Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento
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La modificación genética

ADN replicándose
(D.P. vía Wikimedia
Commons)
Todos los seres vivos modifican genéticamente a todos los seres con los que interactúan. Ése es uno de los hechos principales de la evolución y de toda la biología.

La relación entre el guepardo y los tipos de gacela que caza es un buen ejemplo. Durante los millones de años de su interacción, esta pareja de depredador y presa han establecido una verdadera carrera armamentística. Las gacelas más rápidas tienen más posibilidad de sobrevivir, y así la presión de selección hace que las gacelas sean cada vez más rápidas. Pero los guepardos más rápidos serán los que tengan más probabilidades de alimentarse y por tanto la especie en general es cada vez más rápida.

El resultado es que el guepardo es hoy el animal terrestre más rápido, con capacidad de alcanzar los 120 Km/H durante breves períodos. Pero también ocurre que el guepardo fracasa con frecuencia, o en ocasiones queda tan exhausto después de una cacería exitosa que su presa es robada por otros oportunistas, en particular los leones. En su modificación genética del otro, ambas especies se han puesto en peligro sin saberlo.

De hecho, fue la observación de las variaciones genéticas de los pinzones de las Galápagos lo que le dio a Charles Darwin la pista sobre la forma en que se daba la evolución. El pico de los pinzones en las distintas islas estaba adaptado a distintas formas de alimentarse: fruta, insectos, cactus, semillas.

En este concierto biológico, el ser humano ha sido una poderosa influencia en la modificación genética de gran cantidad de plantas y animales. De hecho, el proceso de domesticación, sea del trigo o de las reses, es modificación genética, tanta que la gran mayoría de las plantas y animales domesticados por el ser humano no se encuentran en la naturaleza y sus versiones originales desaparecieron hace mucho.

Sin embargo, no es esto en lo que pensamos cuando se habla de modificación genética, sino en procedimientos de ingeniería genética que alteran directamente a los organismos.

La ingeniería genética nació en 1973, cuando Herbert Boyer y Stanley Cohen utilizaron enzimas para cortar el ADN extranuclear de una bacteria e insertar un segmento de ADN entre los dos extremos cortados. La cadena de ADN resultante, no existente hasta entonces, se llama ADN recombinante. Este logro abría posibilidades que iban desde la creación de complejos híbridos hasta la clonación.

La primera aplicación práctica de las nuevas herramientas de modificación genética llegó a la vida de la gente tan sólo nueve años después. En se autorizó la insulina producida por bacterias a las que se les había añadido el gen humano que produce esta hormona.

Hasta 1982, la insulina que necesitaban los diabéticos se obtenía de cerdos y reses. Hoy, la ingeniería genética le ofrece a los diabéticos distintas variedades de insulina producida por distintas bacterias, plantas y levaduras, y que permite un mejor control de la afección.

La introducción en un ser de una especie de un gen de otra especie, como en el caso de la insulina, es lo que se conoce como “ingeniería transgénica”. Esto, que el ser humano está empezando a hacer es, sin embargo, un fenómeno relativamente común en la naturaleza, especialmente en seres unicelulares, llamado “transferencia genética horizontal”, que se descubrió en 1959 y que hoy se considera que ocurre también en plantas y animales superiores.

La ingeniería genética aplicada a los alimentos, que es motivo de fuertes campañas por parte de diversos grupos, se ha utilizado para introducir cambios en los alimentos con distintos objetivos, como hacerlos resistentes a ciertos insectos, virus o herbicidas, o hacer que maduren más lentamente para que lleguen al mercado en mejores condiciones sin necesidad de conservantes.

Sin embargo, los organismos genéticamente modificados, sean o no transgénicos, presentan varias interrogantes que la ciencia está tratando de responder. Existen temores razonables de que los genes modificados de un organismo puedan transferirse a otro. No al que los consume, pues los procesos digestivos lo impiden y así lo han demostrado diversos estudios, pero sí, por ejemplo, a bacterias de su flora intestinal. Igualmente, se pueden introducir en una especie genes de otra a la que existan alergias. Existe también la preocupación de que se afecte la biodiversidad y el equilibrio ecológico.

Sin embargo, los mayores escándalos son de orden económico. Los organismos con ADN recombinante pueden ser patentados, lo que crea un nuevo universo de problemas legales. Además, las prácticas de algunas multinacionales que producen semillas son, cuando menos, cuestionables, por ejemplo al diseñar sus semillas de modo que su descendencia sea estéril, de modo que los agricultores se vean obligados a comprarle semillas a la empresa año tras año.

Estas prácticas, que pertenecen al reino de la economía y los riesgos del mercado sin controles, han contaminado sin embargo la visión del público respecto de los alimentos sometidos a ingeniería genética, sin que por otra parte haya información suficiente sobre estas modificaciones y si realmente pueden o no afectar al ser humano. El debate, por desgracia, se está moviendo en terrenos de la propaganda y lo emocional antes que en los niveles de la razón y los datos.

La promesa de la ingeniería genética es, sin embargo, demasiado grande. La posibilidad de curar o prevenir multitud de enfermedades, de alargar nuestra vida o de contar con alimentos más baratos, más nutritivos o más fáciles de transportar para luchar contra el hambre, entre otros muchos posibles beneficios, son también parte del debate, y la solución a ese debate está en los estudios que se realizan sobre el verdadero impacto de los organismos genéticamente modificados.

Hoy, afortunadamente, podemos debatir y orientar la modificación de organismos por medio de la ingeniería genética, cuidando del medio ambiente y la biodiversidad. Durante los anteriores 20.000 años, el hombre modificó irreversiblemente miles de organismos sin tener ni esa conciencia ni las herramientas para minimizar los efectos negativos de su, por otro lado, natural incidencia en la genética de otros organismos.

El arroz dorado

En el año 2000, el científico suizo Ingo Potrykus creó una variedad de arroz capaz de sintetizar beta-caroteno, un precursor de la vitamina A, para ayudar a los niños, principalmente en el sureste asiático donde el arroz es el alimento básico, que sufren deficiencia de la vitamina A. Esta afección provoca ceguera o la muerte a cientos de miles de niños cada año. Siendo gratuito para los agricultores de subsistencia del Tercer Mundo, el arroz dorado no se ha extendido porque grupos como Greenpeace se oponen a su cultivo, manteniendo una política estricta contra todos los organismos genéticamente modificados.

Los alimentos transgénicos

La idea de la modificación transgénica de los organismos ha adquirido una connotación negativa alejada de lo que realmente puede significar para nuestra especie, sus ventajas y riesgos.

Arroz común y arroz dorado, adicionado con genes
vegetales para producir betacaroteno, un precursor
de la vitamina A.
(foto CC de International Rice Research Institute,
vía Wikimedia Commons
Todos los organismos están genéticamente modificados. De hecho, nosotros mismos somos organismos genéticamente modificados, ya que la evolución implica la constante modificación genética de las poblaciones para adaptarse al terreno, al clima, al resto del ecosistema e incluso a su sociedad.

En algunos casos, como los animales y plantas domésticos, los seres humanos los hemos modificado lentamente para que se ajusten a nuestras necesidades y deseos: trigo más grande, vacas que den más leche, ovejas más lanudas, perros más pequeños o "bonitos", etc. Nuestra influencia sobre el medio ambiente va más allá de los problemas ecológicos más evidentes, como la desaparición de algunas especies, ya que en el proceso hemos alterado más allá de todo posible reconocimiento otras muchas especies.

El conocimiento de la genética nos ha permitido realizar más aceleradamente este proceso y, sobre todo, conseguir, mediante la "ingeniería genética", la incorporación en un organismo de genes procedentes de otro organismo distinto. Esta incorporación de genes ajenos o exógenos se llama "transferencia horizontal de genes", y ocurre en la naturaleza de modo relativamente infrecuente, no sujeto a control humano y, hasta donde sabemos, sobre todo entre organismos unicelulares. La transferencia horizontal de genes artificial es lo que se conoce como modificación transgénica de un organismo. Así, por ejemplo, se puede tomar un gen humano dedicado a producir insulina e incluirlo, mediante diversos métodos de laboratorio, en el código genético de un organismo unicelular, que ya no sólo producirá las proteínas necesarias para su vida normal, sino que usará parte de su energía en la producción de insulina que puede ser utilizada para el alivio de la diabetes.

Por supuesto, esta posibilidad es tan claramente positiva que difícilmente se le podría criticar. Sin embargo, el procedimiento tiene capacidades que igualmente pueden ser utilizadas de modo cuestionable e, incluso, peligroso.

Por ejemplo, un cultivo genéticamente modificado para resistir mejor las plagas, el maíz "Starlink", contiene una forma de la proteína Bt que se digiere más lentamente que las del maíz que normalmente consumimos, y por tanto podría causar que un pequeño número de personas desarrollara una reacción alérgica. Ya sea debido a la polinización cruzada con cultivos no modificados o por otras causas, hubo maíz con esta proteína Bt modificada que llegó al consumo humano, produciendo una reacción social de alarma quizá desproporcionada, pero no injustificada, que llevó a su retirada del mercado a principios de este siglo.

El riesgo del cruzamiento con organismos no modificados es una legítima preocupación, como lo es el uso de las posibles semillas llamadas "terminator", que producirían semillas estériles, lo que obligaría a los agricultores a adquirir semillas patentadas en cada ciclo agrícola. Evidentemente, en este caso el problema no es genético, sino de prácticas comerciales y de negocios. Pero esta posible aplicación de la tecnología de productos estériles (misma que aún no está disponible comercialmente) tiene su contraparte en el hecho de que ese procedimiento también podría aplicarse para impedir, precisamente, los cruzamientos indeseados con organismos no modificados.

En el debate sobre los organismos transgénicos, la propaganda por parte de los promotores (muchas veces con intereses comerciales) y los opositores (muchas veces con más convicciones que información científica) se está resolviendo en un enfrentamiento de propaganda en el que se busca convencer a la opinión pública para conseguir apoyos sociales y políticos antes que informar para ayudar a la formación de un criterio razonado, con bases sólidas y que considere todas las opciones.

El desarrollo de alimentos adicionados con nutrientes necesarios, organismos que puedan producir de manera económica medicamentos que resultan costosos hoy en día, cultivos resistentes a plagas o que se desarrollen mejor en zonas proclives a las sequías o que se conserven mejor en condiciones ambientales adversas, bacterias con genes capaces de identificar y atacar enfermedades, o la posible curación de afecciones genéticas son posiblidades reales que deben tenerse en cuenta en el debate, tanto como el riesgo que pueden representar los organismos modificados.

Pero la mayor parte del debate parece estarse centrando en los anaqueles de frutas y verduras, con un sector social luchando por impedir que lleguen a ellos alimentos genéticamente modificados por el solo hecho de serlo. El principal riesgo que señalan es que en el proceso de modificación genética para obtener una característica deseada se pueden introducir inadvertidamente otras modificaciones indeseables y nocivas para la salud humana, y esta preocupación merece indudablemente ser atendida mediante regulaciones que exijan pruebas a fondo de los cultivos transgénicos para consumo humano.

Sin embargo, no debe perderse de vista que, desde que se introdujo el primer cultivo transgénico comercial en 1994 (un tomate con resistencia aumentada a la putrefacción), no se ha registrado ni un caso en el que los alimentos transgénicos resultaran claramente nocivos para los consumidores, que existen requisitos muy estrictos para la autorización de cada nuevo cultivo y que en estos años se han realizado cientos de estudios sobre dichos cultivos y su consumo, según los cuales no hay diferencias peligrosas respecto de sus parientes no modificados.

Como ocurre con cualquier conocimiento nuevo, es su aplicación la que debe preocuparnos, su reglamentación y su uso tecnológico, y que el control de los mismos esté en manos principalmente de la sociedad, ya que es imposible volver en el tiempo y olvidar un conocimiento ya adquirido.

El arroz dorado


Un ejemplo de los riesgos del debate mal llevado es el del "arroz dorado", un arroz transgénico creado por Peter Beyer e Ingo Portrykus con dos genes añadidos que le dan un contenido aumentado de provitamina A en la forma de beta caroteno (que le da su color dorado). El objeto de este arroz es ser distribuido gratuitamente en sociedades asiáticas cuya dieta tiene como base el arroz y en las que entre 250.000 y 500.000 niños quedan ciegos cada año, según datos de la OMS, por deficiencia de vitamina A. Desde 1999, cuando se anunció el proyecto, varias organizaciones no gubernamentales importantes han luchado por impedir que llegue a los agricultores y consumidores porque su línea política es oponerse a todos los organismos genéticamente modificados, independientemente de cualquier otra consideración.