Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

noviembre 12, 2013

Prevención para salvar vidas: Maurice Hilleman

El nombre de Maurice Hilleman merecería ser más conocido, siendo el científico creador de más vacunas en la historia, el salvador de muchas vidas incluida, probablemente, la de usted.

Maurice Hilleman alrededor de 1958
(Foto DP Walter Reed Army Medical Center
vía Wikimedia Commons)
No existe una receta única para hacer una vacuna: distintas enfermedades, distintos patógenos, requieren distintas aproximaciones.

Algunas vacunas (gripe, polio, rabia) contienen virus muertos, otras (sarampión, rubéola, paperas) están hechas con virus atenuados, algunas mas (la antitetánica) constan de las sustancias tóxicas que producen los patógenos, otras contienen sólo un determinado fragmento de proteína potencialmente dañina y una clase más tiene sólo la capa exterior de algunas bacterias, conjugada con las sustancias tóxicas.

Estas aproximaciones tienen todas el mismo fin: al inocularse en nuestro cuerpo y amenazarlo, éste crea anticuerpos para destruir al agente de la vacuna. Luego el cuerpo “recuerda” cómo producir esos anticuerpos, y el día que se ve atacado por verdaderos patógenos con toda su potencia, por así decirlo, la fábrica de nuestras defensas está preparada para producir esos anticuerpos para defenderse si lo atacan.

Casi todos, al menos en los países opulentos, nos hemos beneficiado de una o más de las vacunas que desarrolló Maurice Hilleman.

Este estadounidense creó o mejoró durante su carrera más de 40 vacunas, muchas de las cuales siguen en uso hoy, ya bien entrado el siglo XXI.

Una granja familiar y un libro

Maurice Hilleman nació en una granja en Montana en 1919 y creció durante la Gran Depresión en un ambiente religioso luterano. En octavo grado, se encontró con el libro de Charles Darwin El origen de las especies y decidió que se dedicaría a la ciencia, lo que consiguió pese a las dificultades financieras que en los años siguientes amenazarían su sueño. Pero la familia consiguió al fin que Maurice se doctorara en microbiología por la Universidad de Chicago en 1941, con un trabajo de investigación que demostraba que la clamidia no era producida por un virus, sino por una bacteria.

Inició entonces una carrera en la industria farmacéutica empezando con el desarrollo de una vacuna contra la encefalitis japonesa B, enfermedad que atacaba a los soldados destacados en el Pacífico Sur durante la Segunda Guerra Mundial y después otra que logró contener una peligrosa pandemia de gripe de una nueva variedad a fines de 1950.

En 1963, Hilleman enfrentó el desafío que presentaba la vacuna contra el sarampión desarrollada por John Enders. Aunque efectiva y muy apreciada pues por entonces el sarampión mataba a medio millar de niños al año en los Estados Unidos, era demasiado potente y con cierta frecuencia provocaba fiebre y sarpullidos en los niños a los que se les aplicaba. El científico desarrolló un procedimiento para reducir esos efectos aplicando al mismo tiempo una dosis de gammaglobulina al niño. Pero siguió trabajando con la vacuna hasta que logró desarrollar una cepa del virus del sarampión que era mucho menos agresiva y que es la que se utiliza hasta la actualidad.

Ese mismo año, una epidemia de rubéola mató a alrededor de 11 mil niños en Europa y Estados Unidos y los investigadores del gobierno estadounidense desarrollaron una vacuna que, sin embargo, era altamente tóxica. De nuevo, Hilleman entró en escena y para 1969 había desarrollado una versión segura de la vacuna que evitó una nueva epidemia.

Su pasión la ejemplificaba una de las anécdotas favoritas del propio Hilleman. Una madrugada de 1963, su hija Jeryl Lynn cayó víctima de las paperas. El microbiólogo la metió en cama, condujo 20 minutos hasta el laboratorio, tomó el material necesario para recoger muestras del virus infeccioso que crecía en la garganta de su hija, volvió a casa, tomó las muestras y una vez más se dirigió al laboratorio para preservarlas en el frigorífico del laboratorio. El cultivo del virus y su estudio darían como resultado, tiempo después, la vacuna contra las paperas, que convirtió en recuerdo en gran parte del mundo una enfermedad infantil que ocasionaba numerosos casos de sordera entre sus víctimas.

En 1971, el Dr. Hilleman consiguió unir en una sola las tres vacunas principales que había desarrollado, la MMR (por las siglas en inglés de sarampión, paperas y rubéola) o “triple vírica” que desde entonces es parte importante del arsenal inmunológico de la medicina preventiva.

Maurice Hilleman tenía una personalidad áspera y brusca, que atribuía (o excusaba) con su temprana formación en los campos cultivados de Montana. Y ello también lo hacía un individualista desusado en una época en que, cada vez más, los avances científicos son producto del trabajo de grupos interdisciplinarios formados por numerosos investigadores. “A diferencia de otras personas que trabajan en la investigación”, recordaba uno de sus jefes del laboratorio Merck, “Maurice hacía él mismo todos los aspectos de la investigación y el desarrollo”. Esta actitud que le hacía decir “mi hobby es mi trabajo” lo impulsaba a realizar largas jornadas de trabajo siete días a la semana, algo que aseguraba que debían hacer todos los investigadores.

Su dedicación no se limitaba al desarrollo científico y técnico de las vacunas, sino que se desbordaba hasta la fabricación. Una vez que terminaba los estudios clínicos y la vacuna era aprobada para ser usada, Hilleman solía estar al tanto de la producción industrial de la vacuna, vigilando el proceso y corrigiendo posibles fallos con una tenacidad que en ocasiones provocaba tensiones entre el personal de fabricación, no acostumbrado a esta supervisión. “Entré en conflicto prácticamente con todo el mundo”, recordaría después Hilleman divertido.

Sin embargo, su insistencia permitió el desarrollo de métodos de producción en masa de vacunas seguras que pueden almacenarse durante largos períodos, en preparación de posibles epidemias.

Cuando alcanzó la edad de 65 años, que era la de jubilación obligatoria en el laboratorio, fue inmediatamente recontratado como asesor externo, lo que implicó básicamente que siguiera haciendo su trabajo normal durante 20 años más, hasta su muerte en el 2005, mientras batallaba furiosamente por desarrollar una vacuna contra el VIH/SIDA.

Hoy se calcula que el trabajo acumulado de Maurice Hilleman, héroe desconocido de la medicina, salva alrededor de 8 millones de vidas al año. Quizás sean más.

El trabajo de Hilleman

Entre las más de 40 vacunas desarrolladas por Hilleman están la del sarampión, las paperas, la hepatitis A, la hepatitis B, la meningitis, la varicela, la rubéola, la neumonía y la gripe Haemophilus influenzae tipo b, además de haber descubierto varios virus y descrito el proceso de reproducción de diversas infecciones. Por eso Robert Gallo, descubridor del virus del SIDA, lo llamó “el vaccinólogo más exitoso de la historia”.

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