Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

febrero 14, 2007

Nuestros primos los neandertales

Poco antes de la publicación de El origen de las especies, un profesor y un anatomista alemanes anunciaban el hallazgo de unos restos que cambiarían la visión que tenemos de nuestra historia como especie.

Tenían rituales de enterramiento, lo que revela que estaban conscientes de la muerte; tenían capacidad para comunicarse mediante el habla, aunque su lenguaje es un enigma; cuidaban de sus enfermos y alimentaban a los ancianos, demostrando una clara solidaridad; eran capaces de algunas expresiones artísticas, como la creación de adornos corporales; poseían la tecnología del fuego, de la construcción de albergues y del trabajo de la piedra con la que fabricaban armas para la cacería, en especial lanzas; eran, en resumen, lo que llamaríamos humanos... pero no éramos nosotros, no eran nuestros antepasados, eran los miembros de la especie Homo neanderthalensis o neandertales, primos cercanos de nuestra estirpe que desaparecieron hace alrededor de 24 mil años y que demuestran que las características humanas esenciales no son privativas de nosotros, del Homo sapiens, pese al gusto que tenemos por sentirnos especiales dentro del mundo natural.

Por nuestra parte, cierta arrogancia antopocentrista nos ha llevado a identificar al neandertal no con un humano primitivo, sensible, comunicativo y que lloraba a sus muertos, sino con un bruto de caricatura, insensible, idiota, retorcido y sucio, quizá por temor a vernos en el espejo que nos ofrece como una criatura que compartió el planeta con nosotros y de cuya desaparición quizá tiene algo de responsabilidad esta humanidad.

Los malentendidos sobre el neandertal se empezaron a dar desde el descubrimiento de los primeros restos de esta especie que se estudiaron (aunque hoy sabemos que se habían encontrado antes otros a los que no se les dió importancia): un casquete craneal, dos fémures, tres huesos del brazo derecho, dos del izquierdo, parte del íleon, fragmentos de la clavícula y algunas costillas que encontraron unos trabajadores de una cantera en el valle Neander cerca de Düsseldorf en 1856. Entregaron el material al profesor y naturalista aficionado Johann Karl Fuhlrott, que los identificó primero como restos de un oso y los entregó al anatomista Hermann Schaffhausen para su estudio. Un año después, ambos hombres anunciaron el descubrimiento. Primero se les identificó como pertenecientes a un jinete cosaco, pero poco a poco surgió la idea de que eran europeos antiguos, aunque no fue sino hasta principios del siglo XX cuando se propuso que no eran ancestros de los humanos actuales, sino una especie separada.

Quienes ofrecieron esta idea se basaron en el especimen de La Chapelle-aux-Saints, el cual, lo sabemos hoy, al momento de morir era un anciano con artritis crónica en todo el cuerpo, afección que deformó sus huesos. Los científicos se basaron en esos huesos y en los prejuicios antropocentristas antes mencionados para asegurar no sólo que tenía una inteligencia similar a la de los simios, sino que caminaba igual que éstos. Los simios no son bípedos, sino que se trasladan sobre sus cuatro extremidades, y al asumir una postura erguida lo hacen con dificultad, exactamente como en los medios se caricaturiza a cualquier hombre primitivo: encorvado, con las piernas combadas, los brazos colgando hacia adelante... todo ello rechazado por el conocimiento que tenemos de esta especie y del los homínidos en general. Nuestra estirpe camina erguida sobre sus dos piernas desde hace unos cuatro millones de años. Los australopitecos de entonces, los neandertales y todos nuestros antepasados durante estos millones de años caminaban y corrían de manera nada distinta a la de las supermodelos, sin curvaturas, retorcimientos ni piernas zambas.

Pero el neandertal venía a ocupar el lugar del mítico "hombre salvaje", del "humano degenerado", a ojos de algunos, que asumía una actitud animalesca y brutal, y tal caracterización se ha sostenido pese a los avances del conocimiento. Y pese a que hoy sabemos que un neandertal bien podría pasearse entre nosotros como un personaje bajo de estatura, de nariz tremendamente ancha, sin barbilla, con el cráneo más bien aplanado y un pronunciado arco supraorbital, pero nada que no asumiéramos como esencialmente humano, no simiesco.

Los neandertales están presentes en Europa al menos desde hace 150 mil años, lo que significa que vivieron las duras épocas glaciales (y sobrevivieron a ellas). La llegada de los cromañones (es decir, de nuestra especie) a sus territorios hace 45 mil años marcó el principio del declive neandertal, que llegó a su fin hace alrededor de 24 mil años al desaparecer las últimas poblaciones de regiones como Croacia, Crimea y la Península Ibérica. Esto, sin emabrgo, no demuestra que el cromañón haya sido la causa de la desaparición de los neandertales, pues ésta sigue siendo sujeto de profundos debates. Varias veces, la más reciente a cargo del doctor Erik Trinkaus de la universidad de Washington, a fines de 2006, se vuelve a sugerir que los neandertales fueron asimilados a los cromañones y que, en alguna pequeña medida, su composición genética es parte de la nuestra, aunque la secuenciación del genoma neandertal parece haber excluido definitivamente esa posibilidad.

Sin embargo, mientras se realizan nuevos descubrimientos (como los que se espera conseguir en uno de los yacimientos de Atapuerca) y nos acercamos más al conocimiento de las causas que hicieron que desaparecieran los neandertales, hay elementos para la reflexión. La existencia de un ser humano que sin embargo no pertenece a nuestra especie tiene un significado profundo en cuanto a la comprensión de lo que significa ser producto de la evolución, y es un golpe quizás muy necesario a nuestro orgullo como, según creen algunos, "cumbre de la evolución". Los neandertales y nosotros nos separamos de un ancestro común hace poco más de medio millón de años, y cuando nos volvimos a encontrar en las llanuras europeas teníamos más o menos el mismo nivel de avance tecnológico y más o menos la misma organización social. Y sin embargo, una de las dos especies desapareció mientras la otra sufrió nuevos cambios que la llevaron en unos miles de años a la creación de las primeras civilizaciones, cuando las cosas podrían haber ocurrido exactamente al revés. El neandertal no es sólo un primo y un espejo, es el ser que podría ser nosotros.

¿El neandertal se extinguió en Carihuela?


Un estudio publicado a fines de enero de este año por Santiago Fernández y sus colegas, basado en los estudios de la cueva de Carihuela, sugiere que allí vivieron neandertales hace entre 28.440 y 21.430 años. De ser así, éste sería casi con certeza uno de los últimos enclaves neandertales, el umbral de la extinción de nuestros primos más cercanos.

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