Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

abril 11, 2007

La utilidad del dolor

El dolor es bueno, pero no tanto como se creía en el pasado, y es malo, pero no tan malo como a veces lo proclama la cultura popular. Pero sobre todo, es necesario.

No resulta fácil ver al dolor como un elemento útil, de hecho indispensable, de nuestra evolución como especie y de nuestra vida como individuos. Pero quizá la mejor forma de hacerlo es imaginarnos que el dolor simplemente no existiera. Así, por ejemplo, podríamos clavarnos un vidrio en un pie y seguir caminando sin sentir ninguna incomodidad, destruyendo aún más tejido del que se dañó en el primer momento. Podríamos quemarnos sin darnos cuenta, sufrir una grave infección, envenenarnos o rompernos un hueso y seguir usando la extremidad afectada con riesgo de causarle un desperfecto aún mayor o, incluso, irreparable.

Por desagradable, molesto y odioso que resulte, el dolor es un sistema sin el cual no podríamos sobrevivir fácilmente. El dolor nos informa que algo anda mal, y que debemos prestarle atención a alguna parte de nuestro cuerpo, o bien que no debemos utilizarla por estar dañada y en proceso de curación o cicatrización. Los encargados de este sistema de alarma por todo nuestro cuerpo son los nociceptores, neuronas especializadas en la recepción y transmisión de los estímulos dolorosos. Hay distintos tipos de nociceptores que reaccionan ante temperaturas muy altas o muy bajas, presión fuerte como la que se produce por golpes o cortes, y que actúan con frecuencia para provocar reflejos de protección (como retirar la zona dolorida de la causa del dolor), estimulación química o por la presencia de inflamación a su alrededor. Incluso algunos nociceptores no provocan la sensación que llamamos dolor, por ejemplo, al ser estimulados, los nociceptores situados en los pulmones provocan tos.

Los estímulos dolorosos se disparan por la presencia de una serie de sustancias químicas, la llamada "sopa inflamatoria", una mezcla ácida formada por prostaglandinas y potasio, que liberan las células dañadas, serotonina liberada por las plaquetas sanguíneas que entran en acción para coagular la sangre en las heridas, bradiquinina liberada por el plasma sanguíneo e histamina, liberada por los mastocitos, células implicadas en la cicatrización y defensa contra patógenos. Los impulsos nerviosos enviados por los nociceptores se transmiten por distintas vías a través de la médula espinal hacia el encéfalo, especialmente hacia el tálamo, que a su vez lanza impulsos hacia las zonas del cerebro encargadas del estado de alerta y las emociones, todo lo cual lleva a ese estado llamado dolor.

Una vez que sabemos que algo nos está dañando y hemos dado los pasos necesarios para evitar daños posteriores y curar los daños ya causados, el dolor no desaparece automáticamente, y se puede convertir en un problema por sí mismo. Algunos tipos de dolor parecen poco útiles (como el dolor de muelas o el que se puede producir en las uñas), o especialmente intensos sin que se pueda hacer nada para evitar su causa (como ocurre en el cáncer) y existe además el "dolor crónico", una afección en la que la sensación de dolor en una persona es duradera, intensa e incómoda, sin un origen preciso. Todo ello ha llevado al hombre a luchar contra el dolor utilizando los medios a su alcance, principalmente de carácter químico.

Al menos desde la época neolítica ya encontramos indicios del uso de la amapola opiáciea o Papaver somniferum en Europa, y la planta está presente en todas las civilizaciones antiguas, desde la sumeria hasta la griega, junto con la mandrágora, la belladona y la mariguana. Sin embargo, durante siglos la lucha contra el dolor convivió con la idea de que el dolor es "bueno", ya sea porque agrada a alguna deidad o bien porque demuestra la "potencia" o "eficacia" de alguna actividad curativa. En todo caso, no es sino hasta el siglo XVIII cuando comienza la búsqueda real del conocimiento acerca del dolor y de su control, con un primer logro en 1803 cuando Friedrich Willhelm Sertürner aisló a partir del opio los cristales de lo que llamó "morfina", uno de los más potentes analgésicos conocidos. Más o menos al mismo tiempo se exploraban las capacidades anestésicas del óxido nitroso y el éter, llevando a que en 1840 William Thomas Green Morton hiciera la primera demostración pública de una cirugía con anestesia a partir de éter. Poco después, James Young Simpson sustituiría el éter por cloroformo después de experimentar con diversos compuestos, y para 1880 la anestesia se había convertido en parte de la cirugía, lo que sirve para recordar que, hasta entonces, todas las intervenciones quirúrgicas, incluidas las amputaciones, las incisiones cesáreas y otras se realizaban sin anestesia y apenas con algún apoyo analgésico como el que podían ofrecer grandes ingestas de alcohol.

Fue hacia fines del siglo XIX cuando comenzó a estudiarse seriamente la fisiología del dolor y se empezaron a proponer diversos modelos médicos a partir del creciente conocimiento acerca del sistema nervioso. El concepto mismo de "nocicepción" o percepción de los estímulos dañinos fue propuesto apenas en 1898 por el fisiólogo británico Charles Scott Sherrington. Los conocimientos fueron demostrando que el dolor es el sistema de alarma del cuerpo, no un mecanismo de castigo, de curación ni de expiación ennoblecedora, permitiendo la aparición de diversas sustancias analgésicas, desde la aspirina hasta modernos compuestos como el paracetamol, el ibuprofeno y los analgésicos no esteroideos. Los avances en las neurociencias han determinado que la efectividad del opio y sus derivados se debe a que nuestro sistema nervioso reacciona a ese tipo de moléculas por su parecido con las propias sustancias contra el dolor y la depresión que produce nuestro propio cuerpo, las endorfinas llamadas también "opiáceos". Hoy, continúa la búsqueda por tener mejores analgésicos con menos problemas secundarios de los que tienen sustancias como la morfina. Como en muchas otras áreas del cerebro, estamos apenas empezando a conocer lo que ocurre en el órgano que nos hace ser nosotros.

El miembro fantasma


Entre el 50% y el 80% de las víctimas de amputaciones reportan sensaciones en el miembro amputado, o miembro fantasma, y muchos de ellos incluyen entre tales sensaciones la de dolor, en ocasiones de enorme intensidad. El tratamiento, a la fecha, implica el uso de antidepresivos, la destrucción de las neuronas nociceptoras que ya no van "a ninguna parte" al no existir el miembro que inervaban y la estimulación eléctrica de la médula espinal. Y cada vez más se utiliza la realidad virtual, a raíz de los descubrimientos del neurocientífico Vilayanur Ramachandran, que ha explorado el papel de la percepción psicológica en los miembros fantasmas, para que los amputados "muevan" el miembro dañado a posiciones cómodas e indoloras.

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