Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

Lo natural que no lo es tanto

Por todos lados nos bombardean las palabras “natural”, “ecológico” u “orgánico”, pero ¿tienen significado esas palabras en nuestra alimentación?

La zanahoria sólo es anaranjada desde el siglo XVI,
gracias a la selección artificial.
(foto D.P. USDA via Wikimedia Commons)
Imagínese un plato con unas cuantas tuberosas parecidas a zanahorias pequeñas pero de varios cuerpos y color morado casi negro, unos frutos globulares pequeños como uvas y de color naranja profundo, largos tallos de pasto con unas pocas semillas amarillentas y redondas y unas hojas de bordes rizados que parecen hiedra.

Parecería la pesadilla de un entusiasta opositor a la manipulación genética de los alimentos. Pero lo descrito son sólo zanahorias silvestres, tomate salvaje, maíz salvaje y una peculiar planta llamada Brassica olearacea, que da origen al brécol, las coles de bruselas, los repollos y la coliflor, entre otras variedades, todas descendientes de la misma humilde planta que aún se encuentra en lugares como los riscos de yeso de la costa inglesa.

La historia de nuestra alimentación, lo sabemos, es la historia de la domesticación de numerosas especies animales y vegetales. Pero en ocasiones no tenemos muy claro cuán distintos son los productos que encontramos en nuestros platos respecto de sus antecesores lejanos.

De hecho, los ancestros de algunos de nuestros alimentos actuales ya no existen. Hemos descrito una forma de maíz silvestre que existe en la actualidad, el teosinte, pero en la naturaleza ya no existen las mazorcas de granos de maíz como lentejas que se han encontrado en antiguos enterramientos mesoamericanos. El hombre, al llegar a América y encontrar esta planta, la modificó y la seleccionó artificialmente manipulando sus genes por ensayo y error, hasta obtener el maíz que conocemos hoy.

En casos como el de la Brassica olearacea, llamada también mostaza silvestre, pequeñas sutilezas en la selección artificial llevan a cambios verdaderamente notables en el organismo final. Sí, el brécol y las coles moradas son la misma planta, la misma especie, cuyas variaciones naturales fueron aprovechadas por los agricultores al paso de los siglos.

En ocasiones, no fueron sólo las necesidades de conveniencia del cultivo o el sabor las responsables de los cambios que sufrieron distintas especies. Al menos un caso de los que mencionamos en nuestra ensalada terrible del primer párrafo nace del deseo de complacer a los monarcas. Las zanahorias del plato bien podían haber sido negras, rojas o amarillas, además de varias tonalidades del morado.

Pero en el siglo XVII, los agricultores holandeses decidieron quedar bien con la reinante casa de Orange, palabra que significa “naranja” y “anaranjado” en varios idiomas, incluido el francés, el inglés y el holandés. Así, realizaron cruzas y selecciones hasta obtener una por entonces muy novedosa y nunca antes vista zanahoria anaranjada.

Podemos imaginar que antes del siglo XVII, la idea de una zanahoria anaranjada no sólo habría sido extraña, sino incluso rechazada por “antinatural”. Y quizá pasaría lo mismo con nuestros tomates de un furibundo rojo Ferrari, pues los primeros tomates ya domesticados que trajeron los conquistadores españoles a Europa eran más bien amarillentos, lo que explica el nombre en italiano que les dio el botánico Pietro Andrea Mattioli: “pomodoro”, manzana dorada.

En muchos casos no podemos siquiera saber cómo eran los ancestros de nuestro desayuno o cena, pero los cambios sufridos por ellos en miles y miles de años de domesticación los han convertido en formas de vida que poco tienen que ver con las que podríamos llamar “naturales”.

En cuanto a los animales, casi 7.000 años de domesticación separan a los cerdos actuales de los originarios, unos 8.000 separan a la gallina moderna de sus ancestros del sureste asiático... y hasta 10.000 años podrían mediar entre las vacas y los uros de largos cuernos domesticados, como tantas otras especies, en el creciente fértil del Medio Oriente.

¿Qué tantos cambios puede sufrir un ser vivo en un espacio de tiempo tan amplio? Quizá podemos tomar como ejemplo a nuestro compañero más cercano, el perro. Aunque lleva más de 10.000 años con nosotros, y según algunos investigadores bastante más, la gran mayoría de las “razas” o variedades de perro que conocemos hoy tienen apenas unos siglos de existencia, y las más antiguas apenas alcanzan los dos mil años, como los Rottweiler, usados por las legiones romanas para pastorear el ganado de pie con el que viajaban. Es decir, toda la asombrosa y a veces extrema variedad de los perros que conocemos fueron seleccionados artificialmente en unos pocos cientos de años.

Sería muy difícil tomar a un gran danés, un yorkshire terrier y un mastín canario y a partir de ellos extrapolar el aspecto de su ancestro salvaje, el lobo gris.

Nada de lo que un ser vivo toca se mantiene inmutable. El depredador y la presa se influyen mutuamente, se hacen cambiar, evolucionar. Las flores tienen formas y colores que atraen a las abejas, y las abejas tienen aparatos sensoriales capaces de detectar ciertas formas y colores de las flores, al grado de poder ver en la frecuencia ultravioleta, donde las flores mandan intensas señales visuales. Los animales vecinos, que compiten o cooperan o simplemente tratan de mantenerse apartados del camino del otro, también se influyen entre sí.

Eso, es bueno recordarlo, es totalmente natural. Y es lo que el ser humano ha hecho con las plantas y animales que ha utilizado para sobrevivir y tener una existencia más larga y de mejor calidad. Querámoslo o no, nos guste o no, no existen los productos “naturales” con los que algunos, muchas veces con la mejor voluntad del mundo, suelen soñar.

Pero si somos el animal que más ha afectado a su entorno y a las especies con las que interactuamos, también es cierto que somos la única especie viva que está consciente de su impacto sobre el entorno y que tiene tanto la voluntad como los medios tecnológicos para moderar ese impacto, impedir que sea demasiado dañino y reorientar diversas actividades en favor de la conservación de la biodiversidad, el equilibrio ecológico y el mantenimiento de espacios amables para la vida silvestre.

Lo cual, después de todo, sería lo más natural que podemos hacer.

La ingeniería genética por lo natural

Lo que el hombre ha hecho a ciegas, por ensayo y error, durante los últimos 10.000 años al domesticar diversas especies lo podemos hacer ahora con precisión, inteligencia y conocimiento de causa gracias a la ingeniería genética. La presión política, con pocos fundamentos científicos, contra el uso de la tecnología genética está interfiriendo con un análisis racional de las mejores soluciones. Como le dijo la bioquímica Pilar Carbonero a Luis Alfonso Gámez en 2006: “Todos los riesgos achacados a los transgénicos existen desde que la agricultura es agricultura, hace unos 10.000 años".

La toxicología y su padre menorquín

Mathieu Orfila
(Litografía D.P. de Alexandre Colette via
Wikimedia Commons)
El suicidio de Cleopatra en el año 30 antes de la era común es, en cierto modo, un resumen de la relación del ser humano con los venenos, un conocimiento peligroso de utilidad funesta. De hecho, el geógrafo e historiador griego Strabo nos ofrece dos versiones, una, la más conocida, según la cual la emperatriz de Egipto se hizo morder por una víbora venenosa; según la otra, se aplicó un ungüento venenoso, con lo que sólo cambia el modo de administración de la letal sustancia.

El veneno consumido accidentalmente o utilizado voluntariamente para el suicidio o el asesinato ha capturado tradicionalmente la imaginación popular. No sólo porque como arma homicida es difícil de identificar y más de relacionar con el asesino, sino porque, paradójicamente, los venenos pueden tener propiedades curativas, medicinales o deseables en dosis inferiores a las letales. Esto fue astutamente resumido por el peculiar Paracelso, mezcla renacentista de precientífico y charlatán, quien observó: “la dosis hace al veneno".

Un ejemplo de lo atinado de este comentario de Paracelso lo tenemos actualmente con la aplicación de una peligrosa toxina. La toxina botulínica es una potente proteína neurotóxica producida por la bacteria anaerobia Clostridium botulinum que puede causar la muerte con una dosis de 1 nanogramo (una milmillonésima de gramo) por kilogramo de peso de la víctima provocando debilidad muscular en la cabeza, brazos y piernas, hasta paralizar los músculos respiratorios y causar la muerte.

Dosis minúsculas cuidadosamente calculadas de toxina botulínica, o botox, se empezaron a usar en la década de 1980 para tratar casos de estrabismo, relajando el músculo paralizado que fija al globo ocular en su posición. Desde 1989 se usa además con fines estéticos, al impedir que se contraigan los músculos que provocan algunas arrugas, especialmente en la frente y el entrecejo.

En la historia del veneno, el gran unificador, el encargado de compendiar el conocimiento reunido a lo largo de la historia y de empezar el camino para comprender cómo es que actúan esas mortales sustancias fue Mateo Orfila, nacido en 1787 en Mahón, Menorca, y que luchó durante toda su juventud por estudiar medicina. Su familia quiso orientarlo hacia la marina, pero él insistió en estudiar medicina primero en Valencia y luego en Barcelona, donde fue becado para estudiar química en Madrid primero y después en París.

Llevado a la química por su capacidad y relaciones, se quedó en París trabajando como asistente del laboratorio del químico Antoine François Fourcroy, pero siguió estudiando medicina decididamente y finalmente se doctoró en 1811 con una tesis sobre la orina de los pacientes de ictericia. Se veía en esa tesis ya al médico químico que desde ese mismo año se dedicaría intensamente a estudiar los venenos y sus mecanismos.

Las investigaciones de Orfila eran difíciles y, parecería hoy, algo crueles, pues implicaron más de cinco mil experimentos de venenos con perros. El conocimiento derivado de estos experimentos se vio resumido en el libro Tratado de los venenos (o Toxicología general) de 1813, considerado el texto fundacional de la toxicología científica.

La gran novedad de este tratado científico nacía de la convicción de Orfila de que los venenos sólo podían identificarse en las evacuaciones de los pacientes, considerando que podían ser absorbidos por el organismo y por tanto no llegar a ser evacuados. Su principal misión fue identificarlos en los tejidos de sus sujetos experimentales por medio de exámenes anatomopatológicos en autopsias.

Esta labor le permitió a Orfila determinar que la difusión de los venenos por el organismo se daba mediante la sangre y no, como se había creído antes, por medio de las fibras nerviosas.

Igualmente, Mateo Orfila estableció el concepto de antitóxico, una sustancia que actúa directamente contra un tóxico, como el proverbial antídoto, y no contra la enfermedad. Una forma de antitóxico es cualquiera que provoque el vómito para expulsar el veneno del organismo antes de que se absorba más por vía sanguínea. Otra forma es la neutralización de la acción del veneno, como el ácido dimercaptosuccínico que se utiliza en casos de envenenamiento por metales pesados.

El éxito de su libro, traducido a varios idiomas, se vio seguido cuatro años después por otro volumen, Elementos de química médica, que también atrajo gran atención en toda Europa. Con un prestigio bien ganado en su edspecialidad, en 1819 obtuvo el puesto de profesor de medicina legal de la Facultad de Medicina de París, puesto que le exigió adoptar la nacionalidad francesa, que mantuvo hasta su muerte.

En los años siguientes pasaría a ser profesor de química médica reconocido por su gran capacidad didáctica, autor de numerosos libros más sobre química, tratamiento de envenenamientos, medicina legal y otros temas, y fundador de la Sociedad de Química Médica (1824) encargada de la publicación de la revista científica Anales de química médica, farmacéutica y toxicológica, además de crear el Museo de Anatomía Patológica (Museo Dupuytren) y el Museo de Anatomía Comparada (Museo Orfila) que aún existen hoy en día en París. En 1834 sería nombrado Caballero de la Legión de Honor Francesa.

Entre 1838 y 1841, Orfila se vería implicado igualmente en la creación de la toxicología forenese, primero determinando que en su estado normal el cuerpo humano no contiene arsénico, lo cual asegura que la presencia de arsénico es producto de un envenenamiento accidental o intencionado, y como experto en casos de envenenamiento.

En 1850 sería nombrado Presidente de la Academia de Medicina y, después de un enfrentamiento con Luis Napoleón, debido al acendrado conservadurismo del genio, moriría al fin en 1853 y sería inhumado en el famoso cementerio de Montparnasse.

En su testamento, el genio menorquín dejó instrucciones y fondos para la creación de diversas instituciones científicas y de beneficencia. Y en un gesto hacia los alumnos a los que dedicó sus esfuerzos durante gran parte de su vida, dispuso que se hiciera su autopsia en presencia de sus estudiantes, para que aprendieran de él ya en la muerte un poco más de lo que habían aprendido del Orfila vivo.

La envenenadora que no lo fue

El asesinato por envenenamiento está íntimamente ligado, en la percepción general, con Lucrecia Borgia, la femme fatale del Renacimiento, usada por su familia como peón en bodas de conveniencia. Sin embargo, podría ser que Lucrecia Borgia fuera una víctima simple del machismo, de una reacción encendida y airada a su libre sexualidad y a su percibida impudicia, pues, para sorpresa de muchos, no existe ni una sola prueba histórica de que esta hija ilegítima del Papa Alejandro VI hubiera cometido siquiera un asesinato, no digamos ya por medio del envenenamiento.

Las maravillosas máquinas de Herón de Alejandría

El legado de uno de los grandes inventores antiguos nos recuerda cuán fácil es olvidar el conocimiento que hemos reunido.

Réplica de la eolípila
creada por Katie Crisalli
(foto D.P. via Wikimedia
Commons)
Seguramente usted ha escuchado decir que “quizá los antiguos tenían conocimientos superiores a los que actualmente creemos”, lo cual con frecuencia sólo quiere decir que quien habla no está muy bien informado, pero cree que su ignorancia es compartida por toda la humanidad y que lo que él (o ella) no conoce, no lo conoce nadie más. Afortunadamente no es así.

Que los antiguos griegos habían desarrollado el odómetro o cuentakilómetros, y que fue probablemente usado para calcular las distancias recorridas en el desenfrenado viaje de conquistas de Alejandro Magno, que las romanas sabían teñirse de rubias o que el genio chino Zhang Heng inventó un sismógrafo primitivo, son datos que nos muestran, sobre todo, la profundidad de nuestra ignorancia sobre el pasado, que nos gusta imaginar mucho más oscuro y brutal de lo que ya era de por sí.

Quizá la diferencia entre los logros de las culturas precientíficas y los avances logrados por la humanidad desde que desarrolló el método científico alrededor del siglo XV-XVI es que, por una parte, nosotros contamos con explicaciones demostrables de los principios del funcionamiento de ciertas cosas, y, por otra, que el conocimiento y sus productos tecnológicos no son patrimonio de una élite, sino de toda la humanidad.

Esto último puede ser el secreto para que no se pierda.

En el pasado, los principios que hoy están al alcance de todos quienes asistan a la escuela, podían ser un bien guardado secreto, y es fácil imaginar cómo provocaban el asombro entre el pueblo llano, no sólo incapaz de entender, sino sin los medios (información, escuela, medios) para llegar a entender lo que parecía magia.

Tal fue el caso de Herón, inventor que en el siglo I de la era común asombró a su natal Alejandría con una caudalosa sucesión de máquinas, aparatos, ideas, propuestas que iban desde la matemática pura hasta la aplicación tecnológica de los conocimientos de entonces. Sus trabajos le ganaron el mote de Michanikos, el hombre mecánico.

Como tantos científicos de su época, Herón realizó su trabajo en el Musaeum, el museo anexo a la legendaria Biblioteca de Alejandría, donde era profesor. Este Musaeum, donde Hipatia enseñaría e investigaría tres siglos después, se había concebido como heredero del Liceo de Aristóteles, lugar religioso de culto a las musas y espacio de enseñanza y debate.

Quizá el aparato por el que es más conocido Herón es la eolípila, una primitiva máquina de vapor que, sin embargo, no hacía más que hacer girar una bola que recibía vapor de un caldero y lo expulsaba mediante dos tubos acodados en su ecuador.

Sin embargo, la falta de aplicación práctica de este invento contrasta con el resto de la enorme cantidad de invenciones prácticas, incluso económicamente rentables, que logró Herón, muchas de ellas para los templos, donde es muy posible que los fieles no conocieran los principios que hacían moverse a los aparatos de Herón, como la máquina dispensadora de agua bendita operada con monedas, o las puertas del templo que se abrían y cerraban al parecer milagrosamente.

Era la aportación de Herón a la promoción de sus creencias paganas en una Alejandría que era un punto de encuentro de todas las religiones, y donde todas buscaban fieles y limosnas para ser más poderosas e influyentes.

Herón dejó un legado de al menos una docena de libros, pero quizá varios más, que conocemos en griego, copias medievales y traducciones al árabe. En unos se ocupa de la geometría y las matemáticas aplicadas para calcular el área y el volumen de distintos cuerpos. En otros estudia la propagación de la luz y el uso de espejos para objetivos tan prácticos como medir longitudes desde la distancia, el dispositivo dióptrico antecesor del teodolito que siguen utilizando los agrimensores y topógrafos.

En sus libros nos da también con su descripción de diversos autómatas: objetivos que giran, ruidos producidos automáticamente, sus famosas puertas y una colección de unos 80 aparatos mecánicos que funcionan con aire, vapor o presión hidráulica, entre ellos la eolípila, una bomba de dos pistones utilizada para extinguir incendios y una famosa máquina expendedora.

Un libro más estaba dedicado a máquinas de guerra y tres más al arte de mover objetos pesados, recordándonos que la capacidad de mover grandes piedras que exhibieron los antiguos no era sino expresión de sus conocimientos, es decir, tecnología.

Para los modernos historiadores, las máquinas maravillosas de Herón lo son aún más por ser el creador de los dispositivos de control por realimentación, que es el principio de lo que hoy conocemos como cibernética y que no se refiere únicamente a la informática, sino a todas las máquinas o dispositivos autorregulados. Por ejemplo, Herón diseñó un cuenco de vino que se llenaba solo, o eso parecía. El ingenioso diseño contaba con un flotador que, al bajar a cierto nivel del líquido, como los de nuestras cisternas de baño, abría una válvula y suministraba vino hasta que el flotador la cerraba nuevamente.

Eran las primeras máquinas que, así fuera primitivamente, tomaban decisiones con base en su diseño sin necesidad de la supervisión de un ser humano: un órgano de agua que usaba una corriente para interpretar música, un dispensador de agua bendita en el que una moneda depositada por el fiel levantaba una palanca que surtía agua hasta que la moneda, por su propio peso, se deslizaba, caía y cerraba la válvula.

No fue sino hasta el siglo XVII cuando volvieron a crearse dispositivos de realimentación, los hornos e incubadoras controlados por termostatos.

La historia de cómo se olvidaron algunos de esos conocimientos puede enseñarnos mucho de frente a grupos fundamentalistas, anticientíficos y con motivaciones religiosas. Los conocimientos reunidos por varias culturas fueron olvidados con relativa facilidad ya dos veces (una en el occidente cristiano y otra en el oriente islámico). Es difícil subir una montaña, requiere habilidad, preparación y gran esfuerzo, pero caer de ella al abismo es rápido, sencillo y no requiere más que un tropezón

El teatro mágico

Uno de los grandes logros de Herón fue su “teatro mágico”, desarrollado a partir de las ideas de Filón de Bizancio, ilustre científico y mecánico que antecedió trescientos años a Herón. De modo totalmente automático, el dispositivo desplegaba su escenario y en él se desarrollaba una historia con diminutos muñecos humanos, delfines, dioses, barcos y hasta efectos de sonido y llamas producidos automáticamente. Muchas máquinas de Herón se han recreado gracias a sus descripciones, pero de ésta sólo tenemos el relato de lo que hacía y el asombro que causaba.

Realidad y ficción del espectro electromagnético

Espectro electromagnético
(imagen CC de Horst Frank via Wikimedia Commons)
La “radiación" no se refiere solamente a la radiación nuclear, sino a una gran variedad de ondas que son, en gran medida, responsables de nuestra tecnología.

La luz visible, los rayos ultravioleta, los rayos X, las ondas de radio, las microondas, los rayos gamma, las ondas usadas para transmitir televisión (VHF, “frecuencia muy alta” y UHF, “frecuencia ultra alta”, esta última usada hoy para la televisión digital, son todas ondas electromagnéticas, parte de un continuo que apenas conocimos en el último siglo y medio.

El físico escocés James Maxwell desarrolló a mediados del siglo XIX la teoría electromagnética básica, demostrando que un grupo de fenómenos independientemente observados en la electricidad, el magnetismo y la óptica eran en realidad manifestaciones de un mismo fenómeno, el campo electromagnético, formado por ondas que viajan a la velocidad de la luz. Estas ondas se def¡nen por su longitud de onda y su frecuencia, que son inversamente proporcionales.

El paardigma de las ondas que se provocan al lanzar una piedra en un estanque tranquilo se aplica perfectamente a las ondas electromagnéticas. Todas las ondas que conocemos, como las del sonido o acústico, las sísmicas, las que se dan en cuerdas y otras, tienen un comportamiento similar.

Las ondas electromagnéticas, ordenadas de la mayor a la menor longitud de onda (y, consecuentemente, de la menor a la mayor frecuencia), forman el espectro electromagnético. La frecuencia se mide en hertzios, que son ciclos por segundo. Así, por ejemplo, las ondas del extremo inferior del espectro, las de frecuencia extremadamente baja tienen una frecuencia de 3 hertzios, o sea que ocurren tres veces cada segundo, una longitud de onda de 100 megametros (millones de metros) y transmiten muy poca energía.

Al otro extremo del espectro o continuo están los rayos gamma, con una frecuencia de 300 exahertzios, lo que significa que ocurren 300.000.000.000.000.000.000 de veces por segundo, tienen una longitud de onda minúscula, de tan solo 0,000.000.000.001 de metro (menores que un átomo), y transmiten una enorme cantidad de energía.

Entre estos dos extremos el continuo va, de menor a mayor frecuencia, de las ondas utilizadas por la telefonía común, las de la radiofonía y la televisión y las microondas, que incluyen la radiación electromagnética empleada en el radar. A continuación viene la radiación infrarroja, de hasta y sigue la estrecha franja que conocemos como "luz visible" y que va del rojo (menor frecuencia) al violeta (mayor frecuencia).

La luz visible es la única parte de todo el espectro electromagnético que podemos percibir con nuestros sentidos, aunque otros animales como algunas serpientes y reptiles pueden percibir las frecuencias infrarrojas y algunos insectos como las abejas pueden “ver” también ondas de mayor frecuencia, las ultravioleta.

La radiación ultravioleta marca una frontera extremadamente importante en el espectro electromagnético, porque ya tiene suficiente energía como para alterar a la materia expuesta a ella. Es decir, puede arrancarle un electrón a un átomo, convirtiéndolo en un ión positivo (ionizándolo). A partir de allí hablamos de radiación ionizante.

En términos de la vida de la Tierra, esto significa que esta radiación puede causar cáncer y problemas genéticos impredecibles. Es por ello que al exponernos al sol debemos utilizar un protector solar: junto con la luz y el calor que emite el sol, emite también rayos ultravioleta. Una parte de ellos es absorbida por la capa de ozono que está en la parte superior de nuestra atmósfera, pero otra parte llega hasta nosotros, y una exposición demasiado prolongada o frecuente a ellos implica riesgos.

A continuación, con aún más energía, están los “rayos X”, que además de llegar naturalmente desde el espacio como parte de la llamada “radiación natural de fondo” a la que estamos expuestos estemos donde estemos sobre el planeta, son producidos en nuestras máquinas radiológicas para generar imágenes médicas, y llegamos así a los rayos gamma, que pueden causar daño incluso mortal con exposiciones relativamente cortas. Es por ello que los rayos gamma se utilizan entre otras aplicaciones para esterilizar equipo médico y eliminar bacterias de productos alimenticios.

Es importante señalar que los rayos gamma, como el resto de la radiación electromagnética, no “permanecen" en el equipo médico o los alimentos ni los vuelven “radiactivos” después de exponerse a ellos. Hacen su trabajo y se van como se va la luz cuando apagamos una bombilla.

De la luz visible hacia abajo, en el reino de las ondas de radio y las microondas, la radiación electromagnética es no ionizante, es decir, no tiene suficiente energía para afectar nuestro ADN. Sin embargo, ciertos grupos han afirmado, sin aportar pruebas sólidas, que existe una vinculación entre ciertas enfermedades y la radiacíón no ionizante proveniente de la radiodifusión, las líneas de alta tensión, las pantallas de televisión y ordenador, la telefonía móvil e incluso los hornos de microondas.

Los estudios llevados a cabo durante décadas, sin embargo, no han conseguido demostrar que exista tal correlación, sobre todo con las medidas de simple precaución que se utilizan para regular estos dispositivos y, muy especialmente, la telefonía móvil. Estos resultados reiterados en estudios de diversos grupos y países sugiere que, en el peor de los casos, si hay un riesgo es tan pequeño que resulta muy difícil detectarlo, a diferencia del riesgo de otros cancerígenos bien identificados.

De hecho, las más importantes agencias de lucha contra el cáncer de todo el mundo, entre ellas la Asociación Española contra el Cáncer coinciden en que "los niveles de emisión no son perjudiciales para la población” aún cuando recomiendan una precaución razonable y vigilante.

Los más recientes estudios, que incluyen seguimiento durante 12 años y la evaluación de más de 5.000 afectados por el cáncer y 7.000 controles sanos en numerosos países, confirman que no hay datos que sustenten la idea de que la radiación no ionizante implica riesgos para la salud, algo que por desgracia no tiene la difusión que muchos medios suelen dar a visiones sensacionalistas y alarmantes.

El negocio del miedo

Numerosos negocios sin base científica florecen promoviendo el miedo a la radiación electromagnética no ionizante, vendiéndonos protectores más o menos mágicos que supuestamente "absorben" las radiaciones u ofreciendo asesoría sobre la indemostrada “contaminación electromagnética”, con frecuencia echando mano al mismo tiempo de rituales mágicos como el feng shui o distintas formas de la adivinación para promover un miedo irracional que les rinda beneficios económicos. Una lamentable forma de explotación de la ignorancia.

La ciencia ante la belleza

Fotografía ©Mauricio-José Schwarz
El profundo tema de la belleza está siendo enfrentado por la ciencia, con la certeza de que saber objetivamente cómo nos afecta no hará menos intensos nuestros sentimientos subjetivos.

Ciertas cosas nos parecen bellas y otras no. Dado lo intensa que resulta nuestra reacción ante la belleza (y ante su opuesto, lo feo), el tema ha sido apasionadamente estudiado por la filosofía. Y también por la ciencia. Así, Pitágoras impulsó el desarrollo de la música al descubrir que los intervalos musicales no son sino subdivisiones matemáticas de las notas.

Grecia también nos dio el descubrimiento de la proporción áurea, también tema de Pitágoras y de Euclides, y que es cuando dos cantidades tienen un cociente de 1.618, la constante denotada con la letra griega “fi”. Esta proporción resulta especialmente atractiva a la vista, y los artistas la han usado en sus obras, desde los templos griegos, como el Partenón, que al parecer está construido sobre una serie de rectángulos dorados, hasta una gran parte de la pintura, arquitectura y escultura renacentista.

La proporción áurea, como se descubrió después, está también presente en la naturaleza, en elementos tan diversos como la concha del cefalópodo arcaico llamado nautilus o las espirales que forman las semillas de los girasoles (o pipas).

Pero nada de esto nos dice qué es lo bello y, menos aún, por qué nos lo parece.

Tuvo que llegar la psicología del siglo XX para empezar a analizar experimentalmente nuestras percepciones y tendencias y abrir el camino a la explicación científica de por qué algo nos parece bello.

La ciencia del arte

Uno de los más importantes neurocientíficos, Vilayanur S. Ramachandran de la Universidad de California, junto con el filósofo William Hirstein, se propuso disparar el estudio neurológico del arte con un artículo publicado en 1999 en el que proponía entender el arte a través, tentativamente, de ocho “leyes de la experiencia artística”, basado en sus estudios del cerebro y, especialmente, de alteraciones neurológicas como las que padecen los savants, que suelen tener una gran facilidad para la creación artística, tanto musical como gráfica.

Para Ramachandran y Hirstein, en la percepción del arte influye ante todo el “efecto de desplazamiento del pico”, que es fundamentalmente nuestra tendencia a la exageración. Si se entrena a un animal para diferenciar un cuadrado y un rectángulo de proporción 2:3, premiándolo por responder ante el rectángulo, la respuesta será aún más intensa ante un rectángulo más alargado, digamos de proporción 4:1. Es lo que hace un caricaturista al destacar los rasgos distintivos y eliminar o reducir los demás, provocando en nosotros el reconocimiento. O lo que hace el artista al destacar unos elementos placenteros y obviar otros.

Entre los aspectos propuestos por Ramachandran y Hirstein, uno de los más apasionantes es el de la metáfora. Cuando se hace una comparación metafórica como “Julieta es el sol”, tenemos que entender (y nos satisface hacerlo) que Julieta es tibia y protectora, no que sea amarilla y llameante. El proceso de comprensión de la analogía es en sí un misterio, pero más aún lo es el por qué, sobre todo desde un punto de vista evolutivo, nos resulta gratificante hacerlo.

Según estos estudiosos, el arte incluye aspectos como el aislamiento de un elemento de entre muchos al cual prestarle atención, la agrupación de elementos y algo que la psicología cognitiva tiene muy en cuenta en el estudio de la belleza humana: la simetría.

El rostro humano

Los estudios sobre la belleza humana también demuestran que la simetría es uno de los requisitos esenciales de la belleza, y esto ocurre en todas las culturas humanas y a todas las edades. Los bebés prefieren observar objetos o rostros simétricos en lugar de los que no lo son.

Otro de los descubrimientos asombrosos sobre el rostro humano es que un “promedio” informático de una gran cantidad de fotografías tiende a ser apreciado como más hermoso que los rostros que le dieron origen. Al menos en cierta medida, consideramos bello lo que tiende a la media.

Las características “infantiles” de las crías de los animales con cuidados paternos (grandes ojos, nariz y boca pequeñas, gran cabeza), disparan en nosotros reacciones de ternura y cuidado. Los estudios han determinado que estos rasgos son también un componente de la belleza, especialmente la femenina. El rostro de la mujer adulta retiene ciertos rasgos infantiles que el hombre pierde con la madurez sexual. Aunque cierta feminidad en el rostro del hombre tambíen es apreciada como un componente de belleza por las mujeres.

A fines de los años 90, los psicólogos Víctor Johnston y Juan Oliver-Rodríguez consiguieron observar al cerebro humano reaccionando ante la belleza, al analizar electroencefalogramas de sujetos que habían visto una serie de rostros. Unas ondas, llamadas “potenciales relacionados con acontecimientos” aumentaban cuando los sujetos observaban rostros que consideraban hermosos.

Aunque no conocemos aún el mecanismo paso a paso, sabemos que la sensación placentera que nos provoca la contemplación de la belleza surge de la activación del sistema límbico, una serie de estructuras en lo más profundo de nuestro cerebro donde residen las sensaciones de placer y de anticipación ante la posibilidad del placer.

Todos los elementos que contribuyen a que una persona sea considerada hermosa o no (y dejamos fuera muchos, como el de la estatura) son independientes de la cultura. Aunque cada cultura realizan sus peculiares variaciones sobre los temas básicos, ninguna considera especialmente bellos la asimetría, la piel defectuosa, los extremos apartados de la media o los rostros femeninos duros, angulosos y sin rasgos infantiles.

Queda por averiguar, por supuesto, qué valor evolutivo tiene nuestra apreciación de la belleza, cómo surgió en nuestra historia, por qué y, sobre todo, cómo funciona paso a paso.

Los biólogos evolutivos proponen que quizá la belleza comunica a los demás la calidad y deseabilidad de su portador. Así parece funcionar en todas las especies que tienen rasgos decorativos para atraer a sus potenciales parejas mostrando su salud, fuerza y capacidades, aunque esto no tenga, en nuestra sociedad tecnológica, el valor que pudo tener hace cien o doscientos mil años.

Esclavos de la belleza

Los estudios demuestran que las personas guapas tienen mejores oportunidades en nuestra sociedad, en la vida profesional y personal. Si queremos allanar el campo de juego debemos entender el mecanismo de este hecho, que hoy parece que no es, como se quiso creer en las últimas décadas, un asunto meramente cultural. Porque finalmente, como dice Ulrich Renz, autor de La ciencia de la belleza, si existiera una píldora para hacernos más bellos... ¿quién no la tomaría?

La muerte organizada de las células

Celldeath
Dos dedos de los pies han quedado unidos debido
a una mutación que ha inhibido la apoptosis
(foto GDFL pschemp via
Wikimedia Commons)
Una parte curiosa del desarrollo de los organismos a lo largo de toda su vida es la destrucción de algunas de sus células con un objetivo determinado, células que están dañadas, envejecidas o han tenido una utilidad y han dejado de tenerla.

Por ejemplo, en el desarrollo del feto humano, como podemos ver en las fotografías tomadas dentro del útero, todos tuvimos manos y pies palmeados, con los dedos unidos por una membrana. En un momento del desarrollo, es necesario que las células de esas membranas se eliminen, que mueran para liberar a los dedos.

Otro ejemplo es el colapso del endometrio en el útero femenino, que comienza por la muerte de las células que lo unen al útero y disparar el período menstrual. O las células que representan un riesgo para el organismo, han sido atacadas por virus, están envejecidas, tienen daños en su ADN o problemas de otro tipo, y deben morir para ser sustituidas por células nuevas, jóvenes e íntegras.

La muerte de una célula puede tener un grave impacto sobre su entorno. Cuando dicha muerte se debe a un problema patológico, la célula se descompone por acción de enzimas, ácidos, agentes patógenos u otros elementos, y al degradarse libera a su entorno varias sustancias tóxicas que disparan la reacción inflamatoria de las células circundantes. Cuando ocurre esta muerte traumática y, por usar una metáfora, involuntaria, se desarrolla este proceso de degradación que los biólogos conocen como necrosis.

Construir un cuerpo durante la gestación y el crecimiento, o mantenerlo vivo y sano serían procesos muy difíciles si todas las muertes celulares provocaran los devastadores efectos de la necrosis, pues el cuerpo humano, por usar un ejemplo que nos resulta entrañablemente cercano, experimenta la muerte de alrededor de un millón de células cada minuto que pasa, renovando nuestros tejidos, creciendo, atacando a las enfermedades.

El suicidio

Por fortuna, muy temprano en la historia evolutiva de los seres pluricelulares, apareció un procedimiento de eliminación ordenado, mediante el cual la célula, de nuevo metafóricamente, “se suicida” mediante un proceso genéticamente controlado que permite que muera sin causar los problemas de la necrosis.

A este proceso de autodestrucción se le conoce como apoptosis, o muerte celular programada, es un proceso codificado en los genes de todas las células con núcleo de nuestro organismo.

El científico alemán Karl Vogt, influyente personaje de la biología, la zoología y la fisiología, descubrió el proceso de la muerte celular programada en 1872 durante sus estudios sobre la metamorfosis de los anfibios, en la que la apoptosis juega un importante papel, y fue el primero en describirlo. Aunque otros estudiosos se ocuparon de la muerte de las células, la biología estaba más centrada en entender la vida de la célula que su muerte, y el concepto pasó bastante desapercibido hasta la década de 1960.

En 1964, el biólogo celular Richard A. Lockshin y su director de tesis Carroll Williams publicaron un artículo sobre el gusano de seda y lo que llamaron “muerte celular programada”. Un año después, en 1965, John Kerr observó una clara distinción entre la muerte traumática y lo que llamó, por primera vez, “apoptosis” en 1972. La palabra procede del griego antiguo y significa la caída de los pétalos de una flor o de las hojas en el otoño.

A partir de entonces, el interés general de las ciencias de la vida sobre la apoptosis ha ido creciendo notablemente, igual que los conocimientos sobre sus mecanismos y utilidad para el organismo.

En una descripción muy general, el proceso de muerte programada en la célula comienza con una reducción de su volumen. Su citoplasma se condensa en porciones o vesículas rodeadas de membrana celular, su cromatina o material genético se fracciona en varias masas relativamente grandes que son engullidos por las células circundantes, y se forma una serie de burbujas o cuerpos apoptóticos que contienen en su interior los organelos de la célula que son absorbidos por las células circundantes y por las células llamadas macrófagos.

Patologías y apoptosis

Cuando una célula experimenta una mutación, suele activar el proceso de apoptosis, salvo si la mutación afecta también a los genes responsables de la apoptosis, en cuyo caso la célula afectada sobrevive y puede multiplicarse descontroladamente como un proceso canceroso. Es decir, la desactivación de la apoptosis es un elemento clave en el desarrollo de esta enfermedad.

Igualmente, muchos virus tienen la capacidad de codificar o crear moléculas que inhiben el programa de apoptosis, evitando que la célula muera cuando se lo indican las células del sistema inmune y permitiendo la proliferación del virus.

Del lado contrario, el de la apoptosis acelerada o descontrolada, tenemos numerosas enfermedades degenerativas, como el mal de Parkinson o el Alzheimer, en las cuales mueren células que no deberían hacerlo y que por lo tanto no son sustituidas por otras más jóvenes a velocidad suficiente, dando como resultado una pérdida en las funciones de las que son responsables dichas células.

Adicionalmente, la apoptosis no sólo puede ser desencadenada por los mecanismos interiores de la célula, sino que puede ser resultado de señales enviadas por otras células, muy especialmente las del sistema inmune, que indican químicamente a algunas células que deben autodestruirse.

Estos ejemplos, apenas unos cuantos de entre las muchas patologías en las que juega un papel relevante el control del mecanismo de la apoptosis, bastan para darnos cuenta de por qué las ciencias de la vida están hoy estudiando tan intensamente la apoptosis. Poderla disparar o inhibir a voluntad en zonas determinadas de nuestro organismo podría ayudar tanto a reducir los daños del cáncer, los procesos virales (desde la gripe común hasta el SIDA), las enfermedades degenerativas y otras afecciones, atacando un aspecto de las patologías que no ha sido considerado hasta hoy por nuestro arsenal médico.

La muerte, vista siempre como una tragedia, es sin embargo un requisito esencial de la vida, una forma de contar con organismos sanos y, al final, una necesidad en el peculiar universo de nuestro organismo.

La evolución de la apoptosis

Entre los organelos de la célula, las mitocondrias son especialmente interesantes porque, al parecer, se originaron en bacterias que fueron absorbidas por células primitivas hace miles de millones de años, creando una peculiar simbiosis. Conocidas popularmente por tener su propio ADN, el de la línea materna, tema recurrente en algunas historias televisuales de investigación criminal, las mitocondrias también parecen haberse adaptado para ser las disparadoras del proceso de la apoptosis en las células, una especie de mecanismo de seguridad adquirido.

El pirata científico William Dampier

William Dampier - Project Gutenberg eText 15675
William Dampier
(pintura de T. Murray, D.P.
via Wikimedia Commons)
Un pirata sin estudios pero con una curiosidad insaciable y la decisión de observar cuidadosamente su mundo se convirtió en uno de los pilares de la ciencia moderna.

Resulta difícil menospreciar la enorme influencia y valor de William Dampier, y por lo mismo resulta igualmente difícil aceptar que sea uno de los grandes desconocidos de la historia.

William Dampier nació en 1651, en el cenit de la era de la exploración. Quedaba aún mucho mundo por descubrir para Europa, y las grandes potencias enviaban a sus capitanes a hallarlo y beneficiarse de ello. Motivado por una gran curiosidad, Dampier, hijo de un granjero y huérfano a temprana edad, decidió dedicarse a la mar.

Aventurero precoz, viajó a Terranova y a la Indias Occidentales, hoy las islas del Caribe, peleó en la tercera guerra angloholandesa en 1673, luego regenteó una hacienda en Jamaica y poco después alternaba la piratería con el trabajo de leñador en Campeche, México. En 1679 baja hasta Panamá, cruza el Istmo del Darién y llega a Perú para dedicarse a la piratería en la costa oeste de América, desde Chile hasta California, y después al otro lado del Pacífico, en Filipinas, China y Australia, donde, mientras se realizaban labores de reparación de su barco, tomó abundantes notas sobre la flora, la fauna y los habitantes aborígenes.

Después de fracasar como empresario en Sumatra y volver a la piratería, volvió a Inglaterra en 1691 como aventurero curtido y con numerosas notas y diarios cuidadosamente reunidos.

En 1697 Dampier publicó su primer libro Nuevo viaje alrededor del mundo, que sigue reeditándose hoy en día, pues logró llevar a la imaginación de sus lectores de fines del siglo XVII un mundo de aventuras y de hazañas variadas, erigiéndose en el fundador de la narrativa inglesa moderna gracias a su estilo, descrito como exento de toda afectación y de toda apariencia de invención o fantasía. El poeta Samuel Taylor Coleridge lo consideraba “un hombre con una mente exquisita” y recomendaba a los escritores de viajes que lo leyeran e imitaran.

El éxito del libro llevó a que escribiera el segundo volumen, Viajes y descripciones, publicado en 1699, que incluía un tratado sobre los vientos y la hidrografía, o medición de las aguas navegables. Dampier se revelaba allí como la primera persona que correlacionaba los vientos y las corrientes marítimas, y el primero que hizo mapas integrados de los vientos.

Si a ojos del público común había triunfado como un narrador extraordinario, los datos contenidos en sus libros lo situaron también como un verdadero experto de los mares del sur ante el almirantazgo británico, que lo llamó para consultarle sobre la forma más eficaz de explorar esas aguas, llenas de promesas. Como consecuencia, ese mismo año de 1699 se le dio el mando del pequeño buque Roebuck y se le encargó la exploración de la costa oriental de Australia al mando del velero Saint George.

Dampier exploró y bautizó Shark Bay, la Bahía del Tiburón, y las zonas costeras adyacentes a ella, incluidas las islas del Archipiélago Dampier. Después navegó hacia Nueva Guinea, donde descubrió un grupo de islas, entre ellas Nueva Bretaña, y el Estrecho de Dampier que la separa de la isla principal de Nueva Guinea. En el viaje de regreso, en abril de 1701, su barco naufragó en la Isla Ascensión, en el Atlántico. A su regreso a Gran Bretaña, un tribunal militar lo inhabilitó para comandar los barcos de Su Majestad porque, pese a ser un maestro navegante, era un comandante inepto para su tripulación, de temperamento difícil y dado a la bebida.

Dampier se dio tiempo entonces para escribir un libro sobre su fallido viaje a Australia, Un viaje a Nueva Holanda, cuya primera parte se publicó en 1703, el mismo año en que, sin importar su corte marcial de 1701, se le designaba para encabezar una expedición corsaria con los buques St. George, comandado por el propio Dampier, y Cinque Ports, a cargo del teniente Thomas Stradling. Un marinero de este último barco, el escocés Alexander Selkirk optó por quedarse en la isla deshabitada de Más a Tierra, en el archipiélago chileno de Juan Fernández, frente a la costa chilena, por desconfiar de la integridad del barco.

Pese a circunnavegar el planeta, por segunda ocasión en el caso de Dampier, la expedición fue un fracaso económico y volvió a Inglaterra en 1707 para escribir tanto la Reivindicación del Capitán Dampier sobre su viaje a los mares del sur en el buque St. George, publicado ese mismo año, como la segunda parte de Un viaje a Nueva Holanda, que se publicaría en 1709.

Entre 1708 y 1711, Dampier se unió a un nuevo emprendimiento como piloto del velero Duke capitaneado por Woodes Rogers y con el que daría su tercera vuelta al planeta, convirtiéndose en el primer hombre en conseguirlo. En 1709 fondearon frente a Más a Tierra (hoy Isla Robinson Crusoe) y rescataron a Selkirk. La historia del marinero contada a su vuelta a Inglaterra inspiraría a Daniel Defoe su Robinson Crusoe, publicado en 1719.

Sin embargo, Dampier no conseguiría disfrutar el premio de esa, la primera expedición exitosa en la que participara y que rindió beneficios por 200.000 libras esterlinas, pues murió en 1715 en la más absoluta miseria, cuatro años antes de que los patrocinadores de la expedición pagaran a los tripulantes su parte.

Sus obras siguieron ejerciendo una poderosa influencia. Charles Darwin llevó consigo, en su legendario viaje en el Beagle, los libros de Dampier, a los que llamaba “una mina de información". El uso del concepto de "subespecie" que inició Dampier y su descripción de las islas Galápagos ayudaron a guiar sus observaciones.

El naturalista alemán Alexander Von Humboldt era otro admirador que acudió a la obra de Dampier como trampolín para su trabajo, y Benjamin Franklin elogió la precisión de las observaciones meteorológicas del pirata británico.

Por su parte, las innovadoras tecnologías de navegación de William Dampier fueron estudiadas y aplicadas por sucesores como el explorador James Cook y el almirante Horatio Nelson, la víctima más famosa de la batalla de Trafalgar. Las cartas de navegación que confeccionó son de tal calidad que fueron utilizadas por la armada británica hasta bien entrado el siglo XX.

Más del tesoro del pirata

La descripción de Dampier del árbol del pan motivó el viaje a Tahití del Bounty, capitaneado por William Bligh, en 1787, cuando ocurrió el famoso motín. Jonathan Swift, en sus Viajes de Gulliver, inspirados en parte en las aventuras de Dampier, lo menciona como gran marinero y “primo” de Lemuel Gulliver; los salvajes “yahoos” de la parte cuatro del libro están basados en la descripción de Dampier de los aborígenes australianos. Gabriel García Márquez también menciona a Dampier en su cuento El último viaje del buque fantasma.

La sociedad sexual de los bonobos

Bonobo en el zoológico de Cincinatti
(foto CC Kabir Bakie via Wikimedia Commons)
El sexo puede ser más que una estrategia reproductiva. Puede ser, de modo acaso incómodo, un elemento clave de la estabilidad social, como ocurre con los bonobos.

Al hablar de nuestros más cercanos parientes evolutivos, solemos pensar en el chimpancé común, la especie a la que pertenecía Chita, segunda de a bordo de Tarzán. A esta especie, de nombre científico Pan troglodytes, han pertenecido individuos mundialmente famosos como Congo, el chimpancé pintor uno de cuyos cuadros fue comprado por un rendido Picasso, o Washoe, que aprendió a comunicarse utilizando el lenguaje de los signos.

Sin embargo, existe otra especie de chimpancés, que también sobrevive a duras penas separada de estos tan conocidos seres por el Río Congo, mucho menos extendida, pues sólo existe en la República del Congo. Son los bonobos o chimpancés pigmeos, que llevan el nombre científico de Pan paniscus.

Lo que más llama la atención de la sociedad de los bonobos es su práctica del sexo, de modo continuo, en todas las variantes y posiciones imaginables, con todo tipo de compañeros, y con prácticas que hasta hace poco se consideraban exclusivamente humanas, como el beso de lengua, la cópula cara a cara, la masturbación propia y del compañero, contactos homosexuales, bisexuales, tríos, sexo en grupo... y además todo de una manera sencilla y despreocupada.

Quizá este absoluto sosiego sexual ha ayudado a que los bonobos sean el miembro menos estudiado de la familia de los homínidos, y pueda parecer que están evolutivamente más lejos de nosotros que el chimpancé. Pero los bonobos y los chimpancés comunes se separaron de un antepasado común hace sólo unos dos millones de años, mientras que el ser humano y dicho ancestro se apartaron de su último antepasado común hace siete millones de años. Desde el punto de vista genético, tanto el chimpancé común como el bonobo tienen un 98,4% de ADN idéntico al del ser humano.

Los bonobos no fueron descubiertos sino hasta 1928 por el anatomista alemán Ernst Schwarz, se les reconoció como especie en 1933 y el nombre de “bonobo” no se acuñó sino hasta 1954. Así, la investigación sobre la especie comenzó muy tardíamente respecto de la realizada sobre gorilas, orangutanes y chimpancés, identificados desde 3 siglos antes.

El bonobo tiene un aspecto marcadamente distinto del chimpancé: rostro negro y labios internos muy rojos, cabello largo que parece peinado de raya al medio y llega a cubrirles las orejas, piernas largas, tronco más largo, brazos más cortos, capacidad de agarre de precisión con el pulgar y el índice de los pies y, de modo muy notable, los genitales de las hembras están rotados hacia adelante, algo que también ocurrió en nuestra propia especie de modo independiente, y que favorece la cópula cara a cara.

En términos de comportamiento, el bonobo, como el chimpancé, puede utilizar herramientas, aprender el lenguaje de signos de los sordomudos, cazar y comer a otros animales (incluidos otros primates) y es tan inteligente como su pariente al otro lado del río. La diferencia más notable es que los bonobos exhiben menos agresiones entre los miembros del grupo que los chimpancés comunes, cometen infanticidio y canibalismo de modo menos frecuente y no se les ha visto emprender guerras contra otros grupos como lo hacen los chimpancés.

La intensa sexualidad del bonobo parece ser uno de los elementos clave de su sociedad. Al no saberse de cuál macho puede ser una cría, por ejemplo, eliminan lucha por la supervivencia de los genes propios frente a los de otros machos competidores (causa principal del infanticidio), más crías sobreviven, y todo el grupo cuida a todas las crías y a los genes de todos, lo que sin duda tiene una ventaja evolutiva.

El bonobo tiende a una dominancia de las hembras, donde los machos alfa o dominantes están ligeramente por debajo de las hembras alfa. Las hembras en general establecen estrechos lazos emocionales entre sí, en hermandades sólidas que conducen al grupo. Además, los inevitables enfrentamientos al interior del grupo suelen resolverse mediante un intercambio sexual, sin importar si ambos contendientes pertenecen o no al mismo sexo, ni su edad, siendo sexualmente maduros. Tal intercambio puede implicar únicamente el frotamiento de genitales entre sí de diversas y creativas formas, el masaje manual de los genitales del otro, incluir ardientes besos o llegar a las cópulas frontales o traseras.

La aproximación informal, relajada y abierta de los bonobos a la sexualidad, que para el ser humano es con frecuencia culturalmente tensa y reprimida, ha llevado a muchas personas a buscar interpretaciones humanas, en lo que los etólogos llaman "antropomorfización”, un error que implica suponer en otras especies valores peculiarmente humanos. Ni el bonobo es la representación del mal y del desenfreno sexual que horroriza a muchas religiones, ni es tampoco una especie de primate hippie que hace el amor y no la guerra.

Ni la sexualidad plácida del pacífico bonobo ni la agresión del chimpancé comùn tienen nada que ver con el ser humano. Evolucionaron en respuesta a diferentes entornos mucho después de que se separaran del ser humano. El chimpancé común, más abundante, comparte hábitat con los gorilas y debe luchar por sus alimentos, mientras que el bonobo tuvo la suerte de no contar con competidores relevantes en la zona en que se desarrolla. Las diferencias, pues, no son morales, sino evolutivas.

Esto no significa que no podamos aprender de los bonobos. Buena parte de nuestra especie haya buscado una sexualidad no reproductiva mientras otra parte (con frecuencia relacionada con el poder político, financiero o religioso) ha intentado evitarla. Y la sociedad de los bonobos ha evolucionado de tal modo que el 75% de su actividad sexual es no reproductiva y tiene un efecto social medible y demostrable. Material de sobra para que los filósofos y sociólogos realicen reflexiones sobre nuestra propia sociedad, sus represiones y desarrollo, mientras los bonobos en los bosques del Congo continúan con su intensa, amable e inocente orgía continua.

El desconocido en peligro

El bonobo es probablemente la especie en mayor peligro de extinción de los cuatro grandes simios. Con una población que se calcula entre 10.000 y 100.000 individuos, habitan en los bosques bajos congoleses centrales, cerca de la frontera entre Ruanda y la República del Congo (antes Zaire), y por ello han sido además víctimas colaterales de las guerras y masacres que han asolado a la zona desde 1996. Aunque hay diversas iniciativas para su conservación, la inestabilidad política, la necesidad de orientar recursos primero a las personas victimizadas por las guerras y la cacería furtiva, permanece el riesgo de que la especie se extinga antes de que siquiera la hayamos podido conocer a fondo.

El debate de la homeopatía en el Reino Unido

Ningún preparado homeopático ha podido
demostrar eficacia curativa bajo condiciones
científicas satisfactorias.
(foto D.P. Wikidudeman, via Wikimedia Commons)
¿Debe la sanidad pública financiar una supuesta terapia que en más de 200 años no ha conseguido dar una sola prueba de su eficacia y que además rechaza toda la ciencia?

El Comité de Ciencia y Tecnología de la Cámara de los Comunes británica realizaba audiencias sobre la homeopatía, práctica a la que el servicio nacional de salud británico destina alrededor de 4 millones de libras esterlinas y bajo fuertes críticas por parte de médicos, científicos y defensores de los derechos de los pacientes.

El 25 de noviembre de 2009 estalló la bomba informativa, el director de estándares profesionales de Boots, la mayor cadena farmacéutica de la Gran Bretaña, confesaba a los parlamentarios: “Ciertamente hay una demanda de los consumidores por estos productos. No tengo ninguna evidencia de que sean eficaces”.

Como en tantos otros escándalos farmacéuticos, se descubría que el negocio valía más que la ciencia. Bennet añadió: “Para nosotros es cuestión de elección del consumidor, y un gran número de nuestros clientes creen que son eficaces”.

La respuesta la dio el Dr. James Thallon, director médico del grupo de atención primaria de West Kent del NHS: "Si se le receta un medicamento a los pacientes que sabemos que no tiene eficacia, en una base que es esencialmente deshonesta con dicho paciente, personalmente considero que es poco ético”.

Es verdad que un gran número de personas creen que los amuletos, el agua bendita o las velas negras con encantamientos son medicamentos eficaces. ¿Acaso esto justificaría que estos productos se expendan en las farmacias sin dar ni una prueba de ser realmente eficaces? Más aún, si para comercializar un producto se demanda a las farmacéuticas cumplir con numerosas exigencias científicas sobre seguridad, eficacia, pruebas clínicas, estudios de laboratorio, etc., ¿por qué la homeopatía debe estar exenta de tales exigencias?

Las críticas

Una y otra vez se han expresado críticas inquietantes a la homeopatía: sus supuestos medicamentos no contienen ningún principio activo, dadas las tremendas diluciones utilizadas por sus procedimientos; que los mecanismos que postula contravienen cuanto conocemos del universo en lo referente a la física, la química y la biología; que las enfermedades no son causadas por “miasmas” sino por gérmenes patógenos o trastornos anatómicos, fisiológicos o genéticos, etc.; pero sobre todo y de manera fundamental, que nunca ha habido estudios que demuestren que la homeopatía funciona. Si hubiera pruebas sólidas de su eficacia, toda crítica sería irrelevante.

Quienes utilizan la homeopatía, suelen defenderla porque “les funciona”, sin admitir que podrían no estar interpretando los hechos correctamente. ¿Cómo saber si el preparado homeopático fue responsable de la curación o la enfermedad siguió su curso normal, o el tratamiento médico concurrente fue el responsable, o simplemente el cuerpo se curó solo como hace las más de las veces?

El método que utilizamos para conocer la respuesta a esta pregunta es una variante del método experimental llamada “de doble ciego”, en la que se mantienen estrictos controles sobre el entorno de los pacientes, algunos de los cuales reciben el medicamento bajo estudio, otros reciben un placebo con el mismo aspecto, sabor, etc. que el medicamento. Los pacientes no saben si están recibiendo el medicamento o el placebo. El concepto “doble ciego” se refiere a que el médico que administra el tratamiento tampoco sabe qué está administrando, de modo que sus expectativas, opiniones (favorables o desfavorables) y actitudes personales no afecten a los pacientes, como ha demostrado la psicología que pueden hacerlo.

Si el medicamento tiene una eficacia estadísticamente superior a la del placebo, tenemos una certeza razonable de que es, efectivamente, el responsable de los efectos. Si es igual al placebo, es razonable suponer que dicho medicamento es ineficaz.

La homeopatía ha luchado por no someterse a estudios con una serie de pretextos y coartadas incomprensibles a la luz de sus afirmaciones sobre su eficacia superior a la de la medicina basada en evidencias. Cuando tales estudios se han realizado, el resultado, una y otra vez, es que la homeopatía no es más eficaz que un placebo, al grado que la prestigiosa revista médica The Lancet editorializó en 2005 que había llegado el fin de la homeopatía.

Las conclusiones

El 22 de febrero de 2010, el comité del parlamento publicó su informe sobre la evidencia respecto de la homeopatía” y pidió al gobierno que retirara la financiación estatal de la homeopatía, y que la agencia reguladora de los medicamentos y productos de salud del Reino Unido no permitiera que las etiquetas de los productos homeopáticos hicieran afirmaciones médicas o aseguraran su capacidad terapéutica si no presentaban evidencia de su eficacia. El comité señaló además que recetar placebos sin que el paciente lo sepa es incompatible con los derechos de libre elección del consumidor.

Como resumió el presidente del comité, Phil Willis, buscaban determinar “si las políticas del gobierno sobre la homeopatía están basadas en la evidencia actual, y no lo están".

Los médicos jóvenes de la Asociación Médica Británica, declararon en mayo que la homeopatía no es distinta de la brujería y se unieron a la solicitud de quitarle el subsidio público en medio de la actual crisis económica que ha afectado profundamente al NHS.

Sin embargo, el 28 de julio 2010, el nuevo ministro de salud conservador, Andrew Lansley, decidió ignorar la evidencia y las recomendaciones de los parlamentarios y de los médicos, y declaró que el NHS seguiría financiando esta práctica. De hecho, abrió la puerta al incremento de los fondos dedicados a la homeopatía y se negó a restringir las afirmaciones no probadas que hace la publicidad homeopática.

Si bien esta decisión no cierra el debate, es un ejemplo muy claro de qué puede pasar cuando un gobierno, un grupo de políticos, deciden no normar sus criterios mediante la mejor evidencia científica disponible. La duda que queda, adicionalmente, es si en la misma lógica se deben financiar los cientos de autoproclamadas medicinas alternativas y prácticas religiosas que tampoco tienen evidencias de su eficacia pero cuentan con partidarios encendidos que creen en ellas. ¿Cuál debe ser el criterio para gestionar la salud de un país moderno?

La favorita del reino

En el mes de agosto, el NHS de Tayside, escocia, anunció que buscaba a un homeópata al que ofrecía un salario de entre 37 mil y 68 mil euros al año por sólo 8 horas a la semana para atender a un máximo de 16 pacientes. Numerosos científicos y médicos han solicitado el puesto como forma de protesta, entre ellos el columnista de The Guardian Simon Singh, uno de los principales divulgadores científicos ingleses. El NHS no ha comentado.

Cómo conservamos nuestros alimentos

Nicholas Appert, inventor de las conservas
(imagen D.P. via Wikimedia Commons)
El ser humano ha luchado durante toda su historia por mantener sus alimentos a salvo de bacterias, hongos y otros factores dañinos.

El problema de la conservación de los alimentos ha sido preocupación principal del ser humano durante toda su existencia, porque... ¿de qué sirve acumular comida, ser previsores y llenar nuestras despensas si la comida se echa a perder, se pudre, se enmohece, se arrancia, se endurece, pierde color y sabor y finalmente resulta imposible de comer? Una buena cosecha o una cuantiosa cacería, no son de abundancia a largo plazo si no se conservan.

La conservación de los alimentos tuvo una importancia capital para la supervivencia y el desarrollo de nuestra especie, facilitando el paso del nomadismo al sedentarismo, el comercio de alimentos a gran distancia, que más gente tuviera acceso a mejores alimentos, reduciendo las enfermedades transmitidas por los alimentos y, por supuesto, permitió la supervivencia al ofrecer suministros para enfrentar los inviernos y los tiempos de mala cacería o bajos rendimientos agrícolas.

La lucha por la conservación de los alimentos se da en dos frentes. El primero busca combatir, inhibir o dejar fuera a las bacterias que producen la descomposición. El segundo busca mantener o aumentar incluso las características que percibimos de los alimentos (su color, sabor, aspecto, aroma, etc., que es lo que los expertos conocen como sus “propiedades organolépticas”.

En las sociedades prehistóricas, el método más común para preservar los alimentos era cocinarlos de diversas formas. Este proceso mata a los microorganismos responsables de la descomposición y los mantiene a raya más tiempo. Además, nuestros ancestros crearon procedimientos para conservar la carne que seguimos usando, como el ahumado, que es antimicrobiano y antioxidante; el curado con sal, que impide la proliferación de bacterias al deshidratarlas cuando entran en contacto con la sal, y el secado mediante el sol, que al eliminar la humedad del alimento dificulta igualmente la proliferación bacteriana.

Otro procedimiento tradicional para conservar los alimentos es la fermentación, como la del vino, los quesos o la cerveza, en la que se somete al alimento a la acción de unos microorganismos concretos (levaduras y mohos) que ocupan el lugar que de otro modo tendrían organismos que descomponen los alimentos. Precisamente este medio ambiente tóxico es el que crean los hongos del genus o grupo de especies Penicillium, al producir la sustancia que llamamos penicilina, un potente antibiótico, y que son los responsables de la preservación de los quesos azules, el camembert, el brie y otros.

Las conservas en salmuera, vinagre, alcohol o aceites vegetales, que son líquidos comestibles, funcionan inhibiendo el crecimiento de las bacterias o matándolas, mientras que la conserva de productos cocinados en líquidos con alto contenido de azúcar (como las mermeladas) evita las bacterias porque tiene una presión osmótica tan elevada que no permite que vivan casi microbios en su interior.

Estos sistemas fueron los básicos de la conservación de alimentos hasta el siglo XVIII, cuando la tecnología empezó a desarrollar nuevas opciones. En 1810, el confitero francés Nicholas Appert dio a conocer su invención de la conservación hermética de los alimentos, que colocaba en frascos de vidrio que sellaba con corcho y lacre, y posteriormente colocaba en agua hirviendo. Cambiando los frascos de vidrio por latas metálicas se obtiene el moderno sistema de enlatado.

Enfriar o congelar los alimentos fue un método marginal usado en zonas donde se podía recoger hielo o nieve, pero no se pudo utilizar ampliamente sino hasta la creación de la refrigeración artificial en 1756, que llevó a la producción artificial de hielo y, finalmente, a las neveras mecánicas domésticas, que empezaron a llegar a los hogares en 1911.

A este arsenal de métodos de conservación se han añadido otros en los últimos años, que van desde sustancias con propiedades conservantes hasta sistemas como la irradiación de los alimentos con rayos X, gamma o electrones de gran energía; la aplicación de pulsos de un potentísimo campo eléctrico, o el empacado al vacío o con una atmósfera baja en oxígeno.

Al eliminar el oxígeno de los alimentos se presenta el riesgo del botulismo, es decir, el envenenamiento frecuentemente mortal con la toxina producida por la bacteria Clostridium botulinum, que es anaeróbica, lo que significa que vive y se reproduce sin necesidad de oxígeno. Para evitar también la proliferación de esta bacteria se utilizan otras sustancias, como las sales llamadas nitritos.

Entre las sustancias que inhiben la actividad de bacterias y hongos se encuentra el benzoato de sodio, una sal que se presenta de modo natural en algunos alimentos, y que se añade a otros, especialmente si tienen un pH ácido. La misma función la realizan sustancias como el sorbato de potasio. Los propionatos, por su parte, inhiben el crecimiento de moho en los alimentos horneados, destacadamente el pan y las galletas.

Algunas personas y grupos tienen la preocupación de que las sustancias conservantes que se utilizan en la actualidad tengan peligros desconocidos para la salud. Los estudios que se llevan a cabo con estas sustancias tienen por objeto determinar si existe este riesgo y en qué medida, teniendo presente que nada de lo que consumimos, nada de lo que hay en el universo, está totalmente exento de riesgo, y todo depende de cantidades, dosis, y la delicada relación entre el beneficio y los peligros.

Finalmente, los procesos tradicionales de conservación tampoco están exentos de peligros. Consumidos en exceso, los productos ahumados, curados o salados aumentan el riesgo de cáncer estomacal, además de que el exceso de sal es un riesgo para las enfermedades cardiacas, y ciertamente las personas con diabetes no pueden consumir productos conservados con azúcar, jarabes o miel.

Si bien debemos estar alerta a los posibles peligros, no podemos olvidar que los sistemas de conservación, tanto los actuales como los que podamos desarrollar, serán esenciales no sólo en la lucha contra el hambre, sino en una nutrición de calidad para todos los seres humanos. Nuestra especie no habría prosperado si no hubiera aprendido a preservar sus alimentos, lo cual también jugará un papel en su éxito futuro, su desarrollo o su extinción.

Una víctima del frío

En 1626, uno de los padres del método científico, Sir Francis Bacon, se propuso experimentar la posibilidad de conservar un ave rellenándola de nieve, mismo que, escribió Bacon “triunfó excelentemente bien”. Sin embargo, en el proceso, contrajo una pulmonía que unas semanas después lo llevaría a la muerte, como mártir de la ciencia... y de la conservación de los alimentos.

Las contradicciones del petróleo

Torres de petróleo en Orange County, 1928
(CC Orange County Archives
via Wikimedia Commons)
El petróleo es por igual oro negro, motor de la economía y la vida moderna, contaminante peligroso, motivo de guerras y salvador de vidas. Una muy humana colección de contradicciones.

El petróleo que hoy es preocupación cotidiana fue una curiosidad poco relevante durante la mayor parte de la historia humana. Manaba naturalmente de la tierra o se filtraba a lagos y ríos, un material con pocos usos.

Cierto, se podía quemar, con un olor bastante peor que el de otros aceites, como el de oliva. Pero el petróleo –el “aceite de piedra”– se empleaba principalmente como remedio, y la brea se usaba para calafatear o impermeabilizar embarcaciones. La Biblia cuenta que el alquitrán se usaba cemento en la antigua Babilonia, y ateniéndonos a lo que relata el libro del Génesis en su capítulo 11, el alquitrán fue el adhesivo o cemento usado en la supuesta construcción de la Torre de Babel.

Heródoto menciona en el 450 antes de la era común un pozo en Babilonia que producía sal, betún y petróleo, mientras que Alejandro Magno usó antorchas empapadas en alquitrán petróleo para asustar a sus enemigos. Alrededor del año 100 de nuestra era, Plutarco habla de petróleo que sale burbujeando de la tierra cerca de Kirkurk, en lo que hoy es Irak, país desolado por una guerra en la que el petróleo juega un papel relevante. Y en China, en el siglo IV de nuestra era, se utilizó para quemarlo y evaporar agua salada para obtener sal. Allí se perforaron los primeros pozos, de hasta 250 metros, para obtenerlo.

El petróleo ni siquiera protagonizó la revolución industrial de los siglos XVIII y XIX, sino que lo hizo el carbón, otro combustible fósil que sustituyó a la madera para obtener el vapor que movió la naciente industria. El carbón se procesó también para gasificarlo y purificarlo, permitiendo que se usara en la iluminación con gas que a principios del siglo XX permitía la vida nocturna en las grandes ciudades de Europa y EE.UU.

El petróleo por su parte empezaba a desarrollarse a partir de 1853, cuando el científico polaco Ignacy Lukasiewicz creó la destilación del petróleo para obtener queroseno, que antes se obtenía del carbón. Lukasiewicz inventó además la lámpara de queroseno, que era limpia, fácil de usar y de poco olor comparada con sus antecesores. Ambos avances impulsaron la aparición de explotaciones petroleras en todo el mundo, junto con las grandes fortunas y los grandes monopolios.

Desde mediados del siglo XIX hasta el siglo XX, los productos obtenidos del petróleo mediante la destilación fraccionada se multiplicaron: combustibles gaseosos como el propano, combustibles líquidos (desde el gasavión y la gasolina hasta el diesel, los lubricantes, el ácido sulfúrico, el alquitrán, el asfalto y el coque de petróleo, hasta los productos petroquímicos).

El salto del petróleo a la primera fila de la atención mundial fue el desarrollo del motor de combustión interna o motor a explosión. En 1886, Karl Benz patentó el motor de cuatro tiempos con el que empezaría a producir sus automóviles, seguido por numerosos ingenieros que perfeccionaron, ampliaron y desarrollaron la idea del automóvil y el motor.

Y de la mano del automóvil, el avión nacido en 1905 y las refinerías, el petróleo empezó a apoderarse, literalmente, del mundo. Los autos exigían carreteras en condiciones (asfaltadas... con petróleo), y gasolina y aceite (del petróleo), así como los aviones que demandaban igualmente combustibles procedentes del petróleo, nace la petroquímica.

Los productos no combustibles del petróleo, como el propileno, el etileno, el benceno y el tolueno dieron origen a la industria petroquímica y multiplicaron el valor comercial del petróleo y el hambre del mismo que fue desarrollando nuestro mundo. El petróleo se convirtió así en plásticos de gran utilidad, fibras artificiales como el nylon, el rayon o el poliéster que sustituyen al menos en parte al algodón, el lino y otras fibras naturales, empaques baratos y multitud de productos más.

Las desventajas, sin embargo, siempre estuvieron presentes. La contaminación ocasionada por la combustión de la gasolina, el diesel y otros combustibles del petróleo, así como por los desechos de los lubricantes, ha sido uno de los principales problemas de los últimos 100 años, exigiendo mejores fórmulas y diseños para paliar el daño que causan.

Los maravillosos plásticos, a su vez, tienen también su lado oscuro. Además de que su biodegradación puede tardar siglos, su combustión puede emitir emanaciones sumamente venenosas, y los procesos de producción conllevan también la emisión de contaminantes nocivos para el ambiente y la salud de personas y animales.

Sin embargo, el problema no durará mucho, porque el petróleo se agotará en algún momento determinado. Según distintos cálculos, esto podría pasar ya en 2057 o hasta 2094, dependiendo de nuestra capacidad de conservar este recurso y del descubrimiento o no de nuevas reservas. Hoy en día, las reservas mundiales de petróleo se calculan entre 1,4 y 2 billones de barriles (millones de millones), mientras el consumo diario de petróleo en el mundo es de alrededor de 84 millones de barriles.

Nosotros, o nuestros descendientes inmediatos, deberemos enfrentar el fin de la era del petróleo en nuestro planeta. Lo que pueda pasar entonces está totalmente abierto a especulaciones, desde las de los más pesimistas, que esperan un desastre apocalíptico al abatirse la producción y transporte de alimentos, hasta los optimistas que confían en que algo pasará que resuelva el problema, ya sea un aumento en la conciencia pública o un avance de la ciencia.

Sin embargo, sabemos que el petróleo se agotará, y en el momento en que la producción diaria sea menor que el consumo diario (lo que significaría que día a día se iría creando una escasez de petróleo) empezará un largo proceso de destete. En él, esperamos que el desarrollo de formas de energía más limpias, renovables y accesibles, jugará un papel fundamental.

Pero no lo sabemos. Y por ello todos los esfuerzos de conservación son útiles y recomendables. La humanidad ha vivido más de un siglo sin precedentes sumida en las contradicciones del petróleo. Y tendrá que hacerse a la idea de que esta fiesta, cuando menos, tiene horario de cierre.

El fósil que nos mueve

Solemos referirnos al petróleo y al carbón como “combustibles fósiles" debido a que eso son precisamente. El petróleo se ha formado a partir de los cuerpos y restos orgánicos de plantas y animales que vivieron hace millones de años y que se hundieron en el fondo del mar. Enterrados bajo kilómetros de arena y sedimentos, atrapados en roca no porosa y sometidos a enormes presiones y temperaturas, un pequeño porcentaje de estos restos orgánicos se desintegró en compuestos formados por átomos de hidrógeno y carbono, los hidrocarburos.

El padre de la neurocirugía moderna

Harvey Cushing
(foto D.P. de Doris Ulmann via
Wikimedia Commons)
Durante la mayor parte de la historia humana no hubo nada que pudiéramos llamar estrictamente "neurocirugía". Los avances que hoy salvan vidas comenzaron con un médico de Cleveland.

De entre todos los misterios del cuerpo humano, probablemente el más enigmático es el que se guarda dentro de nuestro cráneo, como un tesoro dentro de un cofre hermético, sólido, inexpugnable.

No es de extrañarse, somos una especie curiosa, que desde los albores de la historia el hombre abriera el cráneo de sus semejantes para ver lo que hay dentro... o para intentar curar alguna afección, como creen los arqueólogos que han encontrado numerosos casos de trepanación que se remontan hasta los 6.500 años antes de nuestra era.

Trepanar significa hacer un agujero. Numerosos cráneos prehistóricos muestran agujeros de distintos tamaños que se les practicaron con herramientas especializadas. Y que sobrevivieron, como lo revela la cicatrización ósea, es decir, el crecimiento de nuevo hueso en los bordes del agujero, y en algunos casos la oclusión total del mismo.

Algunas pinturas rupestres parecen indicar que la trepanación se practicaba con objeto de curar afecciones tales como los ataques epilépticos, las migrañas y los trastornos mentales, aunque también para realizar la limpieza de heridas como las causadas por piedras y porras. La operación fue común en la América precolombina, desde el centro de México hasta Los Andes. Y se siguió practicando en Europa durante la era clásica, la edad media y el renacimiento, como la única práctica quirúrgica relacionada con el cráneo y el cerebro junto con las reparaciones de lesiones óseas..

La aparición de la medicina científica a mediados del siglo XIX y el desarrollo de los métodos antisépticos y la anestesia, estimularon el interés por realizar intervenciones quirúrgicas eficaces en el cerebro.

En 1884, En el Hospital Epiléptico de Regent’s Park, Rickman John Godlee, cirujano británico y sobrino de Joseph Lister, llevó a cabo la que podría considerarse la primera cirugía cerebral moderna, practicada para extirpar un tumor cerebral de su paciente. Godlee trabajó bajo las indicaciones de Lister, quien a la luz de los descubrimientos de Louis Pasteur sobre los microorganismos patógenos y la consecuente teoría de que éstos eran los causantes de las infecciones, propuso procedimientos antisépticos y el establecimiento de un entorno estéril para la cirugía, bajo la hipótesis de que ello reduciría las infecciones postoperatorias que tantas vidas costaban y permitiría cirugías que antes nadie se atrevía a intentar.

El éxito de la intervención provocó que más y más médicos se atrevieran a realizar cirugías cerebrales, y el nuevo campo empezó a avanzar. El cirujano Victor Horsley se convirtió muy pronto en el primer cirujano que dedicaba buena parte de su práctica a la neurocirugía como disciplina quirúrgica. En 1887 extirpó por primera vez un tumor de la médula espinal.

Pero la disciplina necesitaba su Edison, su Pasteur, su Cristóbal Colón, el que definiera claramente la especialidad de la neurocirugía... Ese papel le estaba reservado al médico estadounidense Harvey Cushing.

Nacido en Cleveland, Ohio, en 1869, el espíritu innovador y adelantado de Cushing se hizo evidente ya desde sus años de formación. En 1894, un año antes de recibir su título de la Universidad de Harvard, Cushing vio morir a un paciente durante una operación debido a una sobredosis de éter, el anestésico de uso común por entonces. Con su colega Ernest Codman, Cushing creó la primera tabla de anestésicos diseñada para ayudar al médico y al anestesiólogo a vigilar el pulso, la respiración y la temperatura... todo eso que hoy sigue bajo supervisión a cargo de sensores automatizados.

Como resultado, se redujeron notablemente las muertes debidas al mal uso de la anestesia.

El mismo año en que Cushing obtuvo su título como médico, 1895, Ernst Roentgen descubrió los rayos X, y un año después ya Cushing y Codman estaban utilizando esta nueva tecnología para hacer diagnósticos radiográficos mientras continuaban su educación especializada en neurocirugía.

Cushing empezó a realizar intervenciones quirúrgicas en 1902. A lo largo de la carrera que seguiría durante los siguientes 37 años desarrolló sus propios avances y técnicas, como el electrocauterizador que ayudó a desarrollar para obturar los vasos sanguíneos durante las intervenciones, además de estudiar numerosas enfermedades y afecciones hasta entonces no descritas en la literatura médica.

En particular le interesó la glándula pituitaria, que estudió tan intensamente que durante su vida se le consideró el máximo experto en esta glándula. Uno de los trastornos que identificó, la "enfermedad de Cushing", causada por un tumor en el lóbulo anterior de la pituitaria y que se puede tratar principalmente con cirugía.

Además, Harvey Cushing fue promotor y defensor de técnicas y procedimientos nuevos, no creados por él, pero que consideraba esenciales para realizar mejor su trabajo.

Entre las técnicas de las que fue pionero se encuentran muchas que son práctica común en la actualidad, como el uso de la irrigación con solución salina para limpiar la zona de la cirugía y permitir al médico una mejor visión del campo quirúrgico.

De gran importancia fue su promoción de la monitorización continua de la tensión arterial durante las intervenciones quirúrgicas, primero con un esfigmomanómetro que sólo medía la presión sistólica (el momento de la contracción del corazón) y después con el tensiómetro de Korsakoff, que también medía la presión diastólica (el momento de la relajación del músculo).

Como el principal formador de neurocirujanos durante muchos años, muchos consideran a Cushing el padre de la neurocirugía como la entendemos, estudiamos y practicamos en la actualidad con el sueño de conseguir lo que Cushing: salvar vidas. Y el ejemplo de este médico es alentador: en sus más de 2.000 intervenciones quirúrgicas para extirpar tumores, consiguió el extraordinario logro de llevar a sus pacientes de un 90% de probabilidades de morir a sólo un 8%, multipicando la calidad y cantidad de vida de miles de personas directa e indirectamente.

Un nombre omnipresente

El nombre de Harvey Cushing está presente en diversas formas en el mundo de la medicina, pues lo llevan el clip de Cushing, un dispositivo de sujeción; tres distintos síndromes (Cushing I, II y III), la tríada de Cushing, la úlcera Rokitansky-Cushing, el sinfalangismo de Cushing (una afección en la que se fusonan las articulaciones de las falanges), el síndrome Bailey-Cushing, el síndrome Neurath-Cushing y, por supuesto, la ley de Cushing, que indica que el aumento de la presión intracraneal comprime los vasos sanguíneos y causa la isquemia, o falta de riego sanguíneo, cerebral.