Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

diciembre 27, 2014

Mary Anning, la hija del carpintero

Los fósiles encontrados, identificados y dados a conocer por esta mujer trabajadora británica dieron forma al trabajo de la paleontología del siglo XIX.

Dura antiquior, pintura de Henry De la Beche, 1830.
(Imagen D.P. Museo de Sedgwick vía Wikimedia Commons.)
La imagen está sobrepoblada. Dos pterodáctilos se atacan en el cielo. Un ancestro de los cocodrilos está al borde del agua, donde una abigarrada colección de ictiosaurios, plesiosaurios, tortugas, peces, calamares y algunos seres prehistóricos más fantasía que reconstrucción paleontológica, se dedican principalmente a comerse unos a otros,

Se trata de una acuarela de 1830, “Duria antiquior” o “Un Dorset más antiguo”, por la región de la costa sur de la isla de Gran Bretaña. Su autor fue el pintor y geólogo Henry De la Beche y fue el primer intento de la historia en tratar de representar la vida prehistórica según la evidencia fósil disponible. Y gran parte de ella había sido encontrada, identificada, descrita, dibujada y reconstruida por Mary Anning, que ya por entonces era considerada la mayor experta en hallazgos de fósiles del mundo, pese a tener apenas 31 años de edad.

Mary Anning nació en en 1799 en la costa de Dorset, en el pueblo de Lyme Regis, hija de un carpintero de la localidad llamado Richard y de su esposa Mary, de cuyos hijos sólo sobrevivirían Mary y su hermano Joseph.

Lo que hoy es Lyme Regis estuvo, hace 200 millones de años, cerca del Ecuador, en el fondo de un mar cálido y lleno de vida. Muchos animales se vieron enterrados en el fondo lodoso y se fosilizaron mientras la zona migraba hasta su actual posición. Lyme está por tanto rodeado de los acantilados en que se convirtió ese fondo marino lodoso, verdaderas minas de fósiles.

El padre de Mary dedicaba parte de su tiempo a buscar, entre las rocas desprendidas de los acantilados, unas maravillosas “curiosidades”: los fósiles de esos seres marinos, que empezaban a dejar de ser misteriosos y a ser estudiados para tratar de saber cómo había sido la vida en el pasado y cómo habían aparecido y desaparecido esos fantásticos seres. Así la venta de fósiles era también una fuente de ingresos adicional para los Manning, que llevaban a sus hijos, desde pequeños, a buscar fósiles.

Estas habilidades serían la única forma de supervivencia de la familia cuando Richard Manning murió en 1810, dejando a su familia totalmente desprotegida. Mary y sus dos hijos emprendieron un pequeño negocio como vendedores de fósiles que les permitió escapar a la miseria, aunque con frecuencia pasarían épocas de gran escasez.

Retrato de Mary Anning circa 1841.
(Imagen D.P. del Museo de Historia Natural
de Londres, via Wikimedia Commons)
Cuando Mary tenía 12 años, la familia encontró y publicitó el hallazgo de un fósil completo de ictiosaurio, un reptil jurásico en forma de pez. El descubrimiento fue pronto adquirido por Henry Hoste Henley, un noble londinense aficionado a la geología.

Entre los hallazgos que realizó Mary Anning a lo largo de su carrera está el de los coprolitos, heces fecales fosilizadas que ofrecen importante información sobre la dieta de los animales del pasado. Fue la primera persona que identificó en Inglaterra un fósil que halló como perteneciente a un pterosaurio. Encontró también curiosidades como un fósil de sepia que aún tenía en su interior la tinta del animal.

Alrededor de 1820, Mary realizó uno de sus más importantes descubrimientos: un fósil casi completo de plesiosaurio. El animal había sido descrito a partir de restos fragmentarios, pero grandes expertos en fósiles como el francés Georges Cuvier se mostraban escépticos ante la disparidad del tamaño del reptil respecto de su pequeñísima cabeza. Al enterarse, Cuvier dejó de lado su escepticismo y declaró que el descubrimiento de Anning era de primera importancia. Comenzó entonces una correspondencia con la buscadora de fósiles que duraría hasta la muerte de ésta. El plesiosaurio de Mary aún se puede ver en el Museo de Historia Natural de Londres.

Cada vez más científicos consultaban a Mary Anning y a visitar los acantilados de Lyme Regis, no sólo por su habilidad para encontrar fósiles, sino porque la mujer, sin ninguna educación formal, había aprendido por su cuenta mucho de lo que sabían los expertos de la época y había desarrollado una habilidad propia de los palentólogos que incluso hoy puede asombrarnos: la capacidad de saber mucho acerca de un animal simplemente a partir de un fragmento.

Sobre ello, la acaudalada Harriet Silvester escribió que la joven, a la que conoció en 1824 “se ha familiarizado tan exhaustivamente con la ciencia que en el momento en que encuentra cualquier hueso sabe a qué tribu pertenece”. Y, subrayando la importancia desusada que había logrado tener Mary en una Inglaterra donde la mujer y los pobres eran considerados prácticamente desechables, señala que “tiene la costumbre de escribir y hablar con profesores y otros hombres inteligentes sobre el tema, y todos reconocen que ella entiende más de la ciencia que ninguna otra persona en el reino”.

Pero la fama y el reconocimiento no pagaban las facturas, y la familia debía depender de sus relaciones para mantenerse a flote cuando el negocio de los fósiles tenía baches, ya fuera porque no se encontraban fósiles relevantes durante un tiempo o porque no había compradores.

El coleccionista Thomas Birch, por ejemplo, que había comprado numerosos fósiles a los Anning, decidió en un momento dado subastarlos para dar a la familia lo recaudado. Tiempo después, el pintor de “Duria antiquior”, por ejemplo, mandó hacer una litografía de su acuarela y vendió copias de ella a amigos y colegas, donándole a Mary lo obtenido.

Al final de su vida, sin embargo, llegó cierto reconocimiento. Nueve años antes de su muerte, la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia le concedió una anualidad, y la Sociedad Geológica de Londres le asignó también un ingreso periódico. Y en los últimos años de su vida pudo leer que la revista de Charles Dickens, “All Year Round” decía de ella: “la hija del carpintero se ha ganado un nombre, y se ha merecido ganarlo”. Murió en 1847 de cáncer de mama.

Al conmemorar sus 350 años de existencia, la Royal Society de Londres, que no admitió mujeres sino hasta 1945, pidió a un grupo de científicas e historiadoras de la sociedad que nombraran a las diez mujeres británicas más influyentes de la historia de la ciencia, y consideraron que una de ellas era Mary Anning, la hija del carpintero.

El nombre latino

Pese a su relevancia en la historia de la paleontología británica, y aunque numerosos científicos y coleccionistas de fósiles daban con frecuencia nombre a las especies descubiertas, no fue sino hasta 1878, 31 años después de su muerte, que alguien dio a una especie un nombre destinado a homenajear a Mary Anning, el Tricycloseris anningi, una especie de coral. Sin embargo, aún no se le ha dado el nombre de la paleontóloga a un reptil fósil británico, lo que sería el homenaje más justo.

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