Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

julio 17, 2013

El comparador de huesos

Uno de los grandes opositores a la idea de la evolución en el siglo XIX fue también uno de los científicos que más sólidas pruebas encontró a favor de este proceso.

Georges Cuvier
(imagen CC vía Wikimedia Commons)
Una de las hazañas más impresionantes de paleontólogos y paleoantropólogos consiste en la reconstrucción de un animal a partir de restos muy escasos, tanto que muchas personas llegan a pensar que los científicos sólo están especulando ciegamente.

Pero este logro es posible, y ello gracias al estudio de la anatomía comparada y al conocimiento de que cada órgano o hueso está modelado por su función y por el lugar que ocupa, de modo que un observador informado puede saber con sólo verlo, por ejemplo, si un diente pertenece a un ser humano, a un primate, a un herbívoro o a un depredador. Y, si es de un herbívoro, por ejemplo, su tamaño y detalles, y su parecido con los de otras especies ya conocidas, le permiten saber el tamaño del animal, su aspecto aproximado e incluso qué tipo de dieta empleaba como alimentación.

El primer científico que pudo hacer esto gracias a sus desubrimientos, Georges Cuvier, decía: “Si los dientes de un animal son como deben ser para que se alimente de carne, podemos estar seguros, sin más exámenes, que el sistema completo de su órgano digestivo es adecuado para ese tipo de alimento”.

Este científico francés, considerado una de las mentes más capaces de su época, era también un personaje mezquino, racista y rencoroso, lo cual en todo caso confirma la idea de que el conocimiento científico es válido consígalo quien lo consiga. Y, según sus contemporáneos, Georges Cuvier lo era, pero sin perder el favor de los poderosos, siempre indispensable para que los científicos tengan los recursos necesarios para su estudios.

El defensor de los hechos

Jean Léopold Nicolas Frédéric Cuvier nació en 1769 en la familia de un oficial militar de bajo rango. Su ciudad natal, Montbéliard, está hoy en Francia, cerca de la frontera con Suiza, pero en aquél entonces era parte del ducado Württemberg, en la Suavia alemana, donde la educación era obligatoria, algo desusado para la época, pero que permitió al joven asistir a la escuela después de que su madre, tenaz creyente en las capacidades de su hijo y en el valor de la educación, ya le hubiera enseñado a leer para los 4 años de edad y lo apoyó continuamente con libros.

En la escuela, Cuvier se encontró con los trabajos de Georges-Louis Leclerc de Buffon, botánico, matemático, uno de los enciclopedistas y figura de la ilustración francesa, y ello lo dirigió hacia lo que entonces se llamaba “naturalismo” y que implicaba a numerosas disciplinas actuales como la biología, la geología, la antropología y la paleontología. A los 12 años había leído los 36 volúmenes de la monumental “Historia natural” de Buffon.

Al salir de la escuela empezó a trabajar como tutor de una familia en Normandía y empezó a forjarse una reputación como naturalista serio, que lo llevaría a la prestigiosa Academia de Ciencias francesa, a ser miembro de la Royal Society y a convertirse en una especie de árbitro de la ciencia.

Su principal aportación, que impulsaría el estudio de la evolución y daría bases sólidas para las conclusiones a las que llegaría Darwin algunos años después de la muerte de Cuvier. A diferencia de algunos pioneros de la evolución como su compatriota Jean-Baptiste Lamarck, Cuvier creía que los seres vivos no cambiaban gradualmente al paso del tiempo. Sin embargo, los hechos le demostraban algo indiscutible: los seres vivos sí se extinguían, idea que presentó en un artículo cuando tenía tan sólo 26 años de edad.

Muchos de sus contemporáneos creían que los fósiles eran restos de especies vivientes conocidas o, incluso, desconocidas que con el tiempo se descubrirían en lugares lejanos del mundo que se estaba apenas explorando. Así, llegaron a considerar los fósiles de mamut hallados en Italia como restos de los elefantes con los que Aníbal cruzó los Alpes en su invasión de la península itálica. Contrario a ellos, Cuvier determinó mediante la comparación de restos fósiles que algunas especies se habían extinguido para siempre de la faz de la tierra. Sus estudios de la anatomía de los elefantes demostraron que los elefantes africanos y asiáticos pertenecían a dos especies distintas, y que ambos eran distintos a los mamuts hallados en Europa y Siberia. Así consiguió demostrar la existencia de animales extintos como el perezoso gigante. En el proceso, fundó la moderna paleontología de vertebrados y la anatomía comparativa.

Además, sus investigaciones en geología, como las que realizó en los alrededores de París, le permitieron determinar que ciertos fósiles sólo aparecen en ciertos estratos geológicos, y que en los propios estratos geológicos había evidencias de glaciaciones y catástrofes diversas. Tratando de conciliar los hechos desarrolló la teoría de que la vida se había extinguido varias veces en la historia del planeta, y que había habido, por tanto, sucesivas creaciones de la vida a partir de cero. Sus evidencias, sin embargo, demuestran que la creciente diferenciación de los seres vivos conforme más antiguos son los estratos geológicos se debe al proceso de la evolución.

Si bien se equivocaba en la conclusión, los hechos eran incuestionables. Y los hechos eran los que consideraba fundamentales.

Su idea de que los animales eran unidades funcionales donde todos los órganos actúan enc concordancia, apoyándose entre sí, le permitió la hazaña de identificar ciertas especies sólo a partir de un hueso determinado, aunque también le hizo rechazar la idea de la evolución, pues argumentaba que un cambio en un solo órgano alteraría el equilibrio del todo, incluso de modo peligroso.

Entre sus otras, abundantes aportaciones, Cuvier amplió el sistema de clasificación de los seres vivos de Linneo reuniéndo a las clases en filos, y afirmando que los animales estaban divididos en cuatro ramificaciones: los vertebrados, los moluscos, los articulados (insectos y crustáceos) y los radiados (seres con simetría radial como la estrella o el erizo de mar).

Cuvier murió de cólera en 1832, habiendo sostenido su prestigio como científico durante la revolución francesa, el régimen napoleónico y la restauración de la monarquía, que le confirió el título de barón poco antes de su muerte.

El espectáculo de la ciencia

Además de promover la educación en Francia, Cuvier hacía demostraciones públicas de sus conocimientos como un moderno divulgador. En algunos casos, se le mostraba una roca que contenía un fósil y, viendo la composición de la roca, podía decir qué animal estaba encerrado en ella. Unos trabajadores rompían la roca cuidadosamente durante largas horas hasta que descubrían el fósil, demostrando que Cuvier estaba en lo correcto y provocando los aplausos de la concurrencia.