Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

julio 16, 2011

¡Vino desde el espacio!

Leonid Meteor
Lluvia de las oriónidas en 2009
(Foto CC de Navicore,
vía Wikimedia Commons)
El espacio que rodea a nuestro planeta no es un vacío absoluto. Contiene núcleos atómicos, partículas subatómicas, viento solar, gas y objetos de diversos tamaños, desde polvo fino hasta grandes cuerpos de varios kilómetros de largo..

Cuando alguno de estos objetos entra en la atmósfera de nuestro planeta o la roza, produce una estela visible que llamamos “estrella fugaz” aunque ahora sepamos que no son estrellas. Todas las estelas luminosas de estos objetos son llamadas meteoros por los astrónomos, palabra que viene del griego ‘meteoros’, lo que ocurre en las alturas, de las raíces ‘meta’, que significa encima o más allá y ‘aoros’, algo que está elevado o flotando en el aire.

En una noche común, es posible ver en el cielo unos siete meteoros cada hora, repartidos uniformemente por el cielo. Son unos pocos de los millones de pequeños objetos que entran diariamente en nuestra atmósfera sumando entre 40.000 y 80.000 mil toneladas al año.

Los meteoros más conocidos son los que se presentan periódicamente en la forma de lluvias de meteoros, o lluvias de estrellas, acontecimientos en las cuales se puede ver una gran cantidad de meteoros aparecer cada pocos segundos o minutos y que parecen provenir todos de un mismo punto radiante del cielo. Las lluvias de meteoros ocurren cuando la Tierra, en su órbita, cruza la estela de partículas sólidas dejadas a su paso por un cometa. Como esto ocurre cada año en el recorrido de la Tierra alrededor del sol, las lluvias de meteoros son predecibles.

Se pueden observar más de 30 lluvias de estrellas a lo largo del año. Los astrónomos les dan nombre con base en la constelación en la cual parece estar el punto radiante. Las más conocidas son las Perseidas, que ocurren a fines de julio y durante la mayor parte de agosto; las más espectaculares, las Leónidas, visibles durante casi todo el mes de noviembre, y las Gemínidas, en la segunda semana de diciembre. Una excursión nocturna a un lugar alejado de las luces de las poblaciones permite disfrutar un espectáculo majestuoso en esas fechas.

La mayoría de los meteoros que podemos ver, en lluvia o individualmente, son muy pequeños y se desintegran totalmente en la atmósfera terrestre, convertidos en polvo. Pero unos pocos, los de mayor tamaño y por tanto más escasos, llegan intactos a la superficie de nuestro planeta, y entonces los astrónomos los llaman meteoritos.

Los entre 20.000 y 85.000 meteoritos que caen a la superficie de la Tierra cada año se pueden clasificar de varias maneras. La forma tradicional tiene tres clasificaciones principales: meteoritos rocosos, metálicos o mixtos, cada una de ellas con distintos subgrupos y variantes. El estudio de la composición de los meteoritos nos permite conocer muchos datos sobre nuestro sistema solar que no podríamos obtener de otra forma.

El uso de sistemas de datación nos permite saber mucho acerca de la edad y evolución del sistema solar y la composición de la nube de gases y polvo que se condensó para formarlo. Así, por ejemplo, el meteorito Allende, que cayó en México en 1969, es la roca más antigua que hemos podido estudiar, ya que tiene fragmentos que se han datado en 4.567 millones de años, es decir, que se cristalizaron cuando el sistema solar aún estaba en proceso de formación.

Muchos meteoritos proceden del cinturón de asteroides que se encuentra en órbita entre Marte y Júpiter, cuya potente atracción gravitacional altera la órbita de los asteroides y puede lanzarlos hacia otras regiones del espacio, incluido nuestro planeta. Pero algunos meteoritos proceden de la Luna o, incluso, de Marte.

Si en la Tierra podemos ver enormes cráteres dejados por el impacto de meteoritos, como el de Vredefort, en Sudáfrica, que tiene 300 kilómetros de diámetro, estos impactos son mucho más evidentes en Marte, con su atmósfera mucho menos densa, o en la Luna, donde dicha atmósfera es virtualmente inexistente y no hay nada que impida a cuerpos de todos los tamaños llegar a su superficie. Cuando algún gran asteroide choca contra Marte o la Luna, puede arrancar de ellos trozos de su superficie que salen volando hacia el espacio, y algunos de ellos han llegado a la Tierra en forma de meteoritos.

Estos meteoritos son mucho más jóvenes que los que proceden de asteroides, de menos de 165 millones de años, según los métodos de datación disponibles. Esto quiere decir que proceden de cuerpos que ya estaban formados mucho después de la consolidación de nuestro sistema solar. Estos meteoritos pueden compararse con las muestras de suelo lunar traídas a la Tierra por las misiones Apolo de Estados Unidos y Luna de la antigua Unión Soviética, lo cual nos permite identificar a los que proceden de nuestro satélite. Una vez eliminados los meteoritos de materia lunar, un proceso de eliminación que considera las probabilidades de que estos cuerpos procedan de otros planetas como Venus o Mercurio, ha permitido a los científicos identificar hasta hoy al menos 25 meteoritos que son probablemente de Marte. Como evidencia adicional, los gases atrapados en uno de estos meteoritos son idénticos a la atmósfera de Marte, la cual conocemos gracias a las mediciones de las sondas robóticas Viking en 1976.

Toda caída de un objeto puede causar daños en la Tierra. Existen anécdotas de meteoritos que han caído en casas , que han matado ganado o incluso que han golpeado autos o buzones de correos, e incluso a alguna persona.

Pero si las dimensiones del objeto son lo bastante grandes, sus efectos pueden ser devastadores. Tal es el caso del que cayó en lo que hoy es Chixculub, en la península de Yucatán, México, hace alrededor de 65 millones de años. El objeto, de unos 10 kilómetros de diámetro, chocó con la tierra con una fuerza de 96 billones de toneladas de TNT (96 seguido de 12 ceros), lo que equivale a 50 millones de bombas atómicas como la que estalló en Hiroshima. El impacto dejó un cráter de 70 kilómetros de diámetro. La fuerza del impacto pudo haber oscurecido el cielo durante mucho tiempo en gran parte del planeta.

Para muchos paleontólogos, aunque hay algunos que aún esperan tener más pruebas, el impacto de Chixculub fue responsable, al menos en gran parte, de la extinción masiva de los dinosaurios que, a su vez, dejó libre el camino para que se desarrollaran los mamíferos. Sin ese catastrófico evento cósmico, quizás no estaría usted leyendo esto.

El cielo se cae en España

El mayor meteorito encontrado en España de hecho fue visto en su caída por quienes celebraban la Nochebuena de 1858. Conocido como “meteorito de Molina Segura” por el municipio de Murcia donde cayó, su peso se calcula en 144 kilos, aunque al caer se rompió en varios fragmentos. El trozo más grande, de 112 kilos, se puede ver actualmente en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid.

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