Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

febrero 23, 2008

Un universo ordenado

Isaac Newton, casi desconocido como persona, es uno de los más grandes genios y uno de los seres humanos que mayor influencia ha ejercido en la historia humana.

El día de navidad de 1642 (4 de enero de 1642 en el calendario actual) nacía en el pequeño poblado de Woolsthorpe, condado de Lincolnshire, en la costa oriental inglesa, un niño prematuro, hijo póstumo de un terrateniente analfabeta. A los tres años fue entregado a su abuela mientras su madre se casaba de nuevo y fundaba otra familia. Rechazado por su madre, odiando a su padrastro y pasando por una infancia infeliz y conflictiva, no había nada, como suele decirse, que indicara que el pequeño Isaac albergaba un genio capaz de hacer la luz sobre las leyes del universo.

La vuelta de su madre al morir su segundo marido en 1653 hizo volver al todavía niño Isaac de la escuela para encargarse de las tierras familiares, pero fue todo un fracaso como agricultor y volvió al colegio, con objeto de prepararse para entrar a Cambridge. Alumno brillante pero sin alardes demasiado destacados, y siempre con problemas emocionales, terminó su educación a los 18 años y a los 19 marchó a Cambridge, dejando atrás a la única novia que se le conocería. La venerable institución a la que llegó el joven y atormentado estudiante estaba por entonces dominada aún por las tradiciones escolásticas y la reverencia a Aristóteles, que no apasionaban a Newton. En examen en 1664 sobre la geometría de Euclides mostró graves lagunas, al mismo tiempo que estudiaba vigorosamente por su cuenta a pensadores menos tradicionales como Descartes (cuyas matemáticas le absorbían) y Hobbes, y a astrónomos revolucionarios y “peligrosos” como Galileo, Copérnico y Kepler. Estos serían los personajes a los que Newton se referiría cuando dijo en 1675: “Si he visto más lejos que otros, ha sido por estar de pie sobre hombros de gigantes”.

Graduado sin honores ni distinciones especiales en 1665, Newton volvió a su pueblo cuando Cambridge cerró sus puertas a causa de la peste, para abrirlas de nuevo hasta 1667. El joven se dedicó a estudios que se convertirían en asombrosas aportaciones para la ciencia. En sólo dieciocho meses (anticipando en cierta medida el “anno mirabilis” o “año de las maravillas de Einstein”, que en 1905 publicó cuatro artículos que cambiaron el mundo), Isaac Newton descubrió las ley del inverso del cuadrado, desarrolló el cálculo infinitesimal, generalizó el teorema del binomio, estableció las bases de su teoría de la luz y el color y avanzó de modo significativo en su comprensión del movimiento de los planetas que devendría en las leyes de la gravitación. Al término de este período, el personaje que volvió a Cambridge cuando la universidad reabrió sus puertas era otro, quizá con más claridad en sus intereses, que consiguió una beca menor, finalizó su maestría un año después y en 1669, a los 26 años de edad, obtuvo la cátedra lucasiana de matemáticas (hoy ocupada por Stephen Hawking), que representaba la tranquilidad profesional y económica, y una avenida para dedicar gran cantidad de tiempo a pensar, descubrir y crear. Newton envía entonces al editor su obra sobre cálculo de ecuaciones con números infinitos, que abriría el camino para el cálculo diferencial e integral, base de las matemáticas actuales.

De 1670 a 1672 se ocupa principalmente de la luz, demostrando que la luz blanca está compuesta por todos los colores del espectro, y desarrolla la teoría del color que demostró que el color es una propiedad de la luz y no de los objetos que la reflejan, además de inventar el telescopio de reflexión, el más común telescopio óptico desde entonces. En 1675 publica su Hipótesis sobre la luz, a contracorriente de sus contemporáneos que sostenían otras ideas y atacaron con bastante violencia a Newton. Autor de la frase “el tacto es la capacidad de hacer una afirmación sin hacerse de un enemigo”, Newton no gustaba de enfrentamientos y publicaba sin mucha convicción, por lo cual usó la reacción contra su obra como motivo para no publicar más sus obras mayores, compromiso que sostuvo hasta 1687. Esto significó que la difusión de su obra se daría en comunicaciones privadas con otros estudiosos. En 1676 le comunicó a Henry Oldenburg por carta el teorema del binomio que había desarrollado 10 años atrás, estableciendo por ello correspondencia con el matemático alemán Leibnitz. Varios astrónomos revolucionarios como Edmond Halley conocieron los méritos de Newton en el conocimiento de los movimientos de los cuerpos celestes, y fue este último el que se esforzó por conseguir que Newton aceptara publicar su libro Philosophiae naturalis principia mathematica, mejor conocido como los Principia con los que estableció los nuevos cimientos de las matemáticas y la física.

En 1689, dos años después de la publicación de esta obra esencial, Newton obtuvo un escaño como miembro del Parlamento, en el que, dice la leyenda, su única intervención fue para pedir que abrieran una ventana, y se ocupó de la química, la hidrodinámica y la construcción de telescopios, además de disciplinas menos precisas como la alquimia, el ocultismo y los estudios literalistas bíblicos, y finalmente abandonó Cambridge para aceptar el puesto de director de la casa de moneda, fue hecho caballero por la reina Ana y después de una larga enfermedad murió en 1727, a los 85 años de edad.

Los últimos años de la vida del genio británico se vieron ocupados por la renovación del sistema monetario británico, una excentricidad cada vez mayor y una feroz controversia con Leibnitz sobre la paternidad genuina del cálculo diferencial e integral, un enfrentamiento amargo que no terminó siquiera con la muerte de los matemáticos, pues seguía presente a fines del siglo XVIII, recordándonos que esos hombres de pensamiento genial y visión amplísima sobre el universo no dejan, por ello, de ser humanos, con las mismas pasiones y penurias que cualquiera de nosotros.

Hoy en día, los historiadores de la ciencia aceptan que Leibnitz y Newton muy probablemente desarrollaron el concepto independientemente.

El síndrome de Asperger

Investigadores de las universidades de Cambridge y Oxford concluyeron en 2003 que, probablemente, los dos máximos genios conocidos, Isaac Newton y Albert Einstein, sufrieron una forma de síndrome de Asperger, una de las formas del autismo, caracterizada por una falta de habilidades sociales, obsesión con temas complejos y problemas de comunicación. Se sabe que Newton casi no hablaba, se obsesionaba tanto con el trabajo que solía olvidarse de comer y era tibio o incluso desagradable con sus pocos amigos. Si bien esto no vuelve genios a todos los pacientes de Asperger, sí les da esperanzas de encontrar su lugar bajo el sol.

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