Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento
Mostrando entradas con la etiqueta mujeres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mujeres. Mostrar todas las entradas

Mary Anning, la hija del carpintero

Los fósiles encontrados, identificados y dados a conocer por esta mujer trabajadora británica dieron forma al trabajo de la paleontología del siglo XIX.

Dura antiquior, pintura de Henry De la Beche, 1830.
(Imagen D.P. Museo de Sedgwick vía Wikimedia Commons.)
La imagen está sobrepoblada. Dos pterodáctilos se atacan en el cielo. Un ancestro de los cocodrilos está al borde del agua, donde una abigarrada colección de ictiosaurios, plesiosaurios, tortugas, peces, calamares y algunos seres prehistóricos más fantasía que reconstrucción paleontológica, se dedican principalmente a comerse unos a otros,

Se trata de una acuarela de 1830, “Duria antiquior” o “Un Dorset más antiguo”, por la región de la costa sur de la isla de Gran Bretaña. Su autor fue el pintor y geólogo Henry De la Beche y fue el primer intento de la historia en tratar de representar la vida prehistórica según la evidencia fósil disponible. Y gran parte de ella había sido encontrada, identificada, descrita, dibujada y reconstruida por Mary Anning, que ya por entonces era considerada la mayor experta en hallazgos de fósiles del mundo, pese a tener apenas 31 años de edad.

Mary Anning nació en en 1799 en la costa de Dorset, en el pueblo de Lyme Regis, hija de un carpintero de la localidad llamado Richard y de su esposa Mary, de cuyos hijos sólo sobrevivirían Mary y su hermano Joseph.

Lo que hoy es Lyme Regis estuvo, hace 200 millones de años, cerca del Ecuador, en el fondo de un mar cálido y lleno de vida. Muchos animales se vieron enterrados en el fondo lodoso y se fosilizaron mientras la zona migraba hasta su actual posición. Lyme está por tanto rodeado de los acantilados en que se convirtió ese fondo marino lodoso, verdaderas minas de fósiles.

El padre de Mary dedicaba parte de su tiempo a buscar, entre las rocas desprendidas de los acantilados, unas maravillosas “curiosidades”: los fósiles de esos seres marinos, que empezaban a dejar de ser misteriosos y a ser estudiados para tratar de saber cómo había sido la vida en el pasado y cómo habían aparecido y desaparecido esos fantásticos seres. Así la venta de fósiles era también una fuente de ingresos adicional para los Manning, que llevaban a sus hijos, desde pequeños, a buscar fósiles.

Estas habilidades serían la única forma de supervivencia de la familia cuando Richard Manning murió en 1810, dejando a su familia totalmente desprotegida. Mary y sus dos hijos emprendieron un pequeño negocio como vendedores de fósiles que les permitió escapar a la miseria, aunque con frecuencia pasarían épocas de gran escasez.

Retrato de Mary Anning circa 1841.
(Imagen D.P. del Museo de Historia Natural
de Londres, via Wikimedia Commons)
Cuando Mary tenía 12 años, la familia encontró y publicitó el hallazgo de un fósil completo de ictiosaurio, un reptil jurásico en forma de pez. El descubrimiento fue pronto adquirido por Henry Hoste Henley, un noble londinense aficionado a la geología.

Entre los hallazgos que realizó Mary Anning a lo largo de su carrera está el de los coprolitos, heces fecales fosilizadas que ofrecen importante información sobre la dieta de los animales del pasado. Fue la primera persona que identificó en Inglaterra un fósil que halló como perteneciente a un pterosaurio. Encontró también curiosidades como un fósil de sepia que aún tenía en su interior la tinta del animal.

Alrededor de 1820, Mary realizó uno de sus más importantes descubrimientos: un fósil casi completo de plesiosaurio. El animal había sido descrito a partir de restos fragmentarios, pero grandes expertos en fósiles como el francés Georges Cuvier se mostraban escépticos ante la disparidad del tamaño del reptil respecto de su pequeñísima cabeza. Al enterarse, Cuvier dejó de lado su escepticismo y declaró que el descubrimiento de Anning era de primera importancia. Comenzó entonces una correspondencia con la buscadora de fósiles que duraría hasta la muerte de ésta. El plesiosaurio de Mary aún se puede ver en el Museo de Historia Natural de Londres.

Cada vez más científicos consultaban a Mary Anning y a visitar los acantilados de Lyme Regis, no sólo por su habilidad para encontrar fósiles, sino porque la mujer, sin ninguna educación formal, había aprendido por su cuenta mucho de lo que sabían los expertos de la época y había desarrollado una habilidad propia de los palentólogos que incluso hoy puede asombrarnos: la capacidad de saber mucho acerca de un animal simplemente a partir de un fragmento.

Sobre ello, la acaudalada Harriet Silvester escribió que la joven, a la que conoció en 1824 “se ha familiarizado tan exhaustivamente con la ciencia que en el momento en que encuentra cualquier hueso sabe a qué tribu pertenece”. Y, subrayando la importancia desusada que había logrado tener Mary en una Inglaterra donde la mujer y los pobres eran considerados prácticamente desechables, señala que “tiene la costumbre de escribir y hablar con profesores y otros hombres inteligentes sobre el tema, y todos reconocen que ella entiende más de la ciencia que ninguna otra persona en el reino”.

Pero la fama y el reconocimiento no pagaban las facturas, y la familia debía depender de sus relaciones para mantenerse a flote cuando el negocio de los fósiles tenía baches, ya fuera porque no se encontraban fósiles relevantes durante un tiempo o porque no había compradores.

El coleccionista Thomas Birch, por ejemplo, que había comprado numerosos fósiles a los Anning, decidió en un momento dado subastarlos para dar a la familia lo recaudado. Tiempo después, el pintor de “Duria antiquior”, por ejemplo, mandó hacer una litografía de su acuarela y vendió copias de ella a amigos y colegas, donándole a Mary lo obtenido.

Al final de su vida, sin embargo, llegó cierto reconocimiento. Nueve años antes de su muerte, la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia le concedió una anualidad, y la Sociedad Geológica de Londres le asignó también un ingreso periódico. Y en los últimos años de su vida pudo leer que la revista de Charles Dickens, “All Year Round” decía de ella: “la hija del carpintero se ha ganado un nombre, y se ha merecido ganarlo”. Murió en 1847 de cáncer de mama.

Al conmemorar sus 350 años de existencia, la Royal Society de Londres, que no admitió mujeres sino hasta 1945, pidió a un grupo de científicas e historiadoras de la sociedad que nombraran a las diez mujeres británicas más influyentes de la historia de la ciencia, y consideraron que una de ellas era Mary Anning, la hija del carpintero.

El nombre latino

Pese a su relevancia en la historia de la paleontología británica, y aunque numerosos científicos y coleccionistas de fósiles daban con frecuencia nombre a las especies descubiertas, no fue sino hasta 1878, 31 años después de su muerte, que alguien dio a una especie un nombre destinado a homenajear a Mary Anning, el Tricycloseris anningi, una especie de coral. Sin embargo, aún no se le ha dado el nombre de la paleontóloga a un reptil fósil británico, lo que sería el homenaje más justo.

Caroline Herschel y sus cometas

La mujer que se puede considerar la primera científica profesional podía haber pasado sus días como una simple sirvienta en Hanover.

Caroline Herschel con su cometa.
(Imagen D.P. vía Wikimedia Commons) 
El destino de la mujer alemana en el siglo XVIII (y, para el caso, en prácticamente todo el mundo) era el matrimonio, con apenas el atenuante de que, a diferencia de lo ocurrido en el siglo anterior, podía opinar acerca de su futuro marido y no era siempre objeto de matrimonios convenidos por sus padres sin más.

Las mujeres empezaban a tener la posibilidad de ganarse la vida no sólo como criadas o prostitutas. El arte, la literatura, la costura, la enfermería y la industria textil eran espacios donde podían gozar de cierta independencia. Y las convulsiones de la ilustración que marcaría la segunda mitad del siglo traerían cambios irreversibles.

Caroline Lucrecia Herschel, nacida al mediar el siglo, el 16 de marzo de 1750 en Hanover, no tenía perspectivas demasiado halagüeñas. Como parte de la clase trabajadora, hija de un jardinero y músico y su tradicionalista mujer, había sufrido una infancia de enfermedades. La viruela le había dejado cicatrices en las mejillas y una leve deformación en un ojo, y también había padecido de tifus a los 10 años, por lo que su estatura nunca superó 1,30 metros. Sus posibilidades de casarse eran, pues, escasas. Su suerte tomó primero la forma de su padre, empeñado en darle a sus hijos una educación amplia. Eran cuatro varones y seis mujeres, y la educación de estas últimas enfrentó la oposición de su madre, tradicionalista y adusta, y que en el caso de Caroline, consideró más práctico convertirla en su criada, mientras Isaac, el padre, la educaba casi a escondidas.

El destino que parecía esperarle cambió cuando su hermano William decidió llevarla consigo a Bath, Inglaterra, donde tenía una buena posición como organista y director de orquesta. La llevó, sí, como sirvienta, pero además le enseñó inglés, matemáticas y música. Caroline pronto se reveló como una soprano de gran calidad que realizó un buen número de presentaciones ante el público, con su hermano como director de orquesta.

William Herschel era mucho más que músico, siguiendo los variados intereses de su padre que había experimentado una gran fascinación por el cielo. Cada vez fue interesándose más en la astronomía y Caroline empezó el camino de la ciencia con él, como su asistente, puliendo los espejos con los que su hermano construiría su primer telescopio. William descubrió el planeta Urano en 1871 y pronto fue nombrado caballero del reino y astrónomo real por el rey Jorge III.

Dedicado totalmente a la astronomía, William empezó una serie de observaciones de todo el cielo a través de su telescopio, que registraba cuidadosamente Caroline para después llevar a cabo los cálculos matemáticos que convertían las observaciones en datos precisos. Esas observaciones dieron como fruto el descubrimiento de más de 2.500 nebulosas (que hoy sabemos que son otras galaxias) y grupos de estrellas.

Caroline también empezó a hacer sus propias observaciones astronómicas con un telescopio que le regaló su hermano y el 26 de febrero de 1783 hizo su primer descubrimiento astronómico: un grupo de estrellas que hoy se conoce como NGC 2360. A ese acontecimiento seguiría el descubrimiento de 14 nuevas nebulosas.

El cometa de la primera dama

Sólo tres años después, ya como astrónoma por derecho propio identificó un objeto que se movía lentamente por el cielo. Era el 1º de agosto de 1786 y Caroline informó a otros astrónomos para que observaran el objeto que ella había hallado, un cometa... el primero descubierto por una mujer, denominado C/1786 P1 o, más poéticamente, “el cometa de la primera dama”. Poco después también descubriría otra nebulosa, NGC 205, galaxia compañera de nuestra más cercana vecina cósmica, la galaxia de Andrómeda.

Sus logros no pasaron desapercibidos y al año siguiente, 1787, el rey Jorge III empleó formalmente a Caroline como asistente de su hermano, un hecho que la convirtió en la primera mujer que recibió un pago por prestar servicios de carácter científico. Su asignación anual, sin embargo, era de 50 libras, la cuarta parte de las 200 que recibía su hermano.

Dependiente de William pese a todo, Caroline encontró su libertad científica finalmente cuando su hermano se casó en 1788 y su esposa se hizo cargo de las obligaciones de la casa, permitiéndole a la astrónoma dedicar más tiempo a sus observaciones y cálculos. En los siguientes años, Caroline Herschel descubriría otros siete cometas, el último en 1797. No sería sino hasta 1980 cuando otra mujer lograría romper su récord de descubrimientos: Carolyn Shoemaker, que ha descubierto la impresionante cantidad de 32 cometas, además de unos 800 asteroides, más que ningún otro ser humano, hombre o mujer.

Entre 1786 y 1797 se ocupó de hacer un nuevo catálogo de estrellas revisando, corrigiendo y adicionando con sus observaciones y las de su hermano, el que había desarrollado John Flamsteed, revisando las posiciones de las estrellas conocidas y agregando la de otros 650 astros. El catálogo sería publicado por la Royal Society en 1798.

Además de su trabajo personal, Caroline Herschel jugó un papel fundamental en la educación de su sobrino John, el hijo de William Herschel. Impulsó su curiosidad, influyó para que estudiara en Cambridge y trabajó con él al final de su vida como asociada en investigación.

Al morir su hermano en 1822. Caroline volvió a Hanover a vivir con su hermano menor y continuar su trabajo en el catálogo de todos los hallazgos que habían realizado ella y William, la abrumadora cantidad de 2500 nebulosas, que finalmente envió en 1828 a la Royal Astronomical Society. Esta sociedad científica, que había tenido una relación estrecha con Caroline durante años, tomó entonces la decisión sin precedentes de concederle su medalla de oro y hacerla miembro honorario de la organización. En 1838 también fue elegida miembro de la Real Academia Irlandesa y en 1846 el entonces rey de Prusia, Federico Guillermo IV, le otorgó la Medalla de Oro de la Ciencia.

Caroline Herschel murió el 9 de enero de 1848, poco antes de cumplir 98 años. Su epitafio, escrito por ella misma, dice “Los ojos de ella quien es glorificada aquí abajo se dirigieron a los cielos pletóricos de estrellas”. Y al dirigirlos a las alturas se convirtió en la científica más importante desde Hipatia de Alejandría, abriendo el camino a muchas otras astrónomas, astrofísicas y cosmólogas.

La fama y el baile

En los últimos años de su vida, Caroline Herschel fue una celebridad cuya compañía buscaban científicos y personajes de la élite europea, y disfrutaba la fama. Su sobrino, John, recordaba que a los 83 años recorría alegremente con él la ciudad y, por las noches, cantaba rimas antiguas y bailaba, una mujer feliz.

50 años de la píldora anticonceptiva

Margaret Sanger (1879-1966) en 1922
(Foto D.P. de Underwood & Underwood,
via Wikimedia Commons)
Separar las relaciones sexuales de la procreación siempre fue sencillo para los hombres. Pero las mujeres tuvieron que esperar a la llegada de un sistema simplemente conocido como "la píldora".

Desde que el ser humano comprendió que las relaciones sexuales causaban el embarazo, se inició una prolongada lucha por conseguir el disfrute sexual sin la reproducción, ya para ocultar relaciones inaceptables (sexo prematrimonial o extramatrimonial) o por causas económicas o de salud de la mujer.

Esto implicaba problemas: en muchas sociedades, los hijos se consideran "propiedad" del padre, y las religiones tienen visiones distintas respecto de la sexualidad, además de que todas favorecen la reproducción. Este contexto cambia, además, según el método anticonceptivo usado: coitus interruptus (o “marcha atrás”), pesarios, distintas pócimas herbales, abortos quirúrgicos, etc.

Hace 50 años, en 1960, apareció un nuevo procedimiento de control natal que era seguro y altamente eficaz: la píldora anticonceptiva, cuya influencia en nuestra cultura ha sido tal que, en 1999, la revista The Economist declaró que era el invento más importante del siglo XX

La gran promotora de la píldora anticonceptiva fue la enfermera y defensora de la planificación familiar Margaret Sanger. Habiendo visto los resultados de los embarazos no deseados entre las mujeres pobres de Nueva York, decidió oponerse a las leyes estadounidenses a partir de 1912, escribiendo artículos de salud reproductiva y estableciendo clínicas de control natal que la llevarían más de una vez a la cárcel.

En la década de 1930 se descubrió que las hormonas evitaban la ovulación en conejos. ¿Un medicamento a base de hormonas podría evitar la ovulación en las mujeres? Para 1940, los científicos habían entendido el ciclo reproductivo femenino y establecieron que una vez que la mujer se embaraza, su fertilidad se suspende porque sus ovarios secretan estrógeno, que hace que la glándula pituitaria no libere las hormonas necesarias para la ovulación, y progesterona, que suprime la producción de la hormona luteinizante.

Pero la progesterona obtenida de animales era prohibitivamente costosa. Hubo de llegar Russell Marker, que en 1943 descubrió un procedimiento para extraer progesterona de fuentes vegetales y encontró en México un árbol cuya raíz tenía grandes cantidades de progesterona natural, el llamado “cabeza de negro”. Esto permitió avanzar las investigaciones mientras se encontraba la forma de sintetizar esta sustancia.

En 1951, el químico mexicano Luis Ernesto Miramontes, del equipo del Dr. Carl Djerassi, consiguió sintetizar la 19-noretisterona, una forma de progesterona. Poco después, Frank Colton desarolló otra forma sintética llamada noretinodrel. Estos químicos no pensaban en anticonceptivos, sino en conocer las hormonas, por entonces una rama de la investigación en plena efervescencia.

Ese mismo año, Margaret Sanger conoció al endocrinólogo Gregory Pincus, el pionero que había logrado la primera fertilización in vitro de conejos en 1937. Con ya más de 80 años de edad, se lanzó a una campaña de recaudación de fondos para apoyar las investigaciones del pequeño laboratorio de Pincus, reuniendo más de 150.000 dólares.

Pincus y Min Chueh Chang emprendieron el estudio de la noretisterona en animales, y el Dr. John Rock se ocupño de los estudios en seres humanos, empezando con la seguridad de la sustancia. Más difícil era hacer los estudios clínicos en cuanto a la capacidad anticonceptiva de la píldora, pues apoyar siquiera la anticoncepción era un delito en Massachusets, donde trabajaba Rock.

Por ello, las pruebas tuvieron que trasladarse a Puerto Rico, donde ya había clínicas de control de la natalidad. Un dato curioso fue que algunos de los informes de efectos secundarios que hicieron las mujeres participantes en el experimento permitieron descubrir que los placebos también podían causar los mismos efectos, abriendo la puerta a la moderna medicina basada en evidencias. Las pruebas siguieron con más voluntarias en México, Haití y Los Ángeles.

La píldora Enovid fue autorizada en 1957 por la Administración de Alimentos y Medicamentos de los EE.UU.como un medicamento para los trastornos de la mensturación, y el laboratorio luchó hasta que el 23 de junio de 1960 obtuvo la aprobación de su producto como anticonceptivo, aunque sólo para mujeres casadas.

Por primera vez, la mujer tenía una forma controlable sólo por ella (a diferencia del condón o la marcha atrás, que requerían la participación activa de su pareja) para evitar el embarazo como consecuencia de las relaciones sexuales. Se iniciaba la “revolución sexual”.

En la mayoría de los países estaba prohibida la venta y uso de toda forma de anticoncepción, pero el impulso de la píldora y su significado social y psicológico para las mujeres fue derribando muros. Los gobiernos se vieron forzados a autorizar la píldora anticonceptiva y con ella otras formas de evitar embarazos no deseados, como el dispositivo intrauterino, la píldora del día después

Y esto significaba que la mujer, como el hombre, podía tener una vida sexual sin necesidad de comprometerse a largo plazo con el matrimonio y la reproducción. Más aún, podía posponer ambos acontecimientos para ajustarlos a una visión más amplia de su vida y su rol en la sociedad.

A Estados Unidos siguieron la aprobación para su venta en Australia, el Reino Unido y Alemania (Occidental) en 1961, Francia en 1967, Canadá en 1969 e Italia en 1971. España tendría que esperar hasta 1978.

Al paso del tiempo, las distintas presentaciones de la píldora anticonceptiva se han refinado, necesitando cantidades menores de hormonas, lo cual también ha disminuido los efectos secundarios sobre las usuarias. El más reciente estudio citado por la revista Time en abril, un seguimiento de 46.000 mujeres durante casi 40 años, demostró que las mujeres que toman la píldora no experimentan los riesgos más frecuentemente citados y, de hecho, tienen menos probabilidades de morir prematuramente por cualquier enfermedad, incluidos el cáncer y las enfermedades cardiacas.

Pero su efecto sobre la sociedad, sobre la libertad y autoafirmación de la mujer, sobre la cultura humana sigue siendo profundo, tanto que a los 50 años de su primera autorización, sigue siendo más que un medicamento, un símbolo de una nueva era.

Las religiones y la píldora

Para muchas iglesias cristianas, la píldora es simplemente inaceptable por considerarse que va contra los dictados de la Biblia. El judaísmo, por su parte, considera más aceptable la píldora que los condones o la marcha atrás, pero la mujer sólo puede usarla después de haber parido al menos una vez. El hinduísmo, el islam (con algunas excepciones) y el budismo no tienen prohibiciones concretas contra la píldora.

Mujeres en el espacio

Casi medio centenar de mujeres han ido al espacio, y muchas otras han estado en la planificación y control de los vuelos, tema en el cual, sin embargo, Europa va a la zaga.


Sello postal de la Unión Soviética
celebrando el vuelo de Valentina
Tereshkova (via Wikimedia Commons)
Cuando el 19 de junio se anunció que la astronauta estadounidense Suni Williams había establecido varios récords en el espacio, volvió a los titulares el tema de la mujer como astronauta, como parte de la exploración espacial y su participación en el futuro de la Estación Espacial Internacional. Los récords femeninos que ha reunido Suni Williams, estadounidense con raíces en la India y en Eslovenia, incluyen el viaje espacial más prolongado (195 días), el mayor número de paseos espaciales (cuatro) y el mayor tiempo total de actividad extravehicular (29 horas y 17 minutos).

Valentina Tereshkova, ingeniera y paracaidista soviética, fue la primera mujer astronauta de la historia, en la misión de la Vostok 6 iniciada el 16 de junio de 1963, y que duró tres días. Era, además, la primera persona sin rango militar en llegar al espacio. Su selección fue, sin embargo, motivada en gran medida por intereses propagandísticos propios del régimen soviético. Sin embargo, lograda la misión de afirmar que la mujer soviética estaba a la altura del hombre, ni soviéticos ni estadounidenses se ocuparon del tema en largo tiempo. De hecho, pasaron 19 años antes de que otra astronauta soviética viajara al espacio. Se trató de la ingeniera, paracaidista, aviadora y experta aerobática Svetlana Savitskaya, incluida en el programa soviético, se dice, como respuesta a la "amenaza" de que los Estados Unidos utilizarían mujeres en los vuelos del trasbordador espacial por entonces en preparación, habiendo seleccionado en 1978 a seis como candidatas a ser astronautas. Como fuera, Savistkaya no viajaba únicamente por efectos propagandísticos. Después de su primera misión que la llevó a la estación espacial Salyut 7 en 1982, viajaría de nuevo al espacio en 1984 convirtiéndose en la primera mujer que realizó un paseo espacial o, en términos técnicos, una actividad extravehicular (AEV) el 25 de julio.

De las seis candidatas seleccionadas por la NASA en 1978, tres irían finalmente al espacio. La primera astronauta estadounidense, que siguió a Savitskaya y se convirtió en la tercera mujer en el espacio fue Sally Ride, de profesión física, que viajó en el trasbordador espacial Challenger como especialista de misión, tarea que volvería a realizar el 11 de octubre de 1984 en el sexto vuelo de dicho trasbordador. Le seguiría la ingeniera Judith Resnick, quien realizó una misión en el trasbordador Discovery en agosto de 1984, y que fallecería en el lanzamiento del Challenger el 28 de enero de 1986. La tercera del grupo en ser enviada en una misión efectiva fue Kathryn Sullivan, de profesión oceanógrafa y primera astronauta estadounidense en realizar una actividad extravehicular el 11 de octubre de 1984, como respuesta al paseo espacial de Savitskaya, y que realizó tres misiones espaciales sumando 532 horas en el espacio.

El valor propagandístico de las mujeres astronautas, claramente percibido por ambos participantes en la que se llamó la "carrera espacial" iniciada con el lanzamiento del Sputnik I en 1957 y finalizada en cierto modo con la llegada a la Luna en julio de 1969, dejó lejos de la percepción pública el trabajo de otras mujeres en el intento del ser humano por liberarse de la prisión de la gravedad y viajar fuera de nuestro planeta de origen. Un ejemplo de esto lo da, claramente, Claudie Haigneré, médica francesa poseedora de múltiples títulos (reumatología, medicina deportiva, medicina aeroespacial, biomecánica y fisiología del movimiento, y neurociencias). Claudie Haigneré coordinó los experimentos de ciencias de la vida y biomédicos en las misiones franco-rusas "Antares" y "Altair", en 1992, además de ser responsable de los experimentos franceses en la misión Euromir de la Agencia Espacial Europea (ESA) en 1994.

Sin embargo, su nombre no se hizo conocido entre el público en general sino hasta 1996, cuando se convirtió en la primera astronauta europea al participar en la misión franco-rusa "Casiopea", en 1996, pasando 16 días en la legendaria estación espacial rusa Mir. En 2001 fue además la primera mujer europea en ocupar la Estación Espacial Internacional, participando como ingeniera de vuelo en la misión "Andrómeda" y permaneciendo ocho días en las instalaciones, realizando experimentos biomédicos.

Según muchos expertos, si los viajes espaciales tienen algún sentido, es el de expandir la presencia firme de la especie humana fuera de nuestro planeta de origen, y ello requiere, claramente, de hombres y de mujeres. Y más allá de la importancia que tiene la afirmación de la igualdad social, económica y jurídica de la mujer y el hombre, está el hecho de que el organismo, el metabolismo, la constitución genética misma de la mujer y del hombre son distintos, y que urge reunir más información sobre los efectos de la estancia en el espacio en el organismo femenino y cómo enfrenta éste los desafíos de la falta de gravedad, el aislamiento y otros aspectos clave de los viajes espaciales.

Quizá el resultado de estos estudios indique, sin embargo, que lo más razonable es que los hombres queden en casa y sean las mujeres las que se ocupen de la exploración espacial. Así lo afirmaba, por ejemplo, el doctor William Rowe, de la Escuela Médica de Ohio, en los Estados Unidos, en un estudio de 2004 donde evaluaba los organismos humanos y afirmaba que en el caso de un viaje a Marte la mejor apuesta sería realizarlo con una tripulación de mujeres, de preferencia menores de 30 años, porque sus cuerpos tienden menos a tener problemas cardiacos gracias a la presencia de la hormona femenina (el estrógeno) y sus menores niveles de epinefrina. Rowe indicaba, por ejemplo, que algunas afecciones exhibidas en la Luna por los tripulantes del Apolo 15 se debían a problemas vasculares que no tendrían las mujeres. Según su resumen: "los hombres tienen los genes incorrectos para el espacio".

Lo cual no deja de ser, todavía, una idea que puede molestar a algunos...

Efemérides de la mujer en el espacio


  • Primera astronauta: Valentina Tereshkova, junio de 1963
  • Primer paseo espacial: Svetlana Savitskaya, julio de 1984
  • Primer súbdito británico (y primera mujer europea) en el espacio: Helen Sharman, mayo de 1991
  • Primera mujer negra en el espacio: Mae Jemison, septiembre de 1992
  • Primera mujer hispánica en el espacio: Ellen Ochoa, abril de 1993
  • Primera mujer japonesa en el espacio: Chiaki Mukai, julio de 1994
  • Primera piloto de un transbordador: Eileen Collins, febrero de 1995
  • Primera tripulante en la Estación Espacial Internacional: Susan Helms, mayo de 1999
  • Primera comandante de un transbordador: Eileen Collins, julio de 1999
  • Primera española en el espacio: ?