Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento
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Mary Anning, la hija del carpintero

Los fósiles encontrados, identificados y dados a conocer por esta mujer trabajadora británica dieron forma al trabajo de la paleontología del siglo XIX.

Dura antiquior, pintura de Henry De la Beche, 1830.
(Imagen D.P. Museo de Sedgwick vía Wikimedia Commons.)
La imagen está sobrepoblada. Dos pterodáctilos se atacan en el cielo. Un ancestro de los cocodrilos está al borde del agua, donde una abigarrada colección de ictiosaurios, plesiosaurios, tortugas, peces, calamares y algunos seres prehistóricos más fantasía que reconstrucción paleontológica, se dedican principalmente a comerse unos a otros,

Se trata de una acuarela de 1830, “Duria antiquior” o “Un Dorset más antiguo”, por la región de la costa sur de la isla de Gran Bretaña. Su autor fue el pintor y geólogo Henry De la Beche y fue el primer intento de la historia en tratar de representar la vida prehistórica según la evidencia fósil disponible. Y gran parte de ella había sido encontrada, identificada, descrita, dibujada y reconstruida por Mary Anning, que ya por entonces era considerada la mayor experta en hallazgos de fósiles del mundo, pese a tener apenas 31 años de edad.

Mary Anning nació en en 1799 en la costa de Dorset, en el pueblo de Lyme Regis, hija de un carpintero de la localidad llamado Richard y de su esposa Mary, de cuyos hijos sólo sobrevivirían Mary y su hermano Joseph.

Lo que hoy es Lyme Regis estuvo, hace 200 millones de años, cerca del Ecuador, en el fondo de un mar cálido y lleno de vida. Muchos animales se vieron enterrados en el fondo lodoso y se fosilizaron mientras la zona migraba hasta su actual posición. Lyme está por tanto rodeado de los acantilados en que se convirtió ese fondo marino lodoso, verdaderas minas de fósiles.

El padre de Mary dedicaba parte de su tiempo a buscar, entre las rocas desprendidas de los acantilados, unas maravillosas “curiosidades”: los fósiles de esos seres marinos, que empezaban a dejar de ser misteriosos y a ser estudiados para tratar de saber cómo había sido la vida en el pasado y cómo habían aparecido y desaparecido esos fantásticos seres. Así la venta de fósiles era también una fuente de ingresos adicional para los Manning, que llevaban a sus hijos, desde pequeños, a buscar fósiles.

Estas habilidades serían la única forma de supervivencia de la familia cuando Richard Manning murió en 1810, dejando a su familia totalmente desprotegida. Mary y sus dos hijos emprendieron un pequeño negocio como vendedores de fósiles que les permitió escapar a la miseria, aunque con frecuencia pasarían épocas de gran escasez.

Retrato de Mary Anning circa 1841.
(Imagen D.P. del Museo de Historia Natural
de Londres, via Wikimedia Commons)
Cuando Mary tenía 12 años, la familia encontró y publicitó el hallazgo de un fósil completo de ictiosaurio, un reptil jurásico en forma de pez. El descubrimiento fue pronto adquirido por Henry Hoste Henley, un noble londinense aficionado a la geología.

Entre los hallazgos que realizó Mary Anning a lo largo de su carrera está el de los coprolitos, heces fecales fosilizadas que ofrecen importante información sobre la dieta de los animales del pasado. Fue la primera persona que identificó en Inglaterra un fósil que halló como perteneciente a un pterosaurio. Encontró también curiosidades como un fósil de sepia que aún tenía en su interior la tinta del animal.

Alrededor de 1820, Mary realizó uno de sus más importantes descubrimientos: un fósil casi completo de plesiosaurio. El animal había sido descrito a partir de restos fragmentarios, pero grandes expertos en fósiles como el francés Georges Cuvier se mostraban escépticos ante la disparidad del tamaño del reptil respecto de su pequeñísima cabeza. Al enterarse, Cuvier dejó de lado su escepticismo y declaró que el descubrimiento de Anning era de primera importancia. Comenzó entonces una correspondencia con la buscadora de fósiles que duraría hasta la muerte de ésta. El plesiosaurio de Mary aún se puede ver en el Museo de Historia Natural de Londres.

Cada vez más científicos consultaban a Mary Anning y a visitar los acantilados de Lyme Regis, no sólo por su habilidad para encontrar fósiles, sino porque la mujer, sin ninguna educación formal, había aprendido por su cuenta mucho de lo que sabían los expertos de la época y había desarrollado una habilidad propia de los palentólogos que incluso hoy puede asombrarnos: la capacidad de saber mucho acerca de un animal simplemente a partir de un fragmento.

Sobre ello, la acaudalada Harriet Silvester escribió que la joven, a la que conoció en 1824 “se ha familiarizado tan exhaustivamente con la ciencia que en el momento en que encuentra cualquier hueso sabe a qué tribu pertenece”. Y, subrayando la importancia desusada que había logrado tener Mary en una Inglaterra donde la mujer y los pobres eran considerados prácticamente desechables, señala que “tiene la costumbre de escribir y hablar con profesores y otros hombres inteligentes sobre el tema, y todos reconocen que ella entiende más de la ciencia que ninguna otra persona en el reino”.

Pero la fama y el reconocimiento no pagaban las facturas, y la familia debía depender de sus relaciones para mantenerse a flote cuando el negocio de los fósiles tenía baches, ya fuera porque no se encontraban fósiles relevantes durante un tiempo o porque no había compradores.

El coleccionista Thomas Birch, por ejemplo, que había comprado numerosos fósiles a los Anning, decidió en un momento dado subastarlos para dar a la familia lo recaudado. Tiempo después, el pintor de “Duria antiquior”, por ejemplo, mandó hacer una litografía de su acuarela y vendió copias de ella a amigos y colegas, donándole a Mary lo obtenido.

Al final de su vida, sin embargo, llegó cierto reconocimiento. Nueve años antes de su muerte, la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia le concedió una anualidad, y la Sociedad Geológica de Londres le asignó también un ingreso periódico. Y en los últimos años de su vida pudo leer que la revista de Charles Dickens, “All Year Round” decía de ella: “la hija del carpintero se ha ganado un nombre, y se ha merecido ganarlo”. Murió en 1847 de cáncer de mama.

Al conmemorar sus 350 años de existencia, la Royal Society de Londres, que no admitió mujeres sino hasta 1945, pidió a un grupo de científicas e historiadoras de la sociedad que nombraran a las diez mujeres británicas más influyentes de la historia de la ciencia, y consideraron que una de ellas era Mary Anning, la hija del carpintero.

El nombre latino

Pese a su relevancia en la historia de la paleontología británica, y aunque numerosos científicos y coleccionistas de fósiles daban con frecuencia nombre a las especies descubiertas, no fue sino hasta 1878, 31 años después de su muerte, que alguien dio a una especie un nombre destinado a homenajear a Mary Anning, el Tricycloseris anningi, una especie de coral. Sin embargo, aún no se le ha dado el nombre de la paleontóloga a un reptil fósil británico, lo que sería el homenaje más justo.

De geología y evolución

Una de las más contundentes evidencias que confirman que la evolución de las especies ha ocurrido comenzó con una observación tan sencilla como audaz.

La dorsal mesoatlántica. (Foto D.P de National Oceanic
and Atmospheric Administration via Wikimedia Commons)
Existe una población de tortugas verdes, unas enormes tortugas marinas que se encuentran en aguas tropicales de casi todo el mundo, que habita en la costa de Brasil y que tiene la peculiar costumbre de que, para reproducirse, nada una impresionante distancia de 2.000 kilómetros hasta la Isla de Ascensión, a la mitad del océano Atlántico entre Brasil y África, en la cordillera que lo recorre de norte a sur, la llamada Dorsal Mesoatlántica.

La pregunta razonable que cualquier biólogo se hace ante un fenómeno así es ¿por qué ocurre? Estas tortugas se reproducen en playas cercanas a las de su nacimiento, aunque viven la mayor parte del tiempo en el mar, cerca de costas que pueden estar relativamente alejadas de su costa natal, generalmente en islas donde entre otras cosas hay menos depredadores de sus nidos. Pero la distancia que viajan las tortugas de la isla de Ascensión es muchísimo mayor que la habitual entre otras de su especie.

La respuesta a esta pregunta se encuentra en una observación que hizo a principios del siglo XX el geofísico alemán Alfred Lothar Wegener: la plataforma continental de Suramérica parecía que podía encajar con extraordinaria precisión en África. Y la Antártida, Australia, la India y Madagascar parecían piezas de un puzzle alrededor del extremo sur de África. Cierto, no fue Wegener el primero en notar este curioso hecho, que ya se había registrado en el siglo XVI conforme se iban haciendo los primeros mapas detallados del mundo que se iba descubriendo, literalmente, día a día. Pero fue él quien por primera vez se planteó una posibilidad que iba en contra de la hipótesis sobre nuestro planeta que llevaba 50 años dominando la geología.

Según esta hipótesis, llamada “geosinclinal”, las masas de los continentes eran características fijas de la superficie terrestre, apenas alteradas por algunos movimientos que provocaban los plegamientos de la corteza que forman las cordilleras. Esta visión de la corteza terrestre era coherente, además, con la edad que se calculaba por entonces que tenía la Tierra, y que era de entre 18 y 400 millones de años. Este cálculo cambiaría conforme se iban descubriendo más datos sobre asuntos como la composición interna del planeta, o la historia del sistema solar y del universo.

Wegener pensó que esto no era así, sino que quizás los continentes se movían, acercándose y alejándose entre sí, una idea audaz que con el tiempo se convertiría en la teoría de la tectónica de placas, según la cual la corteza terrestre está formada por distintas placas en movimiento, que “flotan”, por decirlo de alguna manera, sobre el manto terrestre. Algunas placas se alejan entre sí, otras están chocando y una se mete por debajo de la otra (subducción) mientras que algunas se mueven en direcciones contrarias provocando fricción. Es la tectónica de placas.

Para sustentar su hipótesis, Wegener echó mano de la relativamente nueva ciencia de la paleontología. Se dedicó no sólo a comparar las capas geológicas a ambos lados del Atlántico y otros aspectos que sustentaban su teoría, sino que estudió los fósiles presentes en las dos costas.

Cuando se analizan los fósiles presentes en continentes que estuvieron unidos en el pasado, es posible ver que en un momento dado, estamos ante las mismas especies. Si no había puentes terrestres que hubieran unido a los continentes (como se creía antes de Wegener), lo que se demostraba con la evidencia geológica, la única explicación que quedaba era que los continentes habían estado unidos en un momento del pasado y se habían separado lentamente.

La evidencia fósil fue uniendo las piezas del puzzle del planeta. Los helechos Glossopteris se encontraban en puntos de las costas de Sudamérica y África que alguna vez estuvieron unidos, pero también en puntos de la India, la Antártida y Australia, dibujando la forma en que estuvieron juntos estos continentes. El reptil fósil Cinognathus también unía a Sudamérica y África, mientras que el Lystrosaurus aparecía en África, la India y la Antártida.

La evidencia fósil de Wegener sustentaba su idea de la corteza terrestre en movimiento. Pero, al mismo tiempo, la tectónica de placas explicaba fenómenos que con el tiempo se han situado como algunas de las más sólidas pruebas sobre la evolución.

En el modelo contemporáneo, la corteza terrestre está dividida en siete grandes placas, ocho de menor tamaño y una gran cantidad de otros pequeños fragmentos. A lo largo de la historia del planeta, estas placas se han desplazado, formando en ocasiones grandes continentes que luego se han separado en un movimiento incesante. La última vez que esto ocurrió fue hace unos 225 millones de años, cuando los continentes estaban unidos en la masa llamada “Pangea”. Esto coincidió con una de las más completas extinciones de especies en la Tierra, la Pérmica-Triásica, en la que desapareció entre el 90 y el 95% de todas las especies marinas.

A partir de entonces, podemos seguir la historia de la vida, su evolución y adaptación, a lo largo de las líneas de los continentes en movimiento. Los elefantes, que aparecieron en África, vieron que parte de su población era apartada con el desplazamiento de la India, y ambos grupos empezaron a evolucionar y adaptarse independientemente, dando lugar al elefante africano y el elefante asiático que conocemos hoy.

El otro ejemplo clásico es la fauna australiana. El continente australiano se separó de los demás hace 55 millones de años y su aislamiento fue responsable de que en él los mamíferos evolucionaran independientemente de todos los demás, sin desarrollar la placenta como forma de alimentación y protección de las crías en formación, sino el marsupio o bolsa donde terminan su desarrollo.

La evolución fue una prueba de la tectónica de placas, y ésta a su vez es una demostración de cómo se ha desarrollado la evolución de varias maneras. Un buen ejemplo de cómo las distintas disciplinas del conocimiento se entrelazan para ofrecernos una explicación cada vez más completa del mundo que nos rodea y de su evolución.

La tectónica de placas y nuestra especie

Hace unos 7 millones de años que el linaje humano (los homininos) se separó de los demás primates, y la tectónica de placas podría explicar parcialmente por qué. El surgimiento de la “Pared de África”, una cadena de montañas y mesetas que van desde Etiopía hasta Sudáfrica, habría obstaculizado, según una hipótesis, la llegada de la humedad oceánica a los antiguos valles, convirtiendo exuberantes selvas tropicales en las sabanas y llanuras que favorecieron que nuestros ancestros desarrollaran la capacidad de caminar en dos patas, el primer escalón que lleva a lo que somos hoy.

El comparador de huesos

Uno de los grandes opositores a la idea de la evolución en el siglo XIX fue también uno de los científicos que más sólidas pruebas encontró a favor de este proceso.

Georges Cuvier
(imagen CC vía Wikimedia Commons)
Una de las hazañas más impresionantes de paleontólogos y paleoantropólogos consiste en la reconstrucción de un animal a partir de restos muy escasos, tanto que muchas personas llegan a pensar que los científicos sólo están especulando ciegamente.

Pero este logro es posible, y ello gracias al estudio de la anatomía comparada y al conocimiento de que cada órgano o hueso está modelado por su función y por el lugar que ocupa, de modo que un observador informado puede saber con sólo verlo, por ejemplo, si un diente pertenece a un ser humano, a un primate, a un herbívoro o a un depredador. Y, si es de un herbívoro, por ejemplo, su tamaño y detalles, y su parecido con los de otras especies ya conocidas, le permiten saber el tamaño del animal, su aspecto aproximado e incluso qué tipo de dieta empleaba como alimentación.

El primer científico que pudo hacer esto gracias a sus desubrimientos, Georges Cuvier, decía: “Si los dientes de un animal son como deben ser para que se alimente de carne, podemos estar seguros, sin más exámenes, que el sistema completo de su órgano digestivo es adecuado para ese tipo de alimento”.

Este científico francés, considerado una de las mentes más capaces de su época, era también un personaje mezquino, racista y rencoroso, lo cual en todo caso confirma la idea de que el conocimiento científico es válido consígalo quien lo consiga. Y, según sus contemporáneos, Georges Cuvier lo era, pero sin perder el favor de los poderosos, siempre indispensable para que los científicos tengan los recursos necesarios para su estudios.

El defensor de los hechos

Jean Léopold Nicolas Frédéric Cuvier nació en 1769 en la familia de un oficial militar de bajo rango. Su ciudad natal, Montbéliard, está hoy en Francia, cerca de la frontera con Suiza, pero en aquél entonces era parte del ducado Württemberg, en la Suavia alemana, donde la educación era obligatoria, algo desusado para la época, pero que permitió al joven asistir a la escuela después de que su madre, tenaz creyente en las capacidades de su hijo y en el valor de la educación, ya le hubiera enseñado a leer para los 4 años de edad y lo apoyó continuamente con libros.

En la escuela, Cuvier se encontró con los trabajos de Georges-Louis Leclerc de Buffon, botánico, matemático, uno de los enciclopedistas y figura de la ilustración francesa, y ello lo dirigió hacia lo que entonces se llamaba “naturalismo” y que implicaba a numerosas disciplinas actuales como la biología, la geología, la antropología y la paleontología. A los 12 años había leído los 36 volúmenes de la monumental “Historia natural” de Buffon.

Al salir de la escuela empezó a trabajar como tutor de una familia en Normandía y empezó a forjarse una reputación como naturalista serio, que lo llevaría a la prestigiosa Academia de Ciencias francesa, a ser miembro de la Royal Society y a convertirse en una especie de árbitro de la ciencia.

Su principal aportación, que impulsaría el estudio de la evolución y daría bases sólidas para las conclusiones a las que llegaría Darwin algunos años después de la muerte de Cuvier. A diferencia de algunos pioneros de la evolución como su compatriota Jean-Baptiste Lamarck, Cuvier creía que los seres vivos no cambiaban gradualmente al paso del tiempo. Sin embargo, los hechos le demostraban algo indiscutible: los seres vivos sí se extinguían, idea que presentó en un artículo cuando tenía tan sólo 26 años de edad.

Muchos de sus contemporáneos creían que los fósiles eran restos de especies vivientes conocidas o, incluso, desconocidas que con el tiempo se descubrirían en lugares lejanos del mundo que se estaba apenas explorando. Así, llegaron a considerar los fósiles de mamut hallados en Italia como restos de los elefantes con los que Aníbal cruzó los Alpes en su invasión de la península itálica. Contrario a ellos, Cuvier determinó mediante la comparación de restos fósiles que algunas especies se habían extinguido para siempre de la faz de la tierra. Sus estudios de la anatomía de los elefantes demostraron que los elefantes africanos y asiáticos pertenecían a dos especies distintas, y que ambos eran distintos a los mamuts hallados en Europa y Siberia. Así consiguió demostrar la existencia de animales extintos como el perezoso gigante. En el proceso, fundó la moderna paleontología de vertebrados y la anatomía comparativa.

Además, sus investigaciones en geología, como las que realizó en los alrededores de París, le permitieron determinar que ciertos fósiles sólo aparecen en ciertos estratos geológicos, y que en los propios estratos geológicos había evidencias de glaciaciones y catástrofes diversas. Tratando de conciliar los hechos desarrolló la teoría de que la vida se había extinguido varias veces en la historia del planeta, y que había habido, por tanto, sucesivas creaciones de la vida a partir de cero. Sus evidencias, sin embargo, demuestran que la creciente diferenciación de los seres vivos conforme más antiguos son los estratos geológicos se debe al proceso de la evolución.

Si bien se equivocaba en la conclusión, los hechos eran incuestionables. Y los hechos eran los que consideraba fundamentales.

Su idea de que los animales eran unidades funcionales donde todos los órganos actúan enc concordancia, apoyándose entre sí, le permitió la hazaña de identificar ciertas especies sólo a partir de un hueso determinado, aunque también le hizo rechazar la idea de la evolución, pues argumentaba que un cambio en un solo órgano alteraría el equilibrio del todo, incluso de modo peligroso.

Entre sus otras, abundantes aportaciones, Cuvier amplió el sistema de clasificación de los seres vivos de Linneo reuniéndo a las clases en filos, y afirmando que los animales estaban divididos en cuatro ramificaciones: los vertebrados, los moluscos, los articulados (insectos y crustáceos) y los radiados (seres con simetría radial como la estrella o el erizo de mar).

Cuvier murió de cólera en 1832, habiendo sostenido su prestigio como científico durante la revolución francesa, el régimen napoleónico y la restauración de la monarquía, que le confirió el título de barón poco antes de su muerte.

El espectáculo de la ciencia

Además de promover la educación en Francia, Cuvier hacía demostraciones públicas de sus conocimientos como un moderno divulgador. En algunos casos, se le mostraba una roca que contenía un fósil y, viendo la composición de la roca, podía decir qué animal estaba encerrado en ella. Unos trabajadores rompían la roca cuidadosamente durante largas horas hasta que descubrían el fósil, demostrando que Cuvier estaba en lo correcto y provocando los aplausos de la concurrencia.

Cómo se hace un fósil

Reconstrucción de Tyrannosaurus Rex
en el Museo del Jurásico de Asturias
(foto © Mauricio-José Schwarz)
El proceso natural de la vida incluye, como uno de sus principios más esenciales, la descomposición de los cuerpos de los seres que han muerto.

Ya sean minúsculas bacterias, insectos de duro exoesqueleto, grandes árboles o enormes animales, sus componentes se someten a reciclaje prácticamente desde el momento mismo de su muerte. La naturaleza no desperdicia nada y, al paso del tiempo, todos se degradan, incluso los más fuertes o sólidos, como huesos, dientes o caparazones.

Sin embargo, nuestro conocimiento de la vida depende de los rastros que se conservan de los seres que vivieron en el pasado remoto. Esos restos son los fósiles, evidencias físicas que nos cuentan cómo fue la vida y cómo evolucionó para llegar hasta donde estamos hoy.

En general, cuando hablamos de fósiles pensamos en objetos hechos de piedra: huesos, impresiones de partes blandas de plantas y animales o, incluso, pisadas y hasta excrementos. Pero también son fósiles los seres que han quedado atrapados en el hielo, como los mamuts congelados durante la última glaciación; en resinas, como los insectos que podemos encontrar en el ámbar, o en turberas y pozos de alquitrán o parafina. Y también restos desecados como momias.

Para utilizar los fósiles en el proceso de reconstrucción de la vida en el pasado, primero debían reconocerse como restos de seres vivos, algo que no es tan trivial como parece. Para algunos como el filósofo Jenófanes del siglo VI antes de la Era Común, eran clara evidencia de seres vivos, al grado de que propuso que los fósiles marinos hallados en tierra eran evidencia de que esa área en el pasado había estado cubierta por agua, hipótesis que hoy sabemos certera.

Sin embargo, más de dos mil años después, en 1677, el naturalista inglés Robert Plot publicaba un libro que seguía sosteniendo otra hipótesis, popular a lo largo de toda la historia, según la cual la tierra tenía la propiedad de generar en su interior cosas con las mismas formas que tenía en su superficie. Así, describió rocas que se asemejaban a flores, ojos, orejas y cerebros humanos. Esto casaba además con la idea de la “generación espontánea” de Aristóteles, que creía que los fósiles eran ejemplos incompletos de las “semillas de la vida” que la tierra generaba espontáneamente.

En general, sin embargo, los distintos pueblos que encontraban restos fósiles les dieron explicaciones míticas relacionándolos con animales como el grifo, los dragones y las quimeras, o bien los explicaban como razas de gigantes (animales o humanos) que habrían vivido antes de algún desastre cósmico como los fines de las eras entre los aztecas o el diluvio universal en el cristianismo europeo. E incluso, como cuenta el paleontólogo José Luis Sanz, en la zona de Cameros las huellas fósiles de manos y pies de dinosaurios se interpretaron durante mucho tiempo como pertenecientes al caballo del apóstol Santiago.

No fue sino hasta principios del siglo XIX cuando tres naturalistas ingleses Willliam Buckland, Gideon Algernon Mandell y Richard Owen, y uno francés, Georges Cuvier, empezaron el estudio sistemático, ordenado y científico de los fósiles, descubriendo en el proceso la existencia de numerosos animales prehistóricos, entre ellos un grupo de reptiles antiquísimos y, muchos de ellos, enormes: los dinosaurios. Empezaron así a reunir datos que señalaban que la Tierra era un planeta mucho más antiguo de lo que jamás habíamos creído hasta entonces, y que la vida antes de nosotros había sido tremendamente compleja y muy distinta de la que narraba la Biblia.

¿Podemos hacer un fósil?
La fosilización más conocida es aquélla en la que los huesos y dientes de los animales o los tejidos de las plantas se ven sustituidos por minerales diversos, reproduciendo la forma y tamaño que tuvieron, pero no su peso, color o composición química. Este proceso debe ocurrir en una zona donde los restos se vean recubiertos bastante rápidamente por sedimentos, por ejemplo, hundiéndose en el lecho de un cuerpo de agua.

Los restos en esas condiciones pueden sufrir varios procesos. En uno, llamado permineralización, los sedimentos a su alrededor se endurecen formando roca sedimentaria y crean un molde de los huesos y, en ocasiones de los tejidos blandos, mismos que finalmente se descomponen. Este molde externo es en sí un fósil. Pero en algunos casos, las corrientes de agua pueden depositar minerales en el “molde” hasta reproducir un vaciado de la materia original. En otra, el hueso puede verse reemplazado gradualmente con otros minerales, preservando además del aspecto externo gran parte de la estructura interna de huesos, caparazones y dientes.

Hay otras formas de fosilización, entre ellas la recristalización de las sustancias de los restos, la adpresión con la que se preservan impresiones (como las huellas de dinosaurios o los pocos ejemplos de moldes de piel, alas y plumas), y un proceso mediante el cual los huesos de un organismo rodean y conservan a otro, o al menos su impresión.

La fosilización puede ocurrir en unos pocos años o desarrollarse a lo largo de prolongados períodos. Además, para que los paleontólogos puedan hallar estos fósiles, los estratos sobre ellos deben erosionarse para que afloren nuevamente. En ese tiempo pueden ocurrir numerosos percances que destruyan los restos, como terremotos o erupciones volcánicas.

Es por ello que la fosilización es un fenómeno muy infrecuente. Aunque existen microfósiles que nos ayudan a contar la historia de la vida en nuestro planeta desde hace unos 4 mil millones de años, suelen fosilizarse principalmente seres con conchas o caparazones, seres muy extendidos geográficamente y los que vivieron durante mucho tiempo antes de extinguirse. Esas tres características aumentan la probabilidad de fosilización.

Por ello mismo, el registro fósil, es decir, la colección de todos los fósiles que conocemos, es una imagen incompleta de la historia de la vida. Nos faltan restos de un número indeterminable de especies de cuerpo totalmente blando, o que sólo vivían en pequeñas zonas geográficas, o que no existieron durante mucho tiempo, ya sea por extinguirse o porque evolucionaron hacia otras formas.

Los seres que faltan

Los paleontólogos apenas han explorado una mínima parte de la superficie de nuestro planeta y menos aún de sus profundidades. Aún si hay pocos fósiles, también sabemos que apenas hemos descubierto una fracción minúscula de las especies que nos precedieron en estos miles de millones de años. Si hemos clasificado más de 520 géneros de dinosaurios (cada uno con varias especies), los expertos calculan, conservadoramente, que pudo haber casi dos mil géneros distintos. Y si hablamos de seres más abundantes y variados, como los insectos, el cálculo es aún más difícil y enorme. Por más que aprendamos siempre queda mucho, muchísimo más por saber.

El iconoclasta de los dinosaurios

Bob Bakker, paleontólogo
(foto CC Ed Schipul via
Wikimedia Commons)
Bob Bakker, el curioso paleontólogo que nos enseñó que las aves son dinosaurios, también se ha empeñado en compartir con todos su pasión por los dinosaurios y su suerte.

Ciertos errores sobre los dinosaurios permanecen en nuestro lenguaje habitual cuando consideramos que algo demasiado grande, lento, torpe o anticuado, o destinado a extinguirse por estar mal adaptado es “como los dinosaurios”.

Estos conceptos son remanentes de la visión que se popularizó sobre los dinosaurios a fines del siglo XIX y principios del XX, según la cual los dinosaurios eran criaturas poco inteligentes, lentas, torpes y, sobre todo, de sangre fría, aunque dentro de la comunidad científica estas ideas siempre estuvieron sometidas a debate.

Esta idea condicionó las primeras reconstrucciones de dinosaurios que se exhibieron en 1854 en el Palacio de Cristal de Londres, y que iniciaron lo que llamaríamos la manía por los dinosaurios, siguieron las primeras concepciones y mostraron únicamente esculturas de gigantescos reptiles cuadrúpedos. Los seres así imaginados, se pensó, se habían extinguido por haberse hecho, en lenguaje común, demasiado grandes para poder enfrentar los cambios de su entorno.

Nada de esto refleja fielmente lo que hoy sabemos de los seres dominantes en nuestro planeta durante casi 200 millones de años. Y lo que sabemos es resultado de los descubrimientos que se han dio acumulando: dinosaurios que evidentemente eran bípedos, el archaeopterix que sugería una relación entre las aves y los dinosaurios, y rasgos de depredadores feroces que no podían ser torpes seres de sangre fría.

Los dinosaurios, siempre apasionantes, fueron el tema de un artículo de la edición del 7 de septiembre de 1953 de la revista Life, que un par de años después caería en manos de un inquieto niño de 10 años, nacido en New Jersey, Robert T. Bakker, encendiendo en él una pasión por los dinosaurios que ocuparía toda su vida y lo llevaría a ser el motor del “Renacimiento de los Dinosaurios” a fines de la década de 1960 y principios de la de 1970.

Robert T. Bakker, o simplemente Bob Bakker, estudió paleontología en la Universidad de Yale bajo la tutela de John Ostrom, uno de los grandes revolucionarios del estudio de los dinosaurios, y se doctoró en Harvard. Para Ostrom, como ya había propuesto Thomas Henry Huxley a mediados del siglo XIX, los dinosaurios se parecían más a las grandes aves no voladoras, como los emús o los avestruces, que a torpes reptiles. En 1964, Ostrom descubrió el fósil de un dinosaurio bautizado como Deinonychus, uno de los más importantes hallazgos de la historia de la paleontología. Se trataba de un dinosaurio depredador activo, que claramente mataba a sus presas saltando sobre ellas para golpearlas con sus potentes espolones, y las inserciones musculares de la cola mostraban que la llevaba erguida tras él, como un contrapeso al cuerpo y la cabeza, pintando el retrato de un animal que no podía ser de sangre fría. Su alumno Robert T. Bakker, que además era un hábil dibujante, hizo la reconstrucción gráfica del animal.

Bob Bakker retomó las teorías y trabajos de Ostrom con una combatividad singular que lo puso al frente de un grupo de paleontólogos dispuestos a replantearse cuanto se sabía en el momento acerca de los dinosaurios. El resultado saltó a la luz pública en 1975, cuando Bakker publicó un artículo en la revista Scientific American hablando del “renacimiento de los dinosaurios”, concepto que se popularizó pronto, y dando una idea de los cambios que estaba experimentando la visión de la ciencia respecto de estos apasionantes animales.

Diez años después, convertido ya en un personaje de la paleontología, Bakker publicaría el libro The Dinosaur Heresies (Las herejías de los dinosaurios), donde presentaba los argumentos y evidencias que indicaban que los dinosaurios habían sido animales de sangre caliente; por ejemplo, la activa vida de algunos depredadores, el hecho de que algunos dinosaurios vivieron en latitudes demasiado al norte como para poder sobrevivir sin sangre caliente. Propuso además que las aves, todas las aves que conocemos hoy en día, habían evolucionado, en sus propias palabras “de un raptor pequeño”. Siguiendo a Ostrom, Bakker también sugirió que las plumas existieron mucho antes que existiera el vuelo, idea que se ha visto confirmada por posteriores descubrimientos que nos hablan de dinosaurios no voladores que usaban las plumas como aislamiento térmico.

El triunfo de Bakker se encuentra en el hecho de que, según la taxonomía actual, las aves, todas las aves son, sin más, una rama de los dinosaurios, con lo cual, es evidente, no todos los dinosaurios se extinguieron, convivimos con muchos y los apreciamos.

Pero Robert Bakker es un personaje ampliamente conocido no sólo por su extraordinaria capacidad como paleontólogo, su claridad expositiva como divulgador y su capacidad para pensar las cosas desde puntos de vista novedosos, sino también por ser un ejemplo de profundo anticonvencionalismo. Identificado por su ruinoso sombrero de cowboy, su cola de caballo siempre descuidada y su enmarañada barba, el aspecto es sólo una expresión más de una forma personal y singular de ver la realidad.

En parte su independencia se debe a que no está limitado por los nombramientos académicos y la poítica de claustro. Tiene trabajos y apoyos diversos que le permiten ser esa extraña especie llamada “científico independiente”, y trabajar con menos trabas que sus colegas. Durante más de 30 años ha estado excavando una cantera de fósiles de dinosaurio en Wyoming, donde ha hecho importantes descubrimientos como el único cráneo completo de brontosaurio que se ha encontrado hasta hoy. Y en el proceso se ha dado tiempo para escribir una novela narrada desde el punto de vista de un dinosaurio experto en artes marciales, o una dinosauria, para ser exactos, una hembra de utahraptor.

Documentalista, divulgador, dibujante y novelista, su presencia es tan imponente que Steven Spielberg, que lo tuvo como consultor en Parque Jurásico, lo utilizó como base del personaje ·Dr. Robert Burke” en la segunda parte de la serie, El mundo perdido, donde, por cierto, es devorado por un Tyrannosaurus Rex.

Lo cual, por otra parte, quizás fuera un fin adecuado para el hombre que, con su herejía paleontológica, nos devolvió la fascinación por esos animales que nos legaron el planeta.

Decirlo en lenguaje común

El Doctor Bob Bakker es opositor también del lenguaje académico que, considera, es alienante para las personas que aman a los dinosaurios sin ser científicos. “Hay algunas personas”, dice Bakker, “que piensan que no debemos hablar en lenguaje llano. Yo estoy contra el lenguaje técnico, totalmente contra él. Con frecuencia es una cortina de humo para ocultar un pensamiento descuidado”.

La revolución del cuidado parental

Reconstrucción de nido de maiasaurus
(CC Wikimedia Commons)
A lo largo de la evolución de la vida han aparecido varias formas de cuidado de las crías que mejoran las probabilidades de supervivencia de la especie y que nos permiten aproximarnos al complejo concepto de “el otro como yo”.

En 1924, Henry Fairfield Osborn describió un fósil de dinosaurio descubierto por el paleontólogo Roy Chapman en Mongolia, que había dado a su descubrimiento el nombre de oviraptor, que significa “ladrón de huevos” por encontrarse el cráneo del animal muy cerca de un nido de huevos que se pensó eran de otro dinosaurio llamado protoceratops. La disposición de los huesos fosilizados sugería que la muerte había encontrado al oviraptor en el proceso de rapiña de las crías no eclosionadas de otra especie, pero el propio Osborn advirtió que el nombre podía ser engañoso.

Y lo era.

La idea de que los dinosaurios no cuidaban de sus crías, influyó en la reconstrucción que hizo Chapman de la escena. Investigaciones posteriores demostraron que los huevos que yacían junto al cráneo de ese dinosaurio con aspecto que recordaba a un pavo eran de su propia especie. Con este dato, la interpretación se transformó radicalmente: lo que había encontrado Chapman no era un momento de ataque rapaz, sino la escena de un desastre en el que la muerte sorprendió a una madre cuidando de sus huevos hace 75 millones de años.

Una gran diferencia de concepto del ser humano sobre los dinosaurios media así entre el supuestamente malvado oviraptor y el “maiasaurio” o “dinosaurio buena madre” descubierto y bautizado en los años 60-70 por Jack Horner, el paleontólogo que asesoró Parque Jurásico.

El comportamiento de cuidado de las crías es una apuesta razonable desde el punto de vista de la evolución como alternativa a lanzar miles o millones de crías al mundo sin protección alguna, como es el caso de las tortugas marinas. El nacimiento masivo y sincronizado de miles y miles de tortuguitas marinas tiene por objeto que unas pocas lleguen al mar mientras la mayoría se convierte en alimento los depredadores. Pero el mar tampoco está exento de peligros, y por ello se calcula que por cada mil huevos depositados por las tortugas marinas, sólo llega una tortuga a la edad adulta.

El cuidado de las crías adquiere formas singulares entre los insectos sociales, que tienen numerosos individuos para cuidar, defender y alimentar a las crías. Una colmena de abejas, así, puede ser vista como una maternidad gigante, donde todos los individuos trabajan para garantizar que las crías sobrevivan: cada celdilla del panal es una incubadora con una cría, que es cuidada, defendida y alimentada por toda la colmena hasta que finaliza su estado larvario y puede asumir su propio puesto como coadyuvante de la siguiente generación.

La diferencia entre el comportamiento paternal de las abejas y el de animales con los que sentimos una mayor cercanía como otros mamíferos o las aves, es notable, pero hace lo mismo: emplear el cuerpo y comportamiento de los adultos en favor de la supervivencia de las crías.

Los sistemas de cuidado de las crías conforman comportamientos extremadamente complejos que aún no se comprenden del todo pese a los enormes avances que se han realizado en los últimos años. Cuidar a las crías exige una enorme serie de habilidades, entre ellas la capacidad de identificar y reconocer a las propias crías. Esto no es un problema entre los animales solitarios o en pareja, pero en colonias como las de los pingüinos en la Antártida, cada pareja debe ser capaz de distinguir a su cría de todas las demás, y lo hacen con una asombrosa precisión.

Las aves que cuidan a sus crías solas o en parejas pueden estar razonablemente seguras de que lo que hay en su nido son sus crías, certeza que por otro lado deja el hogar abierto a los ataques de parásitos como el cuclillo, que deposita sus huevos en los nidos de sus víctimas para que éstas sean las que hagan la inversión en cuidado, alimentación y defensa. Al cuclillo le basta camuflar sus huevos como los de sus víctimas, pues una vez eclosionado el huevo, los engañados padres actuarán sin reconocer la diferencia entre el cuclillo y sus crías, lo que puede llevar a que aves relativamente pequeñas se agoten alimentando a crías de cuclillo comparativamente gigantescas.

Así, el animal debe reconocer que una cría es, primero, miembro de su especie, segundo, que es una cría, uno “de los suyos” pero en forma juvenil, es decir, que no es un rival, un depredador, un atacante.

Entre los vertebrados que cuidan a sus crías existe un aspecto “de cría” al que todos somos sensibles: cabeza grande y redondeada, ojos grandes, nariz y boca pequeñas, cuerpo con formas redondas y, con frecuencia, piel, pelo o plumaje en extremo suaves. Este aspecto lo podemos ver no sólo en patos, perros, leones o niños, sino también en los juguetes y dibujos que, al acentuar los elementos “infantiles”, nos provocan sentimientos de ternura y una proclividad a la protección. Un oso de peluche con proporciones de bebé y grandes ojos tristes nos provoca una reacción mucho más positiva que un oso de peluche con las proporciones de un verdadero oso adulto.

Lo que llamamos “instinto materno” es en realidad “instinto parental” pues está presente tanto en el macho como en la hembra de nuestra especie, cosa que no ocurre en especies donde el cuidado de las crías ha quedado en manos sólo de las hembras o, en casos desusados como el del caballito de mar, en los machos.

Lo más relevante, quizá, es que el comportamiento parental, como salto notable en la evolución de distintos tipos de animales, no es sino el inicio de lo que conocemos como altruismo. La capacidad de reconocer a otro ser como similar o igual a nosotros, primero a nuestras crías, luego a otros adultos, es para muchos el inicio de la verdadera ética e, incluso, de la posibilidad de una mejor política humana.

La gran revolución que implica el cuidado de las crías, su reconocimiento y su defensa es, también, que nos da a los humanos la capacidad de ver y comprender conscientemente, que hay valores por encima de nuestro más elemental egoísmo. Y no es poco.

Química, entre otras cosas

De entre los muchos factores de los que depende el desarrollo del instinto maternal, uno al menos es tan aparentemente frío como la presencia de la sustancia llamada oxitocina cuya presencia en el cuerpo de la madre aumenta cuando el bebé estimula el pezón durante la lactancia. La oxitocina está implicada en el proceso de liberación de leche por parte de la glándula mamaria, pero también tiene efectos sedanets y de disminución de la ansiedad en la madre. Estudios resumidos en 2003 sugieren que la oxitocina y el contacto de piel con piel entre la madre y el bebé estimulan su lazo de unión y la compleja y singular relación que establecen.