Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

octubre 08, 2012

El científico como conejillo de Indias

El científico no sólo es el frío y acucioso registrador de la realidad que investiga. En ocasiones, es el protagonista, el escenario, estudiándose a sí mismo.

La molécula del LSD creada por Hofmann
(Imagen D.P. de Benjah-bmm27,
vía Wikimedia Commons)
El 19 de abril de 1943, el químico suizo Albert Hofmann decidió tomar una dosis de 250 microgramos de una sustancia que había sintetizado en 1938, contratado por la empresa farmacéutica Sandoz... y tuvo la primera experiencia o "viaje" de LSD de la historia. Hofmann trabajaba con el ácido lisérgico, una sustancia producida naturalmente por el hongo conocido como cornezuelo, explorando sus posibilidades como estimulante de la circulación y la respiración. Su trabajo consistía en explorar distintos compuestos a partir de esa sustancia. El sintetizado en 1938 era el LSD-25 o dietilamida de ácido lisérgico.

Tres días antes, el 16 de abril, Hofmann había absorbido accidentalmente una pequeña cantidad de LSD-25 a través de la piel de los dedos, al parecer por un descuido de laboratorio. La experiencia que tuvo a continuación lo impulsó a experimentar en sí mismo consumiendo una cantidad de LSD-25 que luego se descubrió que era tremendamente alta. Pasó por una etapa de pánico y paranoia seguida de placidez y euforia. Había nacido la era de la psicodelia, y su descubrimiento sería uno de los signos distintivos de la contracultura hippie. Por desgracia, el uso recreativo del LSD llevó a que se prohibiera y se impidiera que se estudiara como droga psiquiátrica, que era el destino que Hofmann imaginaba para lo que llamó "mi hijo problemático", el LSD.

El de Hofmann era un caso más entre los muchos científicos que, en un momento dado, han optado por utilizarse a sí mismos como sujetos experimentales, antes que emplear a animales o a voluntarios.

Algunos casos resultan menos cinematográficos que el de Hofmann, pero mucho más dramáticos.

En 1922, el entomólogo estadounidense William J. Baerg intentaba determinar si las arañas conocidas como "viudas negras" y que están extendidas por todo el mundo eran venenosas para el ser humano. Después de ver el efecto del veneno en ratas, se hizo morder por una de sus arañas, pero sin sufrir más que un dolor agudo. Convencido de que la mordedura había sido demasiado superficial, al día siguiente se dejó morder durante cinco segundos. A lo largo de los siguientes tres días, Baerg sufrió los terribles dolores y reacciones del veneno, y los anotó para un artículo que publicó en 1923 en una revista de parasitología.

A partir de entonces, la práctica de dejarse morder por distintos arácnidos fue parte normal de las investigaciones de Baerg, pese a lo cual vivió hasta los 95 años.

Siguiendo sus pasos, el profesor Allan Walker Blair se hizo morder por una viuda negra doce años después, permitiendo que le inyectara veneno durante diez segundos, lo cual lo mantuvo varios días al borde de la muerte.

Pero quizá el campeón de los autoexperimentadores fue el biólogo, matemático y genetista británico J.B.S. Haldane, cuya principal aportación fue la conciliación de la genética mendeliana con la teoría de la evolución de Darwin, fundando la teoría sintética de la evolución y la genética de poblaciones por medio de las matemáticas. Fue también el autor de un ensayo que sería la inspiración de la novela "Un mundo feliz" de Aldous Huxley.

John Maynard Smith, alumno, colaborador y amigo de Haldane, cree que a éste le gustaban las emociones fuertes, la descarga de adrenalina que se produce cuando uno se enfada o cuando tiene miedo. De hecho, Haldane aseguraba haberlo pasado muy bien en las trincheras durante la Primera Guerra Mundial, donde fue considerado un soldado excepcional.

Pero también está el hecho de que el padre de Haldane, médico e investigador, también había realizado algunos experimentos empleándose a sí mismo como conejillo de indias. Y, al menos en una ocasión, a su hijo, a quien hizo respirar grisú en una mina hasta que el pequeño casi perdió el conocimiento.

Y seguramente sabía que uno de los grandes científicos ingleses, Humphry Davy, químico del siglo XVIII y XIX, había experimentado en sí mismo los efectos del óxido nitroso, el sedante también conocido como el "gas de la risa".

Haldane se implicó con las fuerzas armadas después del desastre del Thetis, un submarino británico que se hundió en maniobras en aguas poco profundas, causando la muerte de 99 de sus 103 ocupantes. Durante la recuperación del submarino, otro marino murió por los efectos de la descompresión.

El investigador se embarcó en una serie de experimentos sobre el buceo a gran profundidad, sometiéndose una y otra vez a experiencias dentro de una cámara de descompresión en la que sufría cambios de presión mientras respiraba distintas mezclas de gases y mientras se sometía a temperaturas de frío extremo. En un experimento en el que se envenenó con un exceso de oxígeno, además de sufrir violentas convulsiones se provocó un daño irreparable en algunas vértebras que lo dejó con un dolor crónico para el resto de su vida.

Los tímpanos de Haldane sufrieron varias rupturas a consecuencia de los cambios de presión a los que se sometió, dando pie a una de las más famosas citas del científico: "El tímpano generalmente cicatriza, y si le queda algún agujero, aunque uno queda un poco sordo, puede expulsar humo de tabajo por la oreja afectada, lo cual es todo un logro social".

La autoexperimentación de Haldane fue la base de mucho de lo que hoy sabemos acerca de los efectos de la compresión y la descompresión en los cuerpos de los buzos, especialmente la narcosis provocada por nitrógeno.

Ser su propio conejillo de indias permite a los científicos conocer de primera mano las experiencias subjetivas asociadas a algunas situaciones. Porque la subjetividad también juega un papel importante en la investigación científica, y no sólo por las inspiraciones, intuiciones y pasiones de los científicos. Mucho antes de que hubiera un instrumental adecuado para medir las características de las sustancias químicas, era práctica común entre los investigadores tomar un poco de la que estuvieran estudiando en ese momento y llevárselo a la boca para conocer su sabor.

Por supuesto, como en muchos otros casos, esta práctica fue letal para algunos audaces buscadores de la verdad científica.

Una bacteria y un Premio Nobel

Desde 1981, el doctor australiano Barry Marshall y el patólogo Robin Warren tenían indicios de que la úlcera gástrica estaba causada por una bacteria y no por el estrés, la dieta u otras causas que suponían los médicos. Al no poder infectar a unas ratas con la bacteria, Marshall optó por infectarse a sí mismo tragando un cultivo de bacterias. La gastritis que sufrió fue el primer paso para demostrar que la bacteria causaba úlceras y cánceres gástricos, lo que le valió el Premio Nobel de medicina a ambos asociados en 2005.