Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

noviembre 26, 2012

Los mensajeros del sistema nervioso

Hace menos de cien años que se identificaron las sustancias químicas gracias a las cuales funciona todo nuestro sistema nervioso y, por tanto, nuestro organismo.

La comunicación sináptica entre dos neuronas
por medio de los neurotransmisores.
(Imagen D.P. de US National Institutes of Health
vía Wikimedia Commons, modificada y
traducida por "Los expedientes Occam")
Era la década de 1880 y Santiago Ramón y Cajal llegaba a una conclusión asombrosa. Las neuronas, las células cerebrales recién descubiertas y a las que el zaragozano había dado nombre, no formaban una red o malla en la que todas estaban interconectadas, sino que cada una transmitía impulsos únicamente en una dirección.

Y, además, lo hacían sin tocarse.

Ramón y Cajal descubrió una separación de entre 20 y 40 nanómetros (millonésimas de metro), en el punto de unión de cada neurona y la célula a la que le transmite los impulsos, ya sea otra neurona, un músculo o una glándula. El misterio era, entonces cómo se realizaba la transmisión de los impulsos en esa unión, llamada por el inglés Charles Scott Sherrington “sinapsis”, palabra griega que significa “conjunción”.

Los fisiólogos y químicos trabajaron para resolver el acertijo y al mismo tiempo explorando las sustancias presentes en el sistema nervioso, basados en dos hipótesis. Según la primera, los impulsos nerviosos se transmitían de modo eléctrico, comunicando un potencial a través de la sinapsis. Según la otra, la transmisión se debía a alguna sustancia química. Los científicos, que trabajaban en estrecha comunicación, se refirieron a este debate como “la guerra de las chispas y las sopas”.

Otto Leowi respondió en parte la pregunta mediante un elegante experimento que, según relataría él mismo, se le ocurrió durante un sueño. Tomó dos corazones vivientes de dos ranas, que se pueden conservar latiendo durante un tiempo en una solución salina tibia, y los colocó en recipientes separados. Uno de los corazones conservaba el nervio vago, que es el responsable de controlar el ritmo cardiaco, mientras que al otro no se le mantenía. Leowi estimuló eléctricamente el nervio vago del primer corazón haciendo que latiera más lentamente. A continuación, tomó parte del líquido en el que estaba sumergido el primer corazón y lo aplicó al recipiente que contenía el segundo corazón. Al estar expuesto al líquido, este segundo corazón también empezó a latir más lentamente.

La única conclusión posible era que se había producido una sustancia en el primer corazón que provocaba que el segundo tuviera la misma respuesta. La transmisión química quedaba demostrada y su publicación en 1921 le valdría a Loewi el Premio Nobel de Medicina o Fisiología en 1936.

Poco después, Loewi pudo demostrar que la sustancia que ralentizaba el corazón de las ranas era, como sospechaba, la acetilcolina, sustancia que había sido descubierta siete años antes por su amigo, el fisiólogo británico Henry Hallet Dale. Era el primer neurotransmisor identificado. Loewi también halló otra sustancia que hacía que se acelerara el ritmo cardiaco, que con el tiempo sería identificada como norepinefrina.

Funcionamiento

Las neuronas están formadas por un cuerpo o soma, una serie de ramificaciones llamadas dendritas que pueden recibir impulsos nerviosos y un axón, una prolongación que es la que transmite los impulsos a las células receptoras: otras neuronas, fibras musculares, glándulas, etc. En las sinapsis con esas células, las ramificaciones del axón cuentan con pequeñas vesículas que, al recibir un impulso nervioso, pueden liberar distintos tipos de neurotransmisores. Estas sustancias químicas ocupan el espacio sináptico y son atrapadas por receptores químicos en la célula receptora, que cambia su actividad en función de éstos.

Cada receptor químico reacciona sólo ante un neurotransmisor, en un mecanismo similar al de una llave y una cerradura. Los receptores de un neurotransmisor como la dopamina sólo reaccionan al capturar dopamina e “ignoran” completamente a todos los demás neurotransmisores que puedan estar en el líquido que ocupa el espacio sináptico.

Hay neurotransmisores “excitadores” que incrementan la actividad en la célula receptora, “inhibidores” que la disminuyen y “moduladores” que pueden cambiar la forma que adopta la actividad de la célula receptora. Y la respuesta de las células a ellos es compleja. Aunque se dice que, por ejemplo, la escasez de serotonina está relacionada con la depresión, esto no significa que consumir o inyectarse serotonina cure la depresión. Cada célula receptora obtiene información de muchos axones, recibiendo una mezcla de neurotransmisores cuyo equilibrio final determina, por ejemplo, si una fibra nerviosa se contrae o no, a qué velocidad, y con qué intensidad. Este cóctel de neurotransmisores con las distintas células de nuestros músculos permite que levantemos un brazo lenta o rápidamente, con fuerza o débilmente. Lo mismo ocurre con las secreciones de todas nuestras glándulas.

En el caso de algunas enfermedades, además, el problema puede ser que las moléculas del neurotransmisor no fluyen de las vesículas del axxón a la célula receptora, sino que fluyen de vuelta a la superficie del axón, interrumpiendo la comunicación.

Poco a poco, la forma de acción y la ubicación de cada uno de los neurotransmisores en distintos puntos del sistema nervioso central y en todo el cuerpo, nos van dando información sobre la causa de muchos trastornos mentales y permiten no sólo crear nuevos medicamentos, sino entender el mecanismo de acción de los que ya tenemos, como los antidepresivos, los ansiolíticos y los antipsicóticos.

Desde la acetilcolina se han descubierto más de 50 neurotransmisores que están presentes en distintos lugares de nuestro sistema nervioso central, y los investigadores siguen encontrando nuevas sustancias que colaboran en la compleja danza que determina cómo el sistema nervioso controla el resto del cuerpo. Apenas en 2011, por ejemplo, se descubría en Barcelona el ácido D-aspártico, un neurotransmisor implicado en el aprendizaje y la memoria.

Como nota curiosa, en la década de 1950 se empezaron a identificar sinapsis eléctricas, primero en cangrejos y después en vertebrados. En la “guerra de las chispas y las sopas” todos tenían razón, aunque el principal medio de transmisión de los impulsos nerviosos sean los apasionantes neurotransmisores.

Las adicciones

Los neurotransmisores nos han ayudado a entender cómo actúan las drogas en nuestro cerebro. Drogas como la cocaína o la metanfetamina aumentan el nivel de transmisión de la dopamina en nuestro cerebro, mientras que los opiáceos actúan imitando los neurotransmisores naturales que conocemos como “endorfinas” o “morfina interna”, eliminando el dolor y aumentando las sensaciones de placer. Se cree, además, que el alcohol actúa interactuando con los receptores del ácido gamma aminobutírico (GABA). Las drogas, pues, son como ganzúas o llaves maestras que engañan a nuestro cerebro simulando ser nuestros neurotransmisores naturales.

noviembre 20, 2012

La sociedad de la ciencia

La revolución científica consiguió sobrevivir y desarrollarse gracias al trabajo de científicos que decidieron que la colaboración y el intercambio eran más fructíferos que el trabajo en solitario.

Portada de la historia de la Royal Society de 1667
de Thomas Sprat. Francis Bacon aparece a la
derecha. (D.P. vía Wikimedia Commons)
La Royal Society es un club exclusivo que ha tenido entre sus miembros a muchos de los más distinguidos científicos. El químico Robert Boyle y el físico Albert Einstein, el codescubridor del ADN James Crick, Charles Darwin y Richard Dawkins, el descubridor de la penicilina Alexander Fleming e Isaac Newton, el descubridor del oxígeno Joseph Priestley y el filósofo y matemático Bertrand Russell son sólo unos cuantos.

Quizá en todo el mundo no haya una sola institución que a lo largo de los siglos haya reunido a tantas mentes brillantes, más de 8.000. Pero quizá también es justo decir que no hay ninguna otra institución que se haya propuesto los fines que dieron origen a esta venerable sociedad y los haya conseguido durante 350 años.

La sociedad comenzó como un “colegio invisible” informal de filósofos naturales (los que hoy llamamos científicos), que a mediados de la década de 1640 empezaron a reunirse para hablar de la nueva filosofía postulada por Francis Bacon, y que buscaba conocer el mundo natural sometiendo toda idea a contrastación mediante una investigación organizada y metódica a través de la observación y la experimentación.

Bacon mismo había muerto en 1626 de una neumonía que, según la leyenda, contrajo al intentar demostrar experimentalmente que el frío conservaba la carne, rellenando de nieve un pollo durante una tormenta.

Esa “nueva filosofía” habría de conformar la revolución científica que abordaron entusiastas muchos estudiosos. Las primeras referencias al colegio invisible o colegio filosófico se encuentran en cartas escritas en 1646 y 1647 por el químico Robert Boyle, que había estado en Florencia en el momento de la muerte de Galileo, cuya influencia le llevó a intentar estudiar el mundo desde una perspectiva matemática y materialista.

Después de una conferencia del astrónomo y arquitecto Christopher Wren, el 28 de noviembre de 1660, 12 de estos científicos decidieron fundar lo que llamaron “un colegio para la promoción del aprendizaje experimental físico-matemático”. Su objetivo era reunirse una vez por semana para ser testigos de experimentos y comentarlos, bajo el lema “Nullius in verba”, que significa “no aceptes la palabra de nadie”, una forma de indicar que la autoridad y las afirmaciones no tienen valor si no están confirmadas por los hechos y los experimentos.

En una época de comunicaciones lentas e ineficientes, estos revolucionarios del conocimiento encontraban en sus reuniones la oportunidad de conocer nuevos libros, nuevos experimentos, nuevas ideas que ampliaran sus propios trabajos. Así, en su cédula real de 1663, obtenida gracias al apoyo del rey Carlos II, la organización adquiere el nombre de “Real Sociedad de Londres para Mejorar el Conocimiento Natural”.

El nombre, sin duda, sonaba bastante modesto. Y sin embargo, en la institución se dio forma a la ciencia moderna. Su enfoque pionero sería retomado, con mayor o menor exactitud y fortuna, por todas las academias de ciencias que vendrían después.

En 1665, la sociedad publicó su primera revista científica, “Philosophical Transactions”, que sigue siendo hoy la publicación periódica científica más antigua del mundo, y en 1723 estableció su secretaría internacional para establecer y desarrollar relaciones con academias de todo el planeta.

Los problemas que ha abordado la Royal Society no han sido únicamente los relacionados con el avance de cada una de las ramas del conocimiento, como los descubrimientos en física o en química, sino que han estado relacionados con la forma misma de ese conocimiento. ¿Qué es la ciencia? ¿Cuáles son los mejores métodos para abordar distintos temas de estudio, desde la materia hasta las sociedades humanas? ¿Era el ser humano materia de la ciencia en cuanto a su comportamiento individual, como lo analiza la psicología, o su comportamiento social desde el punto de vista de la antropología y la sociología? E incluso, ¿qué estilo de redacción es el más adecuado para comunicar la ciencia?, pregunta cuya respuesta ha dado forma al artículo o paper científico común en la actualidad.

La Royal Society se ocupó de estos temas y, en el proceso, fue evolucionando para ir más allá de ser un instrumento para la mayor gloria de la corona británica, o su aval colonial, para hacerse muchas preguntas que los políticos no se atrevían a hacer.

Los tiempos fueron con frecuencia detrás de la respetable organización. En 1900, una mujer propuso por primera vez que la sociedad aceptara en su seno como miembros de pleno derecho a mujeres “debidamente calificadas”, y la primera propuesta seria se hizo en 1902 para que fuera admitida Hertha Ayrton, ingeniera, matemática e inventora. Sin embargo, según la ley, en su calidad de mujer casada no tenía personalidad legal alguna, y la Royal Society no pudo admitirla como miembro, aunque sí la invitó dos años después a presentar un artículo sobre las ondas en la arena y el agua y le concedió su medalla Hughes en 1906, además de invitarla a presentar dos estudios más, en 1908 y en 1911.

No fue sino hasta 1945 cuando la Royal Society enmendó sus reglamentos para poder admitir a las primeras dos mujeres como miembros: la cristalógrafa Kathleen Lonsdale y la bioquímica Marjorie Stephenson. A la fecha, más de 110 mujeres han sido electas miembros o fellows de la Royal Society.

La Royal Society concede varios premios a sus miembros y a otros científicos. La Medalla Copley se entrega desde 1731 a logros notables en el terreno de la investigación. En 1826, el rey Jorge IV estableció la Medalla Real, otorgada a las más importantes aportaciones al avance del conocimiento natural. Concede desde 1901 la medalla Sylvester a grandes logros matemáticos, y desde 1902 la medalla Hughes que celebra los descubrimientos importantes en las ciencias físicas.

En la actualidad, la Royal Society financia más de 1.600 becas al año para británicos o para extranjeros que desean trabajar en Gran Bretaña, promueve el desarrollo de la ciencia en todo el mundo, especialmente en África.

Aunque sólo fuera por eso

En 1683, en una cena de la Royal Society con Edmond Halley (el del cometa) y Robert Hooke, Christopher Wren ofreció 40 chelines a quien explicara por qué la órbita de los planetas es elíptica y no circular. Para averiguarlo, Halley llamó a un matemático malhumorado pero genial, Isaac Newton, quien encontró la respuesta. Pero para ello hubo de crear el cálculo infinitesimal y escribir una de las obras cumbres de la ciencia, “Principia Mathematica”, que describía las leyes del movimiento universal y la mecánica celeste. Años después, Newton sería presidente de la Royal Society.

noviembre 12, 2012

Los genes del neandertal... ¿y de usted?

Los neandertales recorrían Europa mucho antes de que nuestra especie saliera de África y se extendiera por el planeta. Sólo por eso serían uno de los más interesantes enigmas de la historia y la biología. Pero hay más.

Cráneo de Homo sapiens moderno a la izquierda comparado
con el de un Homo neardenthalensis.
(Imagen CC, foto de hairymuseummatt alterada por
DrMikeBaxter, vía Wikimedia Commons)
Durante muchos años se creyó que la evolución humana era una línea continua entre nuestro ancestro común con otros primates y nosotros. Pero no es así. A lo largo de los últimos seis millones de años han aparecido varias especies que vivieron al mismo tiempo, algunos fueron nuestros ancestros, otros no. Pero la historia completa de la evolución de las distintas especies relacionadas con el ser humano durante los últimos seis millones de años aún no es clara.

Lo que sí sabemos es que el ser humano apareció como tal hace unos 200.000 años en África. Cualquier Homo sapiens de esa época podría andar tranquilamente por las calles sin que nadie notara nada extraño.

Hace unos 125.000 años, nuestra especie salió de África hacia otros continentes, donde se encontró con otras especies humanas como los recientemente descubiertos Denisovianos y los más conocidos hombres de Neandertal, una especie que fabricaba herramientas, tenía un lenguaje, vivía en grupos sociales complejos, enterraba a sus muertos, cocinaba con fuego e incluso utilizaba adornos, y que vivió durante 300.000 años en Europa, Asia Central y el Oriente Medio.

¿Qué implicó la coexistencia de los humanos actuales con los neandertales en Europa y Asia durante unos 20 mil años?¿Los sapiens y los neandertales convivieron pacíficamente, se enfrentaron con violencia, compitieron o se ignoraron? ¿La desaparición de los neandertales hace 24.000 años estuvo relacionada con el sapiens o, incluso, fue provocada por esta especie? Y, por supuesto, el tema más apasionante para el ser humano, el sexo: ¿hubo relaciones sexuales, intercambio genético, mestizaje entre los sapiens y los neandertales?

Las primeras preguntas quizá puedan ser respondidas cuando obtengamos más evidencia física, excavaciones que puedan ayudarnos a reconstruir, poco a poco, cómo convivieron las dos especies, tan parecidas. La tercera se ha intenta resolver mediante nuestros conocimientos y nuestra tecnología relacionados con la genética.

El genoma neandertal

En 2006 se emprendió un esfuerzo concertado por secuenciar el genoma de los neandertales, un trabajo al frente del cual se puso al biólogo sueco especializado en genética evolutiva Svante Pääbo, director del Departamento de Genética del Instituto Max Planck de biología evolutiva situado en Leipzig, Alemania. Pääbo ya había demostrado, en 1997, con base en el ADN mitocondrial (que procede únicamente de la madre), que nuestra especie se había separado de los neandertales creando dos linajes distintos hace medio millón de años.

Apenas en 2003, se había presentado un boceto completo del genoma humano, que había sido uno de los proyectos más ambiciosos y amplios desarrollados en la biología. Pero para ése se había contado con la aportación de muchos donantes que habían dado muestras de ADN completas, mientras que para el proyecto de Pääbo se contaba con muestras de muy pocas muestras de restos neandertales de Croacia, Rusia, España y el neandertal original descubierto en el siglo XIX en Alemania.

Las muestras presentaban varios problemas. Primero, al paso del tiempo el ADN neandertal se había desintegrado en pequeños fragmentos. Después, en los antiguos huesos se hallaba también el ADN de los muchos microorganismos que habían vivido en en ellos desde la muerte de sus dueños originales. Según Pääbo, más del 95% de algunas muestras era de estos microorganismos. Además, al ser excavados, los huesos se veían expuestos a muchas otras fuentes de ADN, incluidos los investigadores, paleoantropólogos y técnicos que los habían estudiado. El desafío obligó a los científicos a desarrollar nuevas tecnologías para eliminar el ADN extraño e identificar el que era genuinamente del neandertal.

En 2010, el Proyecto del Genoma Neandertal publicó sus primeros resultados en la prestigiosa revista Science secuenciando alrededor de 4 mil millones de pares de bases del genoma neandertal (cada par de bases es un “escalón” de la doble espiral que forma la molécula de ADN.

Una de las más sugerentes interpretaciones del estudio de Pääbo y su equipo fue que entre el 1 y el 4% del ADN de las poblaciones humanas modernas de Europa y Asia era compartido con los neandertales, una cifra mucho mayor que la presente en gente del África subsahariana, lo que apuntaba a la posibilidad de que ambas especies hubieran tenido un intercambio genético.

Otro elemento importante fue la determinación de que el genoma del neandertal y el de los seres humanos actuales son iguales en un 99,7%, donde sólo el 0,03 del ADN explicaría las profundas diferencias anatómicas entre nosotros y nuestros primos. El neandertal carecía de barbilla, su frente se inclinaba hacia atrás a partir de unos pronunciados arcos o toros superciliares, protuberancias del cráneo por encima de los ojos. Igualmente mostraban clavículas más anchas, importantes diferencias respecto de nuestros dientes, buesos de las piernas combados, rótulas de gran tamaño y otros muchos aspectos que harían que un neandertal por las calles del siglo XXI probablemente sí llamaría la atención, por más que lo vistiéramos y peináramos a la última moda.

Pero esto, sin embargo, no era una prueba concluyente. Un estudio de la Universidad de Cambridge, dirigido por el Andrea Manico y publicado en 2012 señaló que el análisis original había sobreestimado la cantidad de ADN compartido con los neandertales, además de no haber tenido en cuenta la variabilidad genética que ya tenían las distintas poblaciones de los ancestros de los humanos modernos en África. Al tomar en cuenta estos aspectos, resulta probable que el ADN compartido proviniera más bien de un ancestro común de ambas especies que habría vivido hace medio millón de años. Pääbo, por su parte, ha realizado otros estudios que está aún por publicar y que, asegura, dan nuevo sustento a su tesis de que hubo un mestizaje sapiens-neandertal.

Mientras se resuelve la controversia, muchos esperan que nuevas excavaciones descubran otras especies humanas que podrían complicar aún más la historia de cómo nos convertirmos en el animal que trata de entender su propio devenir.

Qué nos hizo como somos

Svante Pääbo declaró en 2011 a Elizabeth Kolbert, de la revista New Yorker: “Quiero saber qué cambió en los humanos modernos en comparación con los neandertales, que marcó la diferencia. Qué hizo posible que nosotros construyéramos estas enormes sociedades, y dispersarnos por todo el planeta y desarrolar la tecnología que, me parece, nadie puede dudar que es singular de los humanos. Debe haber una base genética para ello”.

noviembre 06, 2012

Ver el sonido para estudiarlo

El oído es probablemente el segundo sentido más importante después de la vista. La comprensión del sonido, sin embargo, se desarrolló casi cien años después de los descubrimientos de Newton sobre la luz y la óptica.

Figuras de Chladni en la tapa trasera de una guitarra.
(Foto GFDL de Mrspokito, vía Wikimedia Commons
Era 1500, en los inicios de la revolución científica, cuando Leonardo Da Vinci observó que no había sonido cuando no había movimiento o percusión del aire.

La fascinación de Leonardo por las ondas en el agua y los remolinos de agua y aire es dominante en sus libros de notas, y fue por ello que, viendo las olas que se generaban en la superficie del agua al arrojar una piedra sobre ésta, descubrió que el sonido se comportaba de forma similar, es decir, que se transmitía por el aire en círculos concéntricos sin que éste se moviera, igual que las olas en el agua.

Como con muchos otros aspectos de la realidad, los filósofos griegos se ocuparon de tratar de entender la música y, por extensión, el sonido. En el siglo VI antes de nuestra era, Pitágoras fue el primero en observar que un cuerpo vibratorio genera un movimiento igualmente vibratorio en el aire, que se puede oír y sentir. Describió matemáticamente las armonías que conocemos como intervalos de quinta y de cuarta, y descubrió la relación inversa entre la longitud de una cuerda y su tono, es decir, mientras más corta es una cuerda (y en general la fuente productora de sonido), más aguda es la nota.

El filósofo estoico del siglo III a.n.e., Crisipo de Solos, se aproximó a lo que descubriría Leonardo 800 años después proponiendo que el sonido viaja por el aire del mismo modo en el que la energía viaja a través del agua.

Pero los griegos se interesaron más en las leyes que regían los aspectos prácticos del sonido. Así, su amor por el teatro llevó al diseño de teatros con propiedades acústicas tales que todo el público pudiera escuchar a los actores. Como ejemplo, en Epidauro todavía podemos ver uno de los teatros mejor conservados de la antigüedad, construido en el 350 a.n.e. y cuyo diseño semicircular, una pared detrás del escenario y un graderío con gran inclinación tiene propiedades acústicas que aún nos sorprenden.

El sonido, finalmente, es tan sólo una onda que se difunde por un medio a partir de un objeto que vibra, como nuestras propias cuerdas vocales. Al moverse hacia adelante, el objeto comprime las moléculas del aire frente a él y, al moverse hacia atrás, las expande. La onda resultante, se transmite así por cualquier medio líquido, sólido o gaseoso, aunque nosotros nos interesamos más por la propagación del sonido a través del aire, que es como más usualmente lo percibimos.

La acústica científica

El estudio del sonido encontró a su Cristóbal Colón en el alemán Ernst Florens Friedrich Chladni, nacido en 1756 en Wittenberg. Desde muy joven, Ernst mostró interés por la música y por la ciencia, dos disciplinas que no eran bien vistas en modo alguno por su padre, Ernst Martin Chladni, profesor de leyes en la universidad de la misma ciudad, quien optó por obligar a su hijo a estudiar leyes.

Chladni obtuvo su título de leyes en 1782 en la Universidad de Leipzig, el mismo año que murió su padre, por lo cual no practicó nunca como abogado sino que se dedicó a sus pasiones originales.

Como músico aficionado, Chladni inventó dos instrumentos derivados de la armónica de vidrio, en la que una serie de piezas de cristal giratorias son pulsadas con los dedos humedecidos para provocar su vibración, el mismo principio utilizado por quienes interpretan melodías con copas de vidrio afinadas según la cantidad de líquido en su interior.

Pero su interés en la ciencia del sonido lo llevó de vuelta a las primeras observaciones de Pitágoras. Si un cuerpo que vibra provoca el sonido, ¿qué pasa cuando hacemos vibrar un cuerpo determinado?

Para averiguarlo, Chladni utilizó placas metálicas y de vidrio recubiertas de arena que hizo vibrar pasando por sus bordes un arco de violín. El asombroso resultado es que las vibraciones provocan que la arena se acumule en patrones simétricos, conocidos como “figuras de Chlandi”, que permiten ver las vibraciones de las ondas sonoras en un cuerpo sólido. Publicó los resultados de sus experimentos en 1787 atrayendo la atención de la sociedad europea de su época. Aprovechó este interés para empezar una serie de viajes por Europa en los que se presentaba en público para interpretar música en sus instrumentos y a demostrar las figuras de Chladni.

Como él mismo lo hacía notar, aunque desde tiempos de los griegos se había llegado a una sólida comprensión de cómo una cuerda que vibra produce sonido, no se sabía prácticamente nada de cómo lo producían las placas sólidas.

Al vibrar una placa, desplaza la arena en su superficie, que se acumula en las zonas donde no hay movimiento, llamadas “curvas nodales”. Las curvas varían en función del material del que está construida la placa y de la forma de ésta.

Chladni también estudió las vobraciones de varillas cilíndricas y en forma de distintos prismas. El análisis d el tono de varillas de distintas longitudes le permitió deducir la velocidad del sonido en los sólidos. Después experimentó llenando instrumentos de viento con distintos gases y utilizando los tonos que producían para determinar la velocidad del sonido en dichos gases. Sus estudios ampliados se publicaron en el libro Die Akustik (la acústica) de 1802.

Chladni era, además, un excelente experto en relaciones públicas. Sus viajes le permitieron conocer a grandes personajes de la europa del siglo XIX como Goethe o el matemático Laplace, mientras que sus demostraciones ante Napoleón en 1808 hicieron que éste ordenara que se realizara la traducción al francés de Die Akustik.

El trabajo de este pionero no fue solamente valioso para la ciencia. Hoy en día es común que durante la fabricación de instrumentos con caja de resonancia como los violines o las guitarras acústicas las tapas se sometan a vibraciones para determinar sus propiedades acústicas según las figuras de Chladni que forman. Las características de muchos instrumentos que nos deleitan proceden así del trabajo del hombre que no quiso ser abogado.

“Vienen del cielo”

Ernst Chladni fue también un entusiasta y coleccionista de meteoritos. Consultando diversos documentos, postuló que las bolas de fuego que se podían ver en el cielo y los meteoritos que se podían encontrar en tierra eran lo mismo. Aunque la opinión de los más racionales se inclinaba por creer que los meteoritos eran objetos lanzados por volcanes u otros fenómenos terrestres, en un folleto de 1794 Chladni propuso que, dada la velocidad de las bolas de fuego, debían provenir del espacio exterior. Pasaron 10 años para que, gracias a los estudios de otros científicos, se aceptara generalmente el origen extraterrestre de los meteoritos.