Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

agosto 23, 2008

Lejos del fin del Alzheimer

Una de las afecciones más crueles que padecen los seres humanos, le roba a su víctima la personalidad, la autoidentidad y lo que le da sustancia a su vida: sus memorias. La lucha contra el síndrome o mal de Alzheimer representa una promesa para millones hoy y en el futuro.

En 1901, el doctor Aloysius Alzheimer, conocido familiarmente como “Alois”, trabajaba en el asilo para enfermos mentales de Frankfurt cuando conoció a una paciente a la que llamó “Auguste Deter”, de 51 años de edad, y quien mostraba una serie de síntomas conductuales peculiares. El doctor Alzheimer no tenía elementos para diagnosticar el mal de la señora Deter, pese a su educación com,o psiquiatra y neuropatólogo en las universidades de Aschaffenburg, Tübingen, Berlin y Wurzburg.

Alzheimer prácticamente se obsesionó con la paciente, según sus biógrafos, observándola atentamente durante los años siguientes y denominando su afección “demencia presenil”. Cuando la señora Deter falleció finalmente en 1906, Alzheimer hizo que el expediente fuera enviado junto con el cerebro a Munich, al laboratorio del reconocido psiquiatra Emil Kraepelin, descubridor de la esquizofrenia y lo que hoy conocemos como “trastorno bipolar”, y propugnador de la teoría de que detrás de todo desorden psiquiátrico hay una patología biológica. Allí, con otros neurocientíficos, entre ellos el propio Kraepelin, se identificaron dos características físicas relacionadas con los problemas de conducta: las placas amiloides en el cerebro, depósitos de compuestos de almidón, y los que llamó “ovillos neurofibrilares”, acumulaciones patológicas de proteínas que se encuentran dentro de algunas neuronas.

En un discurso que pronunció el 3 de noviembre de 1906, presentó por primera vez unidos los síntomas clínicos y la neuropatología de la demencia presenil. Poco después, Kraepelin se refirió en una publicación a esa enfermedad dándole el nombre de su colega, y la afección quedó bautizada para siempre. Alois Alzheimer Murió a los 51 años de complicaciones e infecciones a resultas de una caída de un tren.

La enfermedad que ha inmortalizado a este médico es la forma más común de demencia, es decir, de la degradación de las funciones cognitivas, entre ellas la memoria, la atención, el idioma y la resolución de problemas. Se trata de una enfermedad degenerativa que avanza incesantemente, es, al menos hasta hoy, incurable, y eventualmente resulta fatal para el paciente. Pese a la relativa juventud de la paciente del doctor Alzheimer, esta afección se diagnostica habitualmente en personas mayores de 65 años. Evidentemente, en tiempos en que muy pocas personas llegaban a esta edad, la enfermedad era prácticamente desconocida. Pero el aumento en las expectativas de vida que ha ido produciendo sin cesar la medicina con bases científicas ha convertido a esta enfermedad en un problema no sólo de salud, sino también social.

La enfermedad comienza habitualmente (aunque esto no es una regla general) con pérdidas de memoria a corto plazo, y en su avance incluye confusión, irritabilidad, agresión, cambios de humor, disminución de las capacidades lingüísticas, pérdida de la memoria a largo plazo y la “retirada” del paciente de su vida, sus seres queridos, su mundo. Desafortunadamente, y a diferencia de otras afecciones, el Alzheimer no sigue un patrón definido, varía de persona a persona tanto en sus manifestaciones clínicas como en su duración, aunque la muerte suele sobrevenir en promedio siete años después del diagnóstico. En etapas avanzadas, sin embargo, la enfermedad se convierte habitualmente en una pesada carga para las personas que cuidan al paciente. La imprevisibilidad y los peligros a los que se enfrenta una persona que olvida su domicilio, o que no recuerda si dejó o no encendida la estufa, demandan una atención constante y desgastante en lo social, lo psicológico y lo económico.

Lo más desesperante y cruel es que, hasta hoy, no conocemos con precisión las causas de la enfermedad, si tienen o no bases genéticas (aunque hay datos que indican que los hijos de personas que llegan a padecer la enfermedad tienen tendencia a desarrollarla ellos mismos) y no sabemos todo acerca de su fisiología. En consecuencia, no existe ningún tratamiento efectivo ya no para curar, sino ni siquiera para ralentizar el avance del mal, o para paliar sus efectos, aunque algunos medicamentos ya aprobados que tienen resultados prometedores. En total, los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos informan que en este momento, y sólo en los Estados Unidos, se están llevando a cabo 522 pruebas clínicas de tratamientos orientados a atender a los más de 26 millones de pacientes de Alzheimer que viven hoy en día en todo el planeta.

La importancia social de la enfermedad no sólo la hace destinataria de grandes cantidades de esfuerzos e inversión económica y de talento para mejorar su diagnóstico y tratamiento, sino que también, y de modo ciertamente desafortunado, es objeto de continuos anuncios más o menos exagerados sobre tratamientos que podrian ser “milagrosos”, o relacionando con ella de modo caprichoso estudios poco relevantes, e incluso tratando de vender remedios milagrosos o de moda. Sin embargo, como el en caso de otras afecciones emocionalmente demandantes para los pacientes y sus familias, como el cáncer, muchos expertos consideran que los avances no serán espectaculares, sino lentos y modestos, y sólo serán útiles en su conjunto, como lo han sido los muchos y silenciosos avances sobre el cáncer.

Actualmente, los mejores medicamentos sustituyen algunos neurotransmisores que se pierden con la masiva muerte de neuronas característica del mal de Alzheimer, pero dejan de ser efectivos de seis a doce meses después de que empiezan a administrarse. Entre los nuevos medicamentos los hay que pretenden bloquear los procesos moleculares responsables de las placas amiloides y los ovillos neurofibrilares, suponiendo que éstos son la causa real de la muerte de neuronas, con resultados prometedores. También se trabaja en una vacuna que dispara las capacidades del cuerpo para evitar la formación de placas amiloides, con resultados prometedores hasta hoy... en ratones.

Factores de riesgo


La inactividad, la obesidad, la depresión, el alcohol, la falta de ejercicio físico o intelectual... la lista de factores que parecen aumentar el riesgo de sufrir Alzheimer incluye numerosos aspectos. Pero es en la genética donde parece haber datos más precisos. Los científicos han identificado un gen del cromosoma 19 que parece ser un importante factor de riesgo para el Alzheimer tardío. Otros candidatos son un gen del cromosoma 12 y otro del cromosoma 10. No existe pues, “el gen” del Alzheimer, lo que contribuye a la complejidad que nos presenta la enfermedad.

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