Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

diciembre 30, 2014

La generación espontánea

Un debate milenario sobre el origen de los seres vivos se resolvió finalmente a lo largo de 200 años de experimentos elegantes y audaces.

Monumento a Lazzaro Spallanzani.
(Foto CC de Massimo Barbieri, via
Wikimedia Commons.)
¿De dónde salen los seres vivos?

Esta pregunta parecería absurda hoy en día. Los seres vivos, sabemos, nacen de otros seres vivos. Siempre. La vida proviene de la vida y así ha sido desde su inicio, evolucionando de modo incesante y diversificándose de manera asombrosa.

Sin embargo, esto no era tan claro en la antigüedad. Ciertamente muchos animales nacían de otros, incluidos los seres humanos, pero se creía que ése era un caso especial, es decir, que había otras formas de crear seres vivos. Los babilónicos creían que los gusanos surgían espontáneamente del barro, los chinos pensaban que los pulgones nacían así del bambú y los indostanos creían que la suciedad y el sudor daban origen a las moscas.

Esta teoría de la generación espontánea la sintetizó Aristóteles diciendo que algunos seres vivos como muchos insectos emergían de “tierra o materia vegetal en putrfacción”. Y es que si aislamos un lugar donde no haya, digamos, gusanos o escarabajos, al cabo de cierto tiempo aparecían al parecer de la nada gusanos o escarabajos. Y si eso era válido para escarabajos lo podía ser para animales más grandes e incluso para seres humanos.

La hipótesis se mantuvo a lo largo de toda la antigüedad, la Edad Media y el Renacimiento. Todavía en el siglo XVII, el médico y químico flamenco Jan Baptist van Helmont, inventor de la palabra “gas”, publicó una receta para obtener ratones usando un frasco con granos de trigo y una camisa sucia de sudor. Había hecho el experimento y reportó asombrado que los ratones obtenidos con esta receta eran indistinguibles de los que se podían obtener mediante reproducción sexual.

Pero era la época en que el cuestionamiento se liberaba de las antiguas limitaciones y, en 1668, el toscano Francesco Redi, hizo una serie de experimentos cuidadosamente controlados para determinar si las larvas de mosca aparecían por sí solas de la carne en putrefacción, como afirmaba la teoría de la generación espontánea. Utilizó frascos con distintos materiales en putrefacción que dejó sin cubrir y otros frascos iguales cuyas bocas cubrió, unos con una fina tela de algodón y otros con un corcho, y pudo observar que no aparecían larvas de mosca en los que estaban cubiertos, mientras que sí aparecían en los que estaban abiertos. Otros experimentos incluían poner moscas en frascos sellados que contenían carne en descomposición. Si las moscas estaban muertas, no aparecían larvas, si estaban vivas, sí se reproducían.

Algún factor invisible que implicaba moscas vivas era el que transmitía la vida.

En 1674, seis años después de que Redi publicara sus experimentos, un comerciante y pulidor de lentes holandés llamado Anton Van Leeuwenhoek consiguió ver lo invisible: seres diminutos, vida unicelular, huevos de moscas y otros insectos. Se empezaba a prefigurar la respuesta a la controversia que había agitado Redi... aunque los defensores de la vieja hipótesis simplemente bajaron de escala y empezaron a afirmar que los microorganismos eran los que se producían espontáneamente.

Algunos experimentos como el de Louis Joblot, discípulo de Leeuwenhoek mostraban claramente que los microorganismos que se veían en las soluciones experimentales venían del propio aire circundante, pero la idea siguió sin ser aceptada por la mayoría de los naturalistas. Empezaba a aparecer el concepto de “esterilidad”, es decir, de tener un medio básico en el que el experimentador pudiera estar seguro de que no había microorganismos al inicio del experimento, para así constatar el origen de los que pudieran aparecer después.

El sacerdote galés John Needham hizo algunos experimentos hirviendo distintas materias orgánicas con la idea de matar los microorganismos que pudiera haber. Pese a que sellaba los frascos, seguían apareciendo estos seres, lo cual fue ampliamente interpretado como una validación de la generación espontánea.

Entró entonces en el debate el científico italiano Lazzaro Spallanzani, un convencido de que la experimentación rigurosa y repetida era la única forma de alcanzar certezas científicas. El científico, que después descubriría tanto la ecolocalización de los murciélagos como los procesos químicos de la digestión, repitió los experimentos de Needham demostrando que sus técnicas eran insuficientes y que, si las soluciones se hervían el tiempo suficiente y se mantenían protegidas todo el tiempo de la ocntaminacion aérea, no aparecían los microorganismos. Sus resultados, publicados en 1765, fueron ignorados pese a su contundencia.

Pero la realidad práctica se iba imponiendo a las ideas consolidadas. Así, en 1795 el confitero francés Nicholas Appert inventó un método para conservar alimentos. Su sistema implicaba introducir un alimento en un frasco, cerrar éste herméticamente y luego cocinarlo hirviéndolo durante largo tiempo. Sin proponérselo, el cocinero confirmó los resultados de Spallanzani... y de paso ganó el premio de 12 mil francos que ofrecía el ejército francés a quien lograra una gran innovación en las conservas.

Quedaba un resquicio para los defensores de la generación espontánea: argumentaron que era necesario que hubiera aire para que se operara el milagro de la generación de vida. Era su último bastión.

El minucioso trabajo de Spallanzani puso las bases para los experimentos del joven Louis Pasteur publicados en 1864 y que derrumbaron esa última plaza fuerte de la generación espontánea. Usó un preparado de caldos de carne que hirvió exhaustivamente en matraces con un alargado cuello en forma de “S” horizontal. En algunos, rompió el cuello en forma de S para que el contenido quedara expuesto al aire y al polvo, mientras que en otros dejó abierto el cuello, en consecuencia dejando que pasara el aire pero no el polvo que llevaba los microorganismos y que quedaba atrapado en la curvatura del matraz. En los primeros se desarrollaron microorganismos, en los segundos no.

Culminaban así casi 200 años desde los primeros experimentos de Redi. Quedaba entonces sólo un misterio: al menos en un momento, hace unos 3.800 millones de años, la vida sí surgió a partir de la materia inanimada. Quien descubra cómo ocurrió ese proceso pasará a la historia como Pasteur o Spallanzani.

Consecuencias en la salud

La idea de que todo microorganismo proviene de otro fue la base de toda la microbiología y, entre otras cosas de las prácticas de higiene han sido responsables de evitar millones y millones de muertes y cantidades enormes de sufrimiento, gracias a pioneros como Ignaz Semmelweis, que promovió la higiene de los médicos desde 1847 y de Joseph Lister, que propuso la desinfección del material quirúrgico apenas 3 años después del experimento de Pasteur.