Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

junio 06, 2009

Toxinas: riesgos y mitos

Los medios de comunicación, la publicidad y el boca a boca de nuestros tiempos en ocasiones consagran supuestos peligros contra la salud que tal vez no merecen tanta atención.

El veneno de la cobra (Naja naja) es una
potente toxina real.
(Foto CC-BY-2.5 de Saleem Hameed
via Wikimedia Commons)
La mordida de una víbora de cascabel, el envenenamiento por botulismo y el asesinato de un opositor búlgaro con una bola de metal impregnada en ricina y rocambolescamente disparada por un agente secreto mediante un paraguas tienen en común el que las sustancias activas que dañan a sus víctimas son, todas, producto de la actividad biológica, venenos hechos por seres vivos.

Una gran cantidad de los innumerables compuestos químicos que se encuentran a nuestro alrededor pueden alterar de modo perjudicial la actividad de nuestro cuerpo a nivel químico si los absorbemos en cantidades suficientes, son los venenos. Cuando el veneno es producido por un ser vivo, se llama “toxina”.

En sentido estricto, las toxinas son pequeñas moléculas, péptidos o proteínas producidas por acción biológica que causan daños concretos en la víctima. Una gran cantidad de seres vivos producen toxinas para su defensa o para cazar, o como resultado de sus procesos digestivos en forma de desechos y dichas toxinas pueden ser de una enorme potencia y de una refinada capacidad para atacar los órganos o procesos vitales esenciales de las víctimas.

Así, por ejemplo, la familia de las neurotoxinas ataca a la víctima alterando de manera radical el funcionamiento de su sistema nervioso. El temido tétanos, provocado por la bacteria anaerobia Clostridium tetani, es resultado de una toxina similar a la estricnina que produce esta bacteria como resultado de su actividad metabólica: la exotoxina tetanopasmina. Cuando esta toxina llega a las neuronas motoras del sistema nervioso central, inhibe o impide que produzcan algunas sustancias neurotransmisoras, lo que lleva a las temidas contracciones musculares y la parálisis que conducen a la muerte de la víctima.

De modo sorprendente, la más letal de todas las toxinas conocidas es una neurotoxina producida no por un insecto o reptil venenoso, sino por dos familias de diminutas ranas centro y sudamericanas de brillantes colores, las Phyllobates y Dendrobates, especialmente la llamada “dardo venenoso” o Phyllobates terribilis, de apenas 5 cm. La rana dardo lleva consigo aproximadamente 1 miligramo, que bastaría para matar a entre 10 y 20 seres humanos o dos elefantes machos africanos.

Existen igualmente toxinas que atacan a la sangre, impidiendo su coagulación, y destruyendo la piel, toxinas que provocan intensos dolores, las que provocan necrosis o muerte de tejidos, otras que aceleran el pulso y la presión arterial provocando asfixia, las que atacan al corazón paralizándolo y otras varias. Cada una de estas características identifica algunas de las toxinas que conocemos en el mundo viviente, desde el veneno de las abejas hasta la toxina que puede matar a quienes disfrutan de sushi preparado con el temido pez globo o quienes inadvertidamente comen una seta tóxica como la temida y mortal Amanita phalloides.

La primera línea de batalla contra las toxinas pasa por el propio cuerpo de la víctima. La acción enzimática del hígado, en nuestro caso, puede destruir, y de hecho lo hace, muchas toxinas antes de que puedan causarnos daños.

En otros casos, es necesario aplicar antitoxinas, que son anticuerpos producidos masivamente, como ocurre con los los anticrotálicos, que neutralizan el veneno de las víboras de cascabel. Se trata, en este caso, de una inmunoglobulina obtenida de suero de caballos a los que se les aplican dosis crecientes pero no perjudiciales de veneno de víbora de cascabel de modo que generen anticuerpos en grandes cantidades.

Los anticuerpos producidos en laboratorio se pueden emplear, igualmente, para generar en nosotros una inmunidad preventiva a ciertas toxinas, como en el caso de la toxina antitetánica, algo especialmente importante cuando, como ocurre con el tétanos, no existe una antitoxina para combatirlo una vez que se ha manifestado en el organismo, de modo que esta afección, como el botulismo, son ineludiblemente mortales.

La preocupación genuina por el riesgo que presentan las verdaderas toxinas, los venenos de origen viviente que conocemos, cuya estructura química podemos describir, cuya acción en nuestro organismo es conocida y cuya prevención o cura en muchos casos se ha podido desarrollar, no resulta sin embargo útil en el caso de otras toxinas más o menos misteriosas.

Los medios de comunicación, la publicidad y el boca a boca hablan con frecuencia de “toxinas” que nos amenazan y que incluso pueden acumularse en nuestro cuerpo con funestas consecuencias. Esta afirmación se encuentra, con gran frecuencia, entre los practicantes o comerciantes de diversas prácticas pseudomédicas llamadas en general “medicinas alternativas”.

Estas prácticas consideran que hay sustancias tóxicas que nuestro organismo, por alguna deficiencia no especificada, no puede eliminar y que nos ponen en grave riesgo. Por ello, recomiendan la “desintoxicación” frecuente con una serie de prácticas que van desde lo inocuo hasta lo altamente peligroso, desde la ingestión de productos hasta la práctica de violentas lavativas rebautizadas como “hidroterapia del colon”.

Sin embargo, los practicantes de estas disciplinas nunca han podido caracterizar dichas toxinas, es decir, no pueden informar dónde se encuentran, qué composición química tienen, cómo se originan, cómo se acumulan, cómo sabemos que una persona las ha acumulado o no y, mucho menos, pueden demostrar cómo las prácticas que recomiendan pudieran, efectivamente, obligar a nuestro organismo a finalmente eliminarlas.

La fisiología y la medicina nos dicen que nuestro cuerpo tiene sistemas sumamente eficaces para descartar sus desechos, desde las enzimas hepáticas hasta el sistema urinario y digestivo. Del mismo modo, nos ha demostrado que nadie acumula toxinas ni desechos salvo en casos médicamente relevantes como la diverticulitis intestinal. Quizá, entonces, valga la pena ser escépticos con quienes nos ofrecen vendernos productos, manipulaciones o sistemas más o menos mágicos para eliminar “toxinas” que ni siquiera pueden demostrar que estén allí. Si estuvieran, ciertamente nos enteraríamos con síntomas más allá de sentirnos nostálgicos e incómodos.


Las toxinas benéficas

Como en el caso de todos los venenos, una toxina no lo es a menos que exista en la cantidad o concentración suficiente para causar daño. La utilización controlada, médicamente comprobada y cuidadosamente supervisada de muchas toxinas es fuente de notables beneficios médicos, desde el uso de hemotoxinas para disminuir el índice de coagulación de la sangre hasta, más frívolamenet, la toxina botulínica usada en mínimas concentraciones para paralizar los músculos faciales, evitar arrugas y verse más joven.

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