Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento
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El mundo de von Humboldt

Uno de los pocos genios universales verdaderos, Von Humboldt fue también quizá el último.

Alexander von Humbold, autorretrato
en París, de 1814.
(D.P. vía Wikimedia Commons)
Cuando en 1839 Charles Darwin publicó el El viaje del Beagle sobre el recorrido del que se desprendería su teoría de la evolución mediante la selección natural, uno de los primeros ejemplares lo dedicó y envió al naturalista prusiano Friedrich W.K.H. Alexander von Humboldt, que había sido la inspiración para que el joven Charles se lanzara a la aventura del Beagle.

Humboldt con su característica acuciosidad, no sólo analizó cuidadosamente el libro en una larga carta de respuesta, sino que animó a Darwin a seguir su trabajo, señalando agudamente dónde Darwin lo había superado y concluyendo que, puesto que que el inglés le atribuía parte de sus deseo de viajar a tierras distantes como naturalista, “Considerando la importancia de su trabajo, Señor, éste puede ser el mayor éxito que pudo traer mi humilde trabajo”.

Quizá, nuevamente, Humboldt había animado a Darwin a que persistiera en el camino que lo llevaría a publicar El origen de las especies en 1859, el mismo año de la muerte de su inspirador y modelo.

La humildad de Humboldt era un rasgo de cortesía que, sin embargo, la realidad no sustentaba. Desde su infancia como hijo de una familia de nobles y militares prusianos, en la que nació en 1769, se había caracterizado por su interés en recolectar y etiquetar diversos especímenes vegetales y animales. Más adelante, los intentos de su familia por convertirlo en un profesional de las finanzas, quizá un político relevante como lo sería su hermano mayor Wilhelm se vieron saboteados una y otra vez por la pasión de Alexander por la naturaleza.

La visión de los naturalistas del siglo XIX, antes de que la abundancia de información llevara a la división en especialidades como la biología o la geología, era integral y universal. A Humboldt le interesaban por igual los insectos que los fósiles, la geografía y la botánica, basado en su filosofía de que ningún organismo ni hecho de la naturaleza podía entenderse aislado de los demás. Así, de las finanzas pasó pronto a la filosofía y después estudió ciencias naturales y minería en Friburgo, además de idiomas.

En los años siguientes, además de estudiar la geología de su zona, Humboldt se apasionó por los trabajos de Galvani con la electricidad y en 1797 publicó “Experimentos con la fibra muscular y nerviosa estimulada”, donde además especulaba sobre los procesos químicos de la vida, algo que era casi una herejía en ese momento.

A los 30 años de edad, el joven naturalista ya era uno de los más respetados geógrafos de Europa, habiendo producido trabajos importantes en las áreas de la geografía y la física de la tierra. Pero para ser universal no bastaba hacer viajes en Alemania o Europa, así que ese año de 1799 emprendió el viaje a la misteriosa América con el botánico Aimé Bonpland.

En este viaje que duraría cinco largos años, los amigos reunieron una cantidad colosal de información absolutamente nueva. Cierto, Suramérica y Centroamérica habían sido colonizadas más de 250 años atrás, pero no habían sido estudiadas con el ojo de un naturalista, sino con una visión más bien comercial.

Humboldt y Bonpland entraron a selvas donde ningún europeo había estado, escalaron los Andes, describieron especies, hicieron descubrimientos geológicos y, adicionalmente, realizaron un primer trabajo antropológico y sociológico estudiando y describiendo las costumbres, política, idiomas y economía de las zonas que visitaron, y que pocos años después se convertirían en los países que hoy son Venezuela, Cuba, Colombia, Ecuador, Perú y México.

El viaje llegó a su fin con una visita al entonces joven país que era Estados Unidos de América, donde Von Humboldt estableció una firme amistad con Thomas Jefferson, el principal autor de la declaración de independencia estadounidense en 1776 y por entonces presidente de la nación.

No era una amistad extraña. Además de la capacidad intelectual y el inagotable interés científico por la realidad que le animaban, Humboldt fue además un progresista defensor del pensamiento ilustrado que Jefferson también animaba, y tuvo la osadía necesaria para oponerse al racismo, al antisemitismo y a toda forma de colonialismo, cuando su sociedad (y su clase social, además de su posición nobiliaria) dependían precisamente del sistema colonial.

Los datos reunidos en el largo viaje hicieron que Simón Bolívar, a quien Humboldt conoció en París a su regreso, considerara que el naturalista alemán era “el verdadero descubridor de América”. Los resultados del viaje dieron origen a Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente, que los dos aventureros empezaron a publicar en 1807.

Pero ese primer tomo era apenas el principio. Radicado en París, durante los siguientes 20 años Humboldt publicó 33 tomos más de esta impresionante obra que no sólo incluía la narrativa del viaje, sino que echó mano de famosos pintores y grabadores para representar gráficamente los paisajes, los animales y las plantas de América en 400 láminas.

A los 59 años de edad, Humboldt decidió conocer el otro lado del mundo y emprendió un recorrido de más de 13.000 kilómetros cruzando Rusia, pasando los montes Urales y llegando a la frontera con China, todo financiado por el zar Nicolás I que deseaba conocer mejor ciertas zonas de su vasto imperio. Este  viaje dio como resultado, entre otros escritos, el libro en dos volúmenes llamado Fragmentos de geología y climatología asiáticas.

La totalidad de la obra de Humboldt es difícil de reunir pues además de sus ambiciosos libros (cuya edición muchas veces financió él mismo gracias a la fortuna familiar hasta agotarla) publicó numerosísimas monografías y estudios.

Al momento de su muerte, en 1859, Alexander von Humboldt era el más famoso científico de Europa, fundador de la ciencia que hoy llamamos geografía física y uno de los más grandes impulsores de la investigación y la visión científicas como resultado de un pensamiento libre y progresista según el cual el conocimiento científico es riqueza y fuerza para el bien.

Esa superioridad del conocimiento y el pensamiento hicieron a Humboldt señalar que “la visión del mundo más peligrosa es la de quienes no han visto el mundo”.

“Cosmos”, Humboldt antes de Carl Sagan


La visión universalista de Alexander von Humboldt incluía el interés por llevar el conocimiento científico a la gente no especializada, la divulgación o popularización de la ciencia. Entre 1827 y 1828 dictó un ciclo de conferencias sobre geografía y ciencias naturales al que dio por título “Cosmos”, en su acepción de “el todo”. Entre 1845 y 1858 las usó como base para su monumental serie de 5 libros del mismo nombre, que además de divulgar con gran éxito se propuso la unificación de todas las ciencias naturales.

El meridiano de Greenwich

Observatorio de Greenwich
(Foto CC de Mcginnly, vía
Wikimedia Commons)
Durante la mayor parte de la historia humana, no había acuerdo sobre el meridiano cero, indispensable para la navegación y para el horario universal.

Todo punto sobre la superficie del planeta se puede indicar utilizando dos referencias o coordenadas. La latitud indica qué tan al norte o al sur estamos respecto del Ecuador, la línea imaginaria que está a la mitad del camino entre el polo norte y el polo sur. Los referentes de la latitud son así lugares reales de nuestro planeta a partir de los cuales se establecen los paralelos.

La otra coordenada, la longitud, es más problemática, ya que, siendo nuestro planeta un esferoide, no existe ningún punto natural del que pudiéramos decir que es donde comienza o termina el occidente o el oriente. Las líneas de los meridianos que van de polo a polo no tienen un punto de partida real como los 0 grados de latitud del Ecuador.

Para la navegación marítima, la latitud se puede calcular observando el sol y las constelaciones con un astrolabio. Pero calcular la longitud es mucho más complejo. Sin una medición precisa, el navegante va a ciegas. Americo Vespucio, que dio su nombre al continente que Colón le reveló a Europa, ofreció una primera solución viable, no muy precisa, utilizando las posiciones relativas de Marte y la Luna y comparándolas con las que figuraban en un almanaque. Vespucio observó en 1499 que a la hora en que debía ocurrir una conjunción de la Luna y Marte, este planeta estaba tres y medio grados desplazado hacia el este, lo que indicaba la posición del observador.

La determinación precisa de la longitud requería de un cronómetro sumamente preciso puesto a la hora de un punto de referencia. Dado que en una hora el sol se traslada 15 grados en su viaje aparente de 360 grados alrededor del planeta, si nuestro cronómetro dice que son las 9 de la mañana cuando para nosotros son las 12 del mediodía, sabremos que esa diferencia de 3 horas representa 45 grados de longitud, la distancia que nos separa del lugar de origen.

Un cronómetro así existía… pero en tierra. El reto era una maquinaria que se comportara de modo preciso y fiable en condiciones de navegación, con marejadas, tormentas y un continuo movimiento que en cualquier momento se podía hacer más brusco. Los péndulos y los pesos, mecanismos habituales en los relojes, eran impracticables en alta mar.

El asunto era tan relevante para la navegación que en 1714 se estableció en Inglaterra el Comisionado para el Descubrimiento de la Longitud en el Mar, dedicado a ofrecer jugosos premios en metálico para quienes consiguieran determinar la longitud con una precisión, de 60, 40 o 30 millas náuticas. Esta última hazaña de precisión se recompensaría con 20.000 libras esterlinas… algo más de tres millones de euros de 2011.

El primer cronómetro lo bastante preciso como para ser útil en la navegación a largas distancias fue creado por John Harrison y probado con éxito en 1736 para después ser perfeccionado hasta lograr una asombrosa exactitud. Sin embargo, con esta exactitud venía un elevado precio que lo ponía fuera del alcance de muchas embarcaciones, y durante mucho tiempo se siguió utilizando otro método, el de las distancias lunares. Harrison se merecía, sin duda, el premio del Comisionado, pero sólo se le otorgó un premio menor de 5.000 libras.

Pero no importaba cuál fuera el sistema utilizado, cronómetro o distancias lunares, más o menos preciso o fiable, todos ellos necesitaban un punto de referencia a partir del cual calcular la diferencia horaria y convertirla en distancia este-oete.

No habiendo un punto de referencia geográfico, intervino la política.

Cada país con cierta presencia marítima en el siglo XVIII tenía su propio meridiano inicial o más de uno, incluso. España, por ejemplo, fijó como referencia para sus embarcaciones el el Meridiano de Madrid, el que pasa por el Observatorio Astronómico de Madrid todavía situado hoy en la calle de Alfonso XII números 3 y 5, junto a El Retiro, y que está situado a 3 grados, 41 minutos y 16,5 segundos al oeste del Meridiano de Greenwich.

En 1634, los franceses establecieron un meridiano inicial en la isla de El Hierro, donde hoy se encuentra el faro de la isla canaria. En 1667, sin embargo, los cartógrafos de Luis XIV cambiaron su meridiano cero a París. Bruselas, Washington, Filadelfia, Antwerp, Berna, Pisa, Oslo, roma, Copenhague, Estocolmo, San Petersburgo, Kioto, Jerusalén o La Meca… decenas de puntos sobre la tierra fueron considerados en un momento u otro como meridianos de origen por parte de distintos países y culturas.

Desde 1833, para los ingleses el meridiano primo era el fijado en el Observatorio Astronómico de Greenwich que fundara John Flamsteed, primer astrónomo real británico, en el parque del mismo nombre, en el sureste de Londres y que es visible desde el Támesis. Allí, todos los días, a las 12:55 una brillante bola roja sube por el asta en la que está insertada y a las 13:00 en punto cae marcando la hora. Los londinenses y los marineros que estaban en el Támesis ponían sus relojes en hora atendiendo a la caída de la bola. El ritual, por cierto, sigue repitiéndose todos los días, salvo en condiciones de vientos fuertes.

En octubre de 1884, el presidente de Estados Unidos Chester Arthur convocó a una conferencia internacional para terminar con la confusión y acordar un meridiano de origen común para todos los países y todas las cartas náuticas. Las 25 naciones representadas acordaron por amplia mayoría (22 votos a favor, 1 en contra y 2 abstenciones) fijarlo en el meridiano del Observatorio de Greenwich. Después de todo, ya era usado como tal por más de dos tercios de todos los barcos del mundo. Francia, uno de los países que se abstuvieron siguió usando el Meridiano de París para sus embarcaciones hasta bien entrado el siglo XX.

El Meridiano de Greenwich sólo pasa por ocho países del mundo, cinco de ellos en África y tres de ellos europeos: el Reino Unido, Francia y España, donde transcurre por Zaragoza y Valencia.

Y, por cierto, el GPS que usted emplea para orientarse no utiliza exactamente el Meridiano de Greenwich para calcular su posición en el planeta. El Meridiano Internacional de Referencia está a 102,5 metros del meridiano fijado por George Airy. Esto es resultado de un desplazamiento del primer sistema de geoposicionamiento por satélite que se ha mantenido hasta hoy.

Los varios meridianos de Greenwich

En Greenwich ha habido cuatro meridianos. En 1675, John Flamsteed, estableció el primero. En 1725, Edmund Halley definió el segundo. James Bradley estableció un tercer meridiano en el siglo XVIII, que aún se usa en Inglaterra como referencia para sus mapas. El cuarto meridiano fue definido por George Airy, a 5,79 metros del de Bradley, y es el que se adoptó como Meridiano Primo en 1884.

El pirata científico William Dampier

William Dampier - Project Gutenberg eText 15675
William Dampier
(pintura de T. Murray, D.P.
via Wikimedia Commons)
Un pirata sin estudios pero con una curiosidad insaciable y la decisión de observar cuidadosamente su mundo se convirtió en uno de los pilares de la ciencia moderna.

Resulta difícil menospreciar la enorme influencia y valor de William Dampier, y por lo mismo resulta igualmente difícil aceptar que sea uno de los grandes desconocidos de la historia.

William Dampier nació en 1651, en el cenit de la era de la exploración. Quedaba aún mucho mundo por descubrir para Europa, y las grandes potencias enviaban a sus capitanes a hallarlo y beneficiarse de ello. Motivado por una gran curiosidad, Dampier, hijo de un granjero y huérfano a temprana edad, decidió dedicarse a la mar.

Aventurero precoz, viajó a Terranova y a la Indias Occidentales, hoy las islas del Caribe, peleó en la tercera guerra angloholandesa en 1673, luego regenteó una hacienda en Jamaica y poco después alternaba la piratería con el trabajo de leñador en Campeche, México. En 1679 baja hasta Panamá, cruza el Istmo del Darién y llega a Perú para dedicarse a la piratería en la costa oeste de América, desde Chile hasta California, y después al otro lado del Pacífico, en Filipinas, China y Australia, donde, mientras se realizaban labores de reparación de su barco, tomó abundantes notas sobre la flora, la fauna y los habitantes aborígenes.

Después de fracasar como empresario en Sumatra y volver a la piratería, volvió a Inglaterra en 1691 como aventurero curtido y con numerosas notas y diarios cuidadosamente reunidos.

En 1697 Dampier publicó su primer libro Nuevo viaje alrededor del mundo, que sigue reeditándose hoy en día, pues logró llevar a la imaginación de sus lectores de fines del siglo XVII un mundo de aventuras y de hazañas variadas, erigiéndose en el fundador de la narrativa inglesa moderna gracias a su estilo, descrito como exento de toda afectación y de toda apariencia de invención o fantasía. El poeta Samuel Taylor Coleridge lo consideraba “un hombre con una mente exquisita” y recomendaba a los escritores de viajes que lo leyeran e imitaran.

El éxito del libro llevó a que escribiera el segundo volumen, Viajes y descripciones, publicado en 1699, que incluía un tratado sobre los vientos y la hidrografía, o medición de las aguas navegables. Dampier se revelaba allí como la primera persona que correlacionaba los vientos y las corrientes marítimas, y el primero que hizo mapas integrados de los vientos.

Si a ojos del público común había triunfado como un narrador extraordinario, los datos contenidos en sus libros lo situaron también como un verdadero experto de los mares del sur ante el almirantazgo británico, que lo llamó para consultarle sobre la forma más eficaz de explorar esas aguas, llenas de promesas. Como consecuencia, ese mismo año de 1699 se le dio el mando del pequeño buque Roebuck y se le encargó la exploración de la costa oriental de Australia al mando del velero Saint George.

Dampier exploró y bautizó Shark Bay, la Bahía del Tiburón, y las zonas costeras adyacentes a ella, incluidas las islas del Archipiélago Dampier. Después navegó hacia Nueva Guinea, donde descubrió un grupo de islas, entre ellas Nueva Bretaña, y el Estrecho de Dampier que la separa de la isla principal de Nueva Guinea. En el viaje de regreso, en abril de 1701, su barco naufragó en la Isla Ascensión, en el Atlántico. A su regreso a Gran Bretaña, un tribunal militar lo inhabilitó para comandar los barcos de Su Majestad porque, pese a ser un maestro navegante, era un comandante inepto para su tripulación, de temperamento difícil y dado a la bebida.

Dampier se dio tiempo entonces para escribir un libro sobre su fallido viaje a Australia, Un viaje a Nueva Holanda, cuya primera parte se publicó en 1703, el mismo año en que, sin importar su corte marcial de 1701, se le designaba para encabezar una expedición corsaria con los buques St. George, comandado por el propio Dampier, y Cinque Ports, a cargo del teniente Thomas Stradling. Un marinero de este último barco, el escocés Alexander Selkirk optó por quedarse en la isla deshabitada de Más a Tierra, en el archipiélago chileno de Juan Fernández, frente a la costa chilena, por desconfiar de la integridad del barco.

Pese a circunnavegar el planeta, por segunda ocasión en el caso de Dampier, la expedición fue un fracaso económico y volvió a Inglaterra en 1707 para escribir tanto la Reivindicación del Capitán Dampier sobre su viaje a los mares del sur en el buque St. George, publicado ese mismo año, como la segunda parte de Un viaje a Nueva Holanda, que se publicaría en 1709.

Entre 1708 y 1711, Dampier se unió a un nuevo emprendimiento como piloto del velero Duke capitaneado por Woodes Rogers y con el que daría su tercera vuelta al planeta, convirtiéndose en el primer hombre en conseguirlo. En 1709 fondearon frente a Más a Tierra (hoy Isla Robinson Crusoe) y rescataron a Selkirk. La historia del marinero contada a su vuelta a Inglaterra inspiraría a Daniel Defoe su Robinson Crusoe, publicado en 1719.

Sin embargo, Dampier no conseguiría disfrutar el premio de esa, la primera expedición exitosa en la que participara y que rindió beneficios por 200.000 libras esterlinas, pues murió en 1715 en la más absoluta miseria, cuatro años antes de que los patrocinadores de la expedición pagaran a los tripulantes su parte.

Sus obras siguieron ejerciendo una poderosa influencia. Charles Darwin llevó consigo, en su legendario viaje en el Beagle, los libros de Dampier, a los que llamaba “una mina de información". El uso del concepto de "subespecie" que inició Dampier y su descripción de las islas Galápagos ayudaron a guiar sus observaciones.

El naturalista alemán Alexander Von Humboldt era otro admirador que acudió a la obra de Dampier como trampolín para su trabajo, y Benjamin Franklin elogió la precisión de las observaciones meteorológicas del pirata británico.

Por su parte, las innovadoras tecnologías de navegación de William Dampier fueron estudiadas y aplicadas por sucesores como el explorador James Cook y el almirante Horatio Nelson, la víctima más famosa de la batalla de Trafalgar. Las cartas de navegación que confeccionó son de tal calidad que fueron utilizadas por la armada británica hasta bien entrado el siglo XX.

Más del tesoro del pirata

La descripción de Dampier del árbol del pan motivó el viaje a Tahití del Bounty, capitaneado por William Bligh, en 1787, cuando ocurrió el famoso motín. Jonathan Swift, en sus Viajes de Gulliver, inspirados en parte en las aventuras de Dampier, lo menciona como gran marinero y “primo” de Lemuel Gulliver; los salvajes “yahoos” de la parte cuatro del libro están basados en la descripción de Dampier de los aborígenes australianos. Gabriel García Márquez también menciona a Dampier en su cuento El último viaje del buque fantasma.