Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

noviembre 01, 2006

La obsesión marciana

Las peculiaridades del planeta más parecido a la Tierra en el sistema solar lo han mantenido en el centro del interés y de la búsqueda de verdadera vida extraterrestre.

Alrededor de Marte hoy orbitan cuatro naves espaciales, Mars Global Surveyor, Mars Odyssey y Mars Reconnaissance Orbiter, de la NASA, y el Mars Express Orbiter, de la Agencia Espacial Europea, además de albergar a dos exploradores de superficie, el Spirit y el Opportunity de la NASA. El esfuerzo por llevar estos aparatos hasta Marte expresa la fascinación que el planeta rojo ejerce sobre el ser humano.

Marte es uno de los objetos más brillantes que se pueden ver en el cielo nocturno. Descontando a la Luna, sólo Venus y, ocasionalmente, Júpiter, son más brillantes que Marte, que además tiene un distintivo color rojo debido al mineral de hierro abundante en su superficie. Ese color llevó a los antiguos babilonios a identificarlo con Nergal, su dios guerrero, lo que se retomó en Grecia, donde era Ares, y en Roma, donde se le dio el nombre del dios latino de la guerra, Marte. Aunque otras culturas le dieron otros nombres y por tanto otros significados, es el latino el que perdura hasta nuestros días en occidente.

El interés por marte se debe a muchos otros factores. Su tamaño es algo más de la mitad del de la Tierra, su día dura un tiempo similar al nuestro, la inclinación de su eje que le permite tener estaciones y su órbita alrededor del Sol (o año marciano), de unos dos años terrestres, lo convierten en el planeta más parecido al nuestro en el sistema solar, además de ser el más cercano a nosotros. El interés se disparó a partir de dos observaciones ya con telescopios. La primera fue la variación estacional: en el verano marciano, los casquetes polares disminuyen y aparecen zonas oscuras, lo que podía indicar la fusión del hielo y la aparición de zonas con vegetación, lo que implicaba la existencia de vida extraterrestre. La segunda, a cargo del astrónomo Giovanni Schiaparelli a fines del siglo XIX, fue que en la superficie marciana parecía haber canales, líneas que parecían artificiales, producto de ingenieros marcianos inteligentes y avanzados. Esto fue retomado y difundido por el astrónomo estadounidense Percival Lowell. Tales hipótesis fueron tomadas con entusiasmo por la ciencia ficción, y pronto se popularizó la idea de los "marcianos", de sus posibles visitas a la Tierra, de culturas, posibilidades e, incluso, los peligros que consagraría de modo definitivo H.G. Wells en su novela La guerra de los mundos.

Marte tiene muchos elementos que lo convierten en un objeto de interés, y que se siguen multiplicando conforme se estudia mas a fondo. Sus dos lunas, Fobos y Deimos, de forma irregular, son aparentemente meteoritos capturados por la fuerza gravitacional del planeta. Tiene la elevación montañosa más alta del sistema solar, el Monte Olimpo, un antiguo volcán de 27 kilómetros de altura, lo que equivale a más del triple de la altura del monte Everest, y el cañón más profundo de nuestro sistema, el Valle Marineris, de 4.500 km de largo, 200 km de ancho y una profundidad máxima de 7 km, imponentes cifras si se comparan con los 800 km de longitud, 30 km de ancho y profundidad máxima de 1,8 km del Gran Cañón del Colorado en Arizona.

Sin embargo, es la posibilidad de que Marte tenga o haya tenido vida la que más apasiona tanto a los científicos como al público en general. Aunque para la década de 1950 el uso de mejores telescopios demostró que los canales de Marte eran ilusiones ópticas, y en 1964 el Mariner 4 determinó que Marte carecía de vegetación, el conocimiento creciente acerca de este planeta sigue dejando abierta la posibilidad de que tuviera al menos alguna forma de vida muy sencilla o que, al menos, la hubiera tenido en el pasado. Por ejemplo, los casquetes polares marcianos resultaron no ser de agua, sino principalmente de bióxido de carbono (CO2) o "hielo seco", pero también se pudo determinar que la débil atmósfera marciana contenía rastros de oxígeno, considerado esencial para la vida, al menos tal como la conocemos en nuestro planeta. La mitología y el conocimiento se han ido apoyando así mutuamente para mantener el interés sobre Marte. La ilusión óptica de la "cara de Marte" aparecida en una fotografía del Viking I en 1976, que duró hasta que en 2001 fotografías con mayor resolución demostraron que no había tal cara, y el "meterorito marciano" cuyos aparentes rastros de bacterias fósiles se hicieron públicos a mediados de los 90, han sido combustible para este interés.

Es apenas ahora, con los aparatos de la Mars Express, que podemos decir con certeza que Marte tiene agua en forma de hielo que pudo haber estado en estado líquido, aunque ello habría ocurrido hace 4 mil millones de años. El Radar Avanzado de Marte para Sondeo Subterráneo e Ionosférico ha detectado en el último año y medio hielo de agua en muchas de las capas superiores de Marte, así como en las regiones polares e incluso, aunque esto está por confirmarse, hielo de agua a nivel superficial, en el cráter Vastitas Borealis. Otro aparato, un espectrómetro mineralógico, ha detectado arcillas que sólo se forman cuando hay una prolongada exposición al agua, que según los científicos podría haber fluído en Marte durante los primeros centenares de millones de años de la historia del planeta.

Si hubo agua líquida, pudo haber vida, aunque no la haya en la actualidad. Y si la vida pudo desarrollarse fuera de nuestro planeta, quizá no es una aberración, sino un acontecimiento que puede surgir y evolucionar comúnmente en otros lugares del universo. El significado filosófico y científico que tendría la confirmación de la vida en Marte es tan profundo que la pasión que despierta en nosotros el planeta rojo está más que justificada.

El Marte imaginario


Marte ha jugado un papel esencial en la ficción reciente. Desde la serie de "Barsoom" de William H. Burroughs, donde Marte alberga una cultura en decadencia que mezcla imperios antiguos y moderna tecnología hasta las Crónicas marcianas de Ray Bradbury, que narran el final de la civilización marciana y la desaparición de sus melancólicos y poéticos habitantes. El planeta rojo ha resultado el recipiente ideal para verter en él los miedos, sueños e incluso protestas y propuestas sociales de numerosos autores. Pero también su humor. El caso más singular de la literatura marciana, es quizá el de los odiosos protagonistas de Marciano, vete a casa, de Fredric Brown, mil millones de marcianitos verdes que pueden entrar en cualquier casa, revelan los secretos íntimos de cada uno de nosotros, hacen comentarios desagradables y destrozan matrimonios, amistades y carreras políticas a diestro y siniestro. El Marte de ficción, aún sin tener relación con el planeta real, es sin duda un lugar apasionante y fascinante.

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