Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

agosto 30, 2014

Linus Pauling, señor de los extremos

Uno de los más grandes químicos desde Lavoisier y un luchador digno por la paz fue, al mismo tiempo, un entusiasta de fantasiosas propuestas de salud que resultaron falsas.

Linus Pauling en 1962, cuando ganó
su segundo Premio Nobel, el de la Paz.
(Foto D.P. del Comité Nobel, vía
Wikimedia Commons)
Pocas personas merecen el nombre de “genios” tanto como Linus Carl Pauling. Y pocos han sido al mismo tiempo tan proclives a realizar excursiones intelectuales en los terrenos de la pseudociencia. Quizás el único ejemplo parecido en el siglo XX sea Nikola Tesla, genio de la ingeniería eléctrica que en sus años últimos se destacó por hacer afirmaciones implausibles sobre rayos de la muerte y energía gratuita.

Del genio y pasión humanista de Pauling dan fe los reconocimientos que obtuvo, como la única persona que ha recibido dos Premios Nobel no compartidos: el de química en 1954 y el de la paz en 1962. De sus tropezones queda un sistema pseudomédico y una serie de afirmaciones que se han apoderado del imaginario popular, cuyos proponentes jamás han conseguido demostrar en condiciones experimentales debidamente controladas y que se han vuelto parte importante del negocio de las terapias alternativas y los suplementos alimenticios inútiles.

Linus Carl Pauling nació en Portland, Oregon, el 28 de febrero de 1901, hijo de una familia con raíces alemanas, escocesas e inglesas. Buen estudiante, aprovechó el sistema de educación pública de los Estados Unidos, se enamoró de la química a los 14 años y sólo dos después ingresaba a lo que hoy es la Universidad Estatal de Oregon deseando convertirse en ingeniero químico.

Se cuenta que, para entonces, sabía tanto de química como algunos de sus profesores, de modo que muy pronto empezó a ocuparse de tareas de enseñanza. No había cumplido aún 21 años y ya estaba contratado como profesor, aunque no fue sino hasta los 22 que se recibió como ingeniero químico. Pero para entonces estaba más interesado en descubrir los principios de la química, que era aún en gran medida territorio virgen, que en aplicarlos. Pasó al Caltech donde obtuvo su doctorado en 1924 trabajando en un tema fundamental de la química: la forma en que los átomos se unen para formar moléculas, los llamados “enlaces químicos”.

Para estudiarlos, Pauling se especializó en el uso de la cristalografía de rayos X, una técnica que mide la difracción de los rayos X al pasar por una sustancia y permite determinar el tamaño y disposición de los átomos en las moléculas. La misma técnica que permitiría a Rosalind Franklin hacer las fotografías que permitieron a Crick y Watson determinar la forma de doble hélice del ADN.

A continuación, pasó una temporada en Europa donde se familiarizó con la emergente física cuántica, que le permitió desentrañar lo que sería el título del libro que le daría un lugar en la historia de la química: “La naturaleza del enlace químico y la estructura de las moléculas y los cristales”.

Apenas tenía 38 años y ya era catedrático, jefe de la división de química de Caltech y era el científico más joven electo a la Academia Nacional de Ciencias. Y además se había dado tiempo para ser padre de cuatro hijos.

Pero Pauling deseaba saber más sobre cómo se comportaban los átomos y las moléculas. Empezó a trabajar con moléculas orgánicas, pero también con metales, buscando respuestas a la teoría del ferromagnetismo o por qué existe la atracción magnética, la forma de las moléculas de los gases, la estructura de las proteínas, la de los anticuerpos, las propiedades de la hemoglobina, la teoría molecular de la anestesia y otros muchos temas que plasmó en más de mil publicaciones, entre artículos y libros.

Pauling pasaría por un proceso que afectó a muchos científicos de su generación. Después de participar en el esfuerzo de guerra contra el nazismo (no fue parte del Proyecto Manhattan para evitar trasladar a su familia a una nueva residencia), las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki lo llevaron a asumir una posición pacifista y, especialmente, contraria al armamento nuclear, labor en la que militaría el resto de su vida.

Incluso se cuenta que en alguna ocasión, invitado a cenar con el Presidente Kennedy, pasó la tarde manifestándose ante la Casa Blanca con una pancarta en contra de la proliferación nuclear, para luego cambiarse a una indumentaria más formal y cenar en la propia Casa Blanca.

Así, si en 1954 había recibido el Nobel de Química por su aportación a la comprensión de los enlaces químicos, en 1962 recibió el de la Paz por su lucha contra las pruebas nucleares atmosféricas. Era la primera persona que ganaba un segundo Nobel después de Marie Curie.

Su éxito en la comprensión de las bases moleculares de la anemia falciforme le llevó a tratar de encontrar respuestas sencillas a problemas complejos de salud, hasta que llegó a convencerse, sin una base sólida, de que las enfermedades psiquiátricas se debían a deficiencias de vitaminas y otros micronutrientes, y que podrían prevenirse e incluso curarse si se consumían esas moléculas en las cantidades correctas. Dio a su hipótesis el nombre de “medicina ortomolecular” (del griego “orthos”, correcto, es decir, las moléculas en la cantidad correcta).

El concepto se ampliaría después a todas las enfermedades, fundando la que se convertiría en una lucrativa pseudomedicina, cuya expresión más conocida es la convicción de Pauling de que las dosis masivas de vitamina C podían prevenir e incluso curar la gripe y otras afecciones. Pese a numerosos estudios que han demostrado que su especulación carecía de bases, la percepción popular sigue siendo que el consumo de vitamina C, como suplemento o en frutas como los cítricos, tiene algún valor antigripal.

Poco después, amplió su afirmación indicando que la vitamina C podía aumentar la supervivencia de pacientes de cáncer. De nuevo, numerosos estudios han sido incapaces de demostrar que esta idea tuviera alguna base en la realidad. En un giro final hacia la pseudociencia, Pauling se negó a aceptar los resultados de un colaborador de su propio instituto que indicaban que las dietas ortomoleculares no tenían efecto en ratones con cáncer.

Cuando Linus Pauling murió en 1994, dejó una imagen dividida. Su brillantez como químico, su compromiso con la paz y sus creencias irracionales respecto de la salud obligan a verlo en toda la complejidad y contradicciones de quien, siendo un genio más allá de toda duda, era también presa fácil de sus creencias.

Un legado peligroso

Un antiguo asociado de Pauling, Matthias Rath, se ha dedicado a utilizar el nombre e ideas del químico para asegurar que el SIDA y el cáncer pueden curarse con complementos vitamínicos que comercializa su propia empresa. Numerosos estudios han señalado que estas afirmaciones carecen de validea, y para muchos sus campañas contra los antirretrovirales, principalmente en África, han sido un obstáculo para el control de la pandemia.

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