Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

diciembre 27, 2006

El recuento del tiempo

Los distintos calendarios usados por nuestra especie han sido una mezcla del conocimiento del universo y los deseos o creencias, de deseos y de la necesidad de saber para sobrevivir.

Saber en qué momento del año estamos no es nada trivial. ¿Se acerca el frío y hay que reunir leña? ¿Es el momento de prepararse para la caza pues viene la migración de los animales que son la base de la alimentación del grupo? ¿Se aproxima el fin de la temporada de pesca? ¿Debemos preparar ya los campos para sembrar? Sin conocer los ciclos de nuestro planeta, esas y otras actividades nunca hubieran podido ser realizadas con eficacia.

El ciclo del día y la noche es lo bastante breve como para percibirlo sin problemas, pero un ciclo largo como el año requiere de un registro preciso del paso de los días, una observación atenta y una memoria transmitida mediante el lenguaje para poder ser comprendido. Fenómenos como los solsticios, los días más corto y más largo del año, o los equinoccios, cuando el día y la noche tienen igual duración, dividen el año en cuatro partes identificables, las estaciones. Los cambios en la temperatura media, las precipitaciones de lluvia y otros elementos durante esas estaciones rigen la vida en la Tierra y, por tanto, las humanas. No es extraño por ello que el pensamiento mágico atribuyera a los solsticios y los equinoccios propiedades preternaturales, tanto que aún hoy muchas celebraciones se dan en esos cuatro momentos, incluida la Navidad, en el solsticio de invierno, como San Juan marca el solsticio de verano.

Además del ciclo solar, el hombre observó los ciclos lunares y emprendió un largo esfuerzo por conciliarlos. ¿Cuántas lunas llenas forman un año? Se creyó durante largo tiempo que ambos ciclos eran reconciliables matemáticamente, y como los ciclos lunares eran más fácilmente observables, no es extraño que los primeros calendarios fueran, precisamente, lunares. Así, los babilonios intentaron identificar ciclos de 8, 27 y 19 años como aquéllos en los que coincidían los años solares y las fases lunares (la mejor aproximación es la de 19 años, con 235 meses lunares). Pero así como el año no dura un número exacto de días o meses lunares, sino una media de 365,24219 días, un mes lunar o sinódico tiene una duración media de 29,53059 días, dificultando la reconciliación del año solar y lunar.

El primer gran esfuerzo calendárico humano conocido se realizó en Babilonia, cultura que por alguna causa aún no claramente determinada decidió usar una base "60" para sus cálculos del tiempo. Nuestra cultura, que utiliza la base 10, sigue sin embargo la tradición babilónica en numerosas mediciones con base 60, como los minutos de una hora, los segundos de un minuto, las subdivisiones en grados de un círculo o, incluso, los 12 meses del año. Por su parte, fueron los judíos los que crearon la semana de siete días, la duración de cada una de las cuatro fases lunares, probablemente con base en el mito del génesis bíblico.

Como cada ciclo (día, mes lunar, año solar) es independiente de los otros, cosa que el ser humano tardó en aceptar debido a la creencia en un orden perfecto basado en los designios de unos u otros dioses, los intentos por conciliarlos llevaron a errores en los distintos calendarios utilizados a lo largo de la historia, errores que se hacían evidentes únicamente al paso de muchos años, cuando se observaba que se desfasaban respecto de la realidad y había que realizar algunos ajustes y revisar las matemáticas. El ejemplo clásico es el del calendario romano, que para tiempos de Julio César estaba ya desfasado en dos meses respecto del año solar verdadero. En Egipto, además de conocer a Cleopatra, César conoció al astrónomo Sosígenes, quien le explicó los ajustes calendáricos que los egipcios habían hecho a lo largo de 3 mil años y que les daban un año medido según las estrellas que era sumamente preciso (además del calendario lunar religioso y un calendario "civil" de 365 días). El ajuste realizado a instancias de Julio César, y que incluía un año bisiesto cada cuatro, fue útil hasta la edad media, cuando los desfases se hicieron nuevamente evidentes y exigieron un nuevo ajuste, el promovido por el papa Gregorio XIII y llevado a cabo por un equipo de científicos dirigidos por el matemático alemán Cristoph Clavius a medidados del siglo XVI para desarrollar el calendario gregoriano que se emplea actualmente en casi todo el mundo. Algo similar había ocurrido ya en 1079 con el calendario Persa, cuando el sultán Jalal Al Din Shah puso en vigor el ajuste calendárico encargado a un grupo de sabios entre los que se contaba el poeta, matemático, astrónomo y bon vivant Omar Al Khayyam, cuyo cálculo del año solar es incluso más preciso que el del propio calendario gregoriano.

Actualmente, las observaciones astronómicas precisas que permite el instrumental tecnológico y los conocimientos científicos resultado de miles de años de observaciones y estudios nos permiten conocer con enorme exactitud la duración del día, del año solar y del mes lunar, así como numerosos otros ciclos del universo. Y, sin embargo, hay tradiciones que se rehúsan a desaparecer. Así, por ejemplo, la Semana Santa, que corresponde a la Pascua judía, se calculó primero según el antiguo calendario lunisolar hebreo, pero desde el siglo IV se calcula de modo independiente, utilizando métodos enormemente complejos que parten de que el año tiene exactamente 365 días y que utilizan las fases de la luna y los días de diferencia entre el año solar y el lunar.

Los antiguos no eran ignorantes


El conocimiento de las civilizaciones antiguas no es "increíble" si conocemos la historia y la importancia que para ellas tenían sus observaciones astronómicas. Construcciones como Stonehenge, las pirámides de Giza o los observatorios mayas no eran sólo ejercicios intelectuales o desarrollos religiosos, sino respuestas inteligentes y razonadas al desafío que implicaba saber el momento en el que se estaba viviendo. Por ello, siendo conocimientos admirables, difícilmente se puede decir que estuvieran "fuera del alcance" de las civilizaciones que dependían de las estaciones, las heladas o, como en el caso del antiguo Egipto, de la inundación anual del Nilo, y que estudiaban el universo para sobrevivir. Así, el calendario estelar egipcio que funcionó durante dos mil años antes del fin de ese imperio y que consiguió predecir con gran precisión dicha inundación, estaba formado por las interrelaciones de un sistema de 36 estrellas, la principal de las cuales era Sirio, que marcaban la duración del año con notable exactitud. Como le dijo Sosígenes a Julio César al explicarle la sabiduría astronómica egipcia, la Luna es un buen dios, pero no sabe cuándo ocurren las cosas.

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