Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

enero 24, 2009

Los enemigos de Darwin

Charles Darwin
Los 150 años de la publicación de la obra fundamental de Darwin son también 150 años de debate, controversia y ataques por parte de ciertos sectores religiosos contra lo que la biología nos enseña.

La controversia vigente entre la visión religiosa de la vida y la explicación científica de su evolución era algo que Darwin esperaba, quizá no con la violencia que se dio. Cuatro días antes de que El origen de las especies por medio de la selección natural saliera a la venta, una reseña atacó a la obra por implicar que el hombre procedía de los monos, y por creer que el hombre “nació ayer y perecerá mañana”.

La idea de que las especies cambiaban al paso del tiempo estaba en ebullición en la primera mitad del siglo XIX. Ver, como Darwin, a las distintas especies de pinzones de las Galápagos, adaptadas a distintos nichos ecológicos y necesidades de la supervivencia, sugería que todos procedían de un ancestro común, y habían cambiado para adaptarse a distintos entornos.

La idea de la transmutación de las especies era rechazada por parte del estamento religioso y favorecida por los científicos. Pero aún podía ser aceptable en la visión religiosa. Leifchild, autor de la reseña contra Darwin, expresaba: ”¿Por qué construir otra teoría para excluir a la Deidad de los actos de creación renovados? ¿Por qué no admitir de una vez que las nuevas especies fueron introducidas por la energía Creadora del Omnipotente?”

Entonces, parte del enfrentamiento inicial no era la evolución en sí, sino que Darwin propusiera la selección natural como su motor y que afirmara que dicha selección natural actuaba sobre todos los seres vivos, incluido el ser humano. Pero las controversias e insatisfacciones sobre la obra del naturalista han cambiado a lo largo del tiempo. Hoy en día, el creacionismo religioso pone en duda la existencia misma de la evolución, además de debatir no el origen de las especies, sino el de la vida misma.

El debate disparado por la publicación del libro el 24 de noviembre de 1859 se animó con reseñas negativas no firmadas como la del Obispo de Oxford, Richard Wilberforce, o la que The Times publicaba apoyando a Darwin y cuyo autor no acreditado era Thomas H. Huxley, quien se ganaría el mote de “El Bulldog de Darwin” en un debate organizado por la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia en el que participaron tanto el obispo Wilberforce como Huxley. Los argumentos de Wilberforce terminaron preguntando si Darwin se consideraba descendiente de un mono por parte de su padre o de su madre. Thomas Huxley aprovechó la oportunidad y respondió que él no se avergonzaría de tener como ancestro a un mono, pero sí le avergonzaría verse conectado a un hombre utilizaba mal sus grandes talentos para tratar de ocultar la verdad. El golpe de efecto fue enorme.

La confrontación de ciertas visiones religiosas con los descubrimientos de Darwin ha tenido su más aguda expresión en los Estados Unidos, logrando, por ejemplo, que el estado de Tennessee prohibiera en 1925 enseñar que el hombre procede de animales inferiores. Como protesta, el profesor de instituo John Scopes se hizo arrestar por enseñar la evolución del hombre y fue juzgado en el “Juicio Scopes” o “Juicio de los Monos” de 1926, donde el fiscal y enemigo de la evolución William Jennings Bryant se enfrentó al defensor Clarence Darrow.

Darrow llamó a Bryant como “testigo experto de la defensa”, una acción legal sin precedentes, para que ilustrara al tribunal sobre la historicidad de la Biblia. El enfrentamiento favoreció a Darrow aunque, en última instancia, Scopes perdiera el juicio porque, claramente, había violado una ley. El efecto dramático del juicio sería profundo en los Estados Unidos, llegando a ser dramatizado en el teatro y el cine como Heredarás el viento, película donde Spencer Tracy hace el papel del sosías de Darrow y Frederic March interpreta a William Jennings Bryant.

En Estados Unidos, la guerra de algunos fundamentalistas contra la enseñanza de la evolución continúa con especial fuerza, y se puede decir que los movimientos creacionistas de distintos países y religiones obtienen su impulso, así sea para diferenciarse de ellos, de los creacionismos estadounidenses. En el extremo de éstos encontramos la idea de la Tierra Joven, que acepta la Biblia verbatim afirmando que el universo fue creado hace alrededor de 6.000 años, con lo cual se opone a la biología evolutiva y también a la física y la cosmología, la geología, la paleontología y otras disciplinas.

La forma más reciente y conocida de creacionismo es el llamado “Diseño inteligente”, que afirma que la evolución no está dirigida por leyes naturales, sino que es “evidente” que las especies y ciertos órganos han sido diseñados por una “fuerza” inteligente que no suelen llamar directamente Dios para intentar presentarse como una alternativa respetable. Surgió fundamentalmente como reacción a los tribunales estadounidenses cuando prohibieron la enseñanza de la creación según los relatos religiosos como si fueran ciencia.

Aunque la comunidad científica claramente define a estos intentos como pseudocientíficos, han logrado tener cierta relevancia en debates al interior de los consejos escolares que controlan los planes de estudios de modo autónomo en ciudades, distritos escolares, estados o provincias de los Estados Unidos, intentando expulsar de las aulas los conceptos esenciales de la biología evolutiva y sustituirlos por enseñanzas religiosas que quizás estarían mejor en los espacios de la casa y la iglesia.

En todo caso, el profundo significado de la labor de Charles Darwin sigue demostrándose por la intensidad del debate. Darwin demostró contundentemente que el universo viviente es tan ordenado, tan sujeto a leyes y tan comprensible por medio de la ciencia como el universo de la química y la física, y que el hombre es parte de ese universo viviente sin ningún privilegio. Los 150 años transcurridos desde la publicación de El origen de las especies no han hecho sino confirmar estos hechos. Si Galileo demostró que la Tierra no es el centro del universo, Darwin demostró que el hombre no es sino parte de un todo viviente. Algunos no perdonan todavía a ninguno de estos dos pilares del conocimiento.

Otras religiones


El catolicismo evitó en general el enfrentamiento y guardó sus distancias respecto a Darwin, afirmando únicamente que el ser humano es una “creación especial” distinta del resto de los animales. Esta posición fue ratificada en 1996 por Juan Pablo II y el Vaticano sostiene que el creacionismo “no es ciencia”. Esta posición coincide curiosamente con la del judaísmo, que considera, en un breve resumen, que “si hay selección natural, es porque Dios la quiere”. Tanto en el mundo católico como en el judío, los adversarios de Darwin son una minoría.

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