Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

febrero 11, 2013

Historia natural de los dragones

No todas las leyendas tienen una base real gracias a que la imaginación humana es fértil y diversa. Pero en el inicio del mito de los dragones sí hay hechos, y animales, de verdad.

El mítico caballero Yvain de la leyenda del Rey Arturo
combatiendo a un dragón (posiblemente siglo XV,
vía Wikimedia Commons).
Existen al menos dos grandes variedades de dragones. El de China, llamado allí “konglong” y que se difundió hacia todas las culturas del extremo oriente, era descrito como un gran reptil similar a una enorme serpiente, con ojos de conejo, cuernos de venado y garras de tigre. Con diversos colores que juegan un importante papel en su mitología, de grandes garras y cuerpo muy alargado. El konglong es símbolo del poder imperial chino, de la amabilidad y de la sabiduría más que del combate y la violencia, como suponen los occidentales al verlo como motivo decorativo oriental. Su historia se remonta al menos al quinto milenio antes de nuestra era, de donde procede una estatua de la cultura yangshao.

El dragón europeo aparece en las primeras historias registradas y es importante su papel en leyendas como la de Jasón y el vellocino de oro, donde sus dientes pueden plantarse para que germinaran como guerreros listos para la batalla. Puede tener cuatro patas, dos o ninguna, pero lo caracteriza algo de lo cual carece casi completamente su primo asiático: dos poderosas alas con las cuales puede volar. Además, algunos dragones europeos cuentan con la capacidad de exhalar fuego, hazaña nada despreciable.

El dragón apareció en europa como serpiente marina temida por los marineros y al paso del tiempo evolucionó en el folklore hasta convertirse en el reptil gigantesco, volador y poderoso que protagoniza numerosos mitos y, sobre todo, una variada literatura dragonil en la que no puede faltar mención a “El Hobbit” de J.R.R. Tolkien.

Muchos han querido ver un dragón en la figura del mítico dios-filósofo llamado Kukulcán por los mayas y Quetzalcóatl por los aztecas, palabra formada de “quetzal” o ave hermosa y “cóatl”, serpiente, es decir, serpiente emplumada. (Aunque en realidad “quetzalcóatl” es una forma metafórica de decir “gemelo precioso”, que es más preciso en el contexto de la historia del rey Tolteca que dio origen al mito, pero ciertamente menos pintoresco.)

Porque, como muchos seres mitológicos, no sólo los podemos estudiar en la leyenda y en la historia, en las costumbres y decoración de distintos pueblos. Los dragones pueden ser espacio de divertimento para los biólogos.

¿Cómo serían las alas del dragón? Si nos atenemos a las numerosas representaciones y nos inclinamos por las más plausibles, las alas del dragón se parecen mucho a las de los murciélagos, es decir, muestran una estructura rígida plegable parecida a dedos con una membrana entre ellos, como patas palmeadas que se hubieran adaptado para el vuelo.

El problema es difícil, pero no insoluble. La evolución trabaja con las estructuras existentes y las modifica para darles formas a veces radicalmente distintas conforme se van adaptando a un entorno cambiante. El problema es que para generar esas alas, en la espalda, los ancestros del dragón deberían haber tenido seis patas, un par de las cuales hubiera evolucionado hacia las alas. Y los vertebrados terrestres, proceden todos de peces con aletas pectorales y pélvicas pareadas.

El otro problema del dragón europeo es la capacidad de escupir fuego. Algunos biólogos han especulado sobre mecanismos como un saco que almacenara metano proveniente de la digestión del dragón y que se incendiara mediante la fricción de dos dientes especializados o generando una chispa eléctrica como lo hacen muchos seres vivos. Vamos, que es evolutivamente incluso menos implausible que las alas del dragón.

Podemos encontrar el origen de los dragones en una frase de José Luis Sanz, quien afirma que quienes practican su profesión, la paleontología, son “cazadores de dragones”, nombre que dio a un libro de divulgación sobre el descubrimiento e investigación de los dinosaurios. En él cuenta cómo un texto de entre los años 265 y 317 de nuestra era informa del hallazgo de huesos de dragón en la provincia de Sichuan. De hecho, es común en China hallar huesos de dragón, incluso hoy, tanto que las creencias precientíficas conocidas como “medicina tradicional china” incluyen entre sus remedios al hueso de dragón o “long gu” y, como todos los preparados mágicos, se usa igual como tranquilizante que para problemas de corazón e hígado, insomnio, sudoración externa y diarrea crónica.

Otros remedios, por cierto, como el hueso de tigre o “hu gu”, la bilis de oso y el cuerno de rinoceronte son tan buen negocio para los furtivos que estos tres animales están en peligro de extinción. Pero el “long gu” procede de animales ya extintos. Y no son los dragones.

La cercanía dinosaurios-dragones parece bastante obvia. Y más cuando pensamos en que China es hoy una de las zonas del planeta más fructíferas en cuanto a la paleontología. ¿Acaso los long gu son simplemente huesos de dinosaurios?

En parte sí. Sería difícil encontrar un cráneo de Tsintaosaurus spinrhinus, dinosaurio de 5 metros de alto con un cuerno al centro de la frente evocador del “unicornio” sin pensar en un ser misteriosísimo, oculto y poderoso. Pero también vale la pena recordar la variedad de la vida en el pasado para suponer que muchos huesos de dinosaurios eran, simplemente, mamíferos del pasado, desconocidos para quienes los hallaban asombrados.

Así, por ejemplo, en la casa consistorial de Klagenfurt, en Austria, se atesoraba lo que se decía que era la cabeza de un dragón que, según la leyenda, había sido derrotado por dos valientes jóvenes antes de la fundación de la ciudad en 1250. Hoy sabemos que ese enorme cráneo corresponde a un rinoceronte lanudo que vivió durante el Pleistoceno. Otros cráneos, de mamíferos marinos, sobre todo, fueron considerados restos de dragones.

Y mientras el dragón sigue siendo una maravilla de la imaginación y un excelente pretexto y protagonista de apasionantes historias fantásticas, en la vida real, aunque sin exhalar fuego, muchos dragones reales, los dinosaurios, terribles y violentos depredadores o pacíficos herbívoros, enormes y aterradores o pequeños y escurridizos, fueron las especies dominantes de la Tierra durante 135 millones de años. Las historias de ambos tipos de seres siguen siendo apasionantes.


Los dragones reales

En la isla de Komodo vive uno de los mayores reptiles terrestres, un varano que puede llegar a medir 3 metros y pesar más de 70 kilos. Descubiertos en 1910, el nombre de “dragones” lo recibieron en 1926 del explorador W. Douglas Burden, en un libro que escribió sobre su viaje al “mundo perdido” de Indonesia, libro que, por cierto, inspiró la película King Kong. Hoy, el dragón de Komodo, peligrosísimo por las infecciones que causa su mordida y que usa para cazar, está, paradójicamente, en riesgo de extinción.