Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento
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Los genes saltarines de Barbara McClintock

La dotación genética que nos hace lo que somos y es el vehículo de la evolución, se consideraba un esquema rígido. Barbara McClintock demostró que tenían una flexibilidad insospechada, base de la genética moderna.

Barbara McClintock en su laboratorio de la Carnegie
Institution, en 1947.
(Fotografia Smithsonian Institution via Wikimedia Commons)
“Dado que me impliqué activamente en el tema de la genética sólo veintiún años después del redescubrimiento, en 1900, de los principios de la herencia de Mendel, y en una etapa donde la aceptación de estos principios no era generalizada entre los biólogos, tuve el placer de atestiguar y experimentar la emoción creada por los cambios revolucionarios en los conceptos genéticos que han ocurrido en los últimos sesenta y tantos años.”

Es difícil imaginar este mundo que describía Barbara McClintock en su conferencia como Premio Nobel de Medicina o Fisiología de 1983, cuando había biólogos que no aceptaban la genética, no se había establecido el vínculo entre genética y evolución, y no sabíamos nada del ADN.

La propia bióloga galardonada había nacido sólo dos años después del redescubrimiento de los trabajos de Gregor Mendel, el 16 de junio de 1902, en Hartford, Connecticut, en los Estados Unidos. Ese mismo año, Walter Sutton demistraba que la genética mendeliana es aplicaba a los cromosomas de los seres vivos, es decir, que éstos transmitían las características heredadas. También en 1902 el británico Archibald Garrod observó que la alcaptonuria, enfermedad poco común, se heredaba según las reglas mendelianas.

Apenas en 1909, cuando la pequeña Barbara cumplía los 7 años de edad y vivía en Nueva York con su familia, el danés Wilhelm Hohanssen inventó una nueva palabra: “gen” para describir la unidad de herencia mendeliana. Dos años después, Thomas Hunt Morgan determinaba que los genes se encontraban en los cromosomas. Estaban listos los cimientos del trabajo de McClintock.
Barbara entró al Colegio de Agricultura de la Universidad de Cornell, NY, donde se licenció en 1923, obtuvo su maestría en 1925 y su doctorado en 1927, especializada en botánica y no en la genética, que ya era su pasión, pues las disposiciones de la universidad no permitían que una mujer obtuviera un título en la naciente disciplina.

Como doctora, McClintock empezó a trabajar en la propia universidad, trabajando con plantas de maíz, ya que esta especie tiene características que la hacen ideal para el estudio de la genética, pues cada grano de una mazorca es producto de una fertilización independiente, y es distinto de sus vecinos. Esto le permitió ser una de las descubridoras, en 1931, de un fenómeno inesperado: al reproducirse las células vivientes, los cromosomas de cada par intercambian partes entre sí.

Mc Clintock empezó entonces un peregrinaje por distintas instituciones educativas y de investigación en busca de un lugar dónde poder trabajar en condiciones adecuadas: Missouri, California, el Berlín y el Friburgo de la preguerra en 1933, de nuevo Cornell y Missouri, donde trabajó con el novedoso concepto de que la radiación provocaba mutaciones para estudiar la variación genética.

Finalmente, en 1941 la investigadora llegó a Cold Spring Harbor, en Washington, dependiente del Instituto Carnegie, donde encontró su lugar y donde permaneció como investigadora hasta el final de su vida.

Fue allí, en 1944, cuando descubrió que había elementos genéticos que podían cambiar de lugar en los cromosomas. Hasta entonces, la idea aceptada era que los genes se ubicaban en el cromosoma como las perlas en un collar, cada uno con una posición determinada e inmutable que se transmitía inalterado a su descendencia. Lo que demostró el trabajo de McClintock es que no había tal patrón inalterable, sino que por distintas causas, dentro y fuera de la célula, algunos genes pueden cambiar de lugar (transponerse) afectando así al organismo resultante. Los genes, pues, podían “saltar” de un lugar a otro en la cadena, con efectos discernibles. Estas transposiciones o cambios de lugar podían ocurrir de modo autónomo o como resultado de la interacción con otros genes. Así, McClintock descubrió también que había un tipo de genes cuya función era activar –o desactivar- a otros genes en su vecindad, y un segundo tipo de genes que eran responsables de que el activador cambiara de lugar o sufriera transposición.

Este proceso permitía así que ciertos genes del individuo resultante estuvieran o no activos en función de la transposición que hubieran sufrido durante la reproducción. El descubrimiento introducía un elemento adicional para explicar la variabilidad de la dotación genética de las especies, algo fundamental para la evolución.
El mismo año que hizo este fundamental descubrimiento, McClintock fue elegida como miembro de la Academia Nacional de Ciencias de los EE. UU. Era apenas la tercera mujer que ingresaba en la institución. Y en 1945 se validaba su trabajo al convertirse en la primera mujer que presidía la Sociedad Genética de los Estados Unidos, algo singular si recordamos que 20 años antes se le había negado la posibilidad de especializarse en genética.

Su trabajo en los genes saltarines (llamados técnicamente “transposones”) fue recibido con cierto escepticismo cuando finalmente lo publicó en 1950, según sus biógrafos en parte por su condición de mujer pero también por su poca eficiencia en la comunicación de sus resultados. Pero la idea era sólida y la confirmaron estudios diversos entre 1967, el año en que McClintock se jubiló formalmente, y 1970. Una vez validado el descubrimiento, así fuera tardíamente, la genetista fue galardonada con el Premio Nobel.

El escepticismo era explicable de varias formas. Cuando la estudiosa hizo sus descubrimientos ni siquiera se sabía que los genes estuvieran formados por ADN (ese descubrimiento sobrevendría hasta 1952) y lo incierto del camino hacía que la cautela se impusiera al valorar las afirmaciones más revolucionarias.

Pero ésa no sería la única aportación de Bárbara McClintock a la genética. Además de desarrollar numerosas técnicas que permitieron a otros investigadores realizar otros avances, fue una de las primeras biólogas que especuló sobre la epigenética, los cambios hereditarios en la expresión (activación) de los genes que no se deben a cambios en las secuencias de ADN.

Jubilada pero no retirada, Barbara McClintock siguió como investigadora distinguida en el Instituto Carnegie y se dedicó a explicar la transposición de los genes y su significado en la genética moderna. Murió el 2 de septiembre de 1992.

Los honores

A lo largo de su vida, Barbara McClintock recibió los más altos honores de la academia estadounidense. El Premio al Servicio Distinguido del Instituto Carnegie, el Premio Rosenstiel por investigación médica básica, un fellowship de la fundación MacArthur, el premio Mary Lasker y la Medalla Nacional de la Ciencia de los Estados Unidos.

Linus Pauling, señor de los extremos

Uno de los más grandes químicos desde Lavoisier y un luchador digno por la paz fue, al mismo tiempo, un entusiasta de fantasiosas propuestas de salud que resultaron falsas.

Linus Pauling en 1962, cuando ganó
su segundo Premio Nobel, el de la Paz.
(Foto D.P. del Comité Nobel, vía
Wikimedia Commons)
Pocas personas merecen el nombre de “genios” tanto como Linus Carl Pauling. Y pocos han sido al mismo tiempo tan proclives a realizar excursiones intelectuales en los terrenos de la pseudociencia. Quizás el único ejemplo parecido en el siglo XX sea Nikola Tesla, genio de la ingeniería eléctrica que en sus años últimos se destacó por hacer afirmaciones implausibles sobre rayos de la muerte y energía gratuita.

Del genio y pasión humanista de Pauling dan fe los reconocimientos que obtuvo, como la única persona que ha recibido dos Premios Nobel no compartidos: el de química en 1954 y el de la paz en 1962. De sus tropezones queda un sistema pseudomédico y una serie de afirmaciones que se han apoderado del imaginario popular, cuyos proponentes jamás han conseguido demostrar en condiciones experimentales debidamente controladas y que se han vuelto parte importante del negocio de las terapias alternativas y los suplementos alimenticios inútiles.

Linus Carl Pauling nació en Portland, Oregon, el 28 de febrero de 1901, hijo de una familia con raíces alemanas, escocesas e inglesas. Buen estudiante, aprovechó el sistema de educación pública de los Estados Unidos, se enamoró de la química a los 14 años y sólo dos después ingresaba a lo que hoy es la Universidad Estatal de Oregon deseando convertirse en ingeniero químico.

Se cuenta que, para entonces, sabía tanto de química como algunos de sus profesores, de modo que muy pronto empezó a ocuparse de tareas de enseñanza. No había cumplido aún 21 años y ya estaba contratado como profesor, aunque no fue sino hasta los 22 que se recibió como ingeniero químico. Pero para entonces estaba más interesado en descubrir los principios de la química, que era aún en gran medida territorio virgen, que en aplicarlos. Pasó al Caltech donde obtuvo su doctorado en 1924 trabajando en un tema fundamental de la química: la forma en que los átomos se unen para formar moléculas, los llamados “enlaces químicos”.

Para estudiarlos, Pauling se especializó en el uso de la cristalografía de rayos X, una técnica que mide la difracción de los rayos X al pasar por una sustancia y permite determinar el tamaño y disposición de los átomos en las moléculas. La misma técnica que permitiría a Rosalind Franklin hacer las fotografías que permitieron a Crick y Watson determinar la forma de doble hélice del ADN.

A continuación, pasó una temporada en Europa donde se familiarizó con la emergente física cuántica, que le permitió desentrañar lo que sería el título del libro que le daría un lugar en la historia de la química: “La naturaleza del enlace químico y la estructura de las moléculas y los cristales”.

Apenas tenía 38 años y ya era catedrático, jefe de la división de química de Caltech y era el científico más joven electo a la Academia Nacional de Ciencias. Y además se había dado tiempo para ser padre de cuatro hijos.

Pero Pauling deseaba saber más sobre cómo se comportaban los átomos y las moléculas. Empezó a trabajar con moléculas orgánicas, pero también con metales, buscando respuestas a la teoría del ferromagnetismo o por qué existe la atracción magnética, la forma de las moléculas de los gases, la estructura de las proteínas, la de los anticuerpos, las propiedades de la hemoglobina, la teoría molecular de la anestesia y otros muchos temas que plasmó en más de mil publicaciones, entre artículos y libros.

Pauling pasaría por un proceso que afectó a muchos científicos de su generación. Después de participar en el esfuerzo de guerra contra el nazismo (no fue parte del Proyecto Manhattan para evitar trasladar a su familia a una nueva residencia), las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki lo llevaron a asumir una posición pacifista y, especialmente, contraria al armamento nuclear, labor en la que militaría el resto de su vida.

Incluso se cuenta que en alguna ocasión, invitado a cenar con el Presidente Kennedy, pasó la tarde manifestándose ante la Casa Blanca con una pancarta en contra de la proliferación nuclear, para luego cambiarse a una indumentaria más formal y cenar en la propia Casa Blanca.

Así, si en 1954 había recibido el Nobel de Química por su aportación a la comprensión de los enlaces químicos, en 1962 recibió el de la Paz por su lucha contra las pruebas nucleares atmosféricas. Era la primera persona que ganaba un segundo Nobel después de Marie Curie.

Su éxito en la comprensión de las bases moleculares de la anemia falciforme le llevó a tratar de encontrar respuestas sencillas a problemas complejos de salud, hasta que llegó a convencerse, sin una base sólida, de que las enfermedades psiquiátricas se debían a deficiencias de vitaminas y otros micronutrientes, y que podrían prevenirse e incluso curarse si se consumían esas moléculas en las cantidades correctas. Dio a su hipótesis el nombre de “medicina ortomolecular” (del griego “orthos”, correcto, es decir, las moléculas en la cantidad correcta).

El concepto se ampliaría después a todas las enfermedades, fundando la que se convertiría en una lucrativa pseudomedicina, cuya expresión más conocida es la convicción de Pauling de que las dosis masivas de vitamina C podían prevenir e incluso curar la gripe y otras afecciones. Pese a numerosos estudios que han demostrado que su especulación carecía de bases, la percepción popular sigue siendo que el consumo de vitamina C, como suplemento o en frutas como los cítricos, tiene algún valor antigripal.

Poco después, amplió su afirmación indicando que la vitamina C podía aumentar la supervivencia de pacientes de cáncer. De nuevo, numerosos estudios han sido incapaces de demostrar que esta idea tuviera alguna base en la realidad. En un giro final hacia la pseudociencia, Pauling se negó a aceptar los resultados de un colaborador de su propio instituto que indicaban que las dietas ortomoleculares no tenían efecto en ratones con cáncer.

Cuando Linus Pauling murió en 1994, dejó una imagen dividida. Su brillantez como químico, su compromiso con la paz y sus creencias irracionales respecto de la salud obligan a verlo en toda la complejidad y contradicciones de quien, siendo un genio más allá de toda duda, era también presa fácil de sus creencias.

Un legado peligroso

Un antiguo asociado de Pauling, Matthias Rath, se ha dedicado a utilizar el nombre e ideas del químico para asegurar que el SIDA y el cáncer pueden curarse con complementos vitamínicos que comercializa su propia empresa. Numerosos estudios han señalado que estas afirmaciones carecen de validea, y para muchos sus campañas contra los antirretrovirales, principalmente en África, han sido un obstáculo para el control de la pandemia.

Lise Meitner

Lise Meitner venció los prejuicios de la Europa de principios del siglo XX para convertirse en una de las grandes figuras de la física nuclear. Pero los prejuicios del XXI aún la mantienen en una injusta oscuridad.

Lise Meitner en Viena alrededor
de 1906. (Foto D.P. vía
Wikimedia Commons)
El 11 de febrero de 1939, Lise Meitner publicaba en la revista Nature, junto con su sobrino, el físico Otto Frisch, el estudio “Desintegración del uranio por neutrones: un nuevo tipo de reacción nuclear”. Explicaba por qué un átomo de uranio golpeado por un neutrón no lo absorbía, transmutándose en un elemento más pesado (los elementos se identifican por su número de protones, que le dan sus características únicas). Por el contrario, el resultado eran elementos más ligeros como el bario y el kriptón.

Meitner y Frisch proponían que el choque del neutrón dividía, rompía, al átomo de uranio en dos átomos más ligeros. Parte de la masa original del uranio se convertía en energía según la ecuación de Einstein E=mc^2, que dice que la energía en la que se puede convertir la materia es igual a su masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado.

El artículo llamó a este nuevo tipo de reacción “fisión nuclear”, y es la fuente de la energía nuclear, ya sea usada en bombas atómicas o para la paz en aplicaciones médicas, científicas, tecnológicas, nucleoeléctricas, etc.

Los resultados que desentrañaba Lise Meitner procedían de experimentos que había diseñado con Otto Hahn y que había llevado a cabo este químico junto con Fritz Strassman.

El descubrimiento de la fisión nuclear era uno de los más importantes en la súbita expansión que tuvo la física nuclear en las primeras décadas del siglo XX. Tanto que en 1944 se le concedió el premio Nobel a Otto Hahn “por su descubrimiento de la fisión de los núcleos pesados”. Ni la Academia ni Hahn hicieron mención a Lise Meitner, que había sido, cuando menos, tan importante como Hahn en toda la investigación. Una omisión que, junto con su ausencia durante muchos años de los relatos de la historia de la física atómica, es de las grandes –y frecuentes– injusticias contra las mujeres de la ciencia.

De Viena a Cambridge, por Copenhague

Lise Meitner nació en 1878 en Viena, hija de una familia de raíces judías, pero no practicante de la religión.

Su poco común historia educativa se debió a la revolucionaria convicción de su padre Philipp de que sus ocho hijos debían recibir la misma educación fueran varones o mujeres. Lise exhibió pronto facilidad y gusto por las matemáticas, y su padre se encargó de que la desarrollara con profesores privados, ya que las chicas no podían estudiar en los bachilleratos para chicos. Con esas bases, en 1901 Lise consiguió convertirse en la primera mujer en ser admitida a las clases de física y laboratorios de la Universidad de Viena, donde estudió con algunos de los grandes nombres de la física de entonces, como Anton Lampa y Ludwig Boltzmann.

En 1906 fue la segunda mujer que obtenía un doctorado en física de esa universidad. Aunque era un logro, vale la pena tener presente que tres de sus hermanas eventualmente obtendrían también doctorados. Sin embargo, una cosa era tener el título y otra conseguir un puesto en la investigación. En 1907, Max Planck la invitó a que fuera a Berlín para hacer su postdoctorado. Pero la única forma de hacerlo fue como investigadora sin sueldo que, además, no podía entrar a los laboratorios de química del instituto donde trabajaba, pues se temía que el cabello de las mujeres se incendiara.

A su llegada conoció a Otto Hahn, con quien colaboraría durante las siguientes tres décadas. Su trabajo acerca de los procesos radiactivos se desarrollaba en la frontera entre la química y la física, la primera disciplina a cargo de Hahn y la segunda de Meitner. En su trabajo conjunto descubrieron el elemento protactinio en 1917 y desarrollaron nuevos métodos de investigación de la desintegración radiactiva.

Pero no fue sino hasta 1912 cuando el grupo de investigación fue trasladado al Instituto Kaiser Wilhelm, donde Otto Hahn fue nombrado director del instituto de la radioactividad y, finalmente, con el apoyo y admiración de colegas como Max Planck, Lise Meitner fue reconocida en 1918, gracias a su trabajo en la radiactividad, como directora del departamento de física del institituto. En 1923 descubrió un efecto en el cual, si se arranca un electrón de una órbita inferior en un átomo, es reemplazado por uno de una órbita superior, emitiendo en el proceso un fotón u otro electrón. Este mismo efecto fue descrito poco después de modo independiente por Pierre Auger, pero injustamente hoy se le conoce como “efecto Auger”. Por sus logros, en 1926 fue la primera mujer nombrada profesora de física en la Universidad de Berlín.

Para 1930, había publicado más de 80 investigaciones y había sido nominada ocho veces al Nobel junto con Hahn entre 1924 y 1934, además de obtener el Premio Leibniz y el AAAWS, conocido como el “Nobel para Mujeres”.

Pese a haber adoptado la fe evangélica y trabajar como enfermera del ejército austriaco durante la Primera Guerra Mundial, para cuando Alemania se anexó Austria en marzo de 1938 tuvo que huir a Suecia, donde el Nobel de Física de 1924, Manne Siegbahn, la recibió. Pero el científico no era partidario de que las mujeres trabajaran en ciencia, de modo que le escatimó los recursos necesarios para investigar.

En noviembre de ese año, Hahn y Meitner se reunieron clandestinamente en Copenhague para planificar el experimento que llevaría al descubrimiento de la fisión nuclear. Lise Meitner, además, previó la posibilidad de una reacción en cadena que podría provocar la súbita liberación de una cantidad colosal de energía: la bomba atómica. Tanto Estados Unidos como Alemania emprendieron proyectos para crear esa arma, que Meitner lamentaría que hubiera tenido que existir.

Ignorada por la Academia Sueca y por Otto Hahn en el Nobel de Química de 1944, en los años posteriores a la guerra trabajó en la aplicación de la energía nuclear para la paz, participando en la creación del primer reactor nuclear sueco en 1947.

Lise Meitner no volvió a Austria o Alemania. Al jubilarse como investigadora en Suecia se mudó al Reino Unido con algunos familiares como su sobrino Otto Frisch. Murió en Cambridge el 27 de octubre de 1968. Su epitafio, compuesto por Frisch, dice: “Lise Meitner: una física que nunca perdió su humanidad”.

A falta del Nobel

A partir de 1946 Lise Meitner recibió una gran cantidad de reconocimientos, doctorados honoris causa, la Medalla Max Planck de la Sociedad Alemana de Física, la inclusión en la Real Academia Sueca de Ciencias y en la Royal Society de Londres, entre otras muchas academias, y el Premio Enrico Fermi. Además, su nombre se ha dado a asteroides y cráteres tanto de la Luna como de Venus y, en 1997, el elemento 109 recibió el nombre de meitnerium, en su honor.

Severo Ochoa y las enzimas

Las enzimas, fundamentales para todos los procesos químicos de la vida, fueron el área de trabajo del último científico español que ha obtenido un Premio Nobel en el terreno de las ciencias.

Monumento a Severo Ochoa en la
Facultad de Medicina de la Universidad
Complutense de Madrid. Escultor:
Víctor Ochoa.
(Foto D.P. vía Wikimedia Commons) 
Como uno de los dos premios Nobel de Medicina o Fisiología (junto con Santiago Ramón y Cajal), Severo Ochoa es uno de los nombres más conocidos de la ciencia española, y de los pocos, si no el único, que ha sido objeto de una biopic, o película sobre su vida.

Nacido en Luarca, Asturias, donde reposan sus restos frente al mar, en 1905, Ochoa se vio inspirado por la figura de Ramón y Cajal, primero, para conseguir su doctorado en medicina en la Universidad de Madrid en 1929, pero sin intención de ejercer la medicina, sino como punto de partida para dedicarse a la investigación. La primera publicación científica de Ochoa data de ese año, exactamente, dedicada a la creatina, una sustancia que estimula el crecimiento de los músculos. El joven médico exploraba las fuentes de energía necesarias para la contracción de los músculos.

Su trabajo sobre la bioquímica y la fisiología de los músculos continuó en Heidelberg, a donde fue como investigador en el laboratorio de Otto Fritz Meyerhof en el instituto Kaiser Wilhelm. El asturiano volvió a su universidad en 1931 como profesor, para luego pasar dos años trabajando en Londres donde volvió su atención hacia el estudio de las enzimas. Una vez más volvió a Madrid en 1934, pero en 1936, debido al estallido de la Guerra Civil Española, sale definitivamente del país, primero regresando al laboratorio de Meyerhof y después a Oxford. La Segunda Guerra Mundial, finalmente, lo empuja a dejar Europa para establecerse definitivamente en los Estados Unidos.

Las enzimas

Las enzimas que se convirtieron en la pasión de toda la vida de Severo Ochoa son grandes moléculas producidas por los seres vivos que funcionan como catalizadores, es decir, como mediadores que aceleran las reacciones químicas. Dos moléculas que pueden unirse (o una molécula que puede descomponerse) necesitan una determinada cantidad de energía para llevar a cabo tales reacciones químicas. Un catalizador interviene para reducir la energía necesaria, facilitando la reacción química sólo con su presencia, sin desgastarse o agotarse.

Un catalizador metálico, por ejemplo, es el platino del convertidor catalítico que reduce las emisiones dañinas de los motores de combustión interna. Al quemarse el monóxido de carbono, los óxidos de nitrógeno y los hidrocarbonos en presencia de una pequeña cantidad de platino, experimentan reacciones químicas que las convierten en sustancias no contaminantes: nitrógeno, oxígeno, agua y bióxido de carbono. El platino no se desgasta ni se reduce en este proceso.

Las enzimas hacen lo mismo pero en los seres vivos. El ejemplo más común de enzimas, utilizadas en toda cultura humana, son las que tienen las levaduras, y que se utilizan para fermentar pan, vino y cerveza, facilitando la conversión de los azúcares de distintos productos en alcoholes.

Es fácil ver que las enzimas son uno de los principales componentes de la vida tal como la conocemos en nuestro mundo, ya que permiten sintetizar o crear materiales que necesitamos (por ejemplo, uniendo aminoácidos para crear proteínas), o degradándolos (como al digerir las proteínas de nuestros alimentos para descomponerlas en aminácidos que podamos utilizar) o bien produciendo energía para el funcionamiento de todo organismo.

Como ejemplo de algunas de los miles de enzimas que están activas en el cuerpo humano tenemos a la sucrasa, que digiere azúcares complejas y almidones; las proteasas, que digieren las proteínas de las carnes, nueces, huevo y queso o la lipasa, que descompone algunas grasas. La presencia o ausencia de determinadas enzimas puede ser determinante en muchos procesos. Por ejemplo, las personas que son intolerantes a la lactosa no pueden crear la enzima llamada, precisamente, lactasa, y por tanto no pueden digerir este azúcar comúnmente presente en la leche.

El trabajo de Ochoa lo llevó a aislar una enzima, procedente de una bacteria con la que consiguió crear ARN sintético por primera vez en la historia, un logro que abrió muchas puertas para la investigación genética. En un principio, se creyó que esta enzima era la ARN-polimerasa, que es necesaria para producir copias (transcripciones) en ARN utilizando el ADN como plantilla. El estudio relatando sus trabajos se publicó en 1955. Por entonces, un científico que había sido su alumno, Arthur Kornberg, consiguió igualmente producir ácido desoxirribonucleico sintético. El trabajo de ambos permitió entender cómo se forman las moléculas de ADN y ARN a partir de moléculas más pequeñas. Fue por ello que en 1959 se les informó que se les concedía el Premio Nobel de Medicina o Fisiología “por sus descubrimientos del mecanismo en las síntesis biológicas del ácido ribonucleico y ácido desoxirribonucleico”.

En 1960 se descubrió que esa enzima no era realmente ARN-polimerasa, sino que tenía el nombre de polinucléotido fosforilasa, y que en el interior de la célula no era la responsable de la transcripción del ARN, aunque podía crear moléculas de ARN fuera de la célula, mientras que las investigaciones lograron identificar a la ARN-polimerasa.

Pero esto no significaba demérito alguno al trabajo del asturiano. La enzima aislada y utilizada por Severo Ochoa fue utilizada para crear distintos tipos de ARN sintético que colaboraron de modo decisivo a descifrar el código genético.

Mientras tanto, el científico se había unido al Colegio Universitario de Medicina de Nueva York, en el que permaneció como director del Departamento de Bioquímica hasta su jubilación en 1974.

La jubilación, sin embargo, no detuvo su trabajo. Entre 1974 y 1985 fue investigador del Instituto Roche de Biología Molecular en Nueva Jersey. En 1975, además, al término de la dictadura franquista, volvió al fin a España, donde celebró sus 70 años de edad con una memorable reunión de científicos y artistas que culminó en Figueras, en la casa de Salvador Dalí.

Finalmente, a partir de 1985 fungió como asesor de política científica y volvió a dar clases, ahora en la Universidad Autónoma de Madrid, donde siguió trabajando hasta su muerte, por neumonía, a los 88 años de edad, en 1993.

Severo Ochoa por toda España

El nombre de Severo Ochoa es común en los callejeros de toda España, en calles, avenidas, plazas y bulevares. También llevan su nombre escuelas de todos los niveles y centros de investigación, y varios premios, uno de ellos concedido por la fundación que legó a España. Y al menos 5 estatuas o monumentos: en el CSIC y la Universidad Complutense de Madrid, el campus de Cantoblanco de la Universidad Autónoma de Madrid, el Hospital Clínico Universitario de Salamanca, Gijón y su natal Luarca.

De la leucemia al SIDA: 40 años contra la enfermedad

El gusto por el conocimiento y por el descubrimiento, además de la satisfacción de mejorar la saludde millones de personas, en la vida de una mujer pionera en la investigación farmacológica.

Gertrude B. Elion, salvadora de vidas.
(Foto DP de National Cancer Institutes,
vía Wikimedia Commons)
“No tenía ningún interés específico por la ciencia hasta que mi abuelo murió de cáncer estomacal. Decidí que nadie debería sufrir tanto.” Así explicaba Gertrude Belle Elion por qué, a los 15 años de edad, se decidió por una carrera en la ciencia que dio como resultado 45 patentes de medicamentos de gran importancia y valor, más el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1988.

Sus padres eran emigrantes. Él de Lituania y ella de una zona entonces perteneciente a Rusia. Gertrude nació en 1918 en Nueva York. Pese a la posición de su padre como dentista, la familia sufrió problemas económicos por el crack de la bolsa de 1929, pues su padre, como tantos otros, había volcado sus ahorros en la bolsa de valores.

Pese a ello, recuerda haber tenido una infancia feliz con su hermano y una buena educación en escuelas públicas. En su autobiografía para el Nobel cuenta: “Era una niña con una sed insaciable de conocimientos, y recuerdo disfrutar todos mis cursos casi de igual manera. Cuando, al final de mi bachillerato llegó el momento de elegir una asignatura en la cual especializarme, me vi en un dilema.”

La muerte de su abuelo inclinó la balanza hacia la ciencia. Sus notas le permitieron matricularse en 1933 en el Hunter College, una institución gratuita de estudios superiores, pues la familia no podría costearle los estudios. La joven se graduó cuatro años después, a los 19, con los máximos honores en química: summa cum laude.

Una cosa era tener un excelente historial académico y otra era conseguir un empleo. No había muchas mujeres dedicadas a la química y la idea no atraía a los laboratorios. En palabras de la investigadora: “No estaba consciente de que tenía cerradas las puertas hasta que empecé a llamar a ellas. Había ido a una escuela sólo de chicas. Había 75 especialistas en química en esa generación, pero la mayoría de ellas iban a enseñar la asignatura... Cuando salí y no querían mujeres en el laboratorio, fue una conmoción”.

Gertrude empezó a trabajar como profesora y luego aceptó un trabajo, inicialmente sin sueldo, como asistente de laboratorio para poder continuar sus estudios en la Universidad de Nueva York, a la que ingresó en 1939. Un año después, había completado los créditos para su maestría en ciencias, pero tuvo que volver a dar clases para poder hacer por las noches la investigación necesaria para obtener su título.

Era 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, y escaseaban los profesionales de la química. Aún así, el único trabajo que pudo obtener pese a su grado de maestría fue como analista química, que después pudo abandonar para dedicarse finalmente a la investigación. La oferta que más le interesó fue la del investigador George H. Hitchings, que encabezaba el laboratorio de investigación biomédica de la farmacéutica Burroughs-Wellcome (hoy parte del laboratorio GlaxoSmithKline). Aunque sólo tenía otra persona a su cargo, Hitchings contaba con carta blanca de la compañía para dedicarse a la investigación que considerara pertinente.

Gertrude Elion se integró al equipo de Hitchings en 1944 y nunca más se separaría de la empresa, donde realizó toda su carrera. Hitchings no tenía problemas en trabajar con mujeres en el laboratorio sino que además impulsó a Gertrude para que ampliara sus conocimientos de química acercándola a lo que hoy conocemos como investigación biomédica en el sentido más amplio.

El equipo se propuso una aproximación novedosa para su tiempo. En lugar de funcionar por ensayo y error para probar distintas sustancias en distintas enfermedades, se dieron a la tarea de analizar químicamente el resultado de las afecciones. Es decir, estudiaban las diferencias a nivel bioquímico entre las células sanas y los agentes causantes de las enfermedades (como los virus) y partir de esa información para diseñar sustancias que bloquearan las infecciones.

El primer resultado de esta aproximación fue una purina, que es un compuesto orgánico de nitrógeno formado por dos anillos, que podía inhibir el desarrollo de la leucemia en ratones y que ayudó a algunos pacientes con leucemia en pruebas clínicas. Sobre esta base, Gertrude desarrolló la 6-mecaptopurina, que hoy en día se utiliza como quimioterapia para tratar algunas formas de cáncer (incluida la leucemia) y enfermedades inflamatorias del aparato digestivo.

Seguirían, en rápida sucesión, la azatioprina, el primer agente inmunosupresor (que suprime la respuesta inmune) que evitaba el rechazo de órganos y permitió por primera vez el trasplante de riñones entre personas no emparentadas entre sí, un medicamento que combate al parásito de la malaria, un antibiótico que combate la meningitis, la septicemia y otras infecciones bacterianas, el aciclovir contra el herpes y otros medicamentos contra el cáncer.

Su carrera, sin embargo, le exigió un sacrificio que iría en contra de la lógica de cualquier investigador científico. Habiendo empezado a estudiar un doctorado por las noches en el Politécnico de Brooklyn, llegó un momento en que la escuela le exigió que asistiera a jornada completa, para lo cual tendría que renunciar a su empleo en el laboratorio. Decidió quedarse y renunciar al doctorado, esa meta tan importante en la ciencia.

A cambio, a partir de 1969 y durante 30 años, recibió 25 doctorados honorarios que resaltaban que su enorme labor científica no había necesitado ese valorado título. A lo largo de su carrera, trabajó también para el Instituto Nacional del Cáncer de los EE.UU. y la Organización Mundial de la Salud entre otras muchas instituciones de combate a la enfermedad, además de impartir clases en diversas universidades , desde 1967 fue nombrada responsable del departamento de Terapia Experimental de Burroughs-Wellcome y, después de retirarse en 1983, siguió trabajando como consultora del laboratorio y en diversas actividades relacionadas con la investigación.

Cuando obtuvo el Nobel en 1988, declaró al New York Times: “El premio Nobel está muy bien. Pero los medicamentos que he desarrollado son una recompensa por sí mismos”.

Gertrude Elion murió en 1999, después de recibir prácticamente todos los honores y premios de la investigación biomédica y la invención a nivel internacional y de los Estados Unidos.

Hacer lo que te gusta

Gertrude Elion no se casó ni tuvo hijos, y sus entretenimientos eran la fotografía y los viajes. Si su vida era su trabajo, es porque lo disfrutaba. Como dijo en una conferencia: “Es importante dedicarte al trabajo que te gustaría hacer. Entonces no parece trabajo. A veces uno siente que es casi demasiado bueno para ser cierto que alguien te pague por pasarlo bien”.

Los muchos padres del bosón de Higgs

La ciencia no es un emprendimiento individual, ni en el pasado ni en la actualidad, aunque a veces el crédito se lo lleve sólo una persona.

Los codescubridores del campo y bosón de Higgs. De izq. a der.:
Tom Kibble, Gerald Guralnik, Carl Hagen, François Englert y
Robert Brout. (Foto DP de Timm Roetger, vía Wikimedia Commons)
Si uno le pregunta a Peter Higgs, lo llama el “bosón escalar”, y hay otras propuestas para cambiar el nombre de la partícula que varios físicos teóricos postularon en 1964 y que fue hallada, o al menos muy probablemente hallada, en el acelerador de partículas LHC del CERN en la frontera franco-suiza, y anunciada en julio de 2012.

Una de las propuestas es llamarlo “bosón BEHGHK”, que se pronunciaría como “berk” con “r” francesa... o “begk”. Aunque menos eufónico que “bosón de Higgs”, este nombre daría crédito incluyendo las iniciales de los apellidos de todos los científicos que participaron en la descripción de la partícula: Robert Brout, François Englert, Peter Higgs, Gerald Guralnik, Carl Hagen y Tom Kibble. Hagen, por su parte, favorece el nombre “bosón escalar SM” por “standard model” o “modelo estándar”.

El problema es que la costumbre del comité del premio nobel es no dar el premio a más de tres personas, y que los galardonados aún vivan al momento de anunciarse el galardón. Esto ha significado que en muchas ocasiones se han pasado por alto colaboraciones o aportaciones de gran importancia y se han consagrado en la memoria sólo algunos nombres.

En este caso, Englert y Brout fueron los primeros en hacer su aportación teórica en la revista Physical Review Letters en agosto de 1964. En octubre de ese mismo año, y en la misma publicación, aparecía el trabajo teórico de Peter Higgs, más completo y con ecuaciones precisas sobre el mecanismo mediante el cual podía romperse la simetría que según los físicos es una característica esencial de los sistemas físicos. Finalmente, el mes siguiente la misma revista publicaba el artículo de Guralnik, Hagen y Kibble, el más completo de los tres. Todos los artículos demostraban teóricamente la forma en que algunas partículas adquieren masa, una idea que fue consolidándose con el trabajo teórico y experimental de los años siguientes de muchos otros científicos.

La teoría más completa y coherente que tenemos hoy para explicar todos los fenómenos físicos del universo es el llamado “Modelo estándar”, que describe las relaciones entre las distintas partículas elementales y las tres fuerzas que conocemos: la gravedad, la fuerza nuclear fuerte y una fuerza que es al mismo tiempo la electromagnética y la fuerza nuclear débil, conocida como “electrodébil”. Pero para que todo tenga sentido, debía existir una determinada partícula con características precisas responsable de impartir masa a otras partículas, el bosón de Higgs. Su búsqueda desembocó en el diseño, construcción y operación del Gran Colisionador de Hadrones (LHC).

La altamente probable confirmación de la existencia del bosón de Higgs realizada experimentalmente por el LHC claramente era materia de Premio Nobel de Física. Sin embargo, como lo esperaba Carl Hagen, cabeza del tercer grupo de físicos implicados, el comité del Nobel prefirió atenerse a sus reglas y en vez de dar el premio a los cinco científicos supervivientes (Brout murió en 2011) eligió dárselo únicamente a Englert y a Higgs, dejando alguna amargura entre los tres miembros del otro equipo codescubridor.

Descubrimientos simultáneos y nombres olvidados

La ciencia no es un emprendimiento totalmente individual, sino un flujo de conocimientos que van acumulándose e impulsando nuevos hallazgos a veces en direcciones previsibles. Como señaló Newton, los que ven muy lejos lo consiguen a hombros de gigantes. Pero a veces dos son capaces de ver lo mismo simultáneamente, a veces con consecuencias ásperas.

Un ejemplo involucró al propio Isaac Newton, que desarrolló el cálculo prácticamente al mismo tiempo que el matemático alemán Gottfried Leibniz. La controversia sobre si Leibniz había trabajado independientemente del inglés o simplemente había plagiado su trabajo con otra notación matemática amargó los últimos años del alemán. Y aún hoy en día hay quienes lo debaten.

Menos controvertido fue el descubrimiento de la evolución por medio de la selección natural realizado por Alfred Russell Wallace quien mandó sus conclusiones a Darwin antes de que se publicaran los estudios de éste. Darwin promovió la publicación de Wallace y siempre consideró que la nueva teoría era trabajo de ambos, pese a que su confirmación científica de la selección natural era mucho más sólida que las que había alcanzado Russell. Ambos defendieron juntos la idea hasta el final.

Durante 43 años hubo un debate sobre el invento de la tecnología subyacente a la radio. Nikola Tesla había demostrado la transmisión de radio a fines del siglo XIX (aunque su explicación de su funcionamiento era errónea, creyendo que ocurría por la tierra, no por aire) y había obtenido dos patentes clave en 1900 poco antes de Marconi. No fue sino hasta 1943 cuando el Tribunal Supremo de los Estados Unidos reconoció que esas patentes eran las prioritarias, convirtiendo de hecho a Tesla en el inventor teórico de la radio, aunque Marconi fuera quien la desarrolló en la práctica.

Finalmente, aunque quedarían muchos ejemplos en el tintero, está el caso de Rosalind Franklin, la cristalógrafa cuya fotografía por difracción de rayos X de una molécula de ADN fue fundamental para que Francis Crick y James Watson terminaran su modelo de la estructura de doble hélice del ADN en 1953. El Premio Nobel de 1962 por este revolucionario descubrimiento fue para estos dos investigadores, y también para Maurice Wilkins, el otro cristalógrafo que había realizado diversas imágenes del ADN. Rosalind Franklin había muerto en 1958 y su aportación al conocimiento de nuestra genética fue temporalmente opacada. Ahora que se ha rescatado su figura, queda en el relativo olvido su compañero y ocasional rival, Maurice Wilkins.

Estos casos, junto con el de los seis físicos que son padres comunes del bosón de Higgs, nos recuerdan que más allá de los titulares, de los grandes premios y de los tresminutos de fama del informativo televisual, hay muchos otros investigadores sin los cuales no tendríamos el mundo, la esperanza de vida y el conocimiento que distingue a nuestra etapa histórica como la otra cara de la moneda de nuestras dificultades, crisis y problemas.

Si se premiara al LHC

El presidente de la Sociedad Física Estadounidense, Michael Turner, explicaba al Washington Post cuando se anunció el Nobel a Higgs y Englert: “Cada vez más los descubrimientos involucran a una comunidad. Fueron necesarias 10.000 personas y 10 mil millones de dólares para construir el instrumento que hizo este descubrimiento, y sería muy difícil reducir ese grupo incluso a 100 personas, ya no digamos a tres”. Quizá el comité del Nobel tenga que replantearse su regla.

El físico y los bongós

Richard Feynman con otros físicos en Los Álamos
(D.P. vía Wikimedia Commons)
La presencia en la cultura popular de Richard Feynman, el más iconoclasta de los físicos teóricos, parece crecer al paso de los años.

Le gustaba la fiesta, frecuentaba asiduamente clubes nocturnos, era un Don Juan inveterado, tocaba los bongós y otras percusiones, e incluso llegó a ser parte de una escuela de samba, exhibiendo a lo largo de toda su vida una actitud desenfadada, divertida y aventurera. Y sin ser una estrella del mundo del espectáculo, sino uno de los más brillantes físicos teóricos del siglo XX: Richard Feynman, Premio Nobel en 1965 que detestó, hasta el fin de su vida, haber ganado el premio, “un dolor de…” que le había impedido hacer cosas “como la gente normal”. Porque, decía, el verdadero premio es “el placer de averiguar las cosas, el golpe del descubrimiento, observar a otras personas usarlo… ésas son las cosas reales”.

Si algo distinguió a Richard Feynman fue seguir siempre su propio camino como independiente, antiautoritario y audaz figura de un siglo en el que la física avanzó más que en toda la historia humana previa.

Nacido en el condado de Queens, en Nueva York, en 1918, en familia de inmigrantes, él ruso y ella polaca, se vio impulsado hacia la ciencia por su padre (a quien citaría abundantemente a lo largo de toda su vida, en entrevistas, conferencias y conversaciones) y por su propia inquietud. Su facilidad y gusto por las matemáticas se hicieron evidentes muy pronto, y lo llevaron a obtener el campeonato de matemáticas de Nueva York cuando cursaba su último año de bachillerato.

A los 17 años entró al Massachusets Institute of Technology para estudiar matemáticas, pero el deseo de aplicarlas al mundo real lo llevó a la física. Obtuvo la licenciatura en ciencias en 1939 y pasó a Princeton a realizar su doctorado, que finalizó en 1942.

Todavía estaba en Princeton cuando se le propuso ser parte del Proyecto Manhattan para el desarrollo de una bomba atómica. Se unió al proyecto como físico junior, por miedo a la posibilidad de que la Alemania nazi desarrollara la bomba antes que Estados Unidos, y pronto se encontró a cargo de la división de física teórica.

Mientras trabajaba tratando de adelantarse a los nazis, la personalidad de Feynman se expresó en los laboratorios secretos de Los Álamos. Decidió estudiar libros sobre cómo abrir cajas fuertes y a conocer el funcionamiento de los cerrojos de combinación que se usaban en el proyecto. Se dedicó a abrir muebles, incluidos los escritorios de sus colegas, con los documentos más secretos, dejando atrás notas bromistas que no causaron muchas sonrisas en el ejército, que llegó a temer que todo fuera obra de un espía.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, Feynman pasó a ser profesor de física teórica en la Universidad de Cornell hasta 1950, pasando a ocupar el mismo puesto en el California Institute of Technology, universidad en la que permanecería durante el resto de su carrera profesional, dando clases y desarrollando sus ideas sobre la mecánica cuántica.

Llegó así 1965 y el Premio Nobel, que se le concedió “por su trabajo fundamental en la electrodinámica cuántica, que tiene profundas consecuencias para la física de las partículas elementales”. Sería sólo uno de los muchos galardones que recibió por su trabajo.

Pero el físico brillante capaz de desarrollos matemáticos que admiraban a sus geniales contemporáneos era también hombre de muchas inquietudes. Algunas de ellas, musicales, como su reconocida afición a los bongós, que tocaba con suficiente profesionalismo como para llegar a escribir una partitura de percusiones para un pequeño ballet en Nueva York. A él no le parecía tan extraño y, cuando en 1964 mencionaron que tocaba los bongós al presentarlo en unas conferencias sobre física en la Universidad de Cornell, observó con sorna “En las escasas ocasiones en que me han llamado para tocar los bongós en un lugar formal, el presentador nunca encontró necesario mencionar que también hago física teórica”.

Fue dos veces a Brasil. En la segunda, mientras coqueteaba con azafatas de Pan American Airlines que se hospedaban en su mismo hotel, le ocurrieron dos cosas relevantes. Primero, en un momento descubrió que tenía deseos de beber una copa sin que hubiera ninguna razón social, y esto le preocupó tanto que no volvió a beber en su vida (aunque seguiría yendo a centros nocturnos donde hacía apuntes de física teórica mientras las strippers hacían lo suyo en la barra o el escenario). Segundo, se interesó por la música brasileña, tanto que aprendió a tocar un pequeño instrumento llamado “frigideira”, una pequeña sartén que se golpea con una varilla metálica y terminó participando con el correspondiente traje visualmente impactante en el Carnaval de Río de Janeiro con una escuela de samba.

Y en medio de todo esto, Feynman llegó a la conciencia pública debido a su pasión por explicar la ciencia, por ser profesor no solo de física teórica, sino del valor de la ciencia en nuestra sociedad, de la importancia del pensamiento riguroso y ordenado, del peligro de las creencias irracionales incluso referidas a la ciencia, pues solía decir que “la ciencia”, como tal, no demuestra nada, lo que demuestra las cosas es el experimento, el trabajo, los datos. En una entrevista de 1981 decía: “Puedo vivir con la duda y la incertidumbre y el no saber. Creo que es mucho más interesante vivir sin saber que tener respuestas que puedan estar equivocadas”. Una actitud que intentó enseñarle no sólo a sus alumnos, sino a una sociedad necesitada de comprender la postura del científico.

El último trabajo públicamente relevante de Richard Feynman fue en 1986 como miembro del comité designado para investigar la causa de la explosión del transbordador espacial Challenger, que estalló poco después de su despegue, y donde no sólo descubrió que las juntas tóricas de los motores habían sido la causa del problema, sino que detectó y denunció los problemas de falta de comunicación entre los ingenieros y los ejecutivos de la NASA.

Feynman había sido operado de un cáncer estomacal en 1979, con un buen resultado que daba esperanzas de que se hubiera extirpado totalmente el mal. Sin embargo, el cáncer recurrió en 1987 y finalmente causó su muerte el 15 de febrero de 1988. Estuvo dando clases y entrevistas hasta dos semanas antes de esa fecha.

Según su biógrafo, el periodista científico James Gleick, las últimas palabras de Feynman fueron: “Odiaría morir dos veces. Es tan aburrido”.

Para leer a Feynman

Dos libros reúnen las conversaciones informales y divertidas de Richard Feynman con Ralph Leighton, un baterista aficionado y productor de cine que fue gran amigo del físico. El primero “¿Está usted de broma, Sr. Feynman?” fue reeditado en España en 2010. El segundo, “¿Qué te importa lo que piensen los demás?” fue reeditado este mismo 2011.

Altibajos del premio Nobel

Codiciados, criticados, dudosos, prestigiosos y a veces desprestigiados, los premios que estableció el inventor de la dinamita siguen siendo centro de atención tres meses al año.

El Museo Nobel en Estocolmo
(foto CC de Holger Ellgaard, vía Wikimedia Commons
Alfred Bernhard Nobel, químico sueco del siglo XIX, bien podía haber sido recordado principalmente como el inventor de la dinamita, como fabricante de armas y quizá, incluso, como hijo del inventor de la madera contrachapada. La dinamita original, el gran descubrimiento del químico nativo de Estocolmo, no es sino la mezcla de la nitroglicerina, explosivo altamente inestable, con tierras diatomáceas (es decir, arcilla con alto contenido de diatomeas, un tipo de algas unicelulares) que tienen la propiedad de estabilizar la nitroglicerina y volver más seguro y sencillo su manejo, transporte y aplicación. La adición posterior de otras sustancias y un conocimiento sólido de los explosivos traducido en más de 500 patentes que explotaba en sus propias fábricas le permitieron amasar una cuantiosa fortuna.

Pero hoy Nobel es más conocido por los premios que llevan su nombre. La leyenda cuenta que un diario francés recibió la noticia de la muerte del hermano de Alfred Nobel en 1888 y, creyendo que el fallecido era Alfred, la anunció con el titular "El mercader de la muerte ha muerto", agregando que el químico se había hecho rico encontrando formas de matar más gente más rápidamente que nadie en la historia. Esta visión de su obra y de la memoria que dejaría le afectó profundamente, y por ello decidió dejar la mayor parte de su fortuna en un fideicomiso para la entrega anual de un premio destinado a reconocer trabajos destacados en cinco áreas de la actividad humana: la física, la química, la medicina o la fisiología, la literatura y la promoción de la paz. El dinero que inició los premios era algo más de 4 millones de dólares de 1896, una verdadera fortuna a precios de hoy.

Sin embargo, el premio que empezó a concederse finalmente en 1901, cinco años después de la muerte de su fundador estuvo desde sus inicios sujeto a debates. El testamento de Nobel era bastante general, sólo una página, y dejaba algunos puntos en la oscuridad que han sido debatidos durante ya 105 años. Por ejemplo, Alfred Nobel no dejó claro si los premios de ciencia debían otorgarse sólo a la investigación pura o si pensaba también en la tecnología, pensando no sólo en galardonar a investigadores científicos, sino también a ingenieros y tecnólogos. Esta duda ha llevado a que, si bien no se premian los logros tecnológicos, tampoco se otorga el premio a los logros de ciencia pura, por grandes que sean, sino que se dedican a descubrimientos con alguna aplicación práctica. Precisamente por eso, Albert Einstein no recibió el Nobel por la teoría de la relatividad que revolucionó nuestra forma de ver el universo, sino por su más humilde descubrimiento del efecto fotoeléctrico que se aplica incluso en cosas tan cotidianas como las puertas de los ascensores.

En el caso de la literatura, la situación era aún más vaga por cuanto que Nobel hablaba de obras "idealistas", y esto se ha interpretó primero como un "idealismo" filosófico (opuesto al materialismo), aunque después se ha considerado el "idealismo" como "compromiso con los ideales", lo que ha permitido premiar a otro tipo de autores. Nobel hablaba de dar el premio por una sola obra especialmente influyente del año anterior, la Academia Sueca ha optado generalmente por distinguir el trabajo de toda una vida y no sólo un libro. Aún así, las exclusiones de personajes clave como León Tolstoi y Jorge Luis Borges han incidido en la credibilidad de los premios. Por su parte, el premio Nobel de economía instituido en 1969 y único que se otorga por un comité noruego, ha sido incluso más debatido, y los herederos de Nobel consiguieron que desde 2001 se llamara "en memoria de Alfred Nobel", distinguiéndolo así de los premios instituidos por su antecesor.

Pero, si bien como asunto humano sería casi imposible que el Premio Nobel no estuviera sujeto a todas las fragilidades de nuestra especie, incluidos los odios y aprecios personales, la política y las presiones individuales e institucionales, entre otros, ello no ha obstado para que el premio siga siendo considerado el más alto galardón en sus especialidades, y que incluso la presión social y mediática sobre los comités encargados de concederlos hayan permitido enderezar el curso en más de una ocasión.

El 10 de diciembre de 2006 será la ceremonia de entrega de los premios de este año.

Física: John C. Mather y George F. Smoot, cuyos descubrimientos acerca de la radiación de fondo que tiene nuestro universo permitieron consolidar la teoría del Big Bang como origen del universo.

Química: Roger D. Kornberg, por su trabajo sobre las bases moleculares que permiten que los genes que forman el ADN se comuniquen con el exterior del núcleo para la creación de proteínas y la realización de funciones celulares.

Medicina y fisiología: Andrew Z. Fire y Craig C. Mello, por su descubrimiento de la interferencia del ARN, uno de los mecanismos que controlan el flujo de información genética dentro de la célula desactivando genes específicos.

Literatura: Orhan Pamuk, por sus obras en las que se descubren "nuevos símbolos del choque y entrelazamiento de culturas".

Paz: Muhammad Yunus y el banco Grameen, en reconocimiento sus esfuerzos por crear desarrollo económico "desde abajo" al haber creado los microcréditos como forma de lucha contra la pobreza.

Economía: Edmund S. Phelps, por su trabajo sobre la curva de Phillips (la relación inversamente proporcional entre la inflación y el desempleo), la dinámica del desempleo a corto plazo y el concepto de la tasa natural de desempleo.

Los que lo rechazaron


Sólo dos personas han rechazado voluntariamente el Premio Nobel que les fuera concedido. El filósofo existencialista y escritor Jean-Paul Sartre se negó a recibir el premio de literatura que le fue concedido en 1964, argumentando que siempre había rechazado los honores oficiales. El líder Le Duc Tho, representante de Vietnam del Norte en las pláticas con Henry Kissinger que llevaron a los acuerdos de paz de 1973 en la guerra de Vietnam se negó a recibir el premio junto con Kissinger porque, pese a los acuerdos, en su país aún no había paz.

Pero otros lo han rechazado presionados por sus respectivos gobiernos. El nazismo impidió a los investigadores Richard Kuhn, Adolf Butenandt y Gerhard Domagk recibir oportunamente los premios de química y medicina en 1938 y 1939, e hizo lo mismo para que Otto Heinrich Warburg no recibiera su segundo premio Nobel de medicina (el primero lo obtuvo en 1931). Por su parte, el escritor ruso Boris Pasternak fue obligado por las autoridades soviéticas a rechazar el premio de literatura de 1958.