Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

junio 11, 2011

El meridiano de Greenwich

Observatorio de Greenwich
(Foto CC de Mcginnly, vía
Wikimedia Commons)
Durante la mayor parte de la historia humana, no había acuerdo sobre el meridiano cero, indispensable para la navegación y para el horario universal.

Todo punto sobre la superficie del planeta se puede indicar utilizando dos referencias o coordenadas. La latitud indica qué tan al norte o al sur estamos respecto del Ecuador, la línea imaginaria que está a la mitad del camino entre el polo norte y el polo sur. Los referentes de la latitud son así lugares reales de nuestro planeta a partir de los cuales se establecen los paralelos.

La otra coordenada, la longitud, es más problemática, ya que, siendo nuestro planeta un esferoide, no existe ningún punto natural del que pudiéramos decir que es donde comienza o termina el occidente o el oriente. Las líneas de los meridianos que van de polo a polo no tienen un punto de partida real como los 0 grados de latitud del Ecuador.

Para la navegación marítima, la latitud se puede calcular observando el sol y las constelaciones con un astrolabio. Pero calcular la longitud es mucho más complejo. Sin una medición precisa, el navegante va a ciegas. Americo Vespucio, que dio su nombre al continente que Colón le reveló a Europa, ofreció una primera solución viable, no muy precisa, utilizando las posiciones relativas de Marte y la Luna y comparándolas con las que figuraban en un almanaque. Vespucio observó en 1499 que a la hora en que debía ocurrir una conjunción de la Luna y Marte, este planeta estaba tres y medio grados desplazado hacia el este, lo que indicaba la posición del observador.

La determinación precisa de la longitud requería de un cronómetro sumamente preciso puesto a la hora de un punto de referencia. Dado que en una hora el sol se traslada 15 grados en su viaje aparente de 360 grados alrededor del planeta, si nuestro cronómetro dice que son las 9 de la mañana cuando para nosotros son las 12 del mediodía, sabremos que esa diferencia de 3 horas representa 45 grados de longitud, la distancia que nos separa del lugar de origen.

Un cronómetro así existía… pero en tierra. El reto era una maquinaria que se comportara de modo preciso y fiable en condiciones de navegación, con marejadas, tormentas y un continuo movimiento que en cualquier momento se podía hacer más brusco. Los péndulos y los pesos, mecanismos habituales en los relojes, eran impracticables en alta mar.

El asunto era tan relevante para la navegación que en 1714 se estableció en Inglaterra el Comisionado para el Descubrimiento de la Longitud en el Mar, dedicado a ofrecer jugosos premios en metálico para quienes consiguieran determinar la longitud con una precisión, de 60, 40 o 30 millas náuticas. Esta última hazaña de precisión se recompensaría con 20.000 libras esterlinas… algo más de tres millones de euros de 2011.

El primer cronómetro lo bastante preciso como para ser útil en la navegación a largas distancias fue creado por John Harrison y probado con éxito en 1736 para después ser perfeccionado hasta lograr una asombrosa exactitud. Sin embargo, con esta exactitud venía un elevado precio que lo ponía fuera del alcance de muchas embarcaciones, y durante mucho tiempo se siguió utilizando otro método, el de las distancias lunares. Harrison se merecía, sin duda, el premio del Comisionado, pero sólo se le otorgó un premio menor de 5.000 libras.

Pero no importaba cuál fuera el sistema utilizado, cronómetro o distancias lunares, más o menos preciso o fiable, todos ellos necesitaban un punto de referencia a partir del cual calcular la diferencia horaria y convertirla en distancia este-oete.

No habiendo un punto de referencia geográfico, intervino la política.

Cada país con cierta presencia marítima en el siglo XVIII tenía su propio meridiano inicial o más de uno, incluso. España, por ejemplo, fijó como referencia para sus embarcaciones el el Meridiano de Madrid, el que pasa por el Observatorio Astronómico de Madrid todavía situado hoy en la calle de Alfonso XII números 3 y 5, junto a El Retiro, y que está situado a 3 grados, 41 minutos y 16,5 segundos al oeste del Meridiano de Greenwich.

En 1634, los franceses establecieron un meridiano inicial en la isla de El Hierro, donde hoy se encuentra el faro de la isla canaria. En 1667, sin embargo, los cartógrafos de Luis XIV cambiaron su meridiano cero a París. Bruselas, Washington, Filadelfia, Antwerp, Berna, Pisa, Oslo, roma, Copenhague, Estocolmo, San Petersburgo, Kioto, Jerusalén o La Meca… decenas de puntos sobre la tierra fueron considerados en un momento u otro como meridianos de origen por parte de distintos países y culturas.

Desde 1833, para los ingleses el meridiano primo era el fijado en el Observatorio Astronómico de Greenwich que fundara John Flamsteed, primer astrónomo real británico, en el parque del mismo nombre, en el sureste de Londres y que es visible desde el Támesis. Allí, todos los días, a las 12:55 una brillante bola roja sube por el asta en la que está insertada y a las 13:00 en punto cae marcando la hora. Los londinenses y los marineros que estaban en el Támesis ponían sus relojes en hora atendiendo a la caída de la bola. El ritual, por cierto, sigue repitiéndose todos los días, salvo en condiciones de vientos fuertes.

En octubre de 1884, el presidente de Estados Unidos Chester Arthur convocó a una conferencia internacional para terminar con la confusión y acordar un meridiano de origen común para todos los países y todas las cartas náuticas. Las 25 naciones representadas acordaron por amplia mayoría (22 votos a favor, 1 en contra y 2 abstenciones) fijarlo en el meridiano del Observatorio de Greenwich. Después de todo, ya era usado como tal por más de dos tercios de todos los barcos del mundo. Francia, uno de los países que se abstuvieron siguió usando el Meridiano de París para sus embarcaciones hasta bien entrado el siglo XX.

El Meridiano de Greenwich sólo pasa por ocho países del mundo, cinco de ellos en África y tres de ellos europeos: el Reino Unido, Francia y España, donde transcurre por Zaragoza y Valencia.

Y, por cierto, el GPS que usted emplea para orientarse no utiliza exactamente el Meridiano de Greenwich para calcular su posición en el planeta. El Meridiano Internacional de Referencia está a 102,5 metros del meridiano fijado por George Airy. Esto es resultado de un desplazamiento del primer sistema de geoposicionamiento por satélite que se ha mantenido hasta hoy.

Los varios meridianos de Greenwich

En Greenwich ha habido cuatro meridianos. En 1675, John Flamsteed, estableció el primero. En 1725, Edmund Halley definió el segundo. James Bradley estableció un tercer meridiano en el siglo XVIII, que aún se usa en Inglaterra como referencia para sus mapas. El cuarto meridiano fue definido por George Airy, a 5,79 metros del de Bradley, y es el que se adoptó como Meridiano Primo en 1884.

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