Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

septiembre 10, 2013

Herencia y síndrome de Down

La herencia de todos los seres vivos se logra con un mecanismo asombrosamente preciso, pero que en ocasiones falla, presentando un desafío para investigadores y médicos.

Un cariotipo de un paciente de Down muestra los tres
cromosomas 21 responsables del síndrome.
(Imagen D.P. del gobierno de los EE.UU. vía Wikimedia Commons) 
La reproducción sexual es una delicada maquinaria gracias a la cual se combinan los genes de los padres y se mutiplica la diversidad de las características genéticas mejorando las posibilidades de éxito de la especie.

Los cromosomas que llevan nuestra carga de ADN se presentan en pares. Si nuestras células, normalmente, se dividen duplicando todas sus características, incluidos los 23 pares de cromosomas que nos identifican individualmente, las células reproductoras se desarrollan de otra forma: los óvulos y los espermatozoides no se duplican, sino que en su última etapa separan su carga genética de modo que cada uno tiene uno de cada par de cromosomas. Al unirse las células de dos padres se forma una nueva con 23 pares de cromosomas, la base que, al desarrollarse, dará lugar a un individuo nuevo y diferente de sus padres.

Por ejemplo, en el cromosoma 9 de los 23 que tenemos los seres humanos hay un gen que determina si tenemos tipo de sangre AB, A, B o 0 (cero, no la letra “O”, como suele creerse), según la herencia de cada uno de nuestros padres.

Hay enfermedades, afecciones o trastornos que dependen de las alteraciones de los genes, mutaciones concretas que se pueden heredar.

Pero hay otras afecciones que son producto de fallos al dividirse las células reproductoras, cuando puede haber cromosomas de más trisomías, si son tres, tetrasomías si son cuatro, etc.) o de menos (monosomías).

El ejemplo mejor conocido de las trisomías, que es al mismo tiempo la más común de las anormalidades cromosómicas pues ocurre en 1 de cada 800 nacimientos, es el síndrome de Down, debido a una copia adicional del cromosoma 21, por lo que se le conoce también como “trisomía 21”.

De John Langdon Down a la promesa del tratamiento

No sabemos cuántas personas padecieron el síndrome de Down antes del siglo XIX, ni qué percepción tenía de ellos su sociedad. ¿Eran sólo considerados un poco lentos? ¿Eran violentamente rechazados? ¿Eran aceptados con más o menos recelo?

El motivo de nuestra ignorancia es que hasta el siglo XIX no se habían reconocido como una unidad las características que distinguen a quienes lo padecen. En 1838, el psiquiatra francés Jean Etienne Dominique Esquirol hizo la primera descripción del síndrome o conjunto de signos y síntomas de una afección. En 1844 hubo otra descripción clínica a cargo de Édouard Séguin y, finalmente, John Langdon Down hizo en 1866 la más completa descripción de la trisomía 21, que desde entonces es conocida con su nombre, “síndrome de Down” o, simplemente, “Down”. Tuvo que pasar casi un siglo para que el genetista Jérôme Jean Louis Marie Lejeune descubriera la causa de este trastorno: el cromosoma adicional del par 21.

El cromosoma adicional puede provenir del padre o, en la mayoría de los casos, de la madre, y es más frecuente cuando la madre tiene más de 35 años. Sin embargo, esto no quiere decir que la mayoría de las madres de niños con Down tengan más de 35 años, sino sólo que estadísticamente aumenta la probabilidad. De ahí en fuera, el Down afecta de modo igual a personas de todos los orígenes étnicos, edades y situaciones socioeconómicas. No se puede evitar y ciertamente no es “culpa” de nadie.

Las personas afectadas con síndrome de Down tienen un perfil facial distintivo, con el puente nasal plano, nariz pequeña, ojos almendrados con un pliegue característico en la esquina interior del ojo, boca pequeña, un gran espacio entre el dedo gordo del pie y los demás, manos anchas y una talla y peso inferiores al promedio al momento de nacer. Pero dado que otras personas sin la trisomía 21 pueden presentar estas características, es necesario hacer un estudio de sus cromosomas para confirmar o rechazar el diagnóstico.

Y el diagnóstico es necesario porque las personas con Down son propensas a problemas cardiacos, de oído y de vista, trastornos de la tiroides, deficiencia inmunológica y problemas respiratorios y gastrointestinales.

Los afectados por síndrome de Down además se caracterizan además por una buena disposición emocional, son afables y afectuosos, y muestran deficiencias cognitivas que pueden ir de moderadas a graves. Pero ni ellos ni sus familias, con gran frecuencia, se consideran “enfermos” en sentido estricto, sino únicamente diferentes. Y aunque en el pasado tenían una esperanza de vida menor a la del resto de la población, esto ha cambiado hasta que hoy se aproximan bastante a la esperanza media de vida.

Sin embargo, al ser los representantes más visibles del “retraso mental”, los afectados por Down fueron, a principios del siglo XX, objeto de acciones atroces como la esterilización forzada en países que adoptaron las creencias eugénicas (la idea de mejorar las características de la población eliminando del fondo genético a quienes se percibía como inferiores, una posición política apenas disimulada con malas interpretaciones del conocimiento científico) e, incluso, el exterminio masivo en la Alemania nazi. La denominacion racista “mongoloide” que se impuso a las víctimas de este trastorno desde la descripción de John Langdown Down no fue eliminada sino hasta la década de 1960.

Pese a que las personas con Down pueden vivir vidas plenas, felices y satisfactorias, existe la esperanza de desarrollar tratamientos que puedan paliar esta condición. La más reciente aproximación exitosa implica la utilización de la terapia genética, mediante la cual un equipo de investigadores de la escuela médica de la Universidad de Massachusets insertaron un gen llamado XIST en células madre de una persona con Down. El XIST consiguió, en el laboratorio y con células en cultivo, desactivar o “silenciar” la copia extra del cromosoma 21.

Es apenas un principio, pero es un ejemplo más de cómo la medicina genética va demostrando, paso a paso, que puede combatir incluso las afecciones más profundas, aquéllas que están en nuestra misma composición genética y cromosómica.

Y de paso nos recuerda que esa composición genética no es forzosamente determinante, es sólo la base sobre la cual construimos lo que somos cada uno de nosotros.

El mito XYY

Una trisomía que ha sido objeto de una leyenda negra es la XYY, en la cual existe un cromosoma Y, masculino, adicional. Además de un ritmo de crecimiento acelerado en la adolescencia, no hay ninguna anormalidad detectable en quienes lo padecen (aproximadamente 1 de cada 1.000 hombres). Sin embargo, estudios incompletos mal interpretados por los medios dieron pábulo a la creencia de que los hombres XYY tienden a ser más asociales y violentos que la media de hombres con cromosomas XY. Pese a que el mito se demostró falso en 1969, ha persistido.