Artículos sobre ciencia y tecnología de Mauricio-José Schwarz publicados originalmente en El Correo y otros diarios del Grupo Vocento

El ojo que ve el universo

Hubble 01
El telescopio Hubble después de ser puesto
en órbita por el transbordador Discovery
(Foto D.P. NASA vía Wikimedia Commons)
Durante 21 años, el telescopio espacial Hubble nos ha enseñado a ver el universo de un modo que no había sido posible en toda la historia humana.

Hace apenas 20 años el universo tenía un aspecto totalmente distinto a nuestros ojos del que hoy conocemos gracias a los cientos de miles de imágenes que el telescopio orbital Hubble ha estado transmitiendo con sus observaciones, participando en numerosos proyectos de grupos de astrónomos de todo el mundo y asombrando con su visión literalmente extraterrenal a muy diversas personas, con o sin interés en la astronomía.

Por primera vez hemos visto los límites del universo, enormes nubes de gases que son incubadoras donde se están formando nuevas estrellas en grandes cantidades, evidencias de agujeros negros en los que cabrían millones de soles, explosiones de estrellas o supernovas con una potencia inimaginable, los fragmentos de un cometa cayendo sobre Júpiter, planetas en otros sistemas solares, galaxias colisionando y fusionándose… material de ciencia ficción convertido en imágenes, datos, conocimiento y nuevas avenidas para la investigación.

Y sin embargo, la historia de este extraordinario instrumento científico comenzó definitivamente con el pie izquierdo.

Los astrónomos se plantearon desde principios del siglo XX tener en órbita un telescopio óptico, es decir, capaz de observar la luz visible (a diferencia de telescopios dedicados a otros segmentos del espectro electromagnético, como los radiotelescopios o los telescopios de rayos X).

Los telescopios ópticos en la superficie del planeta enfrentan problemas como la contaminación lumínica de fuentes como poblados o instalaciones que dificultan la visión de objetos especialmente tenues, y sobre todo las distorsiones en sus observaciones que introduce
La propia atmósfera misma. Las distintas capas de la atmósfera, con características y temperaturas variadas, distorsionan la luz que llega del universo. Es precisamente por ello que las estrellas parecen titilar cuando las miramos.

Un telescopio en órbita evitaría esos y otros problemas, lo que le permitiría ver más allá, y con mucha más nitidez, que cualquier aparato que pudiéramos construir en el suelo.

En 1969, la NASA aprobó el proyecto de un gran telescopio orbital que pondría en órbita el transbordador espacial. En 1975 la Agencia Espacial Europea se unió al proyecto. Sin embargo, el lanzamiento previsto para octubre de 1986 se pospuso debido a la explosión del transbordador Challenger en enero de ese mismo año, y no se lanzaría sino hasta el 24 de abril de 1990.

“Está fuera de foco”.

Este fue el diagnóstico de los técnicos que vierosn las primeras fotografías transmitidas a tierra desde el nuevo telescopio Hubble hace 21 años parecían anunciar uno de los más complicados, costosos y absurdos fiascos de la historia: el gran telescopio con la mejor tecnología de la época estaba fuera de foco. Una cadena de errores humanos dio como resultado que el espejo principal del telescopio tuviera una aberración esférica (una desviación de la curva que lo hacía demasiado plano en el centro por unas fracciones de milímetro) que no se detectó por otra cadena de errores.

La solución fue añadir un grupo de pequeños espejos para interceptar la luz que se reflejaba del espejo principal, corregir la falla y devolver la luz a los instrumentos de observación. Estas y otras tareas fueron realizadas en la primera reparación espacial llevada a cabo durante 10 largos días en diciembre de 1993. El éxito de este trabajo se confirmó con las primeras imágenes que conocimos en 1994, y que mostraron un universo mucho más asombroso de lo que habíamos imaginado hasta entonces. Más complejo, más diverso, más misterioso…

Y arrolladoramente hermoso.

Muchas de las imágenes que nos han cautivado del Hubble durante estos años han sido objetos ya conocidos, que habíamos visto con menos precisión, borrosos, tenues. Pero muchas más han sido imágenes inéditas de sitios de nuestro universo que nunca habíamos visto realmente, zonas del cielo que parecían poco pobladas y que están en realidad llenas no sólo de estrellas, sino de galaxias que se extienden hasta el borde mismo del universo.

Los más diversos grupos de astrónomos, de cualquier país e institución, pueden pedir tiempo para realizar observaciones con este fino instrumento, y de hecho todos los descubrimientos han sido realizados por distintos grupos de astrónomos, que año con año presentan proyectos para usar el Hubble unos minutos o unas horas. Los datos que obtienen los pueden usar en exclusiva durante un año, y después se convierten en dominio público, patrimonio de toda la humanidad.

Así es como hemos obtenido evidencia de algunos de los objetos más extraños del universo: los agujeros negros, llamados así porque su masa y densidad les dota de un campo gravitacional tan poderoso que ni la luz puede escapar de ellos. Aunque no podemos verlos, podemos ver el comportamiento de la materia a su alrededor, como agua yéndose por un caño en una gigantesca espiral. Con el Hubble se han hallado indicios de numerosos agujeros negros supermasivos, que tienen la masa de millones de estrellas, en el centro de muchas galaxias, sugiriendo que se trata de elementos bastante comuness. También ha descubierto objetos que nunca habíamos visto antes, y de los que sabemos muy poco, como el llamado, no muy glamorosamente, SCP 06F6.

Pero quizá el más asombroso descubrimiento es que la expansión del universo en sus bordes está acelerándose por motivos que aún no conocemos, a los que damos el nombre general de “energía oscura”, algo que debe existir pero no hemos percibido aún.

En total, en sus 21 años de servicio, el telescopio Hubble ha sido visitado para realizar tareas como cambiar algunos instrumentos y cámaras por otros más modernos o eficaces, mejorar sus paneles solares, cambiar los giroscopios que mantienen su estabilidad y otras operaciones que lo han ido mejorando.

Con lo hecho hasta ahora, el telescopio espacial Hubble deberá seguir funcionando hasta 2013, cuando menos. Dado que orbita nuestro planeta en las capas superiores, muy tenues, de la atmósfera, a unos 559 kilómetros de altitud, su órbita se degradará poco a poco, cayendo a tierra en algún momento entre 2019 y 2021 y dejando como legado un profundo cambio en nuestra percepción del curioso lugar donde vivimos.

El origen del nombre

El telescopio espacial Hubble debe su nombre a Edwin Hubble (1889-1953), astrofísico estadounidense que, como lo haría el telescopio, amplió nuestro concepto del universo. Hubble demostró que era errónea la idea de que el universo era sólo nuestra galaxia, y confirmó la existencia de otras galaxias. Al mismo tiempo, ayudó a demostrar que nuestro universo está en expansión hasta los bordes que ahora hemos podido ver.

La ciencia del vino

Étude sur le vin Louis Pasteur
"Estudios sobre el vino", de Louis Pasteur
(D.P. vía Wikimedia Commons)
La comprensión científica de las enfermedades y su combate comenzó estudiando el vino y sus múltiples secretos.

Hasta la década de 1860, se creía que las enfermedades eran causadas por un desequilibrio de los cuatro humores que se creía que formaban el cuerpo humano (bilis amarilla, bilis negra, flema y sangre), o por”malos aires” (creencia que aún se refleja en nuestro lenguaje cotidiano con frases como “te va a dar un aire”) o por espíritus malévolos, entre otras hipótesis más o menos fantasiosas.

Además, se creía que los seres vivos podían aparecer por “generación espontánea” y no era comúnmente aceptada la teoría de que existieran seres vivos invisibles a simple vista que pudieran afectarnos directamente, pese a que ya algunos habían propuesto esta posibilidad.

Todo esto cambió gracias al vino y los estudios que sobre él hizo el francés Louis Pasteur. Las pérdidas económicas y daños a la reputación de Francia cuando sus grandes vinos se avinagraban rápidamente hicieron que acudieran al brillante químico, que descubrió que el vino bien añejado contenía células redondas de levadura, mientras que el vino echado a perder tenía células bacterianas que producían ácido láctico. Descubrió también que el aire facilitaba que el vino se echara a perder y propuso una revolución a la industria del vino francés: calentar los caldos a 49 ºC para matar las bacterias y facilitar la labor de la levadura.

Con su libro “Estudios sobre el vino”, de 1866, Pasteur salvó la industria del vino francesa y sentó las bases de la microbiología, y de sus propios estudios, que años después confirmarían que así como los microorganismos provocan por igual la fermentación del zumo de uva en vino y del vino en vinagre, eran responsables de ocasionarnos muchas enfermedades.

Hasta ese momento, el cultivo de la vid y la fabricación del vino eran arte y algunos conocimientos empíricos que, evidentemente, no garantizaban una producción homogénea. La introducción de una visión científica marcó un cambio notable. Por ejemplo, la levadura que fermenta el zumo de uva para dar origen al vino es ese polvo blanquecino que recubre la piel de la uva, pero esta levadura, que podía ser de diversas especies y géneros distintos, daba resultados impredecibles. El conocimiento de las levaduras fue desarrollándose para que los productores pudieran elegir libremente distintas variedades, como las de Saccharomyces cerevisiae, la más común, capaces de darle a sus vinos determinadas características.

De hecho, las levaduras para vino son toda una industria en sí en la actualidad, con empresas dedicadas a una producción controlada de distintas variedades adecuadas para distintos tipos de vino. Por supuesto, una de las variedades, utilizada para vinos tintos fuertes, es la Pasteur roja. Lo cual no obsta para que algunos productores prefieran utilizar las levaduras presentes en el ambiente natural.

El proceso de producción del vino consta del aplastado de las uvas para romper la piel, su maceración o reposo, su prensado para obtener el zumo, la fermentación primaria (de entre 4 y 6 días), la fermentación secundaria (de entre 6 y 18 meses) y el envejecimiento (que puede ser breve o durar décadas).

El suelo y el tipo de uva, los factores climatológicos, los fertilizantes, herbicidas y pesticidas, las horas de luz según la latitud del plantío y otros factores diversos determinan las características del zumo que las levaduras seleccionadas fermentarán y por tanto el resultado final, del más corriente al más fino.

La fermentación es esencialmente el proceso de convertir los azúcares del zumo de uva en alcohol etílico o etanol y dióxido de carbono, y este proceso se realiza a temperaturas y velocidades precisas, y en presencia de cantidades determinadas de oxígeno, para que el resultado sea óptimo. Para ello, los productores añaden al mosto carbono, azufre, fósforo y distintas vitaminas y minerales que lo convierten en el alimento ideal para la levadura.

En el proceso que va del prensado de la uva a su embotellado, se añaden además distintas sustancias que eliminan o reducen aspectos no deseados del vino. El proceso de fermentación genera una enorme cantidad de sustancias adicionales que son las que le dan su personalidad a un vino. De hecho, ya en la Grecia antigua se añadía escayola al zumo de uva para aclararlo.

Pese a que parezca una sustancia sencilla, el vino es una compleja mezcla de alcohol etílico, glicerol, azúcares, taninos, ácidos orgánicos, fenoles, aminoácidos, grasas, vitaminas, aldehídos y otras sustancias, todas las cuales determinan las características del producto final.

Esas sustancias son, también, las responsables de que el vino sea considerado, en cantidades moderadas, una bebida benéfica para el organismo, especialmente mediante la reducción de la mortalidad por enfermedad coronaria cardíaca, capacidad que se ha validado en numerosos estudios.

La complejidad del vino y del proceso de su producción han dado como resultado el establecimiento de numerosas bodegas vinícolas experimentales. Así, la del Instituto de Enología y Viticultura de la Universidad de Yamanashim en Japón, cuenta con laboratorios de microbiología y biotecnología del vino, ciencias biofuncionales, ingeniería genética de frutas y un viñedo experimental. En la Universidad de Missouri se ocupan sobre todo de probar distintos métodos de cultivo sobre diversas variedades de uva. Mientras, en la Universidad de California ha desarrollado fermentadores hidráulicos y medidores de azúcar programables.

En España, la bodega experimental de la Universidad de La Rioja se ocupa de estudiar los efectos de distintas variables en el vino final, como los fitosanitarios aplicados a la uva, el sol y los corchos, mientras que otra en Murcia estudia temas como la fecha óptima de la vendimia, nuevas variedades de uva y técnicas de elaboración.

Seis mil años de historia del vino con el hombre, quizá más, y aún queda muchísimo por saber de esta bebida que, muy probablemente, nuestros antepasados descubrieron simplemente por accidente. Lo que va de unas uvas olvidadas que fermentan espontáneamente a la búsqueda incesante de lo que Robert Louis Stevenson llamó “poesía embotellada”. En este caso, poesía con ciencia.

Vino y pseudociencia

Lo impredecible que aún tiene la industria del vino, y quizás el deseo de atraer a mercados de creencias peculiarse, ha hecho que las pseudociencias hayan hecho su aparición en este complejo mundo. En los últimos años han aparecido marcas y bodegas de vino que, afirman, utilizan desde las creencias esotéricas del teósofo Rudolf Steiner y sus nunca probadas teorías de “agricultura biodinámica” hasta distintas formas de magia geográfica, astrología y muchas otras prácticas de eficacia no demostrada y principios ocultistas.

La polémica sobre la ascendencia humana: el hombre de Orce

Fragmentos de cráneo de Orce
(Fuente, Universidad de Valencia)
Un fósil, un debate y una realidad al parecer confirmada: los primeros humanos en Europa recorrieron tierras granadinas.

Hasta el siglo XIX, los seres humanos ni siquiera sabíamos que éramos resultado de un proceso evolutivo y por tanto no teníamos conciencia de que debíamos estudiar el tema. En 1856, Johann Karl Fulhlrott identificó unos restos óseos hallados en el valle de Neander como pertenecientes a una variedad de ser humano hasta entonces desconocida, y tres años después Charles Darwin publicaba “El origen de las especies”, que aunque cuidadosamente evitaba hablar del ser humano, tenía implicaciones que todo mundo comprendió de inmediato. Teníamos un pasado desconocido que debíamos investigar.

El proceso de reconstrucción de nuestra historia de los últimos 5-6 millones de años, desde que tuvimos el último ancestro común con los chimpancés, ha sido muy accidentado, y no sólo por las dificultades científicas que enfrenta, sino por asuntos de orgullo en la búsqueda de ancestros humanos por parte de países y culturas buscando ser la “cuna de la humanidad”.

Por ello, el estudio de los restos de nuestros antecesores, la paleoantropología, ha sido espacio de batallas peculiares, cuyo ejemplo más claro es el fraude del “hombre de Piltdown”, un cráneo humano con mandíbula de gorila y dientes limados para alterar su aspecto.

La ciencia avanza según los datos, conocimientos y hechos, pero éstos se pueden interpretar y reinterpretar por motivos bastante más prosaicos, especialmente en el caso del registro fósil humano, donde permanecen tantas zonas grises a la espera de ser desveladas por nuevos descubrimientos que pueden ocurrir mañana o dentro de mucho tiempo. Un buen ejemplo es el fósil conocido como el “hombre de Orce” o, más precisamente, el “niño de Orce”.

Descubrimiento y polémica

En 1982, el paleoantropólogo Josep Gibert i Clols encontró, en el yacimiento de fósiles de Venta Micena, municipio de Orce, Granada, un fragmento de un cráneo con una antigüedad de entre 1,6 y 1,3 millones de años y que fue identificado como perteneciente a un niño de entre 5 y 7 años de edad. Su nombre oficial es fósil VM-0, y pronto se conoció como el “hombre de Orce”.

La noticia, de ser cierta, implicaría el hallazgo del más antiguo poblador humano de Europa. Sin embargo, dos investigadores franceses observaron en el fragmento una cresta ósea que, indicaron, era más compatible con la hipótesis de que el fósil fuera de un équido. El nombre “burro de Orce” apareció y el debate escapó del espacio académico. Algunos participantes del equipo descubridor aceptaron la nueva hipótesis sin más, mientras que el paleoantropólogo Josep Gibert decidió dedicarse a defender la hipótesis de que era un homínido y lo hizo hasta su muerte en 2007.

Por su parte, la localidad vio, en el “hombre de Orce”, una oportunidad de atraer turismo y obtener prestigio como el hogar del “primer europeo”, algo de cuyos beneficios políticos y económicos puede dar testimonio la zona de Atapuerca, al tiempo que temía ser identificada con un error o, incluso, con un fraude, como Piltdown.

El debate en los medios y a nivel público nada tenía que ver con el tema científico de la identificación del fósil, por supuesto, que había sido puesta razonablemente en duda como muchas otras hipótesis planteadas sobre bases poco sólidas. En este caso, como ejemplo, los científicos sólo habían estudiado la superficie externa del fósil, estando la interna invadida de una incrustación calcárea difícil de eliminar.

La investigación, sin embargo, siguió su camino. En 1999 se publicó un estudio sobre los restos de albúmina del fósil, comparándolos con los de otros fósiles bovinos y equinos de la época, y concluyendo que la albúmina del fósil VM-0 era más cercana a la humana que la de los otros ejemplares. Este apoyo a la hipótesis homínida fue criticado por quienes consideraban que era improbable que el fósil conservara tales niveles de albúmina.

Uno de los descubridores originales pubilcó en 1997 un análisis basado en la detección de una sutura en la parte más alta del fragmento, y que, concluye, revela un cráneo equino y mucho más pequeño que uno humano. Ese análisis fue nuevamente puesto en cuestión por un estudio radiológico del VM-0 realizado en el año 2000 y según el cual dicha sutura no existe.

Finalmente, el descubrimiento de otro cráneo infantil de la época romana con la misma cresta que tiene el fósil de Orce reveló que dicha característica no era imposible en un ser humano, pero no es prueba concluyente de que el fósil de Orce sea de un homínido.

El debate sigue abierto. Pero su resolución no será asunto de pasiones, conveniencias, prejuicios y emocionalidades, sino de la obtención de nuevos datos. Y lo más llamativo es que las demás investigaciones del yacimiento de Venta Micena, las que no han tenido un fuerte impacto de medios, nos ofrecen datos mucho más certeros y de significación científica igual de relevante.

Robert Sala, paleoantropólogo que emprendió una campaña de excavaciones en 2010 y que realizará otra en 2011, el yacimiento de Orce es el más rico de su edad en Europa. Los hallazgos de 2010 confirman, por la presencia de restos animales y las herramientas de piedra empleadas para cazarlos y destazarlos, la presencia humana en Orce hace más de 1,3 millones de años, antes de la presencia en Atapuerca misma. De hecho, el investigador apunta que los homínidos que vivieron y cazaron en Orce podrían pertenecer a la misma especie descrita en Atapuerca, el Homo antecessor, nuestro ancestro directo, y no a Homo erectus, nuestro pariente cercano.

Esto haría irrelevante, hasta cierto punto, la identificación del debatido fósil VM-0. Podría ser un equino y ello no afectaría el hecho de que los primeros humanos en Europa, hasta donde sabemos hoy, recorrieron los alrededores de Orce. Pero para nosotros, por su valor simbólico, sería más relevante que fuera un fósil humano, un trozo de la cabeza de un niño de nuestro pasado profundo.

Afortunadamente, algún día lo sabremos. Mientras damos fe de nuestras subjetividades y su intensidad, seguimos buscando el conocimiento, que al final es el único que puede confirmar, o demoler, nuestros más caros prejuicios.

El abordaje de los vendedores de misterios

Ante el debate sobre el fósil de Orce, los personajes mediáticos de la venta de misterios y sensacionalismo ocultista adoptaron como suya la hipótesis homínida del fósil de Orce, aumentando su desprestigio por asociación. Para empeorar la situación, Gibert tomó la decisión de publicar artículos en su defensa en revistas pletóricas de platos volantes, yetis y pseudoarqueología, desprestigiando la hipótesis por asociación, pues el “hombre de Orce” se vio citado y “defendido” por promotores de todo tipo de pseudociencias.

Bertrand Russell y el pensamiento libre

Sería difícil imaginar un icono más disparatado para la rebeldía de 1960-70 que Bertrand Russell, Premio Nobel, conde, matemático y filósofo galés que nunca se dejó ver sin traje.

Lord Bertrand Arthur William Russell,
defensor de la libertad.
(Fotografía D.P. vía Wikimedia Commons)
En 1940, los guardianes de la moral de Nueva York se lanzaron a evitar que Bertrand Russell fuera contratado como profesor en el City College por ser defensor de la libertad sexual. Una familia interpuso –y ganó– una demanda afirmando que la presencia de Russell como profesor podría corromper la moralidad sexual de su hija, y el gobierno municipal retiró los fondos para su cátedra.

Quienes defendían a Russell resumían su posición en lo que Einstein le escribió a un profesor del City College: “Los grandes espíritus siempre han enfrentado la violenta oposición de mentes mediocres”.

Y el espíritu de Bertrand Russell era grande ya entonces. Nacido en Gales en 1872 como tercer conde de Russell, en una familia aristocrática, liberal, laborista e implicada en la política (su abuelo fue dos veces primer ministro de la Reina Victoria) fue educado por tutores en su propio hogar hasta que entró al legendario Trinity College de Cambridge, donde al terminar sus estudios pasó a ser profesor.

Entre 1910 y 1913, brilló el Russell matemático y lógico, llamando la atención del mundo con su magna obra Principia mathematica escrita junto con Alfred North Whitehead. En este trabajo, los autores emprendieron el intento de demostrar que las matemáticas estaban basadas en la lógica formal o en la teoría de conjuntos.

El resultado, sin embargo, fue que no pudieron demostrarlo. Encontraron axiomas que no se pueden justificar filosóficamente. Pero, en el proceso, los autores establecieron numerosas nociones filosóficas y matemáticas de gran valor sobre las cuales trabajarían matemáticos como Kurt Gödel y Alan Turing.

Esta sola aportación habría bastado para que Bertrand Russell se ganara un lugar en la historia de la ciencia y la filosofía. Pero las inquietudes del filósofo iban más allá, y se desbordaban a los terrenos de la filosofía de la ciencia, el pensamiento crítico, la política, la reforma social, la paz, la defensa de la libertad y la justicia. Así, por coherencia moral, Russell se declaró pacifista y objetor de conciencia ante la Primera Guerra Mundial, lo que llevó, primero, a su despido de Cambridge en 1916 y, finalmente, a un breve período en prisión en 1918.

En los años siguientes, Russell escribió una serie de libros sobre sus ideales políticos, libertarios y cuestionadores, pero sin dejar de lado aún su trabajo matemático. En 1920, después de visitar a Lenin en la recién nacida Unión Soviética, escribió La práctica y teoría del bolchevismo, donde, además de su simpatía por los ideales del socialismo y la justicia social, expresaba su preocupación por el autoritarismo y falta de consideración por las “opiniones y sentimientos de los hombres y mujeres comunes”, y por el excesivo dogmatismo de los bolcheviques que eliminaba la libertad de la sociedad que estaban intentando forjar.

En 1927, Russell y su segunda esposa, fundaron la escuela Beacon Hill para ofrecer la enseñanza de un pensamiento humanista, crítico y cuestionador que “rompiera con los métodos educativos tradicionales” y mantuviera la alegría y asombro de la niñez sin las angustias generadas por el autoritarismo habitual. Con base en métodos como el de María Montessori o Friedrich Fröbel. La experiencia dio origen al libro de 1932 La educación y el orden social.

Antes de eso, sin embargo, en 1929, Russell escribía el libro que le ganaría el odio del conservadurismo, especialmente en Estados Unidos, Matrimonio y moral, donde hacía una apasionada defensa de la libertad sexual y de la posición igualitaria de la mujer y el hombre en la vida en común. Este libro sería el principal responsable de sus dificultades en el City College de Nueva York. Aunque también jugaría un papel, sin duda, su defensa del ateísmo razonado y su crítica a la religión expresados en su libro Religión y ciencia de 1935.

Ante el desarrollo del nazismo, Russell dejó claro que su pacifismo no era absoluto, sino relativo, pues siendo un mal era, en el caso de Hitler, el menor de dos males. En este caso, nuevamente, su máxima preocupación era la libertad, amenazada por este otro totalitarismo, y apoyó los esfuerzos aliados.

La tarea eminentemente académica de Bertrand Russell concluyó, para todo efecto práctico, con uno de sus máximos esfuerzos intelectuales, la Historia de la filosofía occidental de 1945, que sigue siendo considerada una de las formas más amenas de introducirse en los meandros de la filosofía y fue el primer bestseller de Russell, dándole finalmente la tranquilidad económica (que nunca había tenido pese a su posición aristocrática) a los 73 años.

Los años siguientes vieron a Russell convertirse en uno de los pocos filósofos ampliamente conocidos fuera de los círculos académicos. Sus opiniones, siempre heterodoxas y candentes, y su obtención del Premio Nobel de Literatura en 1950 lo hicieron conocido. Su defensa del desarme nuclear, el feminismo, la libertad sexual, la libertad de pensamiento y sus críticas por igual al capitalismo que al comunismo, a la religión y a la Guerra de Vietnam lo fueron convirtiendo en un referente que haría masa crítica en la tempestuosa década de 1960 y sus varias revoluciones.

Sin embargo, esas mismas características lo convirtieron en un personaje mal visto por derechas e izquierdas, por ambos lados en la Guerra Fría y por los conservadores y dogmáticos de todos colores. Así, a los 89 años de edad, fue encarcelado una semana por manifestarse en el movimiento “Prohiban la bomba”.

Aunque su activismo político por momentos pareció ensombrecer su aportación al conocimiento, el paso de los años quizá ha demostrado que ambos aspectos eran dos caras de la misma moneda. La libertad de pensamiento, de cuestionar e investigar la realidad con las armas de la ciencia y el razonamiento, y la convicción de que podemos conocer el universo en lugar de temerlo metafísicamente, quizás no pueden estar divorciadas de la lucha por la libertad esencial del ser humano y su derecho a vivir en paz, de buscar la felicidad y de intentar crear un mundo más justo ante la irracionalidad de la injusticia.

El manifiesto Russell-Einstein

En 1955, Bertrand Russell y Albert Einstein se unieron para pedir a los gobiernos del mundo la renuncia a la guerra como forma de resolución de diferencias, ante el temor de que en una nueva confrontación mundial se utilizaran armas nucleares. Firmado por miles de científicos de todo el mundo, fue la base del Congreso Pugwash sobre ciencia y asuntos mundiales y hasta hoy anima los esfuerzos contra las armas nucleares, aunque no contra los usos pacíficos de la energía nuclear.

Cirugía reconstructiva: rescatar nuestro rostro

Operendo2017
El cirujano reconstructivo colombiano
Pedro Antonio Sánchez Mesa operando
(Foto GDFL o CC de Pasm,
vía Wikimedia Commons) 
Los rasgos distintivos de nuestro rostro no son únicamente las claves por las que los demás nos reconocen. Solemos considerarlos también nuestra identidad. Ante el espejo, ese rostro somos nosotros, sin importar que filosóficamente podamos decir que “lo importante es el interior” o que “la verdadera belleza es la que no se ve”, despreciando la superficialidad.

Una persona “desfigurada” es quien tiene profundamente destruidos o alterados sus rasgos faciales. Su problema no es únicamente enfrentar el hecho de que su rostro ha sido dañado, sino que la gente suele reaccionar ante un intenso desfiguramiento de un modo especialmente intenso, tanto que la mutilación (como la amputación de orejas y narices) se ha empleado –y se sigue empleando – como castigo.

Es por ello que reconstruir las facciones deformadas ha sido una búsqueda incesante. En la India, hace unos 2.500 años, el autor Sushruta describe intervenciones para reconstruir lóbulos de las orejas y narices empleando piel de otras partes del rostro, como las mejillas y la frente. En el siglo I de la Era Común, el enciclopedista romano Aulus Cornelius Celsus escribe el tratado “De Medicina”, donde explicaba cómo reconstruir labios, narices y orejas. Y en el siglo IV, el autor griego Oribasius, médico del emperador bizantino Julián El Apóstata, recopiló los textos médicos de su época en su “Synagogue Medicae”, describiendo procedimientos en las cejas, frente, mejillas, nariz y orejas, dando recomendaciones sobre la eliminación de tejidos dañados o muertos (desbridamiento) y el uso de colgajos de piel para los transplantes.

Como tantas otras cosas, los conocimientos antiguos sobre cirugía pasaron a los sabios islámicos mientras que en Europa, aunque las guerras daban a los médicos muchas oportunidades para ejercer y experimentar, la Edad Media suspendió el avance de la cirugía, a tal grado que, en el siglo XII, el Cuarto Concilio Laterano incluyó entre sus disposiciones la prohibición de que los sacerdotes, diáconos y subdiáconos practicaran la cirugía.

La aparición de la anestesia a mediados del siglo XIX, sin la cual todos los procedimientos conocidos hasta entonces eran experiencias escalofriantes de dolor y sufrimiento, disparó los avances de la cirugía, incluida, claro, la reconstructiva, y a fines de ese mismo siglo aparece la cirugía estética, de la mano del médico estadounidense John Roe, quien emprende la remodelación de narices tan popular hasta la actualidad.

Hay casos en los que reconstruir es imposible y es necesario sustituir tejidos. El caso más extremo es el transplante de cara, que ha sido motivo de tratamientos debidamente exagerados en la literatura y el cine, como en la película francesa de 1960 “Les yeux sans visage”, los ojos sin cara, donde un clásico médico enloquecido trasplanta sin éxito sucesivos rostros a su hija. El principal temor expresado por la literatura de horror es que el cambio en aspecto implique un cambio psicológico para mal, especialmente si se ve “la cara de otro” (título, por cierto, de una película japonesa sobre el tema) en el espejo.

El primer transplante parcial de cara puso finalmente a la realidad frente a frente con las especulaciones. El 27 de noviembre de 2005, un equipo de cirujanos franceses trasplantó un triángulo con la piel de la parte inferior del rostro (nariz, boca, barbilla y parte de las mejillas) a Isabelle Dinoire, que por entonces tenía 38 años, a quien su perro le había destrozado la parte inferior del rostro en mayo de ese año.

Entre las pruebas que se le hicieron previo a la decisión de operarla hubo algunas tan esenciales como las resonancias magnéticas que ayudaron a determinar que su corteza cerebral seguí teniendo capacidad de ordenar el movimiento de sus músculos pese a la ausencia de ellos, hasta estudios psicológicos que intentaron determinar si la paciente tenía la entereza emocional necesaria para “vivir con el rostro de otra persona”.

Un año después de la operación, cuando Isabelle Dinoire informó que había conseguido volver a sonreír, algo que pensó que nunca iba a poder volver a hacer. Y, al mismo tiempo, ninguno de los más inquietantes temores sobre la vida “con el rostro de otra persona” se hicieron realidad. De hecho, aunque con labios más gruesos y una nariz más ancha, la Isabelle Dinoire de hoy es razonablemente semejante a la anterior al ataque del animal.

Ante el éxito de esta intervención y de 10 transplantes parciales más que la siguieron, el 20 de marzo de 2010 un equipo de 30 médicos del hospital Vall D’Hebron, en Barcelona, realizó el primer transplante total de cara en una operación de 22 horas de duración. En este caso, no sólo se utilizaron la piel, músculos y ligamentos del donante, sino también parte de los huesos de la zona inferior de la cara, incluidos los pómulos, el paladar, el maxilar superior y la mandíbula.

Pero, ¿por qué el rostro de un receptor de trasplante no es “el de otra persona”, sino que tiende a parecerse al receptor? La reconstrucción facial forense nos ofrece la clave. Los tejidos del rostro tienen una profundidad media determinada, como suelen mostrarlo (a veces fantasiosamente) las series de televisión sobre ciencias forenses.

Las mediciones de profundidad de los tejidos faciales, comenzadas en 1894 por el anatomista alemán Wilhelm His, quien tenía por objeto la reconstrucción del rostro de Johann Sebastian Bach, han continuado hasta la actualidad, dando cuenta de variaciones étnicas y de otro tipo para mejorar la precisión de las reconstrucciones. Esta labor nos han permitido conocer el rostro de personajes como Iván el Terrible, Tutankamón, el hombre del hielo Ötzi y, claro, numerosas víctimas que, al ser identificadas por sus familiares, permiten muchas veces también atrapar a los responsables de su muerte.

Estas mediciones también nos han enseñado que, más allá de la máscara de piel y músculos que nos cubre, nuestro rostro está marcado, sobre todo, en nuestro cráneo, lo que elimina fantasías sobre el transplante de cara que es la esperanza de muchas personas de poder volver a tener un rostro con un aspecto y funcionalidad adecuados. Que no es poco.

Rechazo e inmunosupresión

La cirugía reconstructiva puede utilizar injertos de piel o músculo tomados del propio individuo afectado o de otra persona. En este segundo caso, suele presentarse una reacción llamada “rechazo”, pues el sistema inmune del receptor detecta el tejido extraño y lo ataca como lo haría con cualquier infección. Para disminuir el riesgo de rechazo, se buscan donantes que tengan similitud con el receptor en genes que disparan la creación de anticuerpos por parte del organismo receptor. Aún así, en muchos casos los receptores deben tomar durante toda su vida medicamentos que suprimen al sistema inmune, para evitar el rechazo.

Cómo nos construyen las proteínas

Traducción del ARN en los ribosomas para sintetizar proteínas.
(imagen CC LadyofHats traducida por Parri,
vía Wikimedia Commons)
El cuerpo humano se puede considerar como una edificación de largas y complejas moléculas formadas por cadenas de aminoácidos llamadas proteínas, sustentada sobre un entramado mineral de huesos, accionada por sustancias energéticas y que utiliza otros compuestos y sustancias para desarrollar sus actividades, como vitaminas o minerales.

Un buen ejemplo de la presencia de estas moléculas orgánicas (es decir, basadas en el carbono) son las varias formas del colágeno, que forma el 35% de todas las proteínas que nos componen. El colágeno es esencial en estructuras tales como los ligamentos y tendones, de la piel, los vasos sanguíneos y la córnea, y está en los huesos, el sistema digestivo, los músculos… y en en la superficie de las células. De todas nuestras células.

Hay muchos tipos de proteínas, como la queratina que forma nuestro cabello y uñas, la miosina y la actina, responsables de la contracción de nuestros músculos, la albúmina que forma gran parte de nuestro plasma sanguíneo (pariente de la albúmina de las claras de huevo), los ácidos nucleicos (el ADN y el ARN), todas las enzimas que promueven multitud de reacciones químicas en nuestras células, y todas, todas nuestras hormonas, desde la insulina que nos ayuda a metabolizar el azúcar hasta los neurotransmisores y las hormonas sexuales.

Estas son proteínas muy abundantes en nuestro cuerpo, pero hay muchas más. En total, se calcula que nuestro cuerpo tiene al menos dos millones de proteínas que actúan como reguladoras, para defenderlo (anticuerpos), transportar oxígeno (hemoglobina) y de muchas otras formas.

Asombrosamente, estos millones de proteínas, y las al menos diez millones más que son parte de los demás seres vivos (que comparten algunas) son producidas con sólo 20 aminoácidos principales como materia prima.

¿Cómo es esto posible? Pensemos en la escala musical que conocemos: tiene 12 notas, pero las escalas tradicionales usan sólo siete de esas notas, aunque las armonías modernas pueden usar más.

Con sólo doce notas, la capacidad humana ha creado literalmente millones de variaciones, desde la música más chabacana y sencilla hasta las más complejas creaciones de Bach, desde las tonadillas publicitarias hasta las obras conceptuales de Pink Floyd, de las nanas al heavy metal. La enorme variedad de la música nos permite olvidar fácilmente que, pese a todo, son sólo doce notas.

Los más o menos 25.000 genes capaces de crear proteínas que tenemos en los núcleos de nuestras células pueden sintetizar esa millonaria variedad formando largas cadenas de aminoácidos unidos entre sí. Para producir una proteína, el ADN del núcleo forma primero una cadena de ARN mensajero a la que le traslada su código químico para llevarlo fuera del núcleo. El lenguaje del ARN tiene cuatro letras únicamente, AGCU o adenina, guanina, citosina y uracilo. Cada grupo de tres bases o letras del ARN se llama “codón” porque codifica la captura de un aminoácido determinado. La secuencia de codones se traduce en la secuencia de aminoácidos de la proteína.

Como hay 64 palabras posibles combinando en grupos de tres las cuatro letras del lenguaje del ARN, hay “palabras” redundantes. Por ejemplo, los codones o palabras “UAU” y “UAC” corresponden al aminoácido llamado tirosina, mientras que otros aminoácidos como la arginina pueden ser codificados con hasta seis codones. Así, se van “escribiendo” o sintetizando proteínas que pueden ser cadenas de menos de 10 aminoácidos o llegar a tener más de 100.

En palabras de uno de los descubridores del ADN, Sir Francis Crick, “el ADN hace ARN, el ARN hace proteínas… y las proteínas nos hacen a nosotros”.

Nuestro cuerpo puede producir 10 de los 20 aminoácidos que utiliza para hacer todas sus proteínas, pero los otros 10 tiene que obtenerlos por medio de su dieta, no hay opción. Y siendo tan relevantes, parecería curioso que ningún alimento se anuncie como fuente de algún aminoácido u otro, digamos, cereales ricos en metionina, o galletas con valores elevados de triptofano y valina.

Esto se debe a que los aminoácidos que consumimos no se nos presentan aislados sino, precisamente, en forma de proteínas. Aunque los distintos seres vivos tienen proteínas distintas de las humanas, específicas de cada especie, podemos comerlos y derivar nutrición de ellos precisamente porque nuestro proceso digestivo se ocupa en parte de descomponer las proteínas que consumimos separando los aminoácidos que las forman para poder reutilizarlos. Cada proteína tiene como contraparte a otra proteína, llamada proteasa, que es la enzima que la descompone en sus aminoácidos.

Es como si el ADN de un organismo utilizara los aminoácidos para tejer un tapiz asombrosamente complejo, y luego, durante la digestión, las proteasas pudiera destejer este tapiz, separando sus hilos de distintos colores y grosores para llevarlo a las células donde se tejerán otros tapices distintos reciclando esos hilos.

Y, para llevar el paralelo un poco más allá, nuestro cuerpo también puede producir 10 de los hilos que necesita partiendo de distintas materias primas. Así, nuestras células pueden tomar el ácido glutámico, responsable del sabor llamado “umami”, que es característico de las algas, entre otros alimentos, y modificarlo para crear tres de los aminoácidos no esenciales.

Podemos almacenar algunos de los nutrientes que necesitamos. Pero los aminoácidos excedentes no se guardan como tales, sino que se convierten en glucosa para obtener energía o en ácidos grasos para guardarlos como tejido adiposo. Es por ello que necesitamos proteína en nuestros alimentos diarios para mantener la maquinaria de producción de nuestras propias proteínas en marcha. Cuando no tenemos aminoácidos suficientes en nuestra dieta, el cuerpo puede tomar las proteínas de nuestros músculos y descomponerlas para llevar sus aminoácidos a órganos más esenciales.

Queda, claro, el origen del nombre de estas moléculas fundamentales. Fue el químico suizo Jöns Jakob Berzelius quien en 1838 se convirtió en el primero en describirlas y en quien les puso nombre. Creó el nombre “proteína” tomando la raíz griega “prota”, que significa “de principal importancia”.

Las proteínas y los vegetarianos

Uno de los problemas que presenta la opción alimenticia de los vegetarianos estrictos, que no comen lácteos ni huevo, es que deben elegir con cuidado sus alimentos. La carne, la leche y el huevo son fuentes de “proteínas completas”, ya que sus proteínas más largas y complejas contienen todos los aminoácidos esenciales. Pero ningún vegetal tiene tales proteínas completas, de modo que el vegetariano consciente debe combinar sus alimentos para no sufrir deficiencias. Un solo aminoácido faltante puede tener efectos negativos en la salud. Ser vegetariano requiere especial atención.

Niels Bohr: cuando la física se hizo mayor

Niels Bohr (a la derecha) con
Albert Einstein en 1930.
(Foto D.P. de Paul Ehrenfest,
vía Wikimedia Commons) 
Una de las mentes clave de la época en que los físicos no sólo revolucionaron el conocimiento, sino que asumieron la importancia moral, filosófica y política de su labor.

Entre 1900 y 1945, poco más o menos, el mundo de la física fue no sólo una apasionante vorágine del conocimiento y de la audacia intelectual que logró avanzar como nunca antes en la historia humana en la comprensión del universo e impuso nuevos desafíos a los científicos.

Hasta el siglo XIX, la ciencia se había ocupado de las cosas, por así decirlo, a escala humana: lapsos de tiempo medidos en segundos o años, espacios medidos en milímetros o kilómetros. Especialmente desde Newton, la física se ocupó de los objetos a su alrededor y sus leyes, de la óptica, de los gases, de los choques, del electromagnetismo, de la gravedad, del movimiento.

A principios del siglo XX se habían dado las condiciones para escudriñar los extremos, lo enormemente grande y lo enormemente pequeño, donde no sirve el sentido común, forjado por la evolución para permitirnos vivir en la escala media.

En la escala de lo grande había cuerpos y galaxias en un espacio medido en años luz y en un tiempo de millones y miles de millones de años. La teoría de la relatividad de Einstein nos mostró que el espacio es curvo, que la velocidad de la luz es la única constante del universo, que un campo gravitacional muy fuerte puede curvar la luz o que el tiempo puede transcurrir más rápido o más lento en función de la velocidad.

En la escala de lo pequeño, la situación era aún más desafiante. En 1901, Max Planck sentó las bases de la mecánica cuántica, al determinar que la energía se emite en “paquetes” o “cuantos” y no de forma continua. Einstein aplicó esta visión al efecto fotoeléctrico (por el cual recibió su único Premio Nobel) viendo a la luz no como un flujo continuo de energía, sino una corriente de cuantos, paquetes de energía que hoy llamamos “fotones”.

En el huracán de avances que siguieron, Niels Bohr incorporaría un ejemplo singular de esfuerzo intelectual y de las preocupaciones filosóficas y sociales por el enorme poder que la física puso en manos humanas.

Niels Henrik David Bohr nació en 1885 en Copenhague, Dinamarca, en una familia dedicada ya a la ciencia, pues su padre, Christian, era profesor de fisiología en la Universidad de Copenhague. A ella ingresó Niels en 1903 para estudiar matemáticas y filosofía, aunque pronto se pasaría a la física, disciplina en la que se doctoró a los 26 años.

En 1913, Bohr revolucionó la física al unir el modelo atómico de Ernest Rutherford con las todavía novedosa ideas de los “cuantos” de Planck, y sugirió que los electrones del átomo existían a cierta distancia del núcleo (formado de neutrones y protones) según la energía de que dispusiera cada electrón. Si recibía un cuanto de energía, pasaba a un nivel más alto, mientras que si emitía un cuanto de energía, pasaba a uno inferior.

El modelo de Bohr por primera vez daba una explicación compatible con las observaciones obtenidas en los experimentos que se llevaban a cabo en los laboratorios de física de su época. Hoy en día, con algunas modificaciones menores, sabemos que su modelo es correcto, es decir, que los átomos se comportan tal como decían las ecuaciones del danés. Por este logro, obtuvo el Premio Nobel de física en 1922.

La mecánica cuántica planteaba problemas que muchos físicos, incluso Einstein y Planck esperaban que se disiparan con el tiempo. No fue así. Niels Bohr planteó el Principio de la Complementariedad, según el cual la materia puede exhibir al mismo tiempo propiedades de partícula o de onda, y que ambos puntos de vista no son contradictorios, sino complementarios. Junto con el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, que dice que no podemos conocer todas las propiedades de un sistema cuántico al mismo tiempo, y lo desconocido sólo lo podemos expresar como probabilidades, estableció claramente que la cuántica era un mundo distinto de la física clásica.

La descripción cuántica de grandes sistemas, sin embargo, da los mismos resultados que la física clásica. Es decir, los desafíos al sentido común que plantea la cuántica no son visibles ni relevantes a escala humana (algo que suelen olvidar quienes quieren aplicar las observaciones de la mecánica cuántica a nuestra vida cotidiana).

El debate intelectual se enfrentó de pronto al hecho político. La toma del poder de los nazis en Alemania exigía tomas de posición. Niels Bohr, casado y con seis hijos, recibió en su casa de Copenhague a numerosos colegas que huían de la barbarie de Hitler y donó su medalla de oro del Premio Nobel al esfuerzo Finlandés de guerra.

Fue Bohr quien informó a los Estados Unidos en 1930 que los científicos alemanes estaban tratando de dividir el átomo, el primer paso para aprovechar y usar la energía nuclear. Esta información promovió el lanzamiento del Proyecto Manhattan que desarrolló la bomba atómica estadounidense.

Después de tres años de ocupación nazi en Dinamarca, Bohr huyó a Estados Unidos, donde colaboró en el Proyecto Manhattan. Preocupado por las consecuencias que implicaba la existencia de un arma nuclear, Bohr propuso a los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña que se compartieran los secretos atómicos con la Unión Soviética, lo que provocó que Winston Churchill legara a considerar al físico un riesgo de seguridad “cercano a la comisión de crímenes mortales”.

No resulta extraño que, al terminar la guerra, Niels Bohr dedicara todos sus esfuerzos al control del armamento nuclear y a los esfuerzos por el uso pacífico de la energía atómica, organizando el congreso “Átomos por la paz” en Ginebra, Suiza, en 1955.

El trabajo de Bohr por la física, sin embargo, no se detuvo, y además de encabezar el instituto hoy llamado precisamente Niels Bohr en la Universidad de Copenhague, realizó un esfuerzo titánico por crear un laboratorio internacional dedicado al conocimiento de la estructura interna de la materia, lo que hoy conocemos como CERN. Allí, el mayor instrumento científico jamás creado por el hombre, el LHC, continúa tratando de explicar cómo es el tejido del universo

Los debates Bohr Einstein

Entre 1927 y 1955 (cuando murió Einstein), ambos físicos tuvieron una serie de debates públicos sobre la interpretación de la teoría cuántica. A Einstein le molestaba la incertidumbre que postulaba la cuántica, mientras que Bohr la defendía como un hecho al que hay que plegarse. Como ambos científicos cambiaron de posición sobre distintos temas al paso del tiempo, los amables debates (resumidos en un libro por Bohr) son una lección sobre filosofía de la ciencia, pero también sobre la honesta actitud del científico capaz de abandonar aún sus teorías más amadas si hay otra más coherente con la realidad.

La evolución: diseño no tan inteligente

Primate skull series no legend
Cráneos de macaco, orangután, chimpancé
y ser humano.
 (Foto CC de Christopher Walsh, modificada
por Tim Vickers, vía Wikimedia Commons)
El mismo proceso evolutivo que nos ha hecho humanos es responsable de algunos de nuestros problemas y malestares, desde las hernias hasta el dolor de parto.

El guepardo es hoy el animal terrestre más rápido, como resultado de un proceso evolutivo que le permite cazar gacelas, animales que a su vez han adquirido una capacidad creciente de correr velozmente y huir del guepardo.

Los guepardos han evolucionado así porque los que por azar son más rápidos cazan más gacelas, y pueden alimentar mejor a sus crías, probablemente resultan parejas más atractivas y tienen así más probabilidades de que sus genes sobrevivan y se difundan entre las poblaciones futuras.

Partiendo de la variación natural, del hecho evidente de que las crías de cualquier ser vivo son distintas de sus padres y entre sí, y mediante la interacción de esa variación con el medio ambiente, se favorecen algunos rasgos y las poblaciones sucesivas cambian como si hubieran sido moldeadas a propósito.

Pero la velocidad del guepardo tiene un precio. En la evolución, todo cambio es resultado de un toma y daca entre varios aspectos y las ventajas que dan unos a cambio de otras desventaja. La evolución, también, puede dejar intocados ciertos rasgos antiguos que ya no tienen ninguna utilidad.

El precio que paga el guepardo por su velocidad es que suele terminar la cacería en un estado de agotamiento tal que resulta fácil para otros cazadores como los leones robarles su presa. Su velocidad ha implicado una desventaja que puede costarle incluso la supervivencia como especie, pues probablemente no tenga tiempo suficiente para emprender otro camino y finalmente su creciente velocidad lo vuelva inviable como especie.

Nosotros también hemos pagado un precio por ser como somos. Un precio del que no solemos estar conscientes-

El ser humano imperfecto

Un ejemplo del precio que hemos pagado es la curiosa relación entre nuestros dientes y nuestro cerebro. En el proceso de evolución, una mutación nos permitió tener cráneos más espaciosos que albergaran cerebros mayores, lo cual nos ha permitido entender y alterar nuestro mundo. Esa mutación apartó parte del hueso de nuestras mandíbulas, haciéndolas más pequeñas y delgadas, pero no afectó a nuestros dientes, que siguen teniendo el mismo tamaño que antes. Así, nuestras muelas del juicio con frecuencia “no caben” en nuestras bocas y es necesario extraerlas.

El habla es otra característica peculiarmente humana por la que pagamos un claro riesgo de muerte. En la mayoría de los animales, la tráquea y el esófago están orientados de tal modo que son totalmente independientes y permiten a sus dueños respirar y tragar al mismo tiempo. La evolución de la tráquea para el habla y nuestra posición erguida llevaron a ambos conductos en una posición tal que para tragar tenemos que dejar de respirar y viceversa, so pena de correr el riesgo de ahogarnos.

Según podemos reconstruir la historia de nuestra especie, un paso clave que nos diferenció de otros primates ocurrió hace unos cuatro millones de años, cuando nuestro ancestro Australopithecus pasó a andar sobre dos pies. Las importantes ventajas del bipedalismo para la especie fueron tales que se desarrolló y se conservó pese al precio que nos impone, y del que no siempre estamos conscientes.

Al andar a cuatro patas, los órganos de los animales cuelgan de la columna vertebral, alineados y sostenidos por los músculos del abdomen. Al pasar a una posición erguida, nuestros órganos se apilaron unos sobre otros, creando una presión que que facilita la aparición de hernias, que ocurren cuando un esfuerzo excesivo crea tensión en el abdomen y desgarra los músculos abdominales.

La propia columna vertebral, al pasar a una posición vertical, se vio sometida a fuerzas para las que no estaba diseñada, pues incluso otros animales bípedos, como los dinosaurios o los avestruces, mantienen la columna horizontal. La nuestra se encontró “de pronto” (en términos evolutivos) recta, con las vértebras unas sobre otras, presionándose y asumiendo una forma de “S” poco frecuente en el mundo animal. El resultado son problemas en los discos intervertebrales, escoliosis y los dolores en la parte baja de la espalda que afectan a muchas personas.

Nuestros pies y piernas son otras víctimas que pagan nuestra postura erguida. Las venas varicosas sufren de los efectos de la gravedad como nuestros órganos internos. La presión de la sangre sobre las venas de nuestras piernas aumenta su tamaño y debilita sus válvulas dándoles un aspecto hinchado y grisáceo.

Al mismo tiempo, el pie pasó de ser un órgano prensil a una plataforma para sostener el cuerpo, desarrollando un arco que le da una locomoción más eficaz donde el peso pasa del talón al borde externo del pie y hasta el dedo gordo, pasando por las articulaciones entre los metatarsos y las falanges. Pero el arco también puede fallar, dando lugar a los pies planos. De hecho, entre un 20 y 30% de todas las personas nunca desarrollan el arco del pie.

Pero uno de los más dramáticos cambios producidos por el bipedalismo, grave desventaja que se pagó para andar de pie, son los problemas y dolores del parto.

Para sostener el cuerpo erguido, la pelvis humana se vio presionada para desarrollar un tremendo cambio. Se hizo más corta, apoyando la columna vertebral más cerca de las articulaciones de las piernas, que a su vez se hicieron más grandes y fuertes, y evolucionó hacia una forma que le permite gestionar mejor el equilibrio y la locomoción. El ángulo de la pelvis cambió y el canal del parto se hizo más estrecho.

La pelvis femenina debía dejar paso a las crías para su alumbramiento, pero mientras la pelvis cambiaba, también las crías iban naciendo con cabezas cada vez más grandes. Así, en el proceso del parto el bebé debe realizar un extraño giro, infrecuente entre los demás primates, en el que varias cosas pueden salir mal.

Las numerosas complicaciones del parto humano, que están presentes desde que aparecimos como especie claramente diferenciada y que no tienen otras especies, no son pues un castigo, ni producto de la modernidad y sus problemas, sino una parte del precio que pagamos por ser quienes somos, y un testimonio de nuestro pasado, de lo que fuimos y de cómo devinimos en Homo sapiens

La inútil piel de gallina

Ante el frío y ciertas emociones, nuestra piel adopta el aspecto de “piel de gallina”, por la contracción simultánea de los pequeños músculos erectores que tenemos en cada folículo piloso. El objetivo de esta contracción es erizar el pelo para que el animal parezca más amenazante o para crear una capa de aire caliente contra el frío. Aunque hemos perdido casi todo el pelo corporal, mantenemos esa reacción como un vestigio inservible que nos recuerda cuando tuvimos una lustrosa piel peluda.

La dura vida de los niños genio

Leonhard Euler by Handmann
Leonhard Euler, genial matemático
(Pintura D.P. de Emanuel Handmann,
vía Wikimedia Commons)
Admirados por los adultos, rechazados por sus iguales y con frecuencia explotados por sus padres y medios, los niños prodigio no son un milagro.

Un niño que puede desempeñarse igual o mejor que un adulto destacado en algún campo de actividad exigente como ser la música, las matemáticas, el ajedrez o los deportes, es inevitablemente el centro de atención de todos a su alrededor. Muchos quisieran que sus hijos fueran así, e incluso se esfuerzan por impulsar o empujar a los suyos para que alcancen metas poco realistas. Otros simplemente se preguntan qué elementos confluyen para que un niño destaque de modo singular.

Sin embargo, no tenemos una receta para crear niños prodigio. No hay un sistema de educación que favorezca la aparición de la genialidad infantil, y ni siquiera estamos seguros de que la educación pueda realmente impulsar la genialidad. El matemático indostano Srinivasa Ramanujan, nacido en un ambiente nada favorecedor, descubrió las matemáticas formales a los 10 años y dos años después no sólo había dominado la trigonometría, sino que había a empezado a descubrir sus propios teoremas, emprendiendo una carrera que aún hoy es estudiada (sin descifrar por completo) por los matemáticos de todo el mundo.

No sabemos, siquiera, si el concepto “niño prodigio” o “niño genio” significa lo mismo cuando se trata de niños con habilidades distintas. Es posible que un niño de los llamados “calculadores”, capaces de realizar complejísimas operaciones matemáticas, sea totalmente distinto de un precoz ajedrecista, un pintor precoz como Picasso o de genios musicales como el violinista Yehudi Menuhin o el máximo niño prodigio de la música, Wolfgang Amadeus Mozart, el compositor nacido en Salzburgo, Bavaria, hoy Austria, en 1756, que empezó a componer a los 5 años de edad, recorrió Europa de los 6 a los 17 años asombrando al público y se convirtió en uno de los más importantes nombres de la música formal, componiendo prolíficamente hasta su muerte a los 35 años.

Se calcula que un 3% de todos los niños pueden ser considerados altamente dotados o niños prodigio aunque no todos son identificados y estimulados para desarrollar sus habilidades, de modo que la cifra podría ser mucho más alta o más baja.

Es por esto, así como porque la delimitación de qué es o no un niño superdotado es bastante poco clara, hay pocos estudios realizados sobre niños prodigio. En cuanto a edades, distintos grupos y definiciones consideran a los menores de 18, otros a los menores de 15 o 13 años y los más exigentes únicamente a los mejores de 11 años. En cuanto a habilidades, el problema es similar, y no existe un baremo consensuado sobre dónde termina el ser “muy listo o hábil” y comienza la genialidad que, finalmente, es un concepto totalmente subjetivo y humano.

Es por ello que la mayoría de los estudios realizados explorando el funcionamiento del cerebro de los niños prodigio se haya hecho con niños de los llamados “calculadores”, ya que la capacidad de resolver problemas matemáticos es de las que mejor podemos medir y definir con cierta objetividad, a diferencia, por ejemplo, de los talentos artísticos como en las artes plásticas o la música.

En un estudio de Brian Butterworth, publicado en la revista ‘Nature’ en 2001 se realizaron escaneos de tomografía de emisión de positrones (PET) en niños prodigio matemáticos, y los resultados sugirieron que estos niños utilizaban la memoria de trabajo a largo plazo, una forma en la que se pueden recordar enormes cantidades de datos durante un breve tiempo, y hacían uso intenso de la corteza visual, la zona del cerebro que descodifica las imágenes que vemos y que también empleamos para la imaginación visual. Otros estudios indican que el cerebelo, la zona del cerebro implicada en el control motor, la atención y el idioma, sirve a estos niños para ordenar sus funciones cognitivas y puede influir en su hablidad matemática.

Para muchos niños prodigio, su vocación y talento originales se convierte en su actividad para toda la vida, frecuentemente con enorme éxito. Está Leonhard Euler, matemático suizo que entró en la universidad de Basel a los 13 años y pasó a convertirse en uno de los fundadores de las matemáticas modernas descubriendo, entre otras cosas, el cálculo infinitesimal al mismo tiempo que Newton. El matemático y físico Blas Pascal, que escribió un tratado sobre cuerpos vibrantes a los 9 años y realizaría numerosas aportaciones a la ciencia y la filosofía durante toda su vida. O John Von Neumann, influyente matemático húngaro que en su niñez fue famoso como calculador matemático y polìglota.

Son también comunes los casos de niños prodigio que después de alcanzar logros impresionantes antes de la edad adullta, terminan abandonando todo y no vuelven a realizar las aportaciones por las que fueron conocidos o se retraen como lo hizo de modo espectacular el ajedrecista Bobby Fisher, que ganó ocho campeonatos estadounidenses consecutivos, fue gran maestro a los 15 años y a los 28 se convirtió en campeón mundial, después de lo cual no volvió a competir oficialmente y terminó expatriado en Noruega, con problemas mentales cada vez más evidentes hasta su muerte.

El ejemplo extremo de estos ex-niños prodigio es William James Sidis, dueño de asombrosas habilidades matemáticas y lingüísticas que entró a Harvard a los 11 años. Acosado por sus compañeros y, más tarde, por la prensa sensacionalista, y arrestado por participar en una manifestación de izquierdas (era 1918), acabó aislándose de la sociedad y de las matemáticas trabajando como cobrador de tranvía, anónimo y amargado.

Quien mejor puede definir qué es ser un niño prodigio es, precisamente, alguien que lo ha sido. Justin Clark, campeón de ajedrez a los 8 años y estudiante universitario a los 10: “Lo que pocas personas entienden es que ser un niño prodigio, o ser considerado así, no es inherentemente bueno o malo”. Por más que muchos padres crean que tener un genio es maravilloso, para cualquier niño lo más importante será ser querido y aceptado. Y su peor tragedia es, sin duda, que sus padres o el mundo a su alrededor le pidan más de lo que puede dar, cosa que con frecuencia le exigimos a los genios y a los que no lo son.

El savant, genio en su mundo

Un caso especial de los niños prodigio son los savants, que suelen tener una sola capacidad destacada al extremo humano, como puede ser una memoria eidética o fotográfica de un solo aspecto de su vida (como recordar el tiempo que hubo día a día o hacer complejos cálculos matemáticos al instante). Casi la totalidad de los savants tienen problemas de desarrollo, la mitad de ellos asociados al autismo. El ejemplo más conocido de este prodigio es Kim Peek, que fuera la base para el personaje que interpretó Dustin Hoffman en la película “Rain Man”.

Nuestras inconstantes memorias

"La persistencia de la memoria", cuadro de Salvador
Dalí (Creative Commons)
Creíamos que registrábamos las memorias como en un vídeo, de modo fiel y secuencial. Un episodio de terror multitudinario nos enseñó a desconfiar de nuestros recuerdos.

En la década de 1980 se desarrolló una situación de pánico en los Estados Unidos. De pronto, psicoterapeutas, policías y trabajadores sociales encontraban multitud de casos de personas que decían haber sido sometidas a terribles abusos sexuales y obligadas a participar en sangrientos rituales satánicos, tanto niños como adultos. Afirmaban que, de acuerdo a las hipótesis de Freud, esas memorias habían sido “reprimidas” durante décadas, y habían vuelto a la superficie debido a terapias que con frecuencia incluían entre otras cosas la hipnosis y preguntas sugerentes.

Las descripciones eran sobrecogedoras. Se llegó a hablar de 1 millón de satanistas que abusaban de niños y cometían incluso asesinatos y se popularizó la llamada “Terapia de Memoria Recuperada”, que guiaba al paciente para que “recuperara” recuerdos traumáticos de su infancia, incluso de la más temprana, cuando hoy sabemos que no se pueden formar memorias por el insuficiente desarrollo de nuestro cerebro. Entre el 15 y el 20% de los pacientes, un número enorme, recuperaban memorias de abuso infantil y rituales satánicos.

Se rompieron familias, los hijos perdían toda confianza en sus padres, los repudiaban e incluso los denunciaban por abusos. Algunos padres fueron condenados a penas de prisión mientras afirmaban su inocencia y su amor por sus hijos. La sociedad estadounidense se convulsionaba.

Sin embargo, aparecieron cuestionamientos. Se hablaba de miles de bebés asesinados en rituales de filme de horror, pero no había cuerpos, ni reportes de niños extraviados suficientes para dar cuenta de las historias que ocupaban los medios, especialmente los sensacionalistas.

Los científicos de la conducta entraron en acción. A principios de la década de 1990, un estudio de la Universidad de California investigó más de 12.000 acusaciones y analizó a más de 11.000 miembros del personal de servicios psiquiátricos, de servicio social y de cuerpos policiacos sin , encontrar pruebas que corroboraran sólidamente ni un solo caso de abuso ritual satánico.

Kenneth Lanning, agente especializado en abuso infantil de la Unidad de Ciencia Conductual del FBI, hoy famosa por una serie de televisión, escribió un estudio concluyendo que no había ni una prueba en ninguno de los casos de “abuso satánico” que había investigado desde 1981. Escribió: “Tenemos ahora a cientos de víctimas alegando que miles de delincuentes están abusando de decenas de miles de personas e incluso asesinándolas, como parte de sectas satánicas organizadas, y la evidencia para corroborarlo es escasa o nula”.

Lo más inquietante: quienes decían que habían sido víctimas no estaban mintiendo, realmente creían en la fidelidad de las memorias “recuperadas”.

Las falsas memorias

En 1974, la doctora Elizabeth Loftus, de la Universidad de California, había explorado la imprecisión de la memoria que empezaba a conocerse, con un estudio que demostró que los recuerdos de las personas se veían alterados por lo que implicaban las preguntas que se les hacían. Después de ver un vídeo de un choque, tendían a considerar que la velocidad de los autos era mayor si en la pregunta se usaba el verbo “chocar” o “colisionar” que si se usaba de “golpear” o “entrar en contacto”. En otro caso, si se les preguntaba por los “cristales rotos” (que no se veían en el vídeo), tendían a “recordarlos”.

Éstos y otros estudios establecieron no sólo que nuestras memorias son poco fiables, sino que son sensibles a la sugestión. El tipo de preguntas que se hacen a una persona, la afirmación de que ocurrió algo o cualquier otra observación, por inocente que sea, puede remodelar nuestras memorias.

Los terapeutas, trabajadores sociales y miembros de las fuerzas policiales, según se demostró, en parte víctimas de su celo profesional y su repulsa tanto al abuso infantil como a la idea de las sectas satánicas, habían moldeado las memorias de las supuestas víctimas, en gran medida impulsados por el libro Michelle, que se había presentado en 1980 como un “caso real” aunque años después se descubrió que había sido un fraude.

El testimonio del testigo presencial, prueba reina en los procesos judiciales de todas las culturas, se ha convertido en una incertidumbre. Multitud de estudios en las últimas dos décadas han demostrado que nuestra memoria, en algunos asuntos, es mudable. Nuestro cerebro “llena los espacios” con fabulaciones o con suposiciones de sentido común, y los recuerdos cambian más conforme más tiempo pasa, haciendo menos fiables muchas de las cosas de las que “estamos seguros”.

Hoy sabemos que una persona, al identificar a un delincuente, puede verse infuida por un simple comentario de un policía indicando que uno de los sospechosos, por ejemplo, tiene un historial delictivo, o incluso por el orden en el que se le presentan tales sospechosos. Y su falsa memoria no es una mentira, la considera absolutamente veraz. Apenas descubrimos que ser humano implica que ciertas cosas no las evocamos con tanta precisión como las tablas de multiplicar que nos aprendimos en la escuela.

Pero, si la moderna investigación en neurociencias nos alerta contra las alteraciones de nuestra memoria y ello puede resultar inquietante, pues en gran medida nuestra personalidad son nuestras memorias, también ha servido para evitar que seamos víctimas de las falsas memorias de otras personas. El recuerdo de un testigo o víctima expresado en el juicio fue fundamental para el 75% de las condenas que han sido revocadas en los Estados Unidos debido a las pruebas de ADN sobre casos antiguos.

Al mismo tiempo, se han abierto enormes campos para explorar la memoria ya no desde perspectivas filosóficas, sino mediante modelos que pueden someterse a experimentación, y estudios tanto fisiológicos como genéticos. La identificación de ciertos tipos de memoria, el estudio de los recuerdos inmutables (como las tablas de multiplicar) y la activación de distintas áreas del cerebro cuando aprendemos o recordamos quizá nos permitan reconciliarnos con la idea de que nuestra memoria es menos perfecta de lo que nos gustaría.

Sobre la autoridad y la memoria

Hoy en día, la idea del abuso ritual satánico y la terapia de recuperación de memorias están totalmente desacreditadas entre psiquiatras, psicólogos y fuerzas policiacas. Su supervivencia está limitada al terreno de los medios sensacionalistas de sucesos y supuestos hechos paranormales con pocos escrúpulos, y a pequeños grupos que suelen incluirlo entre otras creencias conspiranoicas. La idea de las “memorias reprimidas” por otra parte, ha sido descartada en lo esencial ante la falta de pruebas de que realmente existan.

Un mundo de fibras y tejidos

Broken carbon fiber bar
Fibras de carbono
(Foto CC de Michael Bemmerl,
vía Wikimedia Commons
Pensar en fibras aún evoca telas, hilados de algodón, ricas sedas y medias de nylon, aunque cada vez más, también, las fibras y los tejidos artificiales significan también piezas de aviones, carrocerías de automóviles de Fórmula 1 e incluso materiales de construcción.

Y quizá todo comenzó con una intuición sencilla, afortunada y genial.

Un tallo de una planta podía servir para atar objetos y para tirar de cargas. Pero se podía romper con relartiva facilidad. Quizá, sólo quizá, hace 40 mil años o más, un ser humano se dio cuenta de que cuando el tallo se retorcía, resistía más. Tal vez, especulamos, empezó a retorcer un tallo, y luego probó a poner dos o tres tallos en paralelo y a retorcerlos y entretejerlos. El resultado era una cuerda, la primera cuerda de la historia de la humanidad, y ataba con más firmeza y soportaba cargas mucho más pesadas que ningún tallo utilizado antes.

Si esto no lo hizo un personaje en concreto, sino quizá un grupo, o varios grupos simultáneamente en distintos espacios geográficos y temporales, al menos sabemos que la humanidad sí lo hizo colectivamente en un momento de su desarrollo.

Si se machacaban los tallos para obtener las fibras que les daban su resistencia, y se retorcían o hilaban en formas mucho más delgadas, se obtuvo el hilo que, tejido, creó toda una nueva forma de vida.

Muchas plantas y el pelo de muchos animales, así como los tendones, se han utilizado como fibras, en función de su disponibilidad para las diversas culturas.

Se cree que el lino fue la primera fibra vegetal que utilizó el hombre. Apenas en 2010, la arqueóloga Ofer Bar-Yosef, de la Universidad de Harvard, encontró en la cueva de Dzudzuana de Georgia fibras de lino anudadas y teñidas de color negro, gris, turquesa y rosa, cuya antigüedad se calcula en 30.000 años, poco tiempo comparado con los más de 100.000 años que nos separan del primer momento en que el hombre usó pieles para vestirse.

El lino, la ortiga, el ramio, el yute y el cáñamo fueron durante milenios algunas de las principales fibras vegetales, complementadas con las fibras animales o lanas, que se empezaron a utilizar (hiladas y tejidas) hace quizás hasta 10.000 años. No fue sino hasta el siglo IX cuando los árabes introdujeron en Europa el algodón, una planta que ya Alejandro Magno había descrito en la India como “el árbol de lana”, cultivada durante mies de años en el valle del Indo. La seda, por su parte, tiene una singular procedencia: el gusano de la seda, que teje el capullo para convertirse en mariposa con un solo filamento de esta singular fibra, conocida en China desde el 2.600 antes de la Era Común.

Los tejidos y cuerdas de fibras naturales tenían, ciertamente, un valor utilitario que alteró y revolucionó en muchas ocasionesa las culturas. Pero también marcaban las diferencias sociales. La seda como distinción de las clases altas es un ejemplo evidente, junto con el aún más caro y exclusivo terciopelo de seda. No olvidemos que los intereses comerciales que dispararon la era de las exploraciones con los viajes de Cristóbal Colón no sólo eran los de las especias. La “ruta de la seda” que abastecía a las clases altas europeas también fue bloqueada por el imperio otomano en 1453, a la caída del imperio bizantino.

La revolución industrial fue, en gran medida, la revolución del algodón. La invención de la lanzadera volante, las máquinas de hilar y la máquina de vapor a fines del siglo XVIII dispararon la mayor producción de telas a menor precio. La industria textil tiraría de todas las demás formas de producción para cambiar radicalmente la forma de vida del ser humano en todo el mundo.

Fibras artificiales y sintéticas

Durante la segunda mitad del siglo XIX, los conocimientos de la química alcanzaron un punto en el que se podía intentar crear materiales nuevos, y mejorar los existentes.

En 1855, el químico suizo Audemars logró crear la primera fibra artificial, una “seda” obtenida disolviendo y purificando la corteza de un árbol para obtener celulosa. Pasaron treinta años para que estas nuevas fibras se utilizaran para crear tejidos de muestra y cuatro años más para que comenzara la producción industrial de esta fibra, el “rayón”.

Pero no fue sino hasta el siglo XX, en 1931, cuando apareció la primera fibra totalmente sintética, el nylon, que comenzó su producción industrial en 1939, democratizando, en gran medida, prendas de ropa como las medias femeninas, que antes eran de seda para las clases pudientes y de algodón para las trabajadoras.

En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, aparecieron numerosas nuevas fibras como el acrílico, el poliéster, el spandex (lycra) o el sulfar, resistentes, algunas de ellas elásticas, baratas y que se arrugaban mucho menos que las fibras naturales, lo que las convirtió pronto en favoritas del mercado.

Otras fibras, como las aramidas, dan lugar a tejidos especiales como los utilizados en los trajes espaciales o el kevlar utilizado en chalecos antibalas. Y otras de ellas, como el tereftalato de polietileno, se someten a procesos especiales para crear un tejido de pelillo ligero y altamente aislante, el “polar” o “fleece”, la lana artificial.

Más allá de los tejidos, se siguen creando materiales en largos filamentos o fibras que puedan satisfacer con eficacia distintas necesidades. La fibra de carbono, utilizada para reforzar distintos plásticos, está sustituyendo al acero y al aluminio en numerosas aplicaciones que necesitan resistencia, fuerza y un menor peso: bicicletas, raquetas de tenis, piraguas o el fuselaje de aviones como Airbus A350 XWB se fabrican hoy con tejidos de carbono.

Químicos e ingenieros siguen buscando crear nuevas fibras capaces de cambiar de color, de reinventar fibras tradicionales como la seda, modificando genéticamente a los gusanos para ofrecer un producto mejor y más atractivo o de encontrar formas de cultivo más sostenibles y rentables. Ecotextiles, nanotextiles y textiles inteligentes son algunas palabras que pronto pueden ser parte de nuestro léxico tan comúnmente como “seda”, “nylon” y “kevlar”.

La peligrosa fibra mineral

El amianto (o asbesto) es el nombre de seis materiales que son las únicas fibras minerales que ocurren de modo natural y que se encuentran, incluso, en el aire que respiramos, aunque en cantidades inapreciables. Debido a sus propiedades aislantes, especialmente de las llamas, y su bajo costo, se utilizó masivamente desde la antigüedad como material de construcción y materia prima. A lo largo del siglo XX se demostró que la inhalación de fibras de asbesto provocaba con frecuencia fibrosis y cáncer pulmonar y a partir de 1991, el amianto empezó a prohibirse en cada vez más países. La prohibición en España se dio en 2001, aunque sigue en el aire el problema de eliminar el amianto utilizado en el pasado.

LUCA, nuestro más lejano abuelo

Prokaryote cell diagram es
La célula procariota, la forma más primitiva que
existe, podría darnos una idea de cómo fue el LUCA
(Imagen D.P. Mariana Ruiz traducida por
JMPerez, vía Wikimedia Commons)
Uno de los más grandes desafíos de la ciencia es ir hacia atrás en la historia de la vida para averiguar cómo comenzó todo.

Todos los seres vivos, usted y una rosa, un insecto y un elefante, un sencillo virus y un astuto cuervo, todos, tenemos un solo ancestro común, una célula que se calcula que vivió hace 3 o 4 mil millones de años y de la que surgio toda la vida, algo que ya se imaginaba Darwin en su teoría de la evolución mediante la selección natural.

Este ser hipotético es el Último Ancestro Común Universal o, en inglés, ‘Last Universal Common Ancestor’, LUCA por sus iniciales.

¿Cómo sabemos que los seres vivos no procedemos de distintos ancestros surgidos independientemente? O, cuando menos, ¿cómo sabemos que lo más probable es este ancestro común, esta semilla que fructificó en toda la vida del planeta, todas las especies que ya desaparecieron, las que existen y las que, sin duda alguna, vendrán en el futuro?

Para comprenderlo, tenemos que remontarnos a una época en la que no había vida en nuestro planeta.

El universo mismo nació hace unos 13.700 millones de años, según calcula hoy la cosmología. Nuestro sistema solar no fue parte del universo, al menos en su forma actualmente reconocible, durante la mayor parte de este tiempo. Fue hace aproximadamente 4.600 millones de años cuando una nube de polvo y gas que giraba sobre sí misma en el espacio empezó a contraerse. Como un patinador que acerca los brazos al cuerpo para girar más rápido, la contracción hizo que la nube girara más rápido, su gravedad también aumentó y asumió la forma de un disco.

Unos 60 millones de años después se formó nuestro planeta y empezó a sufrir una sucesion de cambios. Hace alrededor de unos 4.000 millones de años, según se cree con base en lo que sabemos, la materia, alguna de las sustancias que componían nuestro planeta, de pronto adquirió una capacidad e independencia sin precedentes, experimentó un cambio cualitativo extraordinario y, no habiendo estado vivo… empezó a estarlo. Según especula la ciencia, este primer ser vivo fue una molécula capaz de producir copias de sí misma, una hazaña singular.

Lo que aún no sabemos es cómo pudo haber sido esa molécula autorreplicante. Quizás las condiciones de nuestro planeta, relámpagos, volcanes, una atmósfera con ciertas caracteristicas, provocaron la creación de diversas moléculas complejas hasta que, por simple azar, alguna de ellas resultó capaz de autocopiarse.

Alguna de ellas o varias de ellas.

Nada indica que la vida haya surgido una sola vez en nuestro planeta. De hecho, es muy probable que haya surgido varias veces, en distintos lugares, bajo distintas condiciones, en distintos momentos y a partir de distintas sustancias. Las condiciones que provocaron el surgimiento de la vida una vez, pudieron provocarla en diversas ocasiones mientras duraron.

La primera evidencia de que existía este hipotético ser que es nuestro origen común se encontró hace apenas 50 años, en la década de 1960, cuando se descifró el código genético del ADN y se determinó que era exactamente el mismo en todas las formas de vida de nuestro planeta. Esto, que hoy nos parece evidente, resultó sorpresivo en su momento: bastaba el ADN para explicar toda la asombrosa variabilidad de todas las formas de vida. Todas tenían genes escritos con el mismo lenguaje.

De hecho, esta “intercambiabilidad” de genes es lo que permite que los genes de una especie se puedan insertar en otra, ya sea de modo natural, en la transferencia horizontal de genes, o artificial, mediante ingeniería genética. Y la transferencia horizontal es uno de los problemas que tiene la biología en la búsqueda de “Luca”.

El “código genetico” con el que la vida transmite información está sorprendentemente está formado por genes o palabras de diversas longitudes, pero todas compuestas por sólo cuatro letras. La hebra de ADN es como una escalera de mano, donde cada uno de los rieles tiene “medios peldaños” de sólo cuatro sustancias: adenina, citosina, guanina y timina (ACGT). El otro riel tiene los medios peldaños correspondientes. Si un medio peldaño es de adenina, el otro será de timina, y si es de guanina, su mitad correspondiente será de citosina.

Con este sencillo alfabeto de cuatro letras se pueden “escribir” todas las proteínas de todos los seres vivos a partir de 20 aminoácidos, utilizando como intermediario al ARN, una molécula similar al una de las mitades del ADN. Cada aminoácido (salvo alguna excepción) se codifica con tres de las letras del ADN y el ARN, y su secuencia determina la proteína que se produce.

Al analizar los pequeños cambios que los genes van experimentando a lo largo de la evolución, la biología ha podido crear un árbol de la vida muy preciso, que nos sirve para calcular, por ejemplo, no sólo cuánta similitud o diferencia hay entre dos especies, como el ser humano y el chimpancé, sino también hace cuánto tiempo nos separamos de un ancestro común y empezamos a evolucionar independientemente (hace 5-6 millones de años en este caso).

Igualmente, al desandar nuestro camino evolutivo podemos encontrar ancestros comunes de otros seres. El de todos los mamiferos, por ejemplo, vivió hace unos 225 millones de años. El de todos los vertebrados nado por los océanos hace unos 530 millones de años. Y el de todos los animales hace unos 610 millones de años.

Con estos datos, hoy se postula que ese último ancestro común universal, ese “Luca” que nos recuerda la canción de Suzanne Vega era un ser unicelular más primitivo que los seres unicelulares con núcleo (procariotes) que conocemos hoy, que utilizaba el ARN para replicarse y para crear sus proteínas (el ADN fue probablemente un desarrollo posterior), vivió en un microclima menos cálido que el predominante en el planeta hace 3-4 mil millones de años y tenía algo muy similar a los genes comunes a todos los seres vivos de la actualidad.

Sin embargo, los biólogos no lo tienen claro. La transferencia horizontal de genes que haya ocurrido a lo largo de la historia de la vida, la cantidad de genes en los que pueda darse y otras variables, podrían alterar completamente nuestra visión de cómo era “Luca”.

Pero la búsqueda sigue adelante. Saber cómo era “Luca” sería un gran paso hacia la comprensión de cómo surgió la vida en nuestro planeta, lo cual a su vez nos permitiría calcular con mayor precisión las probabilidades de que haya vida en otros lugares del universo.

La probabilidad de los ancestros

El que todos los seres vivos tengamos un mismo ancestro no es una certeza, pero es lo más probable. En 2010 se calculó que el que la vida procediera de un ancestro comun era al menos 102860 veces más probable que lo hiciera de dos o más formas de vida que hubieran surgido independientemente. Un 1 seguido de 2861 ceros es un argumento de peso, sin duda alguna.