Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

agosto 25, 2011

La ira de Newton

Sir Isaac Newton (1643-1727)
Isaac Newton
(Pintura D.P. de Sir Godfrey Kneller,
vía Wikimedia Commons)
El genial científico era un misántropo que albergó un odio extraño hacia sus colegas Leibnitz y Hooke

En 1944, el pediatra austríaco Hans Asperger describió un síndrome que compartían algunos de los niños que visitaban su consulta y que carecían de habilidades de comunicación no verbal (como la comprensión del lenguaje corporal y las expresiones faciales de la emoción), tenían una empatía limitada con los demás y eran torpes y patosos. Llamó a este síndrome “psicopatía autista”.

En 1994 quedó definido un diagnóstico para el ahora llamado Síndrome de Asperger dentro del espectro de trastornos autísticos, una gran categoría de comportamientos de leves a graves que popularmente se conocen como “autismo”. El Asperger se caracteriza por intereses obsesivos, dificultades para establecer relaciones sociales y problemas de comunicación.

En 2003, el profesor Simon Baron-Cohen, del departamento de Psicopatologías del Desarrollo de la Universidad de Cambridge y director del Centro de Investigación sobre Autismo, y el matemático Ioan James, de la Universidad de Oxford, declararon que probablemente, aunque el diagnóstico preciso es imposible, uno de los más grandes genios conocidos en la historia de la humanidad, Isaac Newton, había padecido Síndrome de Asperger.

Para los dos científicos, Newton parecía un caso perfecto de Asperger: hablaba muy poco, con frecuencia se concentraba tanto en su trabajo que se le olvidaba comer y era poco expresivo y malhumorado con los pocos, muy pocos amigos que tuvo. Cuando no se presentaba público a alguna de sus conferencias, las impartía igualmente, hablando a una sala vacía, y su depresión y rasgos paranoicos le causaron un colapso nervioso cuando tenía 50 años.

Otros, sin embargo, pensaron que los dos buenos científicos británicos, admiradores –imposible no serlo– del avasallador genio de Newton estaban de algún modo intentando justificar el lado hosco, antipático y difícil de una mente absolutamente privilegiada.

El niño de Navidad

Era el día de Navidad de 1642, en una Inglaterra que aún usaba el calendario juliano (en el calendario gregoriano actual, que el Reino Unido adoptó finalmente en 1752, la fecha es el 4 de enero de 1642) cuando en el pequeño poblado de Woolsthorpe, condado de Lincolnshire, nació un niño prematuro cuyo padre había muerto tres meses antes. Bautizado Isaac como su padre, un terrateniente que no supo nunca leer ni escribir, el pequeño Isaac fue pronto entregado a los cuidados de su abuela mientras su madre Hannah se casaba de nuevo y fundaba otra familia.

El pequeño Isaac creció así sintiendo el rechazo de su madre, odiando intensamente al nuevo marido de ésta y siendo, en general, infeliz y conflictivo, además de calificar de “chico raro” en la escuela. En lugar de las diversiones comunes de sus compañeritos, Isaac prefería diseñar ingenios mecánicos diversos: cometas, relojes de sol, relojes de agua. Se le conocía como un chico muy curioso sobre el mundo a su alrededor, pero no especialmente brillante, más bien en la parte baja de la tabla de notas.

Cuando tenía once años de edad, Isaac vio volver a su madre, viuda por segunda vez, que procedió a sacar al pequeño Isaac de la escuela donde lo habían puesto sus abuelos para que se encargara de las tierras familiares. Su actividad como cabeza de familia y agricultor resultó un desastre de proporciones, así que su madre no opuso objeciones cuando un tío de Isaac, académico en el Trinity College, sugirió que Isaac volviera a los estudios y se preparara para entrar a Cambridge.

Alumno brillante pero sin alardes demasiado destacados, y siempre con problemas emocionales, terminó su educación a los 18 años y a los 19 marchó a Cambridge, dejando atrás a la única novia que se le conocería, pues Newton adoptaría el celibato como forma de vida, dentro de la filosofía de que el “filósofo natural” (lo que hoy llamamos “científico”) debía ser una especie de sacerdote del conocimiento, entregado únicamente a la academia. Pero la venerable universidad no era aún un espacio de ciencia, y seguía dominada por las tradiciones escolásticas y la reverencia a Aristóteles que esperaban la explosión de la revolución científica para dejar de ser el pensamiento dominante. Y Newton se preparaba, sin saberlo, para ser una de las grandes luminarias de esa revolución, estudiando por su cuenta, a contracorriente de la universidad a pensadores audaces como René Descartes, que además de filósofo era un matemático cuyo trabajo fascinaba a Newton, a Thomas Hobbes, Pierre Gassendi y a astrónomos revolucionarios y “peligrosos” como Galileo, Copérnico y Kepler. Estos serían los personajes a los que Newton se referiría cuando dijo en 1675: “Si he visto más lejos que otros, ha sido por estar de pie sobre hombros de gigantes”.

La manzana de la discordia

Graduado sin honores ni distinciones especiales en 1665, Newton tuvo que volver a casa por última vez debido a un brote de peste bubónica que obligó a Cambridge a cerrar sus puertas para salvaguardar la salud de sus profesores y alumnos durante dos años.

Fueron dos de los más fructíferos años del genio de Newton. En la soledad que amaba y sin que su familia se arriesgara de nuevo a tratar de hacer de él un agricultor pasable, el joven se dedicó a estudios que se convertirían en asombrosas aportaciones para la ciencia. En sólo dieciocho meses, Isaac Newton descubrió las ley del inverso del cuadrado, desarrolló el cálculo infinitesimal, generalizó el teorema del binomio, estableció las bases de su teoría de la luz y el color y avanzó de modo significativo en su comprensión del movimiento de los planetas que devendría en las leyes de la gravitación.

Fue en esa época, en 1666, cuando ocurrió el incidente de la manzana, novelizado y ficcionalizado sin cesar. Pero ocurrió en realidad. William Stukeley, arqueólogo y biógrafo de Newton, cuenta que en una ocasión, tomando el té a la sombra de unos manzanos con el genio éste “me dijo que estaba exactamente en la misma situación como cuando antes apareció en su mente la noción de la gravitación. La causó la caída de una manzana, mientras él estaba en un ánimo contemplativo. ¿Por qué esa manzana siempre descendía perpendicularmente respecto del suelo?, pensó…”

Así que sí hubo manzana, aunque no le diera en la cabeza como quisieran los dibujos animados. Y esa manzana lo llevó a tratar de calcular la velocidad de la Luna y, desde allí, a formular las famosas Leyes de Newton.

El recién graduado que había dejado Cambridge al desatarse la peste volvió en 1667 convertido en un hombre con una clara visión de lo que deseaba lograr con su intelecto. Consiguió una beca menor, finalizó su maestría un año después y en 1669, a los 26 años de edad, obtuvo la cátedra lucasiana de matemáticas, que después ocuparían otros brillantes científicos como Charles Babbage, Paul Dirac o Stephen Hawking. La cátedra le daba una enorme tranquilidad profesional y económica, y el tiempo necesario para dedicarse a pensar, descubrir y crear, y decidió enviar al editor su obra sobre cálculo de ecuaciones con números infinitos, que abriría el camino al cálculo diferencial e integral, base de las matemáticas actuales.

No deja de ser llamativo que antes incluso de obtener su cátedra, en 1668, Newton ya hubiera inventado el telescopio reflector perfeccionado, que se utiliza hasta la fecha. De 1670 a 1672 se ocupó principalmente de la luz, demostrando que la luz blanca está compuesta por todos los colores del espectro, y desarrolló la teoría que demostraba que el color es una propiedad de la luz y no de los objetos que la reflejan. En 1675 publica su Hipótesis sobre la luz, a contracorriente de sus contemporáneos, especialmente el astrónomo Robert Hooke, que atacó con violencia a Newton iniciando un enfrentamiento de por vida. Quizá fue entonces cuando Newton descubrió que la controversia y la confrontación le resultaban profundamente repugnantes y se negó a publicar sus obras mayores hasta 1687.

Esto significó que la difusión de su obra se daría en comunicaciones privadas con otros estudiosos. En 1676 le comunicó a Henry Oldenburg por carta el teorema del binomio que había desarrollado 10 años atrás, estableciendo por ello correspondencia con el matemático alemán Leibnitz.

Los “Principia Mathematica”

En agosto de 1684, el astrónomo Edmund Halley visitó a Newton en Cambridge y le presentó un acertijo que ocupaba el tiempo y atención de todos sus colegas en ese momento: ¿Qué tipo de curva describe un planeta en su órbita alrededor del sol suponiendo una ley de atracción del inverso del cuadrado? Newton respondió inmediatamente que era una elipse. Halley preguntó cómo lo sabía y Newton respondió simplemente que había hecho el cálculo cuatro años atrás.

Era una de las grandes respuestas a una de las más importantes preguntas sobre el universo, y el irascible genio había extraviado el cálculo que lo demostraba y no se había ocupado en informarle de ello a nadie, así que se comprometió a darle a Halley un nuevo cálculo, promesa que se convertiría en su libro De motu (del movimiento). Halley insistió entonces hasta conseguir que Newton aceptara publicar su libro Philosophiae naturalis principia mathematica, mejor conocido como los Principia con los que estableció los nuevos cimientos de las matemáticas y la física.

Desafortunadamente, la publicación de este libro, considerado uno de los más importantes de la historia de la ciencia, le dio un nuevo disgusto a Newton. El astrónomo Robert Hooke, con quien había intercambiado correspondencia en 1679 y que había ofrecido el vínculo conceptual entre la atracción central (es decir, la idea de que la atracción gravitatoria se debe considerar desde el centro de un objeto como nuestro planeta) y el hecho de que la fuerza de esa atracción disminuye según el cuadrado de la distancia a la que se esté de dicho centro. Cuando se anunció la publicación del libro de Newton, Hooke reclamó el reconocimiento a su participación en los descubrimientos de Newton.

El disgusto de Newton fue tal que, en un arranque de cólera bastante alejado de la justicia y la racionalidad del matemático, modificó la obra de modo que no apareciera en ella ninguna referencia a Robert Hooke y a sus logros científicos. El odio que desarrolló por Hooke fue tal que dejó de participar en la Royal Society y no publicó su libro sobre óptica, Optiks sino hasta después de la muerte de Hooke en 1703.

Newton ocupó también parte de su tiempo en la defensa de Cambridge como universidad, lo que le permitió obtener un escaño como miembro del Parlamento en 1689. Sin embargo, no estuvo muy activo como parlamentario. Su única intervención durante los años que fue legislador fue para pedir que abrieran una ventana porque sentía una corriente de aire y corría el peligro de que se le cayera la peluca.

Acomodado en Londres, aceptó el puesto de Director de la Casa de Moneda británica, lo que le daba una vida cómoda, y se ocupó de la química, la hidrodinámica y la construcción de telescopios, además de dedicarse a disciplinas menos precisas como la alquimia, el ocultismo y los estudios literalistas bíblicos. De hecho, según algunos estudiosos, parte de los problemas emocionales de Newton podrían deberse a envenenamiento por mercurio, resultado de sus largos años de tratar de conseguir algo en el terreno de la alquimia… algo que además nunca logró, a diferencia de lo que consiguió como científico.

Su extraña e iracunda venganza contra Robert Hooke se vio consumada cuando, un año después de la muerte del astrónomo, en 1704, Newton fue electo presidente de la Royal Society, puesto en el que lo reelegirían anualmente hasta su muerte en 1727 y que ejerció como un tirano, aunque siempre benévolo en el apoyo a los jóvenes científicos, y en 1705 recibió el título de caballero de manos de la reina Ana.

Los últimos años de su vida se vieron ocupados por la renovación del sistema monetario británico. y por una feroz controversia con Leibnitz sobre la paternidad genuina del cálculo diferencial e integral, un enfrentamiento amargo que comenzó cuando Newton decidió, sin pruebas, que Leibnitz le había copiado el cálculo. Aunque hoy los historiadores de la ciencia aceptan que ambos desarrollaron los conceptos independientemente, como ideas cuyo momento había llegado (del mismo modo en que Darwin y Russell Wallace desarrollaron la teoría de la evolución, aunque entre estos dos hubo una resolución respetuosa y cordial). Incluso después de la muerte de los matemáticos, a fines del siglo XVIII, seguía en vigor el enfrentamiento entre “leibintzianos” y “newtonianos”.