Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

marzo 14, 2009

Una nueva prehistoria


El creciente conocimiento que tenemos de los dinosaurios nos obliga a replantearnos cuanto imaginamos sobre los millones de años en que fueron la forma predominante de vida en la Tierra.

Desde hace miles de años, el ser humano se ha encontrado con huesos petrificados procedentes de seres gigantescos y misteriosos. En la antigua China se les consideraba restos de dragones, e incluso acabaron siendo parte de la farmacopea tradicional, los “huesos de dragón” que hasta la actualidad forman parte de la medicina precientífica china. Hay evidencias de hallazgos de fósiles de dinosaurios en hitos babilónicos, mosaicos romanos, mortajas egipcias y sellos de gobierno.

Los mismos hallazgos en la Europa cristiana se atribuyeron a seres que habían muerto a consecuencia del Diluvio Universal, pese a que según la Biblia, todos los animales habían sido salvados, por parejas, en el arca de Noé.

No fue sino hasta principios del siglo XIX cuando una aproximación científica llevó a los inicios de una comprensión real sobre el significado de estos huesos petrificados. William Buckland se ocupó de reunir huesos de megalosaurios y fue el primero en describir un dinosaurio en términos objetivos y científicos. Pero no sería sino hasta 1842 cuando el paleontólogo inglés Richard Owen creó la palabra “dinosaurio”, que significa “lagarto terrible”, para designar el parentesco entre los distintos animales cuyos fósiles se habían estudiado hasta entonces.

Las primeras reconstrucciones de dinosaurios que se pudieron ver mostraban una muy imprecisa concepción de los animales y de la forma en que se articulaban sus esqueletos. Dinosaurios que después se demostró que eran bípedos se presentaron extrañamente colocados a cuatro patas, o con cuernos o protuberancias que no se justificaban. Era apenas el amanecer de la paleontología, y hubo errores normales que hoy nos parecen absurdos. Precisamente, la aparición del primer esqueleto de dinosaurio casi completo en América, el de un hadrosaurio hallado en Nueva Jersey, dejó claro que algunos de estos seres eran bípedos, sorpresa similar a las que, ya a fines del siglo XX, ofrecieron los descubrimientos de dinosaurios con plumas y de sangre caliente.

Una vez que los científicos supieron qué tipo de objetos buscar, y en qué capas geológicas, se desató una historia incesante de nuevos descubrimientos en todos los continentes, incluida la Antártida. Y así, se ha ido armando, poco a poco, el puzzle de los dinosaurios.

Cuando hablamos de una forma de vida que se originó hace 230 millones de años y dominó la tierra hasta su desaparición hace 65 millones de años, la diversidad de los dinosaurios es enorme. Cuando surgieron, no había plantas con flores, lo que significa que aún no había evolucionado la mayoría de los árboles y arbustos que existen en la actualidad. Los continentes estaban unidos en una gran masa terrestre llamada Pangea, cuya zona central estaba dominada por un vasto desierto.

A lo largo de sus 165 millones de años de existencia, los dinosaurios cambiaron y evolucionaron junto con la vida vegetal, pero también reaccionando a los poderosos cambios geológicos que los separaron, promoviendo el surgimiento de nuevas especies que ocuparon prácticamente todos los nichos ecológicos, como en gran medida lo hacen los “recién llegados” del planeta, los mamíferos, la clase a la que nosotros pertenecemos.

Tan sólo en el último mes se pueden contabilizar varios descubrimientos notables. El dinosaurio con plumas más antiguo fue encontrado en China, se trata de un ser que vivió hace unos 144 millones de años y muestra claras protoplumas derivadas de sus escamas, y al que se bautizó como Tianyulong confuciusi, y que probablemente obligará a los estudiosos a replantearse cuándo aparecieron las plumas entre los dinosaurios, originando la estirpe de las aves, que desde hace apenas tres décadas se consideran parte de la clase de los dinosaurios. También en estos días se ha hallado el más pequeño de todos los dinosaurios del continente americano. El llamado Hesperonychus elizabethae fue una delicada y ágil criatura bípeda de apenas unos 2 kilos de peso y una altura de 50 centímetros que vivió hace 75 millones de años y cazaba insectos, pequeños mamíferos y otras presas.

En el otro extremo, científicos noruegos y estadounidenses informaron del hallazgo del llamado "Depredador X", aún sin nombre científico, un ser oceánico de más de 15 metros de largo y 45 toneladas de peso que campó por los mares hace 147 millones de años. El fósil de este enorme depredador con cuatro aletas fue hallado bajo el permafrost en Svalbard, en el Ártico al norte de Noruega. Y en febrero, en la Costa de los Dinosaurios de Asturias, se recuperó la mayor huella o icnita encontrada hasta ahora de un estegosaurio, animal que vivió hace unos 150 millones de años.

Con los nuevos descubrimientos vienen siempre nuevas teorías, que acotan, modifican, confirman o redefinen lo que se sabía hasta ese momento, en el proceso de continuo desarrollo de la ciencia, que poco a poco va desgranando conocimientos de las suposiciones y las evidencias encontradas.

Así, el colosal tamaño de algunos dinosaurios se explica como una adaptación que evita que el animal se convierta en presa y pueda defenderse mejor. Así, como en el caso de los elefantes o las ballenas actuales, los grandes dinosaurios de la familia de los saurópodos no tenían enemigos naturales. Esto se entiende viendo al mayor dinosaurio conocido, el argentinosaurus, un gigante cuadrúpedo de hace 100 millones de años, con 35 metros de largo y un peso de 80 toneladas. Para igualar la masa de este miembro de la familia de los saurópodos, con gran cuerpo, alargado cuello y diminuta cabeza, se necesitarían unos 20 grandes elefantes africanos adultos machos.

En España, la búsqueda de dinosaurios está en plena efervescencia. Desde el norte asturiano, donde los cambios de la línea costera continuamente revelan restos importantes, hasta las huellas que se pueden hallar en La Rioja y Soria, o el colosal yacimiento paleontológico  en Cuenca, descubierto durante las obras del AVE y que data del cretácico superior, hace unos 80 millones de años, una época de la que existen muy pocos restos en Europa. Así, la prehistoria de esa época será, en gran medida, escrita por la paleontología española.


La extinción


La más aceptada teoría sobre la extinción de los dinosaurios la atribuye a un “invierno por impacto” ocasionado por el choque de un meteorito de 10km de diámetro en la península de Yucatán, en México. Sin embargo, un grupo de científicos cree haber reunido evidencia geológica según la cual el meteorito de Chicxulub es mucho más antiguo de lo que se suponía, por lo que sería necesaria otra teoría nueva y más completa, probablemente la de un cambio climático natural y paulatino.

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