Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

abril 09, 2014

Cuando Hubble descubrió el universo

Así concluía un camino desde los inicios de la civilización, cuando se creía que todas las estrellas estaban fijas en una esfera que giraba alrededor de la Tierra.

Edwin Hubble y el telescopio Hooker
del monte Wilson con el que descubrió
el corrimiento al rojo de las galaxias.
(Foto de Hubble DP, foto del
telescopio CC de Andrew Dunn,
vía Wikimedia Commons)
 
El 1º de enero de 1925 podría ser considerado como el primer día de la existencia del universo. O al menos el primer día que los seres humanos nos enteramos de ella.

El descubrimiento lo había hecho algo más de un año atrás un joven astrónomo, Edwin Powell Hubble, pero ese día se lo dio a conocer a los ochenta astrónomos de la Sociedad Astronómica Estadounidense que celebraban su reunión anual en la ciudad de Washington.

Los astrónomos sabían que existía el universo, claro, pero el concepto que tenían de él era muy distinto del que se tuvo desde ese día. La Vía Láctea era considerada como el universo entero. Esa banda luminosa del cielo nocturno era objeto de reflexión desde la antigua Grecia, cuando filósofos precursores de la ciencia como Anaxágoras y Demócrito especulaban que la formaban innumerables estrellas, pero Aristóteles discrepaba. Había sido Galileo quien, en 1610, confirmó que estaba formada por millones y millones de estrellas.

El problema lo planteaban ciertos manchones difusos de luz llamados “nebulosas” y que, en 1845, un aristócrata irlandés que se había permitido el mayor telescopio de su época, William Parsons, había descubierto que tenían forma de espiral. ¿Eran tales nebulosas espirales parte de la Vía Láctea o, como suponían algunos pocos, eran otros universos, otras galaxias?

En 1920, el tema fue objeto de un encuentro conocido simplemente como “El gran debate” entre Harlow Shapley y Heber Curtis, dos astrónomos estadounidenses. En ese momento, Estados Unidos ya era la mayor potencia astronómica al tener los mayores y mejor situados telescopios del mundo, y ambos científicos estaban en la vanguardia de la especialidad. El primero argumentaba, basándose en su interpretación de algunos datos, que las nebulosas espirales eran simplemente parte de la galaxia, posición mayoritaria. El segundo usaba otros datos y otras interpretaciones para sostener que eran otras muy lejanas galaxias.

Edwin Hubble estaba del lado de Curtis, y pronto tendría datos para demostrarlo.

El profesor insatisfecho

Edwin Powell Hubble nació en el Medio Oeste de los Estados Unidos, en el estado de Missouri, el 20 de noviembre de 1899. La familia se mudó a Chicago, donde el joven estudió el bachillerato y se enamoró de la joven literatura de ciencia ficción, especialmente del trabajo de Julio Verne y Henry Rider Haggard, además de desarrollar sus habilidades deportivas en el atletismo, el baloncesto y el boxeo.

Pese a haber obtenido su licenciatura en matemáticas y astronomía en 1910, cuando obtuvo una preciada beca para ir a la universidad de Oxford, en Inglaterra, prefirió dedicarse al derecho. Al volver a los Estados Unidos en 1913 se instaló como abogado, además de ser profesor de español y física en un instituto. Pronto confirmó que su vocación era la astronomía y volvió a estudiar.

Su carrera se vio interrumpida en 1917, apenas obtenido su título, cuando decidió enrolarse en el ejército debido a la Primera Guerra Mundial. Al terminar el conflicto en 1919 y con el grado de mayor del ejército, entró finalmente a ejercer su profesión como astrónomo en el observatorio del Monte Wilson, que tenía el que era en ese momento el telescopio más potente del planeta. Allí se encontró con Harlow Shapley, quien había conseguido ni más ni menos medir con precisión la Vía Láctea: 300.000 años luz. Que era, según creía, el tamaño de todo el universo.

En octubre de 1923, Hubble descubrió, en una de las nebulosas que observaba, un destello que creyó que se trataba de una nova, una estrella que estalla al final de su vida. Pero comparando diversas placas fotográficas tomadas por otros astrónomos determinó que se trataba de una estrella de la clase de las cefeidas, que se distinguen por ser variables.

El brillo de cada una de las cefeidas aumenta y disminuye en ciclos muy precisos. El de algunas dura uno o dos días terrestres, mientras que el de otras puede durar decenas de días. Dado que los cambios de las cefeidas dependen del brillo que tienen si se descuentan variables como la distancia o la interferencia de polvo interestelar, la astrónoma Henrietta Leavitt descubrió la relación entre el ciclo de cambios de brillo y la luminosidad intrínseca, lo que permite calcular la distancia a la que cada una de ellas está de nosotros.

La cefeida observada por Hubble en la nebulosa llamada M31 o, más popularmente, Andrómeda, se encontraba entonces a un millón de años luz... muy lejos de la Vía Láctea. Andrómeda era otra galaxia, otro cúmulo de estrellas como la nuestra.

Si Copérnico había sacado a la Tierra del centro del sistema solar y después habíamos descubierto que nuestro sistema solar no estaba en el centro de la Vía Láctea, Hubble había determinado que, además, nuestra galaxia era sólo una entre tantas, hoy sabemos que entre cientos de miles de millones de galaxias.

Una vez habiendo confirmado y reconfirmado sus cálculos, Hubble presentó su descubrimiento ese 1º de enero de 1925. De hecho, no lo hizo él. Por alguna causa que quedó en el misterio, dejó que fuera el astrónomo Henry Norris Russell quien lo hiciera saber al congreso de astrónomos, que en los siguientes meses confirmarían el hecho: “allá afuera” había un universo increíblemente más grande de lo que habían imaginado hasta entonces, más misterios por descubrir y más conocimientos qué obtener con sólo sus cinco sentidos.

En palabras de Edwin Hubble: “Equipado con sus cinco sentidos, el hombre explora el universo a su alrededor y llama a esta aventura Ciencia”.

La carrera de Hubble siguió cosechando logros asombrosos. En 1929 pudo demostrar que el universo estaba expandiéndose a una velocidad creciente, un logro quizá aún mayor y que fundó la cosmología moderna. Desarrolló un sistema de clasificación estelar, volvió al ejército para colaborar como científico en el esfuerzo aliado de la Segunda Guerra Mundial y después fue uno de los promotores de la construcción del observatorio del Monte Palomar, por lo que fue el primer astrónomo que utilizó su moderno telescopio. Murió poco después, el 28 de septiembre de 1953.

El Nobel esquivo

El gran sueño incumplido de Edwin Hubble fue la obtención de un premio Nobel. Incluso, según se cuenta, contrató a un publicista para que promoviera su imagen con vistas al premio. Pero no hay Nobel de astronomía, y fue por tanto el gran ausente en la larga lista de reconocimientos que recibió a lo largo de su vida y después. El que se diera su nombre al telescopio espacial que nos ha mostrado de modo impactante las maravillas del universo, sin embargo, probablemente lo ha hecho más conocido de lo que lo hubiera hecho ganar el Nobel.