Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

julio 18, 2009

Envejecer: demasiado rápido o nunca


La vida eterna, la eterna juventud, son inquietudes filosóficas que, cada vez más, son tema de la ciencia y la medicina, y no sólo especulaciones.

Los seres unicelulares pueden inmortales. Al reproducirse por subdivisión, todos los seres unicelulares han vivido en cierto modo durante millones de años. Una célula individual, una bacteria o un protozoario, pueden morir individualmente, pero, con la misma certeza, existen gemelos suyos que siguen viviendo, renovándose a sí mismos cada vez que se subdividen.

Pero los organismos más complejos o sufrimos la llamada senescencia o envejecimiento biológico, mediante el cual experimentamos una serie de cambios que aumentan nuestra vulnerabilidad y que conduce a nuestras muertes.

El envejecimiento es uno de los grandes misterios de la biología y una de las principales preocupaciones humanas, pues prolongar su vida, de ser posible indefinidamente y con buena calidad, ha sido una aspiración que ha llevado por igual a la búsqueda de Ponce de León, que al pacto diabólico de Fausto o al sueño de la piedra filosofal.

La medicina, al conseguir aumentar la duración de la vida humana en condiciones de calidad, de modo que, diríamos, “merece ser vivida”, y al vencer o postergar eficazmente muchas causas de muerte, necesita una mejor comprensión de los procesos del envejecimiento para poder atacarlos e, idealmente, impedirlos, retardarlos o revertirlos. Y algunas afecciones humanas nos sirven para entender qué pasa cuando envejecemos.

Fue en 1886 cuando el médico y cirujano británico jonathan Hutchinson, quien describió una gran cantidad de enfermedades y afecciones, describió por primera vez una condición conocida hoy como enfermedad de Hutchinson-Gilford, pues Hastings Gilford la describió también independientemente 11 años después.

Esencialmente, se trata de una enfermedad en la cual los niños envejecen prematuramente, desarrollando al pasar la infancia una serie de síntomas como crecimiento limitado, falta de cabello, un aspecto singular con rostros y mandíbulas pequeños en relación con el cráneo, cuerpos pequeños de gran fragilidad, arrugas, ateroesclerosos y problemas cardiovasculares     que llevan a que estos niños mueran de vejez o de complicaciones relacionadas con ella a edad muy temprana, generalmente alrededor de los 13 años aunque hay casos excepcionales de supervivencia hasta cumplir más de 20 años. Desde la descripción de Hutchinson, se ha detectado únicamente un centenar de casos, de los cuales hay actualmente entre 35 y 45 en todo el mundo.

Esta afección es más conocida como “progeria”, y se ha dado a conocer en los últimos años mediante una serie de documentales donde los propios niños afectados de progeria han dado cuenta de susa alegrías y sufrimientos, en muchos casos cautivando a la opinón pública de sus países. La progeria es causada por una mutación que ocurre en la posición 1824 del gen conocido como LMNA. En el sencillo idioma de cuatro letras de nuestra herencia biológica, AGCT (adenina, guanina, citosina y timina), esta mutación provoca que una molécula de citosina (C) se vea sustituida por una de timina (T), lo que basta para causar esta cruel enfermedad.

Pero la progeria no es la única forma de envejecimiento prematuro que conocemos. Al menos otra enfermedad, la disqueratosis congénita, provoca síntomas similares entre las pocas víctimas que conocemos. En este caso, la afección parece ser producto también de una mutación, así como de alteraciones en los telómeros, series repetitivas de ADN que están en los extremos de los cromosomas y que funcionan, en palabras de una investigadora, como las puntas rígidas de las cintas de los zapatos, que impiden que se destejan. El desgaste de los telómeros al paso del tiempo se considera una de las varias causas del envejecimiento.

En el otro extremo del espectro se encontraría un caso que se dio a conocer al mundo mediante la revista científica “Mecanismos del envejecimiento y el desarrollo”, donde el doctor Richard Walker, del Colegio de Medicina de la Universidad de Florida del Sur, presentó a Brooke Greenberg, una chica que a los 16 años de edad sigue teniendo las características físicas y mentales de un bebé, con una edad mental de alrededor de un año, una estructura ósea similar a la de un niño de 10 años, y conserva sus dientes de leche.

La pregunta pertinente es por qué no envejece esta niña, que por otro lado parece un bebé feliz, que se comunica sonriendo, protestando y en general comportándose de una forma que consideraríamos normal en un niño que aún no ha aprendido a hablar. En su infancia, los médicos le administraron hormona del crecimiento, sin saber que estaban ante un caso único en la historia de la medicina, pero este tratamiento, habitualmente efectivo, no dio resultado alguno.

Los especialistas del equipo del Dr. Walker esperan poder identificar el gen, o el grupo de genes, que hacen a Brooke diferente de todos nosotros. Es una oportunidad única, dice Walker, de “responder a la pregunta de por qué somos mortales”.

Los datos que nos ofrezcan niños como los pacientes de progeria y Brooke Greenberg podrían, efectivamente, darnos la clave (o las claves) de cómo y por qué envejecemos, y qué podemos hacer para evitarlo.

La ciencia ficción ha abordado el problema del envejecimiento. Robert Heinlein creó al personaje “Lazarus Long” (Lázaro Largo) como resultado inesperado y súbito de un programa de selección artificial a largo plazo en el cual un grupo de familias emprende un proyecto para reproducir sólo a los más longevos de sus miembros.

Esto permitió a Heinlein, principalmente en su obra maestra Tiempo para amar, una de las que llevaron como protagonista a Lazarus Long, plantear qué podría significar “vivir para siempre”. Podríamos vivir muchas vidas, tener muchas familias, saborear muchos placeres y acumular enormes cantidades de conocimientos y experiencias... pero quizás, como Lazarus Long, después de uno o dos mil años de recorrer el mundo o, idealmente, el universo, vida ya no tendrá nada nuevo qué ofrecernos, y optemos por darle fin.

Tal vez no es buena idea vivir para siempre, pero sin duda, vivir nuestros 70-80 años esperados sin dejar de ser jóvenes, no es una posibilidad despreciable. Es ser “joven para siempre” o “Forever young” que cantara Bob Dylan allá por 1974, cuando era joven.


El síndrome Peter Pan


Quienes no aceptan la idea de envejecer, pese a su inevitabilidad, y pretenden ser jóvenes e inmaduros para siempre tienen lo que la cultura popular conoce como el Síndrome de Peter Pan, el personaje creado por el escritor escocés James W. Barrie en su novela Peter Pan, o el niño que no quería crecer. Quizás el “Peter Pan” más famoso haya sido, hasta ahora, el recientemente fallecido ídolo musical Michael Jackson, niño eterno.


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