Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

febrero 21, 2009

El ADN: la identidad de todo lo vivo

Una potente arma en la lucha contra el crimen y en la medicina, nuestro conocimiento del ADN, abre posibilidades sorprendentes para investigar incluso los libros manuscritos del medievo europeo.

La doble hélice del ADN, el código de la vida.
(Imagen D.P. de Apers0n, vía Wikimedia Commons)
El ADN, la sustancia que descubrió Friedrich Miescher en 1869, se convirtió en uno de los descubrimientos más trascendentales de la historia humana. No sólo explicando la transmisión hereditaria de los caracteres.

La identificación de personas por medio de su ADN es quizá la aplicación más conocida, difundida por los medios de comunicación como clave para la solución de casos de identidad reales y en la ficción, sobre todo en la de carácter policíaco.

Para realizar la “huella de ADN” de una persona, sin embargo, no se identifica toda la secuencia del ADN de sus cromosomas, sino únicamente unos 13 puntos o loci de grupos de bases con repeticiones que son distintas en cada individuo. La repetición de bases en cada locus individual está presente en un porcentaje de entre 5 y 20% de las personas, pero la combinación de las repeticiones en los 13 loci es la que identifica a un individuo con una certeza casi absoluta.

Una muestra de ADN, sin embargo, no sirve si no se tiene otra muestra con la que compararla para saber si pertenece o no al mismo individuo. En la ciencia forense, las pruebas de ADN pueden identificar a una víctima, establecer relaciones de parentesco, entre ellas de paternidad, o condenar o exonerar a un acusado al comparar su ADN con el de muestras de fluidos corporales que el delincuente dejara en el lugar del crimen.

La importancia de esta capacidad de identificación del individuo que pudiera haber depositado sangre, saliva o semen en un lugar se puede valorar pensando en que a fines del siglo XIX no existían ni siquiera las herramientas necesarias para saber si una mancha marrón era o no de sangre, mucho menos para identificar el tipo sanguíneo, el sexo del individuo o su identidad con total precisión.

Hoy, estudiando los restos de hombres de Neandertal recuperados en distintas excavaciones, algunas de ellas en España, como las de Atapuerca en Burgos o las de la Cueva del Sidrón en Asturias, se está reconstruyendo la secuencia de ADN de esta especie humana desaparecida hace alrededor de 30.000 años. En el 200 aniversario del nacimiento de Darwin, el Dr. Svante Pääbo, del Departamento de Genética del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva presentó el primer borrador de la secuencia genética del Neandertal, con el 60% de su ADN secuenciado.

El descubrimiento más relevante realizado por el grupo de Pääbo hasta ahora es que, además de las esperadas raíces comunes de los Neandertales y los Homo sapiens, ambas especies tienen el gen llamado FOXP2, que se relaciona con la capacidad de hablar, lo que apoya la hipótesis ya avanzada por los especialistas en anatomía fósil de que estos primos nuestros, alguna vez representados como salvajes simiescos y torpes eran, en realidad, más humanos de lo que a algunos les gustaría aceptar.

No se puede pasar por alto la secuenciación del ADN humano, lograda en un 92% apenas en 2003, como base para identificar algunas alteraciones genéticas que pueden afectar la salud, el desarrollo o el bienestar. Es importante recordar que tener la secuencia del ADN del genoma humano, neandertal o de cualquier ser vivo es sólo el primer paso, necesario pero insuficiente, para leer el libro de la genética. La decodificación de esta secuencia requerirá los esfuerzos de numerosos científicos en los años por venir.

Entre las aplicaciones más recientemente propuestas para las pruebas de ADN destaca de modo especial la que ha presentado no un biólogo, antropólogo o médico, sino un profesor de inglés de la universidad estatal de Carolina del Norte, en los Estados Unidos, Timothy Stinson, quien pretende utilizar los avances de la genética para poder saber con más certeza cuándo y dónde se escribieron los miles de volúmenes manuscritos por copistas en Europa durante la Edad Media.

Muchos de los manuscritos medievales realizados en los proverbiales monasterios se escribieron en pergamino fabricado con piel de cabra, cordero o ternera, especialmente los más antiguos, si tenemos en consideración que la primera fábrica de papel no apareció sino hasta el año 1120 en Xátiva, en Valencia.

El pergamino no se curte, sino que se estira, se raspa y se seca sometiéndolo a tensión, creando así una piel rígida, blanca, amarillenta o traslúcida. Hasta ahora, la datación de los pergaminos se hace utilizando el procedimiento del carbono 14, mientras que la datación del manuscrito en sí se hace indirectamente estudiando la letra manuscrita o cursiva de los escribas y el dialecto que empleaban, dos técnicas que, según los estudiosos, son poco fiables.

El proyecto del profesor Stinson contempla la creación de una “línea de base” o marco de referencia utilizando el ADN de los relativamente pocos manuscritos cuya fecha y lugar de creación pueden determinarse de un modo fiable. Cada uno de estos manuscritos puede ofrecer una gran cantidad de información, ya que en un libro medieval de pergamino se utilizaban las pieles de más de 100 animales. Con esta línea de base de marcadores de ADN con fechas y ubicaciones geográficas conocidas, se podrá determinar el grado de relación que mantenían con ellos los animales cuyas pieles se usaron para la confección de manuscritos de fecha y lugar desconocidos.

La esperanza de Stinson es que las similitudes genéticas sirvan para dar una indicación general del tiempo y lugar de origen de los libros, además de “trazar las rutas comerciales del pergamino” en la Edad Media, revelando así datos importantes sobre la evolución de la industria del libro en esta época histórica.

Para lograrlo, Stinson ha dado el salto de letras al de ciencias, colaborando para perfeccionar las técnicas ideales para extraer y analizar el ADN contenido en los pergaminos. Técnicas que en un futuro podrían usarse en algunos otros artefactos históricos realizados con productos animales, utilizando el ADN para conocer no sólo nuestra historia biológica, sino también la social, política y comercial.

El ADN y Darwin

Una aplicación del estudio de la genética y del ADN en particular fue una demostración de la teoría de la evolución darwinista. Todos los primates que consideramos parientes cercanos nuestros tienen 24 pares de cromosomas, pero nosotros sólo tenemos 23. De ser cierto que provenimos de un ancestro común, nuestra especie debió perder un cromosoma en el proceso. El estudio del ADN demuestra que el cromosoma humano identificado con el número 2 es resultado de la unión de dos cromosomas de primates extremo con extremo. Esto debe haber ocurrido después de que en el transcurso de la evolución nos separamos de chimpancés, gorilas y orangutanes.

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