Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

marzo 25, 2013

Oppenheimer y la responsabilidad del científico

Las enormes fuerzas a las que el hombre obtuvo acceso gracias a la revolución de la física en el siglo XX le presentaron a los científicos desafíos éticos que antes no se habían planteado abiertamente.

Einstein con J. Robert Oppenheimer.
(Foto D.P. del Departamento de Defensa de los EE.UU.
vía Wikimedia Commons)
El 29 de junio de 1954, después de un accidentado proceso, Julius Robert Oppenheimer, “Oppy” para los medios de comunicación, el padre de la bomba atómica estadounidense, era despojado de su autorización de seguridad por la Comisión de la Energía Atómica (AEC). Era, en muchos sentidos, la caída de un héroe. Los motivos eran, principalmente, sus dudas éticas a la luz de los acontecimientos derivados de su trabajo en el Proyecto Manhattan.

El proceso a Oppenheimer fue una parte muy visible de la “cacería de brujas” del senador Joseph McCarthy, promotor de un pánico anticomunista que barrió los Estados Unidos y destrozó las vidas de numerosas personas, no sólo comunistas, sino hombres y mujeres de avanzada, incluso simples antifascistas.

Pero el delito de Oppenheimer era no sólo tener simpatías de izquierdas. Era haber asumido una posición moral ante el desarrollo de la bomba de hidrógeno, entendiendo que el científico no podía deslindarse ya más del uso que la política daba al conocimiento.

Una vida en el conocimiento

Julius Robert Oppenheimer nació en la ciudad de Nueva York en 1904, en una familia acomodada judía no practicante emigrada desde Alemania y estudió sus primeros años en la Escuela de la Sociedad de la Cultura Ética. Esta institución educativa, que aún existe, fue fundada por el racionalista Félix Adler como una escuela gratuita para hijos de obreros con la idea de que se desarrollaran como personas “competentes para cambiar su entorno para lograr una mayor conformidad con el ideal moral”.

En esta escuela de pedagogía revolucionaria, estudió matemáticas, ciencia e idiomas, desde griego y latín clásico hasta francés y alemán. A la temprana edad de 12 años, su pasión por coleccionar minerales le hizo presentar un artículo científico ante el Club Mineralógico de Nueva York, que lo recibió como miembro honorario. Se matriculó en Harvard en 1922 con la idea de estudiar química, pero terminó fascinado por la física y emprendiendo una carrera vertiginosa. Se graduó en 1925 y viajó a Inglaterra donde investigó bajo la dirección del famoso físico Sir Joseph John Thomson para después concluir su doctorado en la universidad de Göttingen con el no menos importante Max Born, con quien hizo trabajos de mecánica cuántica. En 1927 volvió a Harvard y en 1929, con sólo 25 años, fue nombrado profesor en la Universidad de California.

Esta carrera implicó que se desentendiera del “mundo real”, de la política y los conflictos sociales, hasta que la emergencia del fascismo en la década de 1930 lo sacudió. Comenzó a relacionarse con personas de la izquierda estadounidense y apoyó económicamente a las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil Española mientras seguía con su trabajo en la física teórica, que incluyó algunos de los primeros artículos que sugerían la existencia de los agujeros negros.

Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, Oppenheimer se implicó como entusiasta antifascista en el esfuerzo por desarrollar una bomba atómica: un dispositivo en que un material radiactivo iniciara una reacción en cadena que llevara a una explosión convirtiendo una mínima parte de su materia en energía. En 1942, el ejército estadounidense lo nombró director científico de lo que se conocería con el nombre clave de “Proyecto Manhattan”. Oppenheimer fue más allá de la física, organizando, administrando y conduciendo a un equipo de más de 3.000 personas, entre ellas las mejores mentes de la física de ese tiempo. El proyecto dio sus frutos el 16 de julio de 1945, cuando se detonó la primera bomba atómica en Alamogordo, Nuevo México. Es famosa la afirmación de Oppenheimer de que, al contemplar la explosión, pensó en una línea del Bhagavad-Gita: “Me he convertido en la Muerte, el destructor de universos”. Menos famosa es su observación de que “Sabíamos que el mundo ya no sería el mismo” desde ese momento.

Menos de un mes después, se lanzaron dos bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki. El argumento era que una invasión convencional de Japón podría costar hasta 14 millones de vidas entre soldados aliados y civiles japoneses. Las bombas atómicas causaron unas 210.000 víctimas civiles y provocaron la rendición inmediata de Japón, pero también el terror mundial ante su violencia. De inmediato, además, comenzó una carrera armamentista entre las dos superpotencias de la época: los EE.UU. y la URSS para desarrollar nuevas armas nucleares y amenazarse mutuamente.

El siguiente paso se dio en la década de 1950 con el desarrollo de las bombas termonucleares, que utilizan una bomba atómica como detonante de una reacción de fusión de hidrógeno miles de veces más poderosa.

Pero Robert Oppenheimer, al frente de los esfuerzos estadounidenses, expresó su clara oposición al desarrollo de la bomba de hidrógeno, proponiendo en cambio negociaciones con la URSS que detuvieran la proliferación de armas nucleares y advirtiendo del peligro de un holocausto nuclear. Ya en 1945 había dicho “Si las bombas atómicas han de añadirse como nuevas armas a los arsenales de un mundo en guerra, o a los arsenales de las naciones que se preparan para la guerra, llegará el día en que la humanidad maldiga los nombres de Los Álamos e Hiroshima. La gente de este mundo debe unirse o perecerán.”

En 1953, el pánico anticomunista del senador Joseph McCarthy lo convirtió en su blanco por esta actitud conciliadora, interpretada como traición a los Estados Unidos, por sus simpatías de izquierdas y por su amistad con comunistas. Despojado de su autorización de seguridad, volvió a su trabajo como investigador y profesor en la Universidad de Berkeley donde siguió haciendo aportaciones a la teoría de la relatividad y la física cuántica.

En 1963, el gobierno estadounidense, a modo de disculpa, le concedió el premio Enrico Fermi.

Robert Oppenheimer murió el 18 de febrero de 1967 a causa de un cáncer en la garganta dejando la convicción de que los físicos debían hacerse responsables de lo que se hacía con el conocimiento que obtenían. “Los físicos han conocido el pecado”, dijo en 1947, “y éste es un conocimiento que ya no pueden perder”.

Oppenheimer en el teatro

El proceso a Oppenheimer, su interrogatorio y condena, fueron tomados por el dramaturgo Heiar Kipphardt, miembro del movimiento de teatro-documento, en la obra Sobre el asunto de J. Robert Oppenheimer, publicada en 1964, cuando el físico aún vivía. Basada en las 3.000 páginas de la transcripción del proceso, la obra explora los problemas éticos y la responsabilidad moral de los científicos, y la interferencia política en su trabajo.

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