Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento
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Los inesperados datos de Hans Rosling


Hans Rosling en 2010.
(Foto CC de Tobias Andersson Åkerblom, vía Wikimedia Commons)
Mucho lo que sabemos es falso.

O, para ser precisos, mucho de lo que creemos saber sobre la situación del mundo es totalmente falso.

Haga usted esta prueba que propone el médico y estadístico sueco Hans Rosling para determinar qué tanto conoce usted del mundo en el que vive. Son cuatro preguntas, elija una respuesta para cada una.

  1. En el último siglo, las muertes cada año debidas a desastres naturales: a) se han duplicado, b) se han mantenido más o menos iguales, c) se han reducido a la mitad.
  2. Si el promedio de los hombres del mundo que hoy tienen 30 años han estudiado 8 años de escuela, ¿cuántos años ha estudiado el promedio de las mujeres que hoy tienen 30 años? a) 7 años, b) 5 años, c) 3 años
  3. En los últimos 20 años, el porcentaje de seres humanos que viven en pobreza extrema: a) casi se ha duplicado, b) ha permanecido más o menos igual, c) se ha reducido a la mitad.
  4. ¿Qué porcentaje de niños de un año de edad en todo el mundo se han vacunado contra el sarampión? a) 20%, b) 50%, c) 80%

Si nos atenemos a la impresión que nos dejan los medios de comunicación, el mundo es un lugar de caos, destrucción, guerras, enfermedades y una situación casi al borde del abismo donde nuestra esperanza de supervivencia y la de nuestros descendientes es sumamente precaria.

Pero los medios de comunicación, hay que recordarlo, sólo nos informan de lo que es noticia. O de lo que los periodistas consideran que es noticia. Eso, lo que es noticia, es sólo una fracción minúscula de los acontecimientos que ocurren en el mundo. Es lo destacable, lo desusado, lo que nos afecta. La antigua conseja del periodismo lo deja claro: ningún diario escribe reportajes detallados sobre los aviones que no se estrellan.

Y los aviones son un excelente ejemplo de cómo los datos, los datos reales, sólidos, comprobables, los hechos científicamente contrastados, entran en desacuerdo con nuestra percepción. Subir a un avión con frecuencia nos provoca ansiedad, pensamos en los terribles accidentes de aviación recientemente cubiertos en detalle por la prensa, y probablemente sabemos, porque nos lo han dicho, que el avión es el medio de transporte más seguro que existe, y lo es cada vez más... Los datos están allí, pero algo dentro de nosotros no se lo puede creer.

Hans Rosling, nacido en 1948, estudió medicina y estadística y desde 1976 pasó varios años como médico en Mozambique y por toda África estudiando brotes de una enfermedad paralizante que llamó konzo y que logró descubrir que tenía su origen en el consumo de mandioca poco procesada, que además de provocar deficiencias alimentarias provocaba un consumo excesivo de cianuro. Posteriormente trabajó como asesor de salud en organizaciones internacionales como la OMS y UNICEF, además de ser uno de los fundadores de Médicos sin Fronteras.

Pero su pasión, en parte profesional y en parte debida a su preocupación por la pobreza y lo que llamamos “el Tercer Mundo”, y lo que lo ha dado a conocer en todo el mundo, es la estadística, el manejo de los datos reales, obtenidos científicamente, y el hecho de que la mayoría de las personas, de los propios medios de comunicación, tienen una visión del mundo que no se corresponde con la realidad, que es, cuando menos, anticuada. Y en muchas ocasiones profundamente injusta.

Es más o menos conocido que hay una serie de datos que hablan en favor de un avance notable en algunos rubros del bienestar colectivo... Sabemos que la mortalidad infantil se ha abatido gracias a los avances en vacunas y alimentación, y que la expectativa de vida al nacer prácticamente se ha duplicado desde principios del siglo XX. Pero la idea que tenemos es que estos fenómenos son peculiares de los que consideramos “países desarrollados”, cuando en realidad el fenómeno también ha ocurrido en África y Asia. Incluso países pobres como Mozambique, por poner un ejemplo, la mortalidad infantil ha caído de 440 niños por cada mil nacimientos en 1900 a 87 en 2013... una cifra enorme pero que es igual a la mortalidad infantil que había en el Reino Unido en 1933 o en Estados Unidos en 1936. O Perú apenas en 1989. El avance es real.

Por supuesto, si no conocemos los datos, datos que se hayan recopilado de modo fiable y con métodos científicamente sólidos, la imagen que tenemos del mundo está distorsionada y ello dificulta poder cambiar las cosas para bien. Para que estos datos sean conocidos, Hans Rosling ha desarrollado el proyecto llamado Gapminder, una forma de presentación de datos en ordenadores que permite ver la evolución de muy diversos indicadores a partir de datos sólidos.

Por cierto, las respuestas a las preguntas con las que comenzamos son c, a, c, c. Las más optimistas, las que menos se ajustan a la visión que solemos tener. Rosling suele prevenir al público de que esto no significa que los problemas se hayan resuelto, pero sí nos dice que los problemas más acuciosos están resolviéndose y pueden resolverse: vacunación, alfabetización, escuela para hombres y mujeres, incluso el hambre y la pobreza extrema no son fatalidades ni problemas que esperen una solución súbita que lo cambie todo, sino asuntos que podemos enfrentar con el conocimiento, la tecnología, la ciencia y el conocimiento de la realidad.

¿Y la sobrepoblación, preocupación siempre animada por los medios? Los datos y las proyecciones de los mimos indican que la población tiende a dejar de crecer. Las parejas en todo el mundo tienen ahora poco más de dos hijos en promedio, las grandes familias van quedando en el pasado y a mediados de este siglo la población podría estabilizarse en 11 mil millones de habitantes, número que se mantendría igual hacia el futuro. El problema seguirá siendo que esos 11 mil millones de vidas sean dignas, satisfactorias y plenas.

Pero, según el investigador sueco, es más importante invertir tiempo y recursos en eso que en preocuparnos por miedos sin fundamento. No por optimismo, sino por que llama “posibilismo”, porque sabemos que sí es posible resolver los problemas de nuestro mundo.

La era menos violenta

El psicólogo cognitivo Steven Pinker se ha interesado por determinar, con datos etnográficos, paleontológicos e históricos, si la violencia entre los seres humanos ha aumentado o disminuido a lo largo de la historia. Sus descubrimientos son asombrosos. Cuando en el año 1300 había una media de 40 homicidios por cada 100.000 personas, para 1700 la cifra había caído a al rededor de diez y, en la actualidad, sólo mueren una o dos personas asesinadas de cada 100.000. Otros indicadores, como la violencia contra niños o el porcentaje de personas muertas en combate han caído drásticamente. Aunque parezca contrario a todo lo que suponemos, y pese al camino que falta por andar, vivimos en la era menos violenta de la historia humana. Demostrablemente.

Una newtoniana en los estados papales

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Laura María Catharina Bassi en un grabado de
Domenico Maria Fratta del siglo XVIII.
A principios del siglo XVIII la revolución científica había llegado a su culminación. Ya nada volvería a ser igual en el conocimiento, en la relación misma del ser humano con el universo. La revolución había comenzado en 1543, con la publicación de las ideas de Nicolás Copérnico y se cerraba en 1687 con el libro donde Newton desentrañaba las leyes del movimiento y de la gravitación. En menos de siglo y medio en el cual se había replanteado, cuestionado y reevaluado todo cuanto el ser humano había creído saber en toda su historia.

Pero faltaba que las nuevas ideas fueran aceptadas por quienes manejaban el poder a todos los niveles, incluidos los científicos. Eran necesarios nuevos revolucionarios que contaran la historia y que construyeran sobre las bases fijadas por los creadores de lo que hoy llamamos ciencia.

Una de las consolidadoras de la revolución científica y heraldo de la revolución social y política que la seguiría, la Ilustración, Laura María Caterina Bassi, nació el 31 de octubre de 1711 en Bolonia, por entonces parte de los Estados Papales. Hija de un abogado, llegaba a la todavía nueva élite de los profesionistas liberales con dinero pero sin título nobiliario. Su padre decidió educarla en casa; a los cinco años empezó a estudiar latín, francés y matemáticas, y a los trece, el médico familiar y profesor de la Universidad de Bolonia, Gaetano Tacconi empezó a enseñarle filosofía, metafísica, lógica y eso que por entonces se llamaba “filosofía natural”... ciencia.

La joven tenía dotes intelectuales notables y un interés profundo por el universo a su alrededor, especialmente por la física, y en los años siguientes sería conocida por su capacidad intelectual tanto en su ciudad como internacionalmente. Su entorno (que incluía a Próspero Lambertini, después Benedicto XIV) le animó a buscar un puesto académico y con apenas 20 años fue admitida en la Academia de Ciencias de Bolonia. Tres semanas después, el 17 de abril de 1732, defendió 49 tesis en la Universidad de Bolonia, con tal éxito que le mereció ser doctorada el 12 de mayo.

Buena parte de las tesis que defendía se referían a la física, la biología y la anatomía, y entre ellas defendía la posición de Newton respecto de la ciencia, a contracorriente de la preferencia de los académicos de la época por el pensamiento de Descartes.

El filósofo francés René Descartes afirmaba que la forma correcta de descubrir la verdad es por medio de la razón y sólo la razón, mientras que Newton afirmaba que la razón podía plantear hipótesis, pero se necesitaba la experimentación y la observación para confirmarlas o rechazarlas. La visión de Newton afirmaba que la naturaleza obedece a leyes que se pueden cuantificar y predecir, no a fuerzas sobrenaturales. Laura Bassi, atraída por la experimentación y fascinada por sus resultados, oponía a ellos la posición del físico inglés con tanta claridad que llegó a ser conocida como “la mujer que entendía a Newton”, y durante 28 años enseñó, entre otros temas, la física newtoniana que sustentaba las ideas del genio británico.

Su brillante exposición llevó a que la universidad la nombrara profesora a fines de 1732 y, al año siguiente, el 17 de abril, le otorgó una cátedra. En poco tiempo, Laura Bassi se había convertido en la segunda mujer que recibía un título universitario en Italia, además de ser la primera profesora universitaria de la historia y la primera científica profesional, dedicada a explorar problemas de mecánica, hidrometría, elasticidad, propiedades de los gases y la recién descubierta electricidad. Alessandro Volta, uno de los pioneros de la electricidad, solía enviarle sus artículos para obtener su opinión. Tenía también correspondencia con personajes como Voltaire, a quien ayudó para que fuera admitido en la Academia de las Ciencias de Bolonia.

En 1738 se casó con el médico y físico Giuseppe Veratti, que compartía su pasión por la ciencia. En los siguientes años, además de dar clases en la universidad y, frecuentemente, en su casa, donde la pareja hacía sus experimentos, se dieron tiempo para tener y educar a una docena de hijos. En 1745 fue admitida en el selecto grupo de científicos, la Academia Benedictina, convocada precisamente por el papa Benedicto XIV, su antiguo amigo. Allí, desde 1746 y hasta su muerte, Bassi dio una conferencia anual detallando sus experimentos y hallazgos.

Laura Bassi enfrentó la oposición de algunos que no consideraban correcto que una mujer discutiera de asuntos de la naturaleza y el universo, además de que se veía impropio que impartiera clases a grupos de alumnos masculinos, y el arzobispo de Bolonia dio la orden de que sólo impartiera clases públicas ocasionalmente y con permiso del Senado de Bolonia. Bassi decidió que su carrera científica no dependía ni de la universidad ni del arzobispo, y no tenía la perspectiva de ser una mera curiosidad, sino de realizar sus propias aportaciones al conocimiento, al método y a la filosofía de la ciencia. En 1749, inauguró un laboratorio privado que pronto se hizo famoso en toda Europa, y donde confirmó que era, además, la mejor profesora de física de su época.

La culminación de su carrera se dio en 1776, cuando el Senado de Bolonia le confirió la cátedra de física experimental en el Instituto de las Ciencias de Bolonia, llevando a su marido como asistente.

Una de las razones por las cuales Bassi es poco conocida actualmente es que sus aportaciones se anunciaban en conferencias y conversaciones, en particular las que impartió anualmente desde 1746 en la Academia Benedictina, y sólo publicó cuatro obras científicas, una sobre la compresión del aire, otra sobre las burbujas en líquidos en flujo libre, la tercera sobre burbujas de aire que escapan de los líquidos y otra sobre problemas mecánicos e hidrométricos.

Laura Bassi falleció el 20 de febrero de 1778. La Ilustración llevaba a cabo su propia revolución y el puente entre las viejas ideas y el nuevo método, la ciencia, había sido transitado, en parte gracias a la labor experimental, docente e innovadora de Laura Bassi, “la mujer que entendía a Newton”.

Laura Bassi, hoy

Aunque poco conocida por el público en general, la contribución de Laura Bassi es reconocida por diversos medios. Llevan su nombre un liceo y una calle de su ciudad natal, Bolonia, y otro liceo en Sant’Antimo, además de ocho centros de especialización en Austria y un cráter de Venus. Adicionalmente, la Universidad Técnica de Munich ofrece anualmente el premio Laura Bassi, que consta de una mensualidad para apoyar a científicas destacadas. En 2016, serán 1.200 euros mensuales para candidatas al doctorado y 2.000 euros mensuales para estudiantes de postdoctorado, más un apoyo adicional para guardería, en caso de que las científicas tengan hijos.

Karl Landsteiner, los tipos sanguíneos y el virus de la polio

Nuestro sistema inmune nos defiende de amenazas externas, pero puede volverse contra nosotros. El conocimiento de nuestra sangre, inmunidad y enfermedades fue la pasión de un médico austríaco.

Karl Landsteiner en la década de 1920.
(Foto de la National Sciences Academy
via Wikimedia Commons)
En 1628, William Harvey describió por primera vez la circulación sanguínea completa, basado en antecedentes como el de Miguel Servet, que había descubierto la circulación pulmonar en 80 años antes. Poco después se intentó por primera vez transfundir la sangre de una persona a otra. La idea era reponer la sangre perdida con la de otra persona. Los intentos fueron terribles fracasos que provocaban la muerte del paciente.

Fue en 1655 cuando Richard Lower realizó la primera transfusión exitosa entre perros: desangró a uno casi hasta la muerte y lo revivió con sangre de otro. En 1667, el francés Jean-Baptiste Denis logró transfundir sangre de una oveja a dos personas, logrando que los tres sobrevivieran.

Qué era la sangre y por qué las transfusiones podían ser mortales resultaba un misterio en ese momento. Apenas se habían descubierto, poco después de Harvey, los glóbulos rojos o eritrocitos por parte de Jan Swammerdam, un pionero holandés de la microscopía. Ante los fracasos, la idea se olvidó hasta el siglo XIX, donde hubo experimentos, incluso escalofriantes como el intento de hacer una transfusión de leche de cabra al aparato circulatorio de un ser humano. Sólo hubo un caso exitoso registrado, cuando el ginecólogo inglés James Blundell, en 1818, salvó la vida a una paciente después de parir con una transfusión.

¿Qué determinaba que una transfusión fuera exitosa o resultara mortal para el receptor? La respuesta llegó hasta 1901 de la mano de un médico austríaco que trabajaba en el Instituto de Patología de Viena, Karl Landsteiner.

Landsteiner abordó el problema mediante un experimento. Tomó muestras de sangre de quienes trabajaban con él y procedió a mezclarlas. En algunos casos, la sangre de una persona provocaba que la de otra se aglutinara, y en otros no. Sistematizando las mezclas de sangre y los resultados que arrojaban, concluyó que la sangre se podía clasificar en tres grupos A, B y O (que originalmente llamó C). Según su tipología, una sangre de tipo A, por ejemplo, provocaría una aglutinación mortal en las de alguien que tuviera el tipo B o el tipo O, pero no en alguien que también fuera del tipo A. El descubrimiento le valió el Premio Nobel de Medicina o Fisiología de 1930.

Sus colaboradores pronto describieron un cuarto tipo sanguíneo, AB, que tenía las características de A y B y podía recibir transfusiones de sangre tipo A, B, O o AB. La tipología sanguínea y transfusiones dependían de que los eritrocitos tuvieran o no, en su superficie, los antígenos A o B, o ambos (AB), o ninguno (O).

Este descubrimiento fue interpretado en 1907 por el estadounidense Reuben Ottenberg como indicador de las posibilidades de éxito de una transfusión. Si se sabía el tipo sanguíneo de donante y receptor, se podría evitar que una transfusión provocara reacciones indeseables y la muerte.

A partir de ese momento, la pérdida de sangre por heridas, úlceras, partos difíciles y otras causas dejaba de ser necesariamente una sentencia de muerte.

Al virus de la polio y de vuelta a la sangre

Karl Landsteiner había nacido en Viena en 1868. Su padre, un famoso periodista, murió cuando Karl tenía sólo 6 años y fue criado sólo por su madre y parientes. A los 17 años consiguió entrar a estudiar medicina en la Universidad de Viena, donde encontró su verdadero tema de interés: la química orgánica. Por desgracia, no había suficientes puestos para investigadores y muchas veces Landsteiner tuvo que realizar su trabajo de investigación pasando de uno a otro instituto desde 1891, trabajando con algunos de los más influyentes científicos de su época, como el Emil Fischer, que llegaría a ganar el Premio Nobel. Su matrimonio, celebrado en 1916 duró hasta su muerte.

A partir de entonces, Landsteiner destacó publicando trabajos de bacteriología, anatomía patológica e inmunidad serológica, desarrollando algunos procesos que en aún hoy se siguen utilizando para trabajos de inmunología, y realizó importantes aportaciones al estudio de la sífilis, mortal enfermedad venérea que fue devastadora y muy temida hasta la aparición de los primeros medicamentos eficaces en 1910.

En 1908 se interesó por la poliomielitis, cuando logró inocularle la enfermedad a un mono, permitiendo así tener un modelo animal. En los años siguientes, trabajando en el Instituto Pasteur de Francia con Constantin Levaditi, logró demostrar que la polio era causada por un virus, describió su transmisión y su ciclo de vida y en 1912 demostró que era posible, aunque difícil, desarrollar una vacuna contra esta aterradora enfermedad. Tendrían que pasar más de cuatro décadas para que Jonas Salk desarrollara la primera vacuna contra la polio en 1955.

Sin quedar satisfecho con sus grandes aportaciones, hacia el final de su vida Karl Landsteiner volvió al tejido que le dio un Nobel: la sangre. Pese a haberse retirado oficialmente en 1939, siguió investigando y en 1940, trabajando en Estados Unidos junto con Alexander Wiener, publicó su descubrimiento de otro factor sanguíneo, el Rh, nombre que se le dio por haber sido estudiado en monos rhesus. El factor Rh se tiene (+) o no se tiene (-) dando como resultado la tipología que conocemos actualmente, que son los tipos descubiertos en 1901 y un signo positivo o negativo: A+, A-, B+, B-, etc.

Los dos científicos descubrieron que este factor era el responsable de una aterradora enfermedad infantil producida cuando la madre y el feto tienen tipos sanguíneos no compatibles, y el bebé se ve atacado por el sistema inmune de su madre. El descubrimiento permitió detectar y tratar estos casos, precisamente con transfusiones sanguíneas al bebé, evitando así que nazca con daños que en el pasado eran relativamente comunes.

Pese a su relevancia como fundador de la inmunología y la hematología, Landsteiner nunca disfrutó de los reflectores y raras veces dio entrevistas o habló en público. Su pasión era su laboratorio y trabajando en él sufrió en 1943 un infarto cardíaco que terminó con su vida.

La prueba de paternidad

Antes de que se pudiera secuenciar el ADN, la prueba de paternidad por excelencia era la tipología sanguínea. No podía demostrar que un hombre fuera con certeza padre de un hijo, sólo que podía serlo o, contundentemente, en algunos casos, que NO podía serlo. Por ejemplo, dos padres de tipo A, sólo pueden tener hijos A u O (si los dos tienen un cromosoma dominante A y uno recesivo O). En tal caso, un hijo con tipo AB o B no podría ser hijo del padre, que tendría forzosamente que tener sangre de tipo B. Una herramienta imprecisa, pero la única que se tuvo durante años.

Los genes saltarines de Barbara McClintock

La dotación genética que nos hace lo que somos y es el vehículo de la evolución, se consideraba un esquema rígido. Barbara McClintock demostró que tenían una flexibilidad insospechada, base de la genética moderna.

Barbara McClintock en su laboratorio de la Carnegie
Institution, en 1947.
(Fotografia Smithsonian Institution via Wikimedia Commons)
“Dado que me impliqué activamente en el tema de la genética sólo veintiún años después del redescubrimiento, en 1900, de los principios de la herencia de Mendel, y en una etapa donde la aceptación de estos principios no era generalizada entre los biólogos, tuve el placer de atestiguar y experimentar la emoción creada por los cambios revolucionarios en los conceptos genéticos que han ocurrido en los últimos sesenta y tantos años.”

Es difícil imaginar este mundo que describía Barbara McClintock en su conferencia como Premio Nobel de Medicina o Fisiología de 1983, cuando había biólogos que no aceptaban la genética, no se había establecido el vínculo entre genética y evolución, y no sabíamos nada del ADN.

La propia bióloga galardonada había nacido sólo dos años después del redescubrimiento de los trabajos de Gregor Mendel, el 16 de junio de 1902, en Hartford, Connecticut, en los Estados Unidos. Ese mismo año, Walter Sutton demistraba que la genética mendeliana es aplicaba a los cromosomas de los seres vivos, es decir, que éstos transmitían las características heredadas. También en 1902 el británico Archibald Garrod observó que la alcaptonuria, enfermedad poco común, se heredaba según las reglas mendelianas.

Apenas en 1909, cuando la pequeña Barbara cumplía los 7 años de edad y vivía en Nueva York con su familia, el danés Wilhelm Hohanssen inventó una nueva palabra: “gen” para describir la unidad de herencia mendeliana. Dos años después, Thomas Hunt Morgan determinaba que los genes se encontraban en los cromosomas. Estaban listos los cimientos del trabajo de McClintock.
Barbara entró al Colegio de Agricultura de la Universidad de Cornell, NY, donde se licenció en 1923, obtuvo su maestría en 1925 y su doctorado en 1927, especializada en botánica y no en la genética, que ya era su pasión, pues las disposiciones de la universidad no permitían que una mujer obtuviera un título en la naciente disciplina.

Como doctora, McClintock empezó a trabajar en la propia universidad, trabajando con plantas de maíz, ya que esta especie tiene características que la hacen ideal para el estudio de la genética, pues cada grano de una mazorca es producto de una fertilización independiente, y es distinto de sus vecinos. Esto le permitió ser una de las descubridoras, en 1931, de un fenómeno inesperado: al reproducirse las células vivientes, los cromosomas de cada par intercambian partes entre sí.

Mc Clintock empezó entonces un peregrinaje por distintas instituciones educativas y de investigación en busca de un lugar dónde poder trabajar en condiciones adecuadas: Missouri, California, el Berlín y el Friburgo de la preguerra en 1933, de nuevo Cornell y Missouri, donde trabajó con el novedoso concepto de que la radiación provocaba mutaciones para estudiar la variación genética.

Finalmente, en 1941 la investigadora llegó a Cold Spring Harbor, en Washington, dependiente del Instituto Carnegie, donde encontró su lugar y donde permaneció como investigadora hasta el final de su vida.

Fue allí, en 1944, cuando descubrió que había elementos genéticos que podían cambiar de lugar en los cromosomas. Hasta entonces, la idea aceptada era que los genes se ubicaban en el cromosoma como las perlas en un collar, cada uno con una posición determinada e inmutable que se transmitía inalterado a su descendencia. Lo que demostró el trabajo de McClintock es que no había tal patrón inalterable, sino que por distintas causas, dentro y fuera de la célula, algunos genes pueden cambiar de lugar (transponerse) afectando así al organismo resultante. Los genes, pues, podían “saltar” de un lugar a otro en la cadena, con efectos discernibles. Estas transposiciones o cambios de lugar podían ocurrir de modo autónomo o como resultado de la interacción con otros genes. Así, McClintock descubrió también que había un tipo de genes cuya función era activar –o desactivar- a otros genes en su vecindad, y un segundo tipo de genes que eran responsables de que el activador cambiara de lugar o sufriera transposición.

Este proceso permitía así que ciertos genes del individuo resultante estuvieran o no activos en función de la transposición que hubieran sufrido durante la reproducción. El descubrimiento introducía un elemento adicional para explicar la variabilidad de la dotación genética de las especies, algo fundamental para la evolución.
El mismo año que hizo este fundamental descubrimiento, McClintock fue elegida como miembro de la Academia Nacional de Ciencias de los EE. UU. Era apenas la tercera mujer que ingresaba en la institución. Y en 1945 se validaba su trabajo al convertirse en la primera mujer que presidía la Sociedad Genética de los Estados Unidos, algo singular si recordamos que 20 años antes se le había negado la posibilidad de especializarse en genética.

Su trabajo en los genes saltarines (llamados técnicamente “transposones”) fue recibido con cierto escepticismo cuando finalmente lo publicó en 1950, según sus biógrafos en parte por su condición de mujer pero también por su poca eficiencia en la comunicación de sus resultados. Pero la idea era sólida y la confirmaron estudios diversos entre 1967, el año en que McClintock se jubiló formalmente, y 1970. Una vez validado el descubrimiento, así fuera tardíamente, la genetista fue galardonada con el Premio Nobel.

El escepticismo era explicable de varias formas. Cuando la estudiosa hizo sus descubrimientos ni siquiera se sabía que los genes estuvieran formados por ADN (ese descubrimiento sobrevendría hasta 1952) y lo incierto del camino hacía que la cautela se impusiera al valorar las afirmaciones más revolucionarias.

Pero ésa no sería la única aportación de Bárbara McClintock a la genética. Además de desarrollar numerosas técnicas que permitieron a otros investigadores realizar otros avances, fue una de las primeras biólogas que especuló sobre la epigenética, los cambios hereditarios en la expresión (activación) de los genes que no se deben a cambios en las secuencias de ADN.

Jubilada pero no retirada, Barbara McClintock siguió como investigadora distinguida en el Instituto Carnegie y se dedicó a explicar la transposición de los genes y su significado en la genética moderna. Murió el 2 de septiembre de 1992.

Los honores

A lo largo de su vida, Barbara McClintock recibió los más altos honores de la academia estadounidense. El Premio al Servicio Distinguido del Instituto Carnegie, el Premio Rosenstiel por investigación médica básica, un fellowship de la fundación MacArthur, el premio Mary Lasker y la Medalla Nacional de la Ciencia de los Estados Unidos.

Cecilia, ¿de qué está hecho el universo?

El “techo de cristal” que sufrían las mujeres en el siglo XX fue roto por figuras monumentales de la investigación como Marie Curie y Cecilia Payne.

Cecilia Payne-Gaposchkin en el observatorio
de la Universidad de Harvard.
(Foto D.P. Acc. 90-105 - Science Service, Records, 1920s-1970s,
Smithsonian Institution Archives, vía Wikimedia Commons)
En 1924 Cecilia Payne estaba trabajando en el observatorio de la Universidad de Harvard, en Massachustes, EE.UU., cuando su profesor, el astrónomo Harlow Shapley, le sugirió que escribiera una tesis doctoral.

La idea no le entusiasmaba a Cecilia. Le dijo a Shapley que ya tenía un título de Cambrige. “Es el título más alto del mundo. No quiero ningún otro”, afirmó. Pero Shapley, famoso por haber conseguido calcular el tamaño de la Vía Láctea y el lugar de nuestro sistema solar en ella, insistió. Él se había arriesgado invitando a la brillante astrónoma británica a cruzar el océano para convertirse en su alumna, en una época en la que pocas mujeres estaban activas en la ciencia, y quería que el resultado de sus esfuerzos se plasmara en un título de doctorado.

Cecilia finalmente cedió e investigó y escribió una disertación doctoral con el sobrio título de “Atmósferas estelares, una contribución al estudio observacional de altas temperaturas en las capas de inversión de las estrellas” que presentó en 1925. En ella, utilizaba la aún novedosa mecánica cuántica para demostrar que el espectro luminoso de las estrellas estaba determinado únicamente por sus temperaturas y no por los elementos que las componían, porque los elementos estaban presentes en proporciones esencialmente iguales en toda la galaxia: el sol tiene tanto silicio y carbono proporcionalmente como la tierra.

Pero había una excepción: el helio y, especialmente el hidrógeno, eran mucho, muchísimo más abundantes en las estrellas. El hidrógeno, de hecho, era del orden de un millón de veces más abundante en las estrellas. En todas las estrellas de toda la galaxia. La conclusión era tan revolucionaria que el asesor de tesis de Cecilia la convenció de suavizar la presentación de los datos indicando que eran una anomalía que probablemente era un error.

De corroborarse esta conclusión que se desprendía inevitablemente de los cálculos de la astrónoma, significaría que el universo estaría formado por hidrógeno en un 99%, algo que iba contra todas las suposiciones de la astrofísica de la época. Y un descubrimiento cuando menos asombroso para una joven de apenas 25 años de edad.

Sucesivas observaciones y cálculos confirmaron en los tres años siguientes las conclusiones de Cecilia Payne y el propio Russell retiró sus objeciones y le dio todo el crédito correspondiente. El universo estaba hecho de hidrógeno, uno de los más trascendentes descubrimientos de la historia de la astronomía.

De la botánica a las estrellas

Conocida por su apellido compuesto de casada, Cecilia Payne-Gaposchkin nació el 10 de mayo de 1900 en Wendover, Inglaterra e hizo sus primeros estudios en la escuela para niñas de St. Paul’s, en Londres, y lo habitual habría sido que allí terminara su escolarización, pues su madre viuda prefería invertir en la educación de su hermano. Sin embargo, Cecilia consiguió una beca para el Colegio de Newnham, en Cambridge, donde se matriculó con objeto de estudiar botánica.

Sus proyectos se vieron alterados cuando pasó por Cambridge Sir Arthur Eddington, el célebre astrónomo. Eddington había registrado en África el eclipse solar del 29 de mayo de 1919, y sus fotografías, publicadas un año después, eran la primera demostración firme de que la teoría de la relatividad de Einstein era correcta: mostraban cómo el campo gravitacional del sol había curvado la luz de estrellas cuando pasaba cerca de él desde nuestro punto de vista, haciendo parecer que estaban en una posición distinta. Con este antecedente, Eddington se embarcó en una serie de conferencias de divulgación sobre esta investigación y sobre la relatividad. Cecilia asistió a la que dictó en Cambridge y, como comentó en una entrevista: “Fue el día después de la conferencia cuando fui con mi director de estudios y dije que iba a cambiar mis estudios de la botánica a la física”.

Como única mujer que estudiaba física en Cambridge, sin embargo, provocó algunas suspicacias. Un caso que también cambiaría el rumbo de su vida fue el del legendario físico Ernest Rutherford, padre de la física nuclear y por entonces ya Premio Nobel de química que sentía que su alumna era demasiado ambiciosa en la ciencia. Cecilia se hizo amiga de la hija del Rutherford, Eillen Mary, él le dijo a su heredera “No le interesas, querida, ella sólo está interesada en mí”.

Cuando Eileen Mary se lo comentó a Cecilia, ésta se enfureció y, relata, “decidí que no seguiría en la física, sino que me orientaría a la astronomía en cuanto pudiera”. Y así lo hizo, obteniendo su licenciatura, maestría y doctorado en astronomía en 1923.

Fue entonces cuando, viendo que en Inglaterra no tenía futuro como investigadora, aceptó la invitación de Harlow Shapley, director del Observatorio Universitario de Harvard para entrar al recientemente inaugurado programa de postgrado de astronomía. Dos años después producía la disertación doctoral que fue descrita como “la tesis de doctorado más brillante jamás escrita en la astronomía” por Otto Struve, uno de los más prolíficos astrónomos de la historia y que descubrió, entre otras cosas, el hidrógeno interestelar.

Después de presentar su tesis, Cecilia Payne adoptó la ciudadanía estadounidense y en 1933, durante un viaje por Europa ya como una de las astrónomas más distinguidas del momento, conoció al astrofísico Sergei I. Gaposchkin, a quien ayudó a salir de la Alemania nazi a Estados Unidos, donde se casaron y tuvieron tres hijos: Edward, astrofísico; Katherine, astrónoma e historiadora de la ciencia, y Peter Arthur, programador analista y físico.

Durante los años siguientes, Cecila y Sergei se dedicaron a diversos trabajos astronómicos, como la observación de las estrellas de gran magnitud y las estrellas variables, que les permitieron establecer los caminos de la evolución de las estrellas. En 1956, mientras continuaba su trabajo de investigación, se convirtió en la primera mujer en obtener una cátedra en la Universidad de Harvard y la primera en encabezar un departamento académico en esa universidad, el de astronomía.

Cuando murió, en 1979, había acumulado una de las más impresionantes carreras de la astronomía del siglo XX.

Si quieres estudiar ciencia

Además de su legado científico, Cecilia Payne-Gaposchkin dejó estas palabras para quienes quieren estudiar ciencia: “No emprendas una carrera científica en busca de la fama o el dinero. Hay formas más sencillas y mejores de alcanzarlos. Empréndela sólo si nada más te puede satisfacer, porque lo que probablemente recibirás es nada. Tu recompensa será la ampliación del horizonte conforme escalas. Y si logras esa recompensa, no pedirás ninguna otra".

¡Ellos fueron!

Se acaba de lanzar en Amazon, en formato Kindle, el libro electrónico ¡Ellos fueron!, formado por 50 biografías de científicos que se han publicado desde 2006 en la página de ciencia del suplemento "Territorios de la cultura" del diario El Correo, que escribo semanalmente desde 2006 y en este blog.

El libro está disponible en las tiendas de Amazon de España, Estados Unidos, Reino Unido, Francia e Italia,

El libro se dedica en parte a algunos de los más conocidos científicos y algunos detalles poco conocidos de sus vidas, pero también a gente como:

Un pirata cuya obra científica acompañó a Darwin en su viaje en el Beagle...

Una mujer sin cuyo trabajo habría sido imposible descubrir la forma del ADN...

Un mundialmente famoso guitarrista de rock que es doctor en astrofísica...

Un médico húngaro al que muy probablemente usted le debe la vida...

Un paleontólogo que quiso ser rey de Albania...

Un genio de la física que resolvía ecuaciones en clubes de striptease...

Un físico que regaló los derechos del invento que lo habría hecho multimillonario...

El matemático pobre que redescubrió toda la matemática moderna en su infancia...

Y otros 43 personajes peculiares que han participado en la investigación del universo y que han encontrado respuestas que dan forma a nuestra vida cotidiana, nuestro conocimiento, nuestro bienestar, nuestra salud y nuestro futuro.

William Dampier, Ignaz Semmelweis, Francis Bacon, Ambroise Paré, Richard Dawkins, Charles Darwin, María Sklodowska Curie, Leonardo Da Vinci, Isaac Newton, Alan Turing, Nicolás Copérnico, Srinivasa Ramanujan, Zahi Hawass, Konrad Lorenz, Giordano Bruno, Louis Pasteur, Stephen Hawking, Benjamin Franklin, Alexander Fleming, Vilayanur S. Ramachandran, Oliver Sacks, Gregor Mendel, Charles Babbage, Brian May, Bob Bakker, James Maxwell, Santiago Ramón y Cajal, Nicola Tesla, Rosalind Russell, Tim Berners-Lee, Philo T. Farnsworth, Miguel Servet, Ferenc Nopcsa, Harvey Cushing, Alberto Santos Dumont, Mateo Orfila, Niels Bohr, Bertrand Russell, Christiaan Barnard, Carl Sagan, Richard Feynman, Andreas Vesalio, Patrick Manson, Alfred Russell Wallace, John Snow, Wernher von Braun, Alexander Von Humboldt, Claude Bernard, Thomas Henry Huxley y Peter Higgs