Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

junio 21, 2006

Estudiando el fútbol

Lo detestemos o lo disfrutemos, el fútbol puede enseñarnos algo sobre el hombre social.

Estado Soccer City de Johannesburgo, Sudáfrica
(Foto CC de 2010 World Cup - Shine 2010,
vía Wikimedia Commons)
En un juego de fútbol, donde unos ven la desmedida ambición del negocio o la celebración de la habilidad personal y el trabajo de equipo, hay otros que ven un escenario donde se resume la esencia tribal que tenemos todavía a nuestras espaldas, que apenas hace unos miles de años era la única forma de ser humano.

Una guerra ritual, donde los héroes de la tribu, los campeones, los "davids" y los "goliats" en la persona de Ronaldinho, David Villa o Zinedine Zidane, representan a todos sus seguidores (del equipo o de la selección nacional), los cuales los siguen con los rituales identificativos de la tribu: colores, escudos, himnos, parafernalia que deja muy claro el espacio de existencia de nosotros y la frontera que marca exactamente dónde comienzan ellos, ésos que son los otros, el adversario, el enemigo, el oponente a vencer.

Las reglas nacen de los acuerdos de un "consejo de ancianos" legislativo. Son las federaciones, las confederaciones y la FIFA misma, que sólo responde ante sí misma de sus decisiones, autoritaria y autónoma. Son ellos, junto con otros "ancianos" o personajes principales, los que presiden los partidos: presidentes de equipos, dignatarios internacionales, representantes de las fuerzas políticas y económicas que subyacen al juego.

Quien representa a la ley y la hace cumplir, el poder judicial, también responde únicamente ante el "consejo de ancianos": es el árbitro, el hombre de la última palabra, apoyado en sus asistentes. En el campo de juego no hay democracia, no hay juicios justos con desahogo de pruebas, no hay segunda ni tercera instancia. Como en el pasado humano, la condena es definitiva y, además, la sentencia se ejecuta de inmediato.

Al interior de los equipos, igualmente, no se encuentran para nada los elementos de una sociedad "moderna", la democracia, la horizontalidad en las decisiones, el consenso y el pluralismo. Los ancianos dueños nombran al entrenador como a un general de ejércitos que manda, no pregunta ni da explicaciones si no quiere. Si todo sale bien, será glorificado como César a la vuelta de las Galias. Si no, será sacrificado. Y sus órdenes llegan a la tropa en el campo de batalla precisamente por medio de un capitán, nombre revelador.

Todo esto es parte de lo que etólogos, sociólogos y antropólogos han leído en el juego del fútbol como expresión de una necesidad tribal social que el ser humano mantiene porque la evolución no ha tenido tiempo (ni necesidad, probablemente) de eliminar de su bagaje conductual innatamente determinado o condicionado. Un juego que emula, repite y satisface las mismas emociones que los enfrentamientos tribales en los que lo que se ganaba no era un valor simbólico como una copa, sino tierras, ganado, riquezas reales.

Tales observaciones serían aplicables a muchos deportes, en mayor o menor medida. Sin embargo, el fútbol se distingue por su atractivo universal (descontando a los Estados Unidos) y porque en él parecen estar presentes todos los elementos tribales, de tropa de primates, que la antropología nos dice que fueron la base de la sociedad humana y prehumana durante millones de años.

El etólogo (estudioso del comportamiento natural) Desmond Morris, autor de libros como El mono desnudo, El zoo humano y, recientemente, La mujer desnuda, escribió en 1981 The Soccer Tribe, traducido al español como El deporte rey y que resume esta visión y estas teorías acerca del significado del fútbol. Este libro comenzaba señalando que si una civilización extraterrestre realmente llegara a la Tierra y la orbitara algunas veces para ver sus poblaciones, no podría dejar de notar que en todas las ciudades, e incluso en muchas poblaciones de no muchos habitantes, existen esos rectángulos de hierba rodeados de gradas, todos con prácticamente las mismas medidas, todos con las mismas líneas pintadas, con las mismas estructuras en los extremos… y que generalmente sólo se usan una o dos veces por semana. Es algo que parece totalmente universal, que trasciende a todas las demás diferencias, y algo que ocurría incluso antes de que el fútbol fuera un negocio a los niveles que podemos apreciar hoy en día.

En un mundo de habitantes diversos, de idiomas diversos, de culturas diversas expresadas en su arquitectura más evidente, seguramente le darían a los campos de fútbol una importancia elevada como explicativo de las constantes de nuestra cultura. Algunos científicos consideran que, en tal caso, tales extraterrestres tendrían razón.

Para Morris, el atractivo principal del fútbol yace en dos elementos clave. Primero que nada, la sencillez de sus reglas, pocas y fáciles de entender (y de adaptar) sin demasiadas complicaciones y que dejan abiertas muchísimas posibilidades para el juego. Y, en segundo lugar, el que no hace falta equipamiento, campos especializados y ni siquiera un balón para jugarlo. En su sencillez y, también, en su economía, podría estar al menos parte de la explicación del atractivo generalizado que produce. A esto habría que añadir el nivel de reconocimiento social que obtienen los grandes jugadores de fútbol en todo el mundo. El futbolista triunfador, el campeón de la tribu del fútbol según Desmond Morris, llega al más alto nivel de heroísmo disponible en nuestra sociedad actual, ya sea en su club, en su país o, en algunos casos, a nivel mundial.

Y ésa es la gloria, finalmente, que comparte quien lleva los colores, el escudo, los símbolos tribales del equipo ganador. No ganan ellos, los jugadores, ganamos nosotros, representados puntualmente por nuestros campeones designados. Gana nuestra tribu, porque aunque el trofeo sea totalmente simbólico, su verdadero valor yace en que los otros también lo anhelaban.

Alrededor del fútbol


La antropología y la sociología estudian activamente los aspectos del fútbol que reflejan o expresan a sus sociedades: la pasión futbolística en Brasil, los hooligans y su violencia asociada, el fútbol como puerta de salida de la pobreza y la marginación, el fútbol como catalizador de odios nacionales (cuya expresión más clara fue la "Guerra del fútbol" entre Honduras y El Salvador, no ocasionada por este deporte, pero en la que contribuyeron las eliminatorias para México 1970) y otros muchos aspectos. El hecho es que el fútbol está tan presente en tantos aspectos de la vida de las sociedades donde se juega que resulta tierra fértil para que las ciencias sociales se ocupen de él intentando resolver un enigma triple: qué dice el fútbol de nosotros como animales sociales, qué le ha inyectado nuestra sociedad a este deporte en particular y por qué, en resumen, tantos miles de millones encuentran pasión, alegría y profundo interés en el discurrir de un balón… excepto en Estados Unidos.

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