Las manchas solares son una de las
características observables del Sol que más información nos han dado sobre el
funcionamiento y composición de la estrella central de nuestro sistema
planetario.
Durante la mayor parte de la historia humana, el sol fue
considerado el epítome de la perfección: redondo, dorado, dador de luz y calor,
sin imperfecciones aparentes. No es extraño que fuera uno de los principales
candidatos a dioses de muy diversas culturas.
Esto no quiere decir que no se hubieran observado
imperfecciones en la faz del sol. Los astrónomos chinos informaron de la
observación de manchas en el sol alrededor del año 30 antes de la Era Común,
como lo hicieron otros al registrar una gran mancha en el sol al momento de la
muerte de Carlomagno. El científico andalusí Averroes hizo una de las primeras
descripciones de las manchas solares, y Johannes Kepler observó una mancha
solar que atribuyó (como la descripción de la mancha de Carlomagno) a un tránsito
de Mercurio ante el sol. Otros, como David Fabricius y su hijo Johannes
observaron estas manchas y las describieron en 1611.
Tuvo que llegar Galileo Galilei con su telescopio para observar
las manchas solares más o menos al mismo tiempo que los Fabricius y que el
astrónomo inglés Thomas Harriot, y dar en 1612 la explicación insospechada de
que esas manchas se hallaban en la superficie del sol, que por tanto no era
perfecta como lo afirmaba la tradición aristotélica. Las manchas y la rotación
del sol sobre su propio eje fueron elementos básicos para echar por tierra las
creencias previas. Pronto se observó que la cantidad de manchas y su posición
variaban cíclicamente, y se calculó que eran más frías que el resto de la
superficie solar.
El sol es un esferoide de plasma, un estado de la materia
que se describe como un gas parcialmente ionizado con electrones libres. El
plasma del sol es principalmente hidrógeno, que se fusiona formando helio y
desprendiendo la energía que nos da vida, como un gigantesco horno nuclear.
El movimiento de convección del plasma del sol provoca la
aparición de ligeras depresiones en la superficie, las manchas solares, áreas
relativamente oscuras donde la actividad magnética inhibe la convección del
plasma solar y enfría la superficie radiante. Estas manchas tienen dos zonas. La
central, llamada “umbra”, es más oscura y en ella el campo magnético es
vertical respecto de la superficie del sol. A su alrededor está la “penumbra”,
más clara y donde las líneas del campo magnético están más inclinadas. Estas
manchas se forman en pares de polaridad opuesta, suelen aparecer en grupos y
tienen una vida de aproximadamente dos semanas.
La observación de las manchas solares nos ha permitido
conocer los ciclos de actividad solar, el más conocido de los cuales dura alrededor
de once años, y se ha documentado con bastante precisión desde marzo de 1755.
Este ciclo es la mitad de uno de 22 años, pues cada 11 años, el sol invierte su
polaridad magnética.
Al inicio del ciclo solar, en su mínimo de actividad, las
manchas se forman principalmente en las latitudes superiores, es decir, cerca
de los polos del sol, y al avanzar el ciclo y aumentar la actividad del sol, la
aparición de manchas se va trasladando hacia el ecuador de la estrella.
Además del conocido ciclo de 11 años, la actividad solar
tiene otros que apenas estamos descubriendo. Así, en los casi cuatro siglos de
observación de las manchas solares, hay un período singular conocido como el
“mínimo de Maunder”, que ocupó prácticamente todo el siglo XVII y durante el
cual el número de manchas solares disminuyó notablemente, a una decena o
incluso menos, comparada con las casi 250 manchas solares observables en el
máximo de 1951, pero no sabemos si haya un ciclo merced al cual dicho mínimo se
repetirá en un futuro previsible.
Los cambios que sufre el sol no se refieren sólo a su
irradiación de luz visible y calor, sino también a su radiación ultravioleta, de
viento solar y flujo magnético. La aparición de grandes cantidades de manchas y
fulguraciones solares, o tormentas solares advierte de una mayor actividad del
viento solar y los efectos magnéticos en nuestro planeta.
La tormenta solar más potente que se ha registrado ocurrió
a fines de agosto y principios de septiembre de 1859, y fue anunciada por la
aparición de una gran cantidad de manchas solares en el ecuador solar el día 28
de agosto. La perturbación magnética que representó provocó el fallo de los
sistemas de telégrafos en toda Europa y América del Norte, a hizo que se
observaran auroras boreales an latitudes desusadas, como en Cuba, Roma y las
Islas Hawai.
Con este antecedente, sabemos que la próxima tormenta
solar fuerte puede ocasionar graves consecuencias dada la tecnología que
utilizamos en la actualidad. Tormentas solares de menor intensidad han afectado
a varios satélites de comunicaciones, afectando a Internet, señales de
televisión, GPS y telefonía móvil.
Por esta causa práctica, además de la investigación
científicamente pura, él interés de la ciencia por observar el sol e interpretar
los cambios en su superficie continúa. El sol es continuamente observado por
astrónomos profesionales y aficionados utilizando telescopios en tierra y en
órbita, ópticos, de rayos X, ultravioletas, infrarrojos y con diversos
detectores como los que se encuentran en el observatorio SOHO (siglas de
Observatorio Solar y Heliosférico), que desde 1995 vigila a nuestra estrella.
Con todos los datos que se recopilan, se busca determinar
si el calentamiento global es parte de un ciclo natural de nuestro planeta y
del sol y en qué medida es producto de la actividad humana, pues ya casi ningún
experto duda de que el hombre juega un papel en este aparente cambio climático.
El último máximo solar ocurrió en 2001, y por tanto
estamos actualmente en un período de baja actividad. De hecho, hasta junio de
este año se registraron más de 670 días sin que aparecieran manchas solares y
el viento solar está en niveles desusadamente bajos que son ideales para el
estudio de nuestro sol, con esas imperfecciones que, si bien destruyeron un
modelo atractivo de un universo perfecto, nos han permitido saber mucho de la
fuente misma de la vida en nuestro planeta, nuestra estrella madre.
Ver el sol con cuidado
Como en todos los trabajos astronómicos, los aficionados pueden
hacer grandes aportaciones en la observación del sol. Sin embargo, siempre es
bueno recordar que Galileo, el padre de la astronomía telescópica, acabó casi
ciego por ver el sol sin protección. Los aficionados deben tener presente
siempre que deben usar filtros especialmente diseñados para observar el sol, no
sustitutos, por oscuros que parezcan, que pueden dejar pasar rayos UV que
afectan la retina.
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