Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

julio 17, 2010

El hereje que amplió el universo

Adalid de la libertad de pensar y cuestionar, y de las actitudes políticamente incorrectas, Giordano Bruno fue quien por primera vez imaginó un universo infinito.

Estatua de Giordano Bruno en la plaza
de Campo de Fiori, Roma
(fotografía D.P. David Olivier
vía Wikimedia Commons)
La estatua que ocupa el centro de la plaza Campo de Fiori en Roma, a dos calles del Río Tíber, es un tanto siniestra: un monje dominico con la capucha hacia adelante, sombreando el rostro mira hacia el frente con la cabeza ligeramente inclinada, tiene ante sí las manos cruzadas por las muñecas, como si estuviera maniatado y sostiene contra su cuerpo uno de sus libros.

El hombre representado en esa estatua de 1889, Giordano Bruno, murió quemado el 17 de febrero de 1600 en esa misma plaza, que ya era, como hoy, un concurrido mercado romano, acusado de muchos y muy graves crímenes de herejía, sostener opiniones contrarias a la fe católica, tener opiniones “equivocadas” según la Inquisición y, especialmente, por afirmar que en un universo infinito y eterno había innumerables mundos habitados.

El miedo a sus palabras era tal que se le condujo al quemadero con la boca torturada por pinchos de hierro para evitar que hablara.

Filippo Bruno nació en Nola, Campania, en 1548 y asumió el nombre Giordano al ingresar a la orden de los dominicos donde se ordenó sacerdote a los 24 años. Sólo cuatro años después, habiendo llamado la atención por su libre pensamiento y su gusto por los libros prohibidos por la iglesia, optó por abandonar la orden y la ciudad. Emprendió interminables viajes dando clases de matemáticas y de métodos de memorización que le valieron el interés de poderosos mecenas que, finalmente, acababan echándolo de su lado por sus opiniones escandalosas y su gusto por el debate.

De Génova a París y a Londres, donde daría clases en Oxford. Después de vuelta a París, Marburgo, Wittenberg, Praga, Helmstedt y Frankfurt lo acogieron mientras escribía y publicaba poco a poco sus obras, entre ellas Del universo infinito y los mundos, de 1584.

Su filosofía sería una expresión de la floreciente revolución científica, asumiendo una duda sistemática y buscando que no sólo la filosofía respondiera a las grandes preguntas. En su original visión, las ideas eran sólo sombras de la verdad, no la verdad misma.

El filósofo era uno de los frentes de batalla de la ruptura con la autoridad de los textos antiguos, considerada el camino hacia el conocimiento durante siglos. ¿Por qué era verdad algo si lo decía Aristóteles? Y más aún, ¿por qué preferir a Aristóteles cuando la experiencia nos muestra que Aristóteles está equivocado?

Durante siglos, las disputas sobre el conocimiento se zanjaban acudiendo a lo dicho por Aristóteles, o a la interpretación de algún pasaje aristotélico. Nadie se atrevió en siglos, tal es la fuerza de la imposición de la verdad social, a señalar que las moscas no tenían cuatro patas, como creía el filósofo de Estagira, pues bastaba atrapar una mosca y contarle las patas para ver que en realidad tenían seis. O que, en un famoso ejemplo destacado por Bertrand Russell en el siglo XX, las mujeres no tenían menos dientes que los hombres.

Ante el aristotelismo, Bruno asume la posición de Copérnico, la nueva astronomía, y la defiende con pasión en su libro La cena del miércoles de ceniza. Durante diez años, de 1582 a 1592, sería prácticamente el único filósofo dedicado a difundir esta visión, adicionada con sus propias conclusiones que le llevan incluso a atisbar la relatividad cuando observó que no hay un arriba y abajo absolutos como creía Aristóteles, sino que “la posición de un cuerpo es relativa a la de otros cuerpos. En todo lugar hay un cambio relativo incesante de la posición por todo el universo”.

Pero el principal delito de Bruno a ojos de su encausador, el cardenal Belarmino (que años después lanzaría su furia contra Galileo), era aplicar el razonamiento a los misterios de la religión, rechazando así la virginidad de María, la divinidad de Cristo y, en general, las enseñanzas de la Biblia, hasta acabar asumiendo una visión panteísta, donde todo era una manifestación de dios.

Pero, sobre todo, Giordano Bruno es recordado por imaginar un concepto totalmente novedoso: Libertes Philosophica, lo que hoy llamamos la libertad de pensar, de soñar, de filosofar sin ataduras impuestas exteriormente. La libertad de investigar el mundo a nuestro alrededor y alcanzar conclusiones independientes.

Y una de las conclusiones independientes de Giordano Bruno desafiaba las creencias prevalecientes más directamente que incluso la visión copernicana del universo. Escribió Bruno: "Hay un solo espacio general, una sola vasta inmensidad que libremente podemos llamar el vacío, en ella hay innumerables orbes como éste, sobre el que vivimos y crecemos, y declaramos que este espacio es infinito, pues ni la razón ni la conveniencia, la percepción de los sentidos ni la naturaleza le asignan un límite".

En la visión de Bruno, el hombre como cumbre de la creación, según la narración del Génesis, perdía su posición central. Si Copérnico quitaba a la Tierra del centro del universo para colocar en él al sol, Giordano Bruno simplemente se imaginaba infinitos mundos con otros seres vivos, iguales a los seres humanos, quizá con sus adanes, quizá incluso sin pecado original. La idea era un abismo para sus contemporáneos. Para Bruno, el panteísta, dios “es glorificado no en uno, sino en incontables soles; no en una sola tierra, un solo mundo, sino en miles y miles, diría una infinidad, de mundos”.

El universo que constaba de la tierra rodeada de la esfera celeste, tras la cual transcurría el paraíso, se convertía bajo la intuición de Giordano Bruno en un espacio sin límites, tan grande como la propia deidad.

Acusado de hereje por uno de sus mecenas, Zuane Mocenigo, decepcionado porque Bruno le enseñaba filosofía y no secretos del ocultismo mágico, como esperaba, sus libros y opiniones obraron en su contra. Detenido en 1592, el filósofo habría de padecer siete años de prisión, torturas, interrogatorios y exigencias de una total retractación de todas sus ideas, algo que Bruno no pudo hacer. Su último recurso, ante el papa Clemente VIII, fue inútil. Para el Papa también era culpable y su único camino era el de la hoguera.

Le siguieron sus libros. Toda su obra fue incluida en el Índice de Libros Prohibidos en 1603.

Interrogado

En uno de sus últimos interrogatorios, sabiendo que la sentencia de muerte le esperaba, Bruno respondió, según documentos del Vaticano: “... las teorías sobre el movimiento de la tierra y la invmovilidad del firmamento o el cielo son producidas por mí sobre bases razonadas y seguras, que no minan la autoridad de las Sagradas Escrituras [...] Respecto del sol, digo que no sale ni se pone, ni lo vemos salir ni ponerse, porque si la Tierra gira sobre su eje, ¿qué queremos decir con salir o ponerse?”

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