Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

octubre 01, 2011

El acertijo de las enfermedades fantasma

La capacidad de diagnosticar es requisito previo de la aplicación del tratamiento correcto. En ocasiones es imposible un diagnóstico preciso, y la enfermedad se vuelve un desafío terrible para médicos y pacientes.

Una tomografía de emisión de positrones
muestra las zonas del cerebro activadas por
un dolor de cabeza.
(imagen CC del Dr. A. May via CK-Wissen)
La lucha contra las enfermedades no es sólo el proceso de encontrar remedios o, al menos, paliativos para los males que nos afectan, es también la capacidad de diagnosticar dichas enfermedades.

Antes de la teoría de los gérmenes de Louis Pasteur y Robert Koch, en la segunda mitad del siglo XIX, las enfermedades se caracterizaban de modo general como lo hacen aún algunas prácticas que ofrecen remedios “para el dolor de estómago”, sin importar si es producto de acidez, cáncer, úlceras, infecciones, etc.

Junto a esa caracterización había intentos de diagnóstico. Las creencias tradicionales chinas, por ejemplo, le tomaban el pulso al paciente en varios puntos, suponiendo que así se podían percibir procesos complejos de todas las enfermedades. Otras tradiciones buscaban inspiración en sus dioses, en el vuelo de las aves o en las líneas de las manos.

El diagnóstico médico certero tuvo que esperar a que el médico canadiense William Osler desarrollara los principios del diagnóstico clínico. Para Osler, el médico tenía que utilizar los síntomas para identificar las enfermedades y tratar éstas. Según su teoría, la tarea del médico ante un dolor de estómago era encontrar las causas de ese dolor.

Con los nuevos conocimientos de la biología, la química y la física, surgieron los estudios, análisis y pruebas para el diagnóstico: análisis químicos; biopsias, la exploración de nuestro interior (rayos X, tomografías, resonancia magnética, etc.), la medición de la tensión sanguínea y cuanto nos asombra en series de ficción como “House”, dedicada al llamado diagnóstico diferencial que desentraña enfermedades con síntomas similares y tratamientos distintos.

Pero la capacidad de diagnóstico reunida topa, en ocasiones, con afecciones fantasma, donde los pacientes informan de síntomas que les provocan un enorme sufrimiento físico y emocional, pero cuyas causas no pueden ser identificadas con claridad.

Estas afecciones, como la fibromialgia, descrita apenas en 1981, o el síndrome de fatiga crónica, identificado en 1986, así como muchas afecciones relacionadas con el comportamiento como el trastorno de déficit de atención o hiperactividad en niños, se diagnostican por exclusión. Es decir, el médico debe realizar las pruebas necesarias para eliminar las causas conocidas y razonables de los síntomas del paciente y, al eliminarlas, quedar con un diagnóstico de “origen desconocido”.

Aunque se realizan continuamente estudios variados para identificar las posibles causas de estas enfermedades, una de las hipótesis es que estas afecciones pueden no tener un origen físico, sino psíquico. Esto no significa en modo alguno que los pacientes estén fingiendo, sufran enfermedades mentales ni mucho menos que “se están imaginando” los síntomas que padecen. Más bien, en palabras de los investigadores Anindya Gupta y Alan Silman, de la Escuela de Epidemiología y Ciencias de la Salud de Manchester, Inglaterra, se trata de determinar si hay un determinante físico o se trata de una respuesta del cuerpo ante el estrés psicológico. Pese a la desazón que esto puede ocasionar entre los pacientes, no se puede descartar esta hipótesis sin investigarla con tanto cuidado como se investigan las posibles causas genéticas, virales, autoinmunes o fisiológicas de estas afecciones.

Existen otros trastornos igualmente “fantasmales”, como las llamadas “sensibilidad química múltiple” o la “electrosensibilidad”, en las cuales los pacientes aseguran que el origen de sus síntomas se encuentra en ciertos aspectos de su entorno, como las que consideran “sustancias químicas artificiales” o la radiación electromagnética.

Estudios de provocación

Una forma de comprobar si los síntomas son realmente producto de aquello que los pacientes ven como su problema es realizar “estudios de provocación” donde el sujeto es sometido aleatoriamente a la influencia del elemento que considera culpable de sus síntomas, sin que sepa en qué momento está activo. Por ejemplo, a una persona que dice experimentar determinados síntomas al estar cerca de una fuente de radio como los teléfonos móviles, se le pide que identifique, según la intensidad de los síntomas, cuándo un teléfono móvil está activo y cuándo no.

Para que estos estudios sean rigurosos y que los sujetos no se vean condicionados por el experimentador, que puede dar sutiles señales para indicar el estado del estímulo, el propio experimentador ignora cuándo el estímulo es efectivo y cuándo es un placebo. Esto se conoce como un experimento de “doble ciego”, el mismo procedimiento científico que se utiliza para determinar si un medicamento tiene efectos reales o no.

Sin negar el sufrimiento de los pacientes, la medicina debe enfrentar el hecho de que ningún estudio de provocación sobre la sensibilidad química múltiple y la sensibilidad electromagnética ha conseguido demostrar que efectivamente el estímulo al que culpan los pacientes sea responsable de los síntomas, sino que, en palabras de un estudio del Instituto de Psiquiatría de Londres sobre sensibilidad química los resultados sugieren que “el mecanismo de acción no es específico de la sustancia química en sí, y puede estar relacionado con las expectativas y las creencias previas”. Algo muy similar señalaba un estudio sobre sensibilidad a los campos electromagnéticos de 2005 al notar que “no había encontrado evidencia de una mayor capacidad para detectar campos electromagnéticos en los participantes ‘hipersensibles’”, por lo cual los síntomas, por reales que sean, “no están relacionados con la presencia de campos electromagnéticos”.

La capacidad de la medicina para mejorar la calidad de nuestra vida y aumentar su duración hasta el doble de hace un siglo (cuando la expectativa media de vida en el mundo era de 31 años comparada con los más de 67 de hoy) a veces nos hace olvidar que apenas estamos comprendiendo nuestro cuerpo, incluido nuestro cerebro y sus complejísimas funciones. Las enfermedades de difícil diagnóstico y orígenes aún imprecisos nos recuerdan el largo camino que aún tiene que recorrer la ciencia.

El diagnóstico bioquímico

Las ideas de William Osler sobre el diagnóstico fueron ampliadas y consolidadas por su sucesor, Archibald Edward Garrod, el primero que se planteó la posibilidad de que algunas enfermedades fueran producto de errores congénitos de nuestro metabolismo aprovechando la teoría de la herencia de Gregor Mendel, abriendo todo un campo de la medicina desconocido hasta entonces, y que sólo se apreció en todo su valor cuando conocimos el ADN y su codificación genética.

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