Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

agosto 23, 2006

Dormir, tal vez soñar

Pasamos la tercera parte de nuestra vida durmiendo, y sin embargo apenas estamos averiguando lo que ocurre en esas horas de silencio.

El sueño es un estado peculiar: no estamos inconscientes, pero se reduce notablemente nuestra sensibilidad a los estímulos externos; nuestros movimientos voluntarios se cancelan, aumenta el anabolismo (la creación de estructuras celulares) y disminuye el catabolismo (la destrucción de las mismas). Dormir no es, sin embargo, un acto peculiarmente humano. Todos los mamíferos, aves y peces duermen, de distintas maneras. y al menos los mamíferos superiores exhiben comportamientos y ofrecen mediciones que nos hacen suponer que experimentan alguna forma de ensoñación. Quien haya visto a su perro mover las patas como si corriera jadeando mientras duerme, no puede evitar pensar que está soñando en perseguir a una liebre o cosa similar.

Durante gran parte de la historia, el acto de dormir fue un profundo misterio. ¿Por qué en un momento dado nos vemos agobiados por la necesidad de quedar dormidos, indefensos, durante largas horas? ¿Qué es ese estado peculiar que se parece a la muerte? ¿Qué pasa con la personalidad durante ese tiempo? No deja de ser llamativo que el sueño sea una necesidad tan apremiante y tan poderosa que puede uno ver soldados durmiendo en el fragor de una batalla, cuando el cansancio los había vencido con más eficacia que el enemigo. Por otra parte, a los sueños en sí (que los científicos llaman "ensoñaciones" por cuestiones de claridad) se les consideró "revelaciones", "comunicaciones con los dioses o con el mundo de los muertos", "visiones proféticas", "tentaciones del diablo" y muchas cosas más.

Pero, además, la falta de sueño puede ser muy peligrosa. El no dormir lo suficiente de manera continuada, según algunas investigaciones publicadas sólo durante 2006, puede ser responsable de un aumento en el riesgo de ciertos tipos de obesidad, hacer menos confiable la memoria, reducir la confiablidad de los conductores, perjudicar nuestra capacidad de tomar decisiones correctas, reducir la disposición al aprendizaje, aumentar la tendencia a la hipertensión arterial y ocasionarnos muchísimos otros problemas.

El estudio científico y riguroso del sueño y de las ensoñaciones no comenzó sin embargo sino hasta el siglo XX, con herramientas como el electroencefalógrafo, que nos permite ver, así sea mínimamente y de modo más bien confuso, parte del funcionamiento del cerebro humano. Esta y otras formas de observación nos han permitido identificar cinco etapas del sueño. La quinta es la llamada "REM", por las siglas en inglés de "movimiento rápido de los ojos", y que ocurre sobre todo en el último tercio de la noche, ya que la caracteriza el rápido movimiento de los ojos detrás de los párpados, algo que no ocurre en las primeras cuatro, llamadas por ello "no-REM". Las etapas de sueño REM y no-REM se suceden continuamente durante la noche en ciclos de aproximadamente 90 minutos. La primera, la de somnolencia, ocurre cuando estamos quedándonos dormidos, y durante ella ocurren las alucinaciones hipnagógicas, sensaciones que parecen reales (por ejemplo, muchas historias de fantasmas y de secuestros por parte de supuestos extraterrestres son claramente alucinaciones de este tipo, que incluyen sensaciones de parálisis y desamparo). En la segunda etapa desaparece la conciencia del mundo externo y cae el tono muscular; está presente durante más de la mitad del período de sueño. La tercera es considerada una transición hacia la cuarta y no ocupa ni el 10% del tiempo de sueño. La cuarta es el "sueño profundo" porque es muy difícil despertar de él al sujeto, y es la etapa en la que ocurren episodios de terror nocturno, de mojar la cama y de sonambulismo, y ocupa alrededor del 10% del período de sueño.

Anteriormente, se pensaba que las ensoñaciones sólo se presentaban durante el sueño REM, pero ahora se sabe que también las hay durante las otras cuatro etapas, aunque es en la etapa REM donde suele haber más sueños visuales y profundamente estrafalarios, absurdos y al azar, los que más identificamos precisamente con la ensoñación.

El significado mismo de las ensoñaciones aún es materia de debate, en parte por su carácter esencialmente subjetivo. Hay desde hipótesis que indican que las sensaciones que percibimos son sólo un intento del cerebro por darle sentido a una serie de descargas aleatorias y sin significado intrínseco, como tratamos de encontrar caras en formaciones al azar. Esta hipótesis estaría al otro extremo de quienes aún creen que los sueños son una puerta hacia aspectos especiales o relevantes de nuestra personalidad o emociones. Entre ambos extremos, abundan las propuestas, pero aún estamos lejos de tener respuestas sólidas y confiables.

Las alteraciones del sueño "normal", definido como aproximadamente ocho horas diarias de reposo continuo, pueden interferir gravemente con la vida normal. El insomnio, la más frecuente de ellas, produce graves alteraciones físicas y, sobre todo, emocionales. Su extremo contrario es la narcolepsia, que hace que sus víctimas se queden dormidas inevitablemente en cualquier momento, incluso, por poner ejemplos especialmente peligrosos, mientras están cocinando o bajando escaleras. Las pesadillas recurrentes, las alucinaciones hipnagógicas (y su contraparte, las hipnopómpicas, similares a las anteriores, pero que ocurren en la transición que se da al despertarnos), el bruxismo (rechinar los dientes durante el sueño), las sacudidas de las piernas (que resultan en darle patadas al compañero de cama), los ronquidos excesivos, los terrores nocturnos y el temido jet lag o desincronosis, son áreas en las que se sigue investigando pero cuyos efectos desagradables son conocidos por prácticamente todos nosotros.

Si según Calderón la vida es sueño, de lo que cada vez hay menos dudas es de que el sueño, un sueño suficiente y de calidad, es vida. Y sin necesidad de buscarle siquiera significados más allá de lo razonable.

La ciencia de la siesta


En junio de este año, el Dr. Denis Burdakov, de la Facultad de Ciencias de la Vida de la Universidad de Manchester informó de la identificación del mecanismo que nos produce somnolencia después de comer, es decir, lo que invita a la siesta, costumbre extendida entre muchos animales además del ser humano. En líneas generales, el aumento de la glucosa en sangre que se da después de la comida bloquea o inhibe a las neuronas que producen ciertas proteínas, llamadas orexinas, cuya función es regular nuestro estado de conciencia. Es decir, nuestro organismo está diseñado para tener sueño después de comer. Y esto también explica por qué es difícil conciliar el sueño cuando se tiene hambre.

No dormir siesta podría ser, al fin y al cabo, antinatural.

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