Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

mayo 31, 2008

Phoenix: la aventura marciana

Un capítulo más de la búsqueda real, científica y cuidadosa de vida originada fuera de nuestro planeta.

Phoenix, la más reciente sonda robótica de la NASA para explorar Marte, se posó en el ártico marciano el domingo 25 de mayo habiendo sido lanzada el 4 de agosto de 2007. Su viaje constó fundamentalmente de una intensa aceleración seguida de un recorrido silencioso y plácido que hacia el final del recorrido se precipitó a lo que los creadores de la sonda llamaron, sin más, “siete minutos de terror” antes de que la nave llegara a posarse en suelo del planeta rojo.

Estos momentos de angustia se debían al procedimiento que la nave debía seguir para aterrizar. Primero, usó su escudo de calor para frenar aprovechando la fricción de la atmósfera marciana. Después, debía abrir un enorme paracaídas para seguir frenando durante cuatro minutos y, finalmente, iniciaría el disparo secuencial de 12 retrocohetes cuya misión sería frenar la nave hasta una velocidad de unos ocho kilómetros por minuto, lo cual le permitiría aterrizar sin destrozarse. El riesgo y la incertidumbre se debían a que muchas cosas podían fallar, y podían presentarse imprevistos que no se pudieron imaginar en la Tierra, pero los controladores de nuestro planeta poco podrían hacer, ya que el tiempo que tardan en llegarnos las señales de nuestras naves en Marte es de 20 minutos en promedio, de modo que para cuando el control de tierra supiera que había un problema, sería demasiado tarde para reaccionar, sin contar con que la orden de reacción que se pudiera enviar tardaría otro tanto en llegar a Marte.

Las últimas sondas que habían utilizado con éxito un sistema de retrocohetes para posarse en suelo marciano fueron las Viking 1 y 2, enviadas en 1975 y que aterrizaron en Marte en 1976. El fracaso de misiones como la del Mars Polar Lander hizo que se privilegiara el uso de bolsas de aire como amortiguadores de las caídas en lugar de retrocohetes en misiones como las de la sonda Pathfinder y los vehículos de exploración Spirit y Opportunity. Pero el uso de bolsas de aire presenta una limitación en cuanto al peso que puede tener razonablemente la sonda que protegen. Cuando es muy grande, el peso que deben tener las bolsas de aire limita la cantidad de equipo científico que pueden llevar, y dado que la sonda Phoenix tiene por objeto la búsqueda de entornos adecuados para la presencia de vida microscópica o microbiana, el uso de bolsas de aire no era razonable. De allí los siete minutos de terror que, ahora lo sabemos, superó con éxito el robot.

No es un logro nada despreciable, es la sexta nave que se posa exitosamente en Marte de un total de 12 que se han enviado con ese objetivo, y la primera que lo hace empleando retrocohetes (un sistema llamado “estático”) desde la Viking 2.

Dado este historial, no es extraño que algunas personas se pregunten qué hace que estos esfuerzos merezcan la pena. Cierto, para otras personas, las imágenes enviadas por las sondas robóticas son más que suficiente para justificar todo el gasto y el empeño: ver a un aparato construido por frágiles seres humanos estudiando en nuestro nombre y representación un planeta completamente distinto es una buena lección sobre lo que puede hacer el ser humano cuando se concentra en esfuerzos positivos y creadores.

Pero hay más. Marte podría albergar, y cada vez es más probable, importantes claves para entender el origen de la vida.

Marte ha fascinado a la humanidad desde que sabemos, por su singular color rojo que lo distingue en el cielo nocturno. Las primeras observaciones telescópicas del planeta mostraron cambios de color que se atribuyeron a vegetación estacional, y una ilusión óptica debida a la baja resolución de los telescopios hizo parecer que tenía líneas en su superficie que se interpretaron como canales de agua o caminos, lo que animó la creencia de que había vida en Marte, tema que retomó prontamente la ciencia ficción, primero en forma de literatura y después en el cine.

Pero si no había plantas estacionales ni canales, el estudio de Marte desde 1962, cuando fue visitado por el Marte 1, estación interplanetaria automática de la extinta Unión Soviética, nos ha ido revelando hechos que permiten suponer que nuestro planeta vecino es un excelente candidato para albergar vida, aunque ésta sea probablemente microscópica y no conforme la poética civilización a la que diera vida Ray Bradbury en su libro de cuentos Crónicas marcianas.

Marte tiene aproximadamente la mitad del radio de la Tierra y una décima parte de su masa. Su superficie está cubierta de fino polvo de óxido de hierro que le da su característico color rojo. Aunque debido a la baja presión atmosférica de Marte (en promedio de menos de 1% de la media terrestre) en su superficie no puede existir agua en estado líquido salvo durante breves períodos en las zonas más bajas del planeta, está presente en grandes cantidades en los glaciares que existen en ambos polos, además de que hay datos según los cuales bajo la superficie marciana hay grandes cantidades de agua congelada que se funde cuando hay actividad volcánica. Existen diversos escenarios hipotéticos que afirman, o rechazan, la presencia de gran cantidad de agua en Marte, e investigaciones como las que realizará la Phoenix tienen por objeto aclarar el panorama y, quizá, incluso descubrir la primera evidencia incontrovertible de vida extraterrestre.

La sonda Phoenix tiene dos objetivos, el primero es precisamente estudiar la historia geológica del agua en el planeta y la segunda es buscar una zona habitable que puede existir en el punto donde se encuentran el suelo y el hielo. La nave tiene previsto realizar su misión principal en los 92 días (90 días marcianos) posteriores a su aterrizaje. Después, comenzará el invierno marciano y aunque los encargados de la misión desean que la misión dure más de lo previsto, como ha ocurrido con otras misiones a Marte, saben que es difícil que ello ocurra por las bajas temperaturas que enfrentará su aparato. Así que en tres meses podríamos saber si hay agua – y vida – en Marte.

La misión tripulada a Marte


Para los entusiastas de la exploración espacial, es el siguiente paso lógico, pero el elevado coste que tendría (simplemente pensemos en la cantidad de alimentos y aire que debería llevar la nave para mantener vivos a los astronautas durante 18 meses de viaje más el tiempo que pasen en Marte) es un serio obstáculo a lo que podría ser una nueva carrera de gran interés científico y tecnológico. El programa Visions de los Estados Unidos piensa en el envío de una misión a Marte para el año 2037, mientras que el programa Aurora de la Agencia Espacial Europea tiene la idea de poner en marcha su misión tripulada a Marte en 2030, y algunos conceptos rusos hablan de misiones entre 2016 y 2020.

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