Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

El VIH/SIDA 26 años después

En junio de 1981 se detectaron los primeros casos de la pandemia del SIDA. Desde entonces, lo que era una condena a muerte se ha convertido en una enfermedad crónica, y la investigación continúa.

Dos características ayudaron a que el SIDA se convirtiera en blanco de un interés más allá del estrictamente médico: el ser una enfermedad de transmisión sexual y el que en un principio fuera mortal por necesidad en la totalidad de los casos. Esto ayudó a que a su alrededor se desarrollaran debates muy diversos, en los que han participado jerarquías religiosas, visiones fundamentalistas, charlatanes médicos que ofrecen curaciones mágicas, teorías más o menos disparatadas y una visión popular que aún criminaliza a la víctima. Pero mientras eso ocurría, la investigación biomédica, a veces a contracorriente, realizaba un esfuerzo prácticamente sin precedentes por enfrentar esta enfermedad, con resultados médicamente buenos, aunque aún limitados en su aplicación por problemas económicos y políticos.

La razón por la que se repite continuamente que los antibióticos no sirven para curarnos cuando tenemos una gripe, resfriado, catarro o constipado es que el agente causante de la enfermedad es un virus, y los antibióticos son medicamentos que combaten infecciones bacterianas. La diferencia no es trivial: la bacteria es un ser vivo complejo, mientras que el virus es una estructura submicroscópica que se encuentra en el límite entre lo vivo y lo no-vivo: es simplemente una funda de proteínas más o menos compleja que lleva en su interior una carga genética. Cuando dicha carga se inyecta en la célula víctima, toma por asalto el centro de control de la célula haciendo que ésta deje de realizar sus funciones y se dedique exclusivamente a crear réplicas del virus, que al morir la célula salen en busca de nuevas víctimas. Los antibióticos inhiben el crecimiento de bacterias, hongos o protozoarios, pero no pueden hacer nada contra los virus. Es por ello que la herramienta ideal para la lucha contra las infecciones virales han sido las vacunas, que fortalecen las defensas del cuerpo y su resistencia a la infección. La viruela, la poliomielitis, la rabia, muchos cánceres, los herpes, el dengue, el ébola, la hepatitis y muchas otras afecciones son producidas por virus, incluido el SIDA, que pertenece a una familia llamada "retrovirus".

SIDA significa "síndrome de inmunodeficiencia adquirida". Esto significa esencialmente que su causante, el "virus de la inmunodeficiencia humana" o VIH toma como víctimas a las células responsables de la defensa del cuerpo contra infecciones, las que forman nuestro "sistema inmune", con lo que el paciente queda expuesto a una gran variedad de enfermedades contra las que lo protegería un sistema inmune sano. A estas enfermedades se les llama "enfermedades oportunistas" porque aprovechan la oportunidad que les da la degradación de las defensas del paciente para atacarlo y son, en último caso, las que pueden acabar con la vida del enfermo.

La investigación científica que se disparó con la identificación de la enfermedad hace 21 años, en junio de 1981, enfrentó por primera vez directamente el desafío de atacar a una enfermedad viral con distintas vertientes: controlar al virus cuando el paciente ya tiene SIDA, impedir que una persona infectada con VIH llegue a desarrollar el SIDA y buscar una vacuna para impedir que las personas sanas se infecten con el VIH. Los esfuerzos rindieron frutos claros a partir de 1996, con la llamada terapia antirretroviral altamente activa o HAART por sus siglas en inglés, una mezcla de varios medicamentos absolutamente sin precedentes que estabilizan los síntomas de los pacientes y controlan la cantidad de virus en su organismo, con lo que la supervivencia al SIDA ha pasado de unos pocos meses a alrededor de diez años. Sin ser una cura, y pese a tener algunos efectos secundarios desagradables, se ha conseguido mejorar en gran medida la cantidad y calidad de vida de los pacientes de SIDA.

Dada la importancia de la pandemia, que ha matado a más de 30 millones de personas en estos 26 años, la investigación continúa y prácticamente todos los días hay anuncios, en general esperanzadores, en las tres vertientes. Hay trabajos sumamente novedosos, como los de científicos que utilizan un virus de la rabia debilitado para disparar una reacción inmune que, si bien no impide la infección por el VIH, sí impide que se desarrolle el SIDA posteriormente. La búsqueda de una cura ha llegado incluso a la identificación de un ingrediente de la propia sangre humana, el VIRIP, que bloquea la acción del VIH. El camino, pues, es largo, y en él la ciencia está aprendiendo mucho acerca de los mecanismos de la infección viral, del sistema de defensa humano ante infecciones, de formas de dispersión de las infecciones en poblaciones humanas y otros datos que sin duda serán útiles en la lucha contra otras enfermedades.

Mientras que la mejor opción para contener la pandemia sigue siendo la prevención y el cuidado en cuanto a la exposición a fuentes de infección (sangre contaminada, agujas, sexo poco seguro), la situación de los enfermos de VIH/SIDA ha mejorado enormemente sin llegar a una situación tolerable todavía. El alto costo de la investigación y por ende de los medicamentos sigue presentando un obstáculo insalvable que condena a muerte a millones de personas, sobre todo en África, y el optimismo a mediano plazo no debe interpretarse, dicen los expertos, como una victoria. Al menos no todavía. Y menos aún en la percepción pública donde todavía las víctimas de esta enfermedad, asombrosamente, siguen siendo vistas como culpables de su propia desgracia. Y prevenir esa discriminación es otra forma de luchar contra la enfermedad, sin duda.


La inmunidad al SIDA

La idea de que el SIDA es mortal por necesidad no es exacta. Según se ha podido determinar, una de cada 300 personas infectadas por el VIH jamás desarrolla el SIDA, lo que los hace, en efecto, inmunes al terrible virus. La resistencia natural a las enfermedades no tiene excepciones, lo que significa que no importa cuál sea la infección, habrá personas que no sean susceptibles a ellas. En el caso de los pacientes inmunes al SIDA, que son objeto de intensos estudios, son muy pocos y difíciles de detectar. Se calcula que en toda Norteamérica sólo unas 2000 personas tienen esta inmunidad, pero en África hay incluso otros casos sumamente interesantes, como el de un grupo de 60 prostitutas de Nairobi, Kenya, que pese a estar expuestas casi diariamente al virus, sin la protección de preservativos, siguen dando negativo en las pruebas de VIH. Cautelosamente, los médicos que las estudian las llaman "resistentes", no "inmunes", pero aún así, parte de la respuesta al acertijo del SIDA podría estar en estas mujeres, lo que no deja de tener cierta ironía.