nuevos que también ocupaban su lugar en la tabla de Mendeleev.

En la naturaleza existen 92 elementos. El hidrógeno, el más ligero tiene un protón en su núcleo, y por tanto tiene el número atómico 1. El uranio, en el otro extremo de la tabla, tiene 92 protones y es el más pesado de los elementos que se encuentran en la naturaleza. Más allá del uranio hay elementos con más de 92 protones en su núcleo que ha producido el hombre artificialmente, y son todos radiactivos. A la fecha se han sintetizado elementos con hasta 118 protones, de algunos de los cuales sólo se han detectado literalmente unos pocos átomos porque se degradan rápidamente.

Así podemos responder que el universo, en toda su complejidad, está hecho de materia en la forma de sólo 92 elementos, y, claro, de energía.

El año internacional de la química

La Unión Internacional de Química Pura y Aplicada y la UNESCO han designado a 2011 como el Año Internacional de la Química, y ha preparado una serie de actividades para dar a conocer mejor las aportaciones e importancia de la química en nuestra vida, bajo el tema “Química: nuestra vida, nuestro futuro”. En España, esta conmemoración estará encabezada por el Foro Química y Sociedad, con concursos, conferencias, actividades prácticas y un camión científico, Movilab, que recorrerá España con talleres para todas las edades.

enero 15, 2011

Cómo se hace un fósil

Reconstrucción de Tyrannosaurus Rex
en el Museo del Jurásico de Asturias
(foto © Mauricio-José Schwarz)
El proceso natural de la vida incluye, como uno de sus principios más esenciales, la descomposición de los cuerpos de los seres que han muerto.

Ya sean minúsculas bacterias, insectos de duro exoesqueleto, grandes árboles o enormes animales, sus componentes se someten a reciclaje prácticamente desde el momento mismo de su muerte. La naturaleza no desperdicia nada y, al paso del tiempo, todos se degradan, incluso los más fuertes o sólidos, como huesos, dientes o caparazones.

Sin embargo, nuestro conocimiento de la vida depende de los rastros que se conservan de los seres que vivieron en el pasado remoto. Esos restos son los fósiles, evidencias físicas que nos cuentan cómo fue la vida y cómo evolucionó para llegar hasta donde estamos hoy.

En general, cuando hablamos de fósiles pensamos en objetos hechos de piedra: huesos, impresiones de partes blandas de plantas y animales o, incluso, pisadas y hasta excrementos. Pero también son fósiles los seres que han quedado atrapados en el hielo, como los mamuts congelados durante la última glaciación; en resinas, como los insectos que podemos encontrar en el ámbar, o en turberas y pozos de alquitrán o parafina. Y también restos desecados como momias.

Para utilizar los fósiles en el proceso de reconstrucción de la vida en el pasado, primero debían reconocerse como restos de seres vivos, algo que no es tan trivial como parece. Para algunos como el filósofo Jenófanes del siglo VI antes de la Era Común, eran clara evidencia de seres vivos, al grado de que propuso que los fósiles marinos hallados en tierra eran evidencia de que esa área en el pasado había estado cubierta por agua, hipótesis que hoy sabemos certera.

Sin embargo, más de dos mil años después, en 1677, el naturalista inglés Robert Plot publicaba un libro que seguía sosteniendo otra hipótesis, popular a lo largo de toda la historia, según la cual la tierra tenía la propiedad de generar en su interior cosas con las mismas formas que tenía en su superficie. Así, describió rocas que se asemejaban a flores, ojos, orejas y cerebros humanos. Esto casaba además con la idea de la “generación espontánea” de Aristóteles, que creía que los fósiles eran ejemplos incompletos de las “semillas de la vida” que la tierra generaba espontáneamente.

En general, sin embargo, los distintos pueblos que encontraban restos fósiles les dieron explicaciones míticas relacionándolos con animales como el grifo, los dragones y las quimeras, o bien los explicaban como razas de gigantes (animales o humanos) que habrían vivido antes de algún desastre cósmico como los fines de las eras entre los aztecas o el diluvio universal en el cristianismo europeo. E incluso, como cuenta el paleontólogo José Luis Sanz, en la zona de Cameros las huellas fósiles de manos y pies de dinosaurios se interpretaron durante mucho tiempo como pertenecientes al caballo del apóstol Santiago.

No fue sino hasta principios del siglo XIX cuando tres naturalistas ingleses Willliam Buckland, Gideon Algernon Mandell y Richard Owen, y uno francés, Georges Cuvier, empezaron el estudio sistemático, ordenado y científico de los fósiles, descubriendo en el proceso la existencia de numerosos animales prehistóricos, entre ellos un grupo de reptiles antiquísimos y, muchos de ellos, enormes: los dinosaurios. Empezaron así a reunir datos que señalaban que la Tierra era un planeta mucho más antiguo de lo que jamás habíamos creído hasta entonces, y que la vida antes de nosotros había sido tremendamente compleja y muy distinta de la que narraba la Biblia.

¿Podemos hacer un fósil?
La fosilización más conocida es aquélla en la que los huesos y dientes de los animales o los tejidos de las plantas se ven sustituidos por minerales diversos, reproduciendo la forma y tamaño que tuvieron, pero no su peso, color o composición química. Este proceso debe ocurrir en una zona donde los restos se vean recubiertos bastante rápidamente por sedimentos, por ejemplo, hundiéndose en el lecho de un cuerpo de agua.

Los restos en esas condiciones pueden sufrir varios procesos. En uno, llamado permineralización, los sedimentos a su alrededor se endurecen formando roca sedimentaria y crean un molde de los huesos y, en ocasiones de los tejidos blandos, mismos que finalmente se descomponen. Este molde externo es en sí un fósil. Pero en algunos casos, las corrientes de agua pueden depositar minerales en el “molde” hasta reproducir un vaciado de la materia original. En otra, el hueso puede verse reemplazado gradualmente con otros minerales, preservando además del aspecto externo gran parte de la estructura interna de huesos, caparazones y dientes.

Hay otras formas de fosilización, entre ellas la recristalización de las sustancias de los restos, la adpresión con la que se preservan impresiones (como las huellas de dinosaurios o los pocos ejemplos de moldes de piel, alas y plumas), y un proceso mediante el cual los huesos de un organismo rodean y conservan a otro, o al menos su impresión.

La fosilización puede ocurrir en unos pocos años o desarrollarse a lo largo de prolongados períodos. Además, para que los paleontólogos puedan hallar estos fósiles, los estratos sobre ellos deben erosionarse para que afloren nuevamente. En ese tiempo pueden ocurrir numerosos percances que destruyan los restos, como terremotos o erupciones volcánicas.

Es por ello que la fosilización es un fenómeno muy infrecuente. Aunque existen microfósiles que nos ayudan a contar la historia de la vida en nuestro planeta desde hace unos 4 mil millones de años, suelen fosilizarse principalmente seres con conchas o caparazones, seres muy extendidos geográficamente y los que vivieron durante mucho tiempo antes de extinguirse. Esas tres características aumentan la probabilidad de fosilización.

Por ello mismo, el registro fósil, es decir, la colección de todos los fósiles que conocemos, es una imagen incompleta de la historia de la vida. Nos faltan restos de un número indeterminable de especies de cuerpo totalmente blando, o que sólo vivían en pequeñas zonas geográficas, o que no existieron durante mucho tiempo, ya sea por extinguirse o porque evolucionaron hacia otras formas.

Los seres que faltan

Los paleontólogos apenas han explorado una mínima parte de la superficie de nuestro planeta y menos aún de sus profundidades. Aún si hay pocos fósiles, también sabemos que apenas hemos descubierto una fracción minúscula de las especies que nos precedieron en estos miles de millones de años. Si hemos clasificado más de 520 géneros de dinosaurios (cada uno con varias especies), los expertos calculan, conservadoramente, que pudo haber casi dos mil géneros distintos. Y si hablamos de seres más abundantes y variados, como los insectos, el cálculo es aún más difícil y enorme. Por más que aprendamos siempre queda mucho, muchísimo más por saber.

enero 08, 2011

El minúsculo centro de nuestras emociones

Amygdala
Imagen del cerebro con las
amígdalas señaladas en rojo
(CC de Life Science Databases (LSDB),
vía Wikimedia Commons
Aproximadamente a la altura de nuestros ojos, en lo más profundo de la base de nuestro cerebro, directamente debajo de la corteza, existen dos pequeñas estructuras con la forma y el tamaño de dos almendras a las que se llama, precisamente, “amígdalas”, que es la palabra griega para “almendra”, una en cada lóbulo cerebral.

Estos cuerpos son parte esencial del sistema límbico, un complejo circuito neuronal que controla el comportamiento emocional y los impulsos que nos mueven a hacer las cosas, y tienen numerosas y complejas conexiones con el resto del sistema límbico, el hipotálamo, el tallo cerebral, la corteza cererbral y otras estructuras de nuestro sistema nervioso central.

Las amígdalas, formadas por varios núcleos, son responsables, entre otras cosas, de nuestra capacidad de sentir miedo. Una lesión en estos pequeños cuerpos y podríamos pasar sin miedo entre una manada de leones hambrientos. El miedo es un viejo compañero desagradable que nos mantiene vivos, como el dolor.

El cerebro está formado por capas que la evolución ha ido añadiendo, con las más antiguas debajo y las más modernas encima, como si fueran los estratos geológicos de la Tierra. Las estructuras más antiguas tienen alrededor de 500 millones de años, y corresponden a nuestro tallo cerebral y cerebelo. Después aparecieron las estructuras conocidas como ganglios basales, que se ocupan del control motor y las emociones, entre ellas todo el sistema límbico, incluidas las amígdalas. Finalmente, la estructura más reciente es la corteza cerebral, que en el caso de los seres humanos es la principal responsable de interpretar la información de los sentidos, realizar asociaciones y desarrollar el pensamiento creativo y racional.

La antigüedad evolutiva de las amígdalas se explica precisamente por su función en la descodificación y el control de las respuestas autonómicas (es decir, no voluntarias) asociadas al miedo, la excitación sexual y la estimulación emocional en general. Dado que un sistema de alarma así es fundamental para sobrevivir, había una real presión de selección para su desarrollo. Una de las principales funciones de la amígdala es que recordemos situaciones que nos puedan haber dañado y las evitemos en el futuro.

En 1888, Sanger Brown y Edward Albert Shäfer publicaron sus estudios. Habían extirpado quirúrgicamente partes del cerebro de monos rhesus y observado los cambios en la conducta de los animales. Su trabajo fue retomado en la década de 1930 por Heinrich Klüver y Paul Bucy, y sucesivos investigadores que pudieron determinar que al extirparse la amígdala a los monos con los que trabajaban, éstos dejaban de mostrar temor, entre otras alteraciones conocidas precisamente como Síndrome de Klüver-Bucy.

Por otra parte, si las amígdalas se estimulan eléctricamente, evocan el comportamiento de miedo y ansiedad tanto en humanos como animales, un comportamiento que es, en realidad, una compleja colección de respuestas: aumento en la tensión arterial, liberación de hormonas relacionadas con el estrés, gritos u otros ruidos e incluso la congelación o inmovilización total, lo que llamamos en lenguaje coloquial quedar “paralizados por el miedo”.

Con el tiempo se ha demostrado que estas pequeñísimas estructuras participan en una asombrosa variedad de actividades de nuestro cerebro, recibiendo información, procesándola y enviando impulsos a distintas zonas del cerebro para la liberación de neurotransmisores y hormonas que influyen en nuestras emociones. Por ejemplo, la noradrenalina, hormona que prepara al cuerpo para pelear o huir, aumentando la frecuencia cardiaca, liberando glucosa para atender las necesidades de los músculos, y aumentando el flujo de sangre a los mismos y el cerebro (retirándolo de otras zonas, lo que explica por qué palidecemos cuando tenemos miedo), entre otros efectos.

Si la amígdala es esencial en el aprendizaje motivado por el miedo, como cuando aprendemos a no meter la mano en el fuego por temor a repetir una experiencia dolorosa, se ha determinado que los pequeños núcleos de las amígdalas también juegan un papel en el aprendizaje que se consigue con estímulos positivos, como los alimentos, el sexo o las drogas.

La amígdala es como un centro complejísimo, y diminuto, de procesamiento de emociones que controla la memoria no sólo dentro de sus estructuras, sino a nivel de todo el cerebro, generando recuerdos, ordenando almacenarlos y echando mano de ellos para evaluar situaciones en las que nos podamos encontrar.

Esto tiene implicaciones importantes para quienes padecen de estrés excesivo, ansiedad, depresión, ataques de pánico y otros trastornos en los cuales la amígdala se comporta (o es llevada a comportarse) de modo extremo. Conocer estas estructuras y su funcionamiento guarda una gran promesa para manejar mejor, ya sea por medio de fármacos, psicoterapia u otro tipo de intervención, alteraciones emocionales y de conducta que muchas veces son socialmente incapacitantes para muchas personas.

Lo que sabemos de este centro esencial de nuestras emociones es, sin embargo, aún muy poco y muy impreciso. Como ejemplo, se ha determinado que el tamaño de la amígdala está correlacionado con nuestras redes sociales, mientras más grande sea nuestra amígdala, mayor será el número de amigos y conocidos que tengamos. Aún si esto es cierto, quedaría por saber si una amígdala grande nos hace más amistosos, o las relaciones sociales provocan que crezca la amígdala… o bien, como muchas veces pasa en ciencia, que haya un tercer elemento que afecte ambos temas o bien, incluso, que la correlación sea una simple coincidencia irrelevante.

Algo que sí sabemos es que no tenemos que ser esclavos de nuestros miedos y ansiedades. Tanto la experiencia de las personas controlando su miedo como las complejas conexiones anatómicas de la amígdala nos recuerdan que tenemos estructuras mentales que complementan, y pueden dirigir, al sistema autonómico del que la amígdala es parte importante. El miedo es útil como sistema de alarma, pero es también controlable.

La mujer sin miedo

A fines de 2010 se conoció el caso de una mujer estudiada en Estados Unidos que es normal en inteligencia, memoria y lenguaje, y puede experimentar todas las emociones … salvo el miedo. Recuerda haber sentido miedo cuando en su adolescencia la acorraló un perro, pero nunca después de que una enfermedad, la proteinosis lipoide, destruyó sus amígdalas. Una noche, en un parque, se acercó sin más a un sujeto de amenazante aspecto, que la amenazó con un cuchillo. La misma falta de temor que la metió en el problema al parecer sirvió para que su atacante la dejara ir inquieto por su reacción. Pero a la noche siguiente, volvió a cruzar el parque sin ninguna preocupación ni miedo.

enero 01, 2011

Astrología, historia de una ilusion

Astrologer-ad
Anuncio de un astrólogo en EE.UU.
siglo XIX.
(Imagen D.P. via Wikimedia Commons)
Entre las formas de predicción más populares está una vieja conocida del hombre, la astrología, un nombre relativamente inocente que significa, “estudio de los astros”, pero cuya pretensión es usarlos para predecir el futuro. Toda forma adivinatoria basada en la observación del cielo y los objetos que hay en él es “astrología”, sea china, hindú o maya. La prevaleciente en el mundo occidental es la astrología solar en los doce “signos” o constelaciones del zodíaco.

El zodíaco es un anillo de constelaciones situado en la ruta que el sol parece recorrer durante el año en la esfera celeste, una banda de unos 16 grados de ancho llamada eclíptica. La astrología supone que estas constelaciones se corresponden con doce signos en los que se divide la eclíptica, y que su posición en relación con los planetas tiene un significado que puede interpretarse. Para la astrología, curiosamente tanto el sol como la luna son planetas, además de Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, que son los planetas conocidos desde la antigüedad.

La idea de que estas constelaciones y cuerpos celestes o “planetas” tenían alguna influencia sobre la vida humana y sus acontecimientos es parte de todo el esquema de las adivinaciones, es decir, del intento de ver el futuro mediante la inspiración divina, interpretando (con ayuda de los dioses) algunas “señales” presentes a nuestro alrededor o utilizando algún otro medio. Si se creía que el futuro estaba predeterminado, lo que tenía que hacer el adivinador para conocerlo era descifrar algún código colocado por la divinidad: el vuelo de las aves, la disposición de las entrañas de un animal sacrificado, las líneas de la mano, el agua, el fuego, la disposición de las hojas del té o los posos del café, los reflejos en una bola de cristal y, literalmente, cientos de formas adivinatorias más.

Si tantas cosas podían ser señales del destino esperando a ser descifradas, también podría serlo la posición de los planetas (cuerpos celestes que se movían en relación con la bóveda celeste, por algo su nombre significa, precisamente, “vagabundo” en griego) y las constelaciones, peculiares agrupamientos de estrellas que parecían estáticas unas respecto de las otras, formando dibujos que sugerían distintos animales y seres preternaturales.

La astrología tiene su origen en la Babilonia del siglo IV antes de la Era Común, pero no fue sino hasta el siglo II de nuestra era cuando Claudio Ptolomeo, científico y astrólogo romano de Alejandría, sistematizó la astrología que conocemos hoy en día, y que se popularizó entre los romanos y, por su intermedio, llegó a la Europa conquistada. En el medievo, fue practicada en el mundo musulmán (y criticada con bases científicas) y en Europa, donde convivió con la astronomía, pero con poca relevancia. En el Renacimiento resurgió brevemente como parte del interés de la época por el universo, pero pronto volvió a los márgenes de la sociedad donde se mantuvo durante la Ilustración y la Revolución Industrial.

Fue sólo a comienzos del siglo XX cuando la astrología experimentó un renacimiento en los Estados Unidos y de allí volvió a popularizarse en todo el mundo en la forma en que actualmente la conocemos y que, ciertamente, no es milenaria ni tradicional.

A lo largo de los siglos se han señalado algunos de los sinsentidos que caracterizan a la astrología. Si los objetos celestes nos afectan, ¿por qué habrían de afectarnos sólo las constelaciones del zodíaco y no los cientos de miles de millones de estrellas más que hay en el universo, muchas de ellas más cercanas? Después de todo, las constelaciones son ilusiones debidas a nuestro punto de vista, pero los astros que las componen pueden estar a enormes distancias entre ellos. Tan solo en la constelación de Perseo, como ejemplo, tenemos el sistema de tres estrellas Algol a 93 años luz de nosotros, y también un grupo de estrellas llamado NGC 869 que está a la friolera de 7600 años luz. ¿No es raro que los cuerpos estelares sean tan selectivos con nosotros?

Un problema más grave es que las constelaciones del Zodiaco no son doce, sino 13. En efecto, el sol pasa por la constelación de Ofiuco durante más de la mitad de diciembre. Y otro aún más interesante es que el eje de rotación de nuestro planeta no es estático, sino que va cambiando lenta pero inexorablemente en un proceso llamado “precesión” debido a la gravedad de la luna y el sol. La consecuencia de esta precesión es que las constelaciones del zodiaco ya no están donde estaban cuando Claudio Ptolomeo hizo sus cálculos. Así, si usted nació el 1º de enero, los astrólogos le dirán que sus características son las del signo de Capricornio, cuando en la actualidad el sol está en el signo de Sagitario.

Pero nada de esto importaría, claro, si la astrología funcionara… es decir, si pudiera predecir el futuro o al menos describir correctamente a las personas divididas en 12 categorías claramente diferenciadas. Sin embargo, todos los estudios que se han hecho tratando de demostrar que las descripciones astrológicas se corresponden con la realidad han sido incapaces de demostrar una relación estadísticamente significativa entre las predicciones astrológicas y lo que realmente ocurre.

Pero, ¿por qué hoy en día hay personas que creen que la astrología tiene algo relevante que decirnos pese a que evidentemente no sirve para predecir cosas importante, como cuándo hay que evacuar un edificio porque va a haber un incendio? En buena medida, dicen los psicólogos, porque queremos creer, y también porque los astrólogos suelen expresar sus “lecturas” en términos tan vagos y generales que son aplicables a cualquier persona, un efecto conocido como “efecto Forer”. Finalmente, como toda forma de adivinación, se apoya en que tendemos a recordar los aciertos y no los fallos. Si se hacen numerosas predicciones, alguna de ellas acabará cumpliéndose, y nuestra buena fe, mejor entusiasmo y mala memoria ayudan a que olvidemos todas las que nunca se cumplieron.

La astronomía no viene de la astrología

Contrario a lo que se suele creer, la observación sistemática de los cielos y su significado (por ejemplo, el ciclo de los solsticios y equinoccios para definir el momento de siembra y cosecha) y los cálculos matemáticos astronómicos datan de hace más de 3500 años. La astronomía y la astrología nacieron juntas, pero independientes, y así han estado durante toda la historia. Para los babilonios, egipcios y griegos, la astronomía ya era un asunto distinto de la astrología, mientras que en el Renacimiento muchos de los astrónomos que revolucionaron nuestro conocimiento del universo, como Tycho Brahe y Galileo, eran también astrólogos, sin mezclar ambas actividades y sin que sus creencias influyeran en los hechos que estudiaban, cosa que identifica al buen científico.